Shiryu sacudió la cabeza. ¿Por qué había sentido la necesidad de decir aquella frase? Debía seguir confundido por el viaje... y el viaje había sido en verdad terrible, a juzgar por el estado de la casa que parecía haberle servido como vehículo. La pagoda tibetana estaba deshecha; solo se mantenía en pie el último piso, que era de donde había salido
Shiryu. El resto de los pisos aparecía cada uno por su lado. Y esta vez el sabio de Jamir no estaba para colocarlos de nuevo.
- Bueno, calma -se dijo-. Antes que nada, ¿dónde...
Y, antes de que pudiera formular su pregunta, vio aparecer por el horizonte una especie de pompa de jabón de color verde, que parecía flotar en su dirección. Shiryu se puso en guardia al instante. Su maestro siempre le había enseñado a mantenerse alerta en todo momento, y así lo hizo, aunque aquella extraña estructura flotante no parecía amenazadora.
- Es... curioso -murmuró, siguiendo el extraño objeto con la mirada hasta que este se posó en el suelo, cerca suyo. En realidad, la palabra que le había venido a la mente era "absurdo".
En su interior comenzó a vislumbrarse una figura que se fue haciendo más nítida a medida que la pompa de jabón se agrandaba. Era una mujer vestida con un pomposo vestido rosa de volantes, lentejuelas y brillos que sostenía una varita de plata rematada con una estrella de cinco puntas. La cabeza estaba coronada por una enorme tiara plateada con perlas y varias piedras preciosas más. La mujer sonrió a Shiryu y este se quedó de piedra al descubrir que era...
- ¿Saori-san? -preguntó. Si Shiryu hubiera sido otro tipo de persona, hubiera tenido que recoger su mandíbula del suelo, pero él se limitó a abrir los ojos como platos, gesto que la aludida imitó.
- Si, soy Saori. El Hada buena de Occidente -dijo ella. Shiryu arqueó la ceja. ¿Hada buena?-. ¿Nos conocemos? -preguntó.
- Por supuesto. Soy Shiryu...
- ¿Shiryu? -preguntó ella. El otro arqueó otra vez la ceja.
- Shiryu, Caballero del Dragón...
- ¡Ajá! -dijo ella. Shiryu asintió, orgulloso de que al fin lo hubiera reconocido-. ¡Así que eres un caballero! ¡Eso lo explica todo! -continuó ella, moviendo la varita de un lado a otro y soltando pequeñas chispas-. ¿Y puedo preguntar si eres un caballero bueno o uno malo?
- ¿Perdón? -dijo Shiryu. Quizás no lo hubiera reconocido, al fin y al cabo.
- ¿Eres un caballero bueno o malo?
Shiryu se irguió de inmediato, mirando a aquella mujer que parecía ser Saori pero que no lo era.
- Me educaron para servir al bien y la justicia y luchar por...
- Lo imaginaba -le interrumpió ella, con una sonrisa beatífica que Shiryu jamás había observado en la Saori que conocía. Quizás quien se equivocaba era él. No, eso no era posible-. Debes ser un caballero bueno cuando has dado muerte al Fenix Negro, el Malvado Señor del Norte.
- ¿Perdón? -volvió a preguntar Shiryu. Recordó que si se había enfrentado a un Fenix negro después de que estos huyeran del coliseo de la Fundación
Graude, y lo había derrotado-. Bueno, es cierto -reconoció después. No le habían enseñado a mentir.
- Y no solo eso. Debes poseer un poder terrible para haberle tirado una casa encima al Fenix Oscuro...
Shiryu casi se quedó de piedra.
- ¿Perdón? -preguntó por tercera vez.
La Saori Que No Era Saori sonrió con aquel gesto tan extremadamente dulce y luego señaló la casa. Shiryu la siguió con la mirada y cual fue su sorpresa al descubrir un par de piernas que sobresalían por debajo del primer piso de la destrozada pagoda. Efectivamente, la casa había caído encima de una persona.
- ¿Y dices que era el Fenix Oscuro? -preguntó Shiryu, observando al caído.
- El Malvado señor del Norte -asintió Saori-. Malo de verdad.
Shiryu asintió también. Bueno, si aquel ser, fuera o no una de las sombras de Fénix, era malo, no había por qué preocuparse del accidente. El mal existía para ser erradicado sin temor, así funcionaba el mundo. O eso le habían enseñado.
- ¡Las botas doradas! -exclamó Shiryu de repente.
Sus ojos se habían fijado en las piernas que sobresalían bajo la casa. Hasta aquel momento había dudado de que aquella criatura fuese uno de los Fenixes de verdad, pues toda la situación era surrealista. Pero, al ver que tenía en su poder las botas de la armadura dorada de Sagitario que les había sido arrebatada, las dudas comenzaron a penetrar en su mente. Y fueron
desechadas tan pronto como eso sucedió, pues su maestro le había enseñado a confiar en sus percepciones.
- Veo que las reconoces -dijo Saori-. Son las Botas Doradas, poseedoras de un poder inigualable. Pero no es momento de hablar de eso ahora... ¡es hora de celebrar!
Saori agarró por un brazo a Shiryu y tiró de él mientras atravesaban un pequeño puente sobre el pequeño río. Por más que quiso liberarse de su brazo, el caballero no pudo, y se vio arrastrado hasta un pequeño pueblo muy colorido.
- ¿Qué es esto? -preguntó Shiryu, observando con atención cada detalle, intentando averiguar si había alguna amenaza oculta.
- Esto es Yamirlandia -le explicó Saori-. Esta tierra estaba bajo el yugo cruel del Fenix Oscuro, y tu la has liberado. Así que ahora eres su héroe.
- ¿Su héroe? -preguntó Shiryu. Pero, antes de que la idea pudiese tomar forma en su cabeza, vio moverse unos matorrales-. ¿Qué es eso?
- No temas...
- No temo -dijo inmediatamente-. Solo deseo saber qué ha sido eso, si no es mucha molestia.
- Son los Pequeños de Yamirlandia -dijo Saori, con una sonrisa-. Quieren salir a saludarte, a honrarte por lo que has hecho por ellos. ¡Salid, Pequeños! ¡Venid aquí, murió el malvado del Norte al fin!
Poco a poco, los matorrales se apartaron. Si el maestro de Shiryu no hubiera sido tan extremadamente pequeño, las personas que aparecieron a continuación serían la gente más bajita que el caballero del Dragón hubiera visto jamás. Bajitas, pero proporcionadas. Vestidas de todos los colores, incluso de algunos que no hubiera creído posibles, y con ropas del todo extravagantes. Y todos, sin excepción, tenían dos puntos morados en la frente que le resultaron familiares.
Y aunque tenían pinta de todo menos de haber estado oprimidos por nadie, demostraron una tremenda felicidad y un total descontrol de sus emociones, corriendo, saltando, gritando y cantando lo muy contentos que estaban de ser libres por fin. Shiryu aguantó estoicamente todas aquellas muestras de afecto, pero cuando apareció la pequeña carroza tirada por cuatro pequeños caballos de colores con la intención de pasear al nuevo héroe por la ciudad, tuvo que rehusar la oferta. Así como la intención del pequeño alcalde de Yamirlandia por entregarle las llaves de la urbe.
Porque un héroe nunca presume de serlo. Sobre todo cuando tenía que reconocer que la casa había caído encima del Fenix Oscuro de casualidad.
- ¡Pero debes dejarnos hacer algo por tí! -protestó el alcalde, mirándole fijamente.
- Vuestra felicidad es suficiente recompensa para mi -dijo Shiryu inmediatamente.
- ¡Pero no es justo! Tu has arriegado tu vida y nosotros tenemos que compensarte... ¡pide lo que sea! ¡Lo que sea!
Shiryu hubiera pedido con gusto que dejasen de cantar. No estaba acostumbrado a tamaña muestra emocional, pero por educación se guardó su pedido para otra ocasión. En su lugar preguntó si le podían indicar cómo podía volver a Japón.
- ¿Japón? -preguntó el alcalde-. ¿Qué es Japón?
- La tierra de donde vengo.
- ¿Está en el cielo? -preguntó el alcalde-. Tu caíste desde allí.
- No, es un país.
- ¿Un país en una estrella? -preguntó esta vez el juez.
- No, un país en una isla.
- ¿Las estrellas tienen islas? -quiso saber un soldado.
- Lo desconozco, pero desde luego Japón no es una de ellas -continuó explicando
Shiryu, con toda la paciencia del mundo.
- Pues no se qué es Japón...
- ... ni donde está.
- ¡Preguntemos al Hada Saori! -propuso uno de los hombrecillos-. ¡Ella lo sabrá sin duda!
La comitiva al completo se trasladó cerca del puente, allí donde el Hada Saori se había quedado, y, por supuesto, lo hizo cantando y bailando, para desesperación de
Shiryu, que sin embargo mantuvo la pose estoica y digna en todo momento, a pesar de que algunas de las rimas eran realmente malas. Sin embargo, el caballero parecía ser el único que no disfrutaba de la actuación. El Hada Saori les esperaba a todos encima del puente, con una sonrisa en los labios y balanceándose sobre sus pies, siguiendo el ritmo de la cancioncilla.
- ¡Hada Saori! ¡Hada Saori! -gritaron los hombrecillos, llamando la atención a la mujer vestida de lentejuelas. Ella sonrió beatífica a todos y cada uno de ellos, lo que le llevó un tiempo considerable-. ¡Nuestro héroe desea volver a su estrella, Japón!
- No es una estrella -se apresuró a aclarar Shiryu-. Lo que deseo es regresar a Japón, mis compañeros me esperan allí. Si no es mucha molestia, claro.
- ¿Deseas regresar tan pronto? -preguntó ella-. ¡Pero si apenas acabas de llegar! Y en Yamirlandia se saben muchas más canciones...
- Si, señora, deseo regresar lo antes posible. Es de vital importancia que vuelva con mis amigos dado que la misión que se me encomendó puede tener gran repercusión en...
Sin previo aviso, se levantó una nube de humo negro y pestilente justo delante del puente. Los Pequeños se apresuraron a apartarse aterrados del lugar, y pronto la nube se despejó, dejando ver a un hombre alto, corpulento, de cabello azul y vestido con una armadura de... variados colores... cuya mirada era un pozo de odio.
- ¡Ikki del Fénix! -exclamó Shiryu, reconociendo al recién llegado.
¿Le había seguido hasta ahí? Si eso era así, ¿qué había sido de Seiya y los demás? ¿Los habría eliminado? ¿Acaso era él, Shiryu del Dragón, la única esperanza que le quedaba a la Orden para detener a aquel malvado caballero? Todas esas cábalas y alguna más desaparecieron en cuanto Ikki pronunció sus primeras palabras.
- ¿Nos conocemos? -preguntó el recién llegado, su mirada de odio transformada en una de completa sorpresa. Al igual que aquella Hada
Saori, este parecía ser un Ikki Que No Era Ikki... -. Oh, es igual, olvídalo -continuo, recomponiendo su gesto de maldad-. ¡Hasta mis oídos ha llegado la noticia de la muerte de mi hermano, el Caballero del Fénix Negro! Y he aquí que veo,
oh, si, con mis ojos, que las noticias son ciertas -añadió Ikki, señalando la pagoda tibetana y las piernas que sobresalían por debajo de lo que había sido el suelo-. ¿Quién fue? ¿Quién lo hizo?
Como una sola conciencia, las miles de manos de los Pequeños de Yamirlandia apuntaron a una sola persona: Shiryu del Dragón. La mano del Hada, como de casualidad, también lo apuntaba, así que Shiryu sacó pecho y dio un paso adelante ante
Ikki, que parecía ser tan malvado como el Ikki que conocía. Igual y si era él, después de todo, y estaba tan loco que no lo recordaba.
- Pues mira, gracias. El tipo tenía las Botas Doradas, ¿sabes? Y no me las quería dar, así que ahora son mías... -dijo aquel hombre, y se acercó encantado hasta donde yacía su supuesto hermano, ante el aturdimiento de Shiryu que había esperado un enfrentamiento cuando menos verbal.
- ¡No, Malvadísimo Señor del Sur! -intervino el Hada Saori justo en aquel momento-. No dejaré que alguien como tú se apodere de esas poderosas Botas Doradas.
Con un movimiento de su varita, las Botas Doradas reemplazaron las verdes que portaba el dragón. El intercambio fue tan rápido como veloz el cambio de humor de aquel hombre que había llegado en la nube de humo, el Ikki Que No Era Ikki O Que A Lo Mejor Si Lo Era. De aquella expresión ilusionada por recuperar las botas de su hermano, pasó a una de absoluta furia.
- ¡Tu! ¡¿Cómo te atreves?! -gritó, señalando a Shiryu, al parecer le importaba bastante poco el hecho de que el caballero no hubiera tenido nada que ver con el intercambio, que fuera un mero espectador de la historia-. ¡Esas botas son mías por derecho! ¡Hacen juego con el resto de la armadura que tengo en mi Muy Oscura y Sinestra Fortaleza!
- ¡Jamás tendrás esas botas! -dijo Saori.
- ¡Soy el único que sabe usarlas!
- Pues no las tendrás, ahora las tiene él -dijo Saori, señalando a
Shiryu, que seguía como atontado el intercambio de comentarios-. El es bueno y honrado y les dará un buen uso, no como tú, Malvadísimo Señor del Sur.
- ¿Con que esas tenemos? Sea, pues. Sabrás por qué me llaman Ikki del Fénix, Malvadísimo Señor del Sur -le dijo a Shiryu en tono amenazante-. Te quitaré esas botas... ¡aunque sea lo último que haga! Pero no aquí, con tantos testigos. ¡Nos veremos!
Y, con una malvada risa, volvió a desaparecer en medio de una nueva humareda, esta vez más pestilente que la anterior.
- Vaya, te has creado un tremendo enemigo -le dijo el Hada Saori, con compasión en la voz.
¿Que él se había creado un enemigo? No era así como recordaba las cosas...
- Lo mejor que podrías hacer es regresar a tu casa...
- ¡Shiryu del Dragón jamás huye de un enemigo! -dijo Shiryu, ofendido. Pero, con esto, había firmado su sentencia.
- ¡Que valiente eres! Si tal es tu valor, entonces hay solución. Debes ir a ver al Mago de
Mu, ¡el tiene respuestas para todo!
- ¿El Mago de Mu? -preguntó Shiryu, extrañado. ¿De qué le sonaba aquello?
- Si, el Mago de Mu. Él es un mago sabio, sabrá darte respuesta a todas las preguntas, como derrotar a tu enemigo, cómo volver a tu hogar... pero solo los valientes se atreven a ir hasta la Ciudad Lavanda...
- ¿Tantos peligros hay?
- No, es que está muy lejos. De todas formas, ¡es tu oportunidad! ¡Sigue el camino de baldosas rojas! -exclamó
Saori, señalando el suelo.
Solo en ese momento, Shiryu se percató de que había dos clases de baldosas en aquel suelo. Amarillas, como las que había visto por todos sitios, y rojas. Comenzaban como una espiral, y el camino se iba haciendo más y más ancho a medida que las baldosas amarillas y rojas se separaban...
- ¿Las baldosas rojas?
- ¡Si! Es mejor comenzar desde el principio, ¡sigue el camino de baldosas
roj...
- Perdón, Hada Saori... -interrumpió una vocecilla.
Un niño de los Pequeños de Yamir se había adelantado un paso. Un niño pelirrojo, vestido con un traje marrón y de ojos verde brillante. Un niño que a Shiryu le resultaba terriblemente familiar, también... Pero no le dio tiempo a pensarlo más.
- ¿Qué te ocurre, pequeño? -preguntó el Hada con voz dulce.
- A la Ciudad Lavanda se va siguiendo las baldosas amarillas. Las rojas guían hasta los baños públicos... -informó el pequeño. La mirada del Hada ya no era tan dulce ni tan beatífica-. No es que quiera molestar...
- ¿Así que tenemos un listillo entre nosotros? -preguntó el Hada, con un tono que Shiryu pudo identificar mucho más con la Saori que conocía. Igual si era
Saori, después de todo-. ¿Así que te sabes el camino?
- Solo puntualizaba...
- Pues lo acompañarás. A partir de ahora, lo seguirás en su viaje, y serás el primer nativo de Yamirlandia en llegar a la Ciudad Lavanda... -dijo el Hada. Se envolvió en su pompa de jabón verde y se alejó flotando-. Sigue al niño, Caballero
Shiryu... ¡y suerte en el viaje!
- Pero como aparece y desaparece la gente aquí... -comentó Shiryu, sin saber muy bien por qué. Luego miró a su nuevo acompañante, que no parecía muy contento con la decisión del Hada-. Sería conveniente partir cuanto antes, pequeño amigo, si no queremos que se nos haga de noche en mitad del camino...
- Qué remedio -dijo el niño, encogiéndose de hombros-. Por cierto, mi nombre es
Kiki.
Shiryu tenía el extraño presentimiento de que el niño se llamaría Totó, pero al ver que se equivocaba, nada dijo. Mientras ellos se ponían en marcha, todo el pueblo de Yamirlandia les seguía, repitiendo un único soniquete:
"sigue el camino de baldosas amarillas, sigue el camino de baldosas
amarillas". Y luego una canción sobre lo muy sabio, y muy poderoso, y muy maravilloso que era el Mago
Mu, porque... porque, porque, porque, porque...
Bueno, porque era un
mago1.
Continuará...
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