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ANIBUN traducción al español: Bulma & Natharell |
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El niño rubio irrumpió a través de la maleza, volviendo de tanto en tanto su atención hacia su espalda, temeroso de ver aparecer a alguien de entre los árboles de manera repentina. Antes había oído a los hombres gritando su nombre. No había pensado que sería descubierto tan pronto. O, quizás, alguien le había contado al instructor que había huido. Esto no le sorprendió. No le gustaba a nadie. Todo el mundo había tratado de humillarle, al gaijin(1), al extranjero. No quería que le atrapasen, por eso corría. Después de varios minutos se detuvo, falto de aliento, y escuchó con detenimiento los sonidos del bosque. Los únicos sonidos claros que alcanzaba a oír eran su respiración y el latido de su corazón. Tenía miedo de que cualquiera pudiera oírlos, así que trató de calmarse. Estaba cansado, demasiado cansado para continuar corriendo y llegar más allá. El sol ya estaba poniéndose y la noche estaba ya ahí, en el bosque, opresiva pero mucho mejor bienvenida para él que el lugar de donde había escapado. Su estómago rugió, pero no le importó. No había tenido en cuenta el problema de la comida, pero aquello no era lo más importante para él. Era libre. "¡LIBRE!", su mente gritó con fuerza. Un crujido de hojas le hizo volverse rápidamente, su corazón latiendo aún más deprisa. Un zorro apareció, corriendo detrás de un conejo, y el niño rubio suspiró aliviado. "¡Pensé que eran ellos!". Miró a su alrededor y, en silencio, caminó hasta acercarse a árbol y reptó bajo unos matorrales. Estaba demasiado cansado para continuar. Se tumbó y se encogió hasta parecer una bola para protegerse del frío de la noche. Realmente no sentía el frío. En su país, antes de llegar allí, estaba acostumbrado a él. Bostezó y agachó más la cabeza hasta adoptar una posición fetal. “Mama(2)”,murmuró lloroso. “Espera. ¡Volveré contigo!” Las lágrimas rodaron por sus mejillas sin pudor. ¿Por qué los adultos no le comprendían? No le gustaba este país. No era el suyo. Quería regresar a la gran llanura de su tierra, quizás desagradable y dura, pero allí era donde había vivido la mayor parte de su vida, hasta aquella tragedia. Ahí, en aquel extraño país, no había nadie que le quisiese, nadie que le comprendiese. Habían sido cerca de tres meses de humillaciones y malos tratos, de tristeza, de soledad. Sólo unos pocos niños habían hablado con él, pero cada vez que lo hacían era para insultarle o reírse de él. “Quiero volver a casa, mama”, murmuró entre sollozos. Metió su mano derecha debajo de su camiseta húmeda. Sus dedos encontraron lo que estaba buscando. Rodearon el objeto y el chiquillo estrechó su presa cuando sintió el cálido metal. “Mama...” Cerró fuertemente sus ojos azules cuando los dolorosos recuerdos cruzaron su mente. "Do cvidanja(3), Hyoga. Do cvidanija, mi pequeño ángel…" Tiritó y volvió a enroscarse antes de quedarse dormido.
Podían oírse las canciones de los pájaros. Las canciones de bienvenida al sol llenaban el bosque. Los rayos del nuevo sol pasaron primero a través de las hojas verdes de los árboles, y luego por las de la maleza. El moderado calor se expandió por el cuerpo del niño, y sus pestañas temblaron. Gimió y se volvió, como si buscase más de esa sensación. De repente sus ojos se abrieron y se sentó. Se golpeó la cabeza contra las ramas y se la frotó, desmarañando su cabello rubio. Miró a su alrededor, sintiéndose perdido. El rubio niño parpadeó y se frotó los ojos con su mano izquierda, alejando el sueño. Recordó haber huido de la institución, así como su cansancio. Su estomago rugió y el chico puso sus manos encima, para acallarlo. Escuchó durante mucho tiempo y, cuando estuvo seguro de que no había nadie cerca, gateó fuera de la maleza. Su estómago protestó una vez más. “Lo siento, no puedo”, le contestó. Se puso en pie y miró detenidamente a su alrededor. No sabía dónde estaba ni dónde podía ir. "Japón es una isla, así que podré encontrar un puerto si sigo adelante". Sus ojos se estrecharon con determinación mientras comenzaba a caminar sin mirar atrás. "Espero que ellos no me encuentren antes de que pueda alcanzar un puerto...". Caminó durante un largo rato, su mano presionando en el estómago, como si así pudiera callarlo. Tenía hambre, mucho hambre. La única cosa que había tomado era el agua que había bebido al encontrar un regato por la mañana temprano. No había encontrado nada más, y esperaba dar con algo rápidamente, especialmente con un pueblo. A principios de primavera no había nada que comer en un bosque. Sus pasos no eran muy seguros ahora y todo daba vueltas alrededor suyo, y algunas veces caía al suelo cuando uno de sus pies tropezaba en una raíz, o una piedra, o cualquier otra cosa que pudiera hacerle perder pie. Había parado varias veces para descansar un poco, pero la sensación no había desaparecido. Suspiró y se paró, mirando hacia arriba para ver el cielo y el sol, pero las copas de los árboles lo tapaban. Estrechó los ojos cuando vio sobre él algunos rayos de sol cruzando el follaje. “Oeste”, murmuró para si mismo, sabiendo que la tarde hacía tiempo que había comenzado. “¿Dónde voy?,” se preguntó en voz alta. Se puso un brazo delante de la cara. Un ruido llegó hasta sus oídos. No era un sonido del bosque, desde aquella mañana había aprendido a reconocerlos. El bosque estaba tan lleno de sonidos y tan silencioso al mismo tiempo que se había sentido en paz. Incluso había pensado en su madre, preguntándose si ella habría experimentado alguna vez aquella plenitud de vida de los bosques. Quizás en la taiga, aunque el número no era tan numeroso. Escuchó con detenimiento. Nada. No había oído nada. El bosque estaba tranquilo... Un sonido y su corazón latió fuerte y rápidamente, aún antes de que lo hubiera reconocido. Antes de que tuviera verdadera conciencia de lo que estaba haciendo, estaba corriendo. "Un perro". Oyó el ladrido del perro otra vez, más cerca. El sonido provenía de detrás de él y volvió la cabeza para estar seguro de lo que había oído. No vio nada, pero sus instintos le gritaban que huyera lo más lejos que pudiese. Oyó un ladrido, y luego otro, y otro más. Comprendió que había más de un perro detrás de su rastro. No lo dudó y se arrojó hacia delante, decidido a escapar de sus perseguidores. Corrió durante varios minutos, aún escuchando con detenimiento, respirando pesadamente, con un dolor creciendo y molestando insidiosamente su costado. Se encogió de dolor pero no se detuvo. En lugar de eso, sus pasos se hicieron más rápidos. "¡No!", gritó su mente, cuando se dio cuenta de que los perros no estaban lejos de él y cuando fue capaz de oír las voces de los hombres. “¡Ahí está!” “¡Cogeremos al pequeño mocoso!” “¡Rápido!” “¡No está lejos!” El corazón del niño saltó en su pecho y miró hacia delante, tratando de no oír las voces de los hombres. Los perros estaban justo detrás de él. No necesitaba mirar atrás para darse cuenta de ello. Podía oírles. Tropezó, pero mantuvo el equilibrio en el último momento y continuó su marcha. Muchas veces uno de sus pies golpeó una piedra o una raíz, o se deslizó en el suelo irregular. Cada vez tenía más dificultades para respirar, el dolor en su costado le hacía sufrir terriblemente. "¡Debo continuar!", chillaba su mente, "¡Tengo que seguir! Tengo que seguir, tengo que seguir, tengo que seguir, tengo que seg..." Su pie derecho se trabó en una raíz y, con el impulso, salió despedido lejos, cayendo por una pendiente sin esperanza de detener su caída. Trató de protegerse la cabeza y continuó rodando colina abajo. De repente, algo detuvo su caída. Su espalda había golpeado contra algo realmente duro. Trató de incorporarse pero no lo consiguió al primer intento. Entonces lo intentó de nuevo y gimió por el dolor. Abriendo un ojo, echó una ojeada alrededor suyo y vio que era un árbol lo que le había detenido. Apoyándose en el tronco se puso en pie con dificultad y dio dos pasos antes de que los perros se acercasen más. "¡No!", gritó su mente cuando hizo un gesto para comenzar a correr. Pero se quedó paralizado en el sitio cuando su cuerpo no respondió. Sus piernas se doblaron bajo su peso y sintió dolor en su tobillo derecho. Lo miró e hizo una mueca de dolor cuando trató de moverlo. Se puso de pie de nuevo, pero estaba sufriendo tanto que su cabeza le pinchaba, y cayó de rodillas. Al oír los perros detrás de él se levantó de un salto, su boca abierta cuando el dolor traspasó su cuerpo. Ningún sonido salió y las lágrimas llenaron sus ojos del color del hielo. Se las arregló para seguir adelante, pero pronto paró cuando vio a un perro delante suyo. Se volvió lentamente y vio otro. Tragó saliva y apretó los puños con cólera. Veía cinco perros rodeándole. Lentamente retrocedió, pero el árbol que había detenido su caída estorbó su movimiento. El niño rubio no se movió. Sólo miraba de izquierda a derecha y detrás, manteniendo su mirada en los perros que enseñaban sus colmillos gruñendo y amenazando. El chiquillo se mordió los labios por el dolor. Su tobillo le hacía sufrir y su espalda estaba dolorida, también. “¡Le tienen!,” gritó alguien. “¡Ya era hora!,” dijo otro más. “En cualquier caso, ¡nos ha hecho correr!” El chico tembló oyendo a los hombres acercarse en su dirección. Lo había perdido todo. Uno de los Doberman, siguiendo órdenes, se abalanzó sobre el niño. El chiquillo retrocedió, pero el tronco impidió que se moviese y el perro hundió sus colmillos en el muslo derecho del niño, que abrió los ojos como platos y gritó. Pero el perro continuó enterrando sus colmillos en la carne. El chico gritó más alto y las lágrimas llenaron sus ojos, azules como el hielo. “¡Basta, Inuchi!,” gritó un hombre que estaba delante del niño. El perro gimió. “Creo que ha comprendido.” El perro soltó a su presa y se fue hacia el hombre que había gritado, todavía gimiendo. El niño se derrumbó y se agarró el muslo, viendo la sangre fluir de la herida. Se encogió de dolor y agachó la cabeza. Otro hombre se acercó a él y, sin amabilidad, le hizo ponerse en pie antes de abofetearle varias veces. “¡Nos has hecho correr, niño asqueroso!” Continuó abofeteándole. El niño se mordió los labios para no llorar. No quería que esos hombres pensasen que era débil. Quería probar que era fuerte. Quería probarse a si mismo que era fuerte. Pero un puñetazo le alcanzó en la nariz y el pequeño se sintió mareado. Gimió débilmente antes de que todo se volviese negro a su alrededor. "¡¡¡MAMA!!!" * * * * Algo frío contra su piel hizo agitarse al niño. Sus pestañas temblaron y el niño gimió. "Mama...", dijo en un suspiro. Abrió lentamente sus ojos azules y parpadeó. Los cerró otra vez antes de abrirlos de nuevo. Estaba delante de un muro gris. Trató de ponerse en pie y gritó de dolor. Su pierna derecha le dolía como el mismo infierno. El dolor le hizo recordar su escapada y el final de esta. También recordaba al perro mordiendo su muslo derecho. Miró hacia abajo y vio que tenía nueva ropa. El dolor cruzó su pierna y lentamente pasó su mano sobre sus pantalones, allí donde estaba la herida. A través de la tela pudo sentir el vendaje. Entonces miró más abajo, a su tobillo derecho. Estaba hinchado y rodeado por otro vendaje. Tratando de olvidar el dolor, el niño rubio miró a su alrededor y reconoció dónde estaba. Los muros grises le rodeaban, y sólo una pequeña ventana proporcionaba una pequeña luz en aquella habitación oscura. La celda de exclusión. La conocía muy bien por haber pasado cuatro días en ella. He quejó, enfadado. "¿Desde cuándo estoy aquí?", se preguntó, sentándose en el suelo con precaución para no sentir el dolor traspasando su cuerpo. No lo sabía. Vio un jarro con agua y he incorporó. Ahora se daba cuenta de que estaba sediento. Trató de ponerse en pie sobre sus piernas, pero sólo lo consiguió después de una docena de intentos. Cojeó hasta el jarro y bebió el líquido. Lo puso a un lado y su pierna derecha tembló. El niño rubio se las arregló para llegar hasta la cama, donde se derrumbó exhausto. No había comido nada desde hacía más de un día, añadió, y su pierna derecha no podía soportar su peso durante mucho tiempo. Gimió cuando su pierna golpeó contra el colchón. Sus párpados se volvieron pesados y se cerraron lentamente. Un ruido como un crujido llegó a sus oídos. El niño intentó salir del limbo. Gimió e hizo un gran esfuerzo por abrir sus ojos. Durante unos pocos segundos fue incapaz de enfocar nada, y entonces pudo distinguir una sombra cerca de él. Levantó un poco la cabeza y vio a uno de los instructores poniendo algo cerca suyo. “Aquí tienes tu comida”, dijo. “¡Tres días sin comer seguramente te habrán hecho pensar!” El niño no replicó y se sentó en la cama, mirando por el rabillo del ojo cómo el instructor se sentaba cerca de él. Sin amabilidad alguna, cogió la pierna del niño y cambió el vendaje. “¡Baka(4)! ¿Cómo pudiste pretender escapar del orfanato, Hyoga?” apretó el vendaje y miró fijamente al niño. “¡Estás en Japón! ¡No se cómo fue su educación en Rusia, pero fue mala! ¡Tu madre era ciertamente incapaz de criarte!” Los ojos de Hyoga se estrecharon con furia. Apretó los puños y empujó al hombre lejos de él. “¡No digas eso! Mama era amable y cariñosa. ¡Me quería! ¡Déjame volver a mi país!” “¡Fu! ¡Aquí no debes hablar en ruso!”. El niño le miró con enojo. “¡De nada sirve esa actitud orgullosa, Hyoga!” El instructor caminó hasta la puerta y la abrió ligeramemente. Se volvió hacia el niño. “De todas formas, no estarás aquí mucho tiempo.” Con esta última frase, el hombre salió y cerró la puerta con fuerza. Hyoga miró fijamente la puerta durante un momento, y cuando estaba seguro de que el instructor no volvería, suspiró aliviado. “¿No estaré aquí por mucho tiempo?” se preguntó en voz alta. “¿Qué quiso decir? ¿Que no estaré en la celda de exclusión? ¿O en este orfanato?” El niño suspiró pesadamente y su mano cruzó su pecho hasta que encontró algo que agarró con fuerza. “Mama, por favor, ayúdame... ¡Por favor, Señor! Ayúdame a volver a Rusia...” Se tumbó y se volvió contra el muro. Su frente tocó el frío hormigón pero no le importó. La oscuridad le cogió por sorpresa. * * * * Hyoga se tensó cuando oyó la llave girarse en la cerradura. La puerta de metal se abrió con un crujido y él parpadeó cuando los rayos de sol alcanzaron sus ojos. Puso su brazo derecho en la frente, tratando de ofrecer un escudo a sus ojos. “¡Largo de aquí, Hyoga!” gritó el instructor que había venido hacía tres días para traerle comida y vendar su herida. El niño gimió y no se movió, tratando de acostumbrarse al brillo que flotaba en la habitación. “¿Estás sordo?” gritó el hombre impacientemente, entrando. El rubio niño levantó la cabeza hacia el hombre, que le cogió sin amabilidad por el brazo izquierdo y le hizo ponerse de pie antes de empujarle detrás de él. Hyoga intentó seguir los rápidos pasos del individuo, pero encontró gran dificultad. Sus piernas eran demasiado cortas y la derecha aún le dolía. Así que allí iba, cojeando y perdiendo el equilibrio por cada tres pasos que daba el chiquillo rubio siguiendo al instructor. Caminaron durante un momento y cuando llegaron a la gran casa donde estaban todos los huérfanos del distrito, el hombre cambió de dirección. No fue hacia la habitación que el ruso compartía con otros cinco niños. Fueron hacia la derecha, a la oficina del director. El rostro de Hyoga permaneció sin expresión. Sabía que iba a ser regañado por el director. Se detuvieron delante de la puerta de madera y el instructor llamó tres veces. La respuesta llegó apagada, y el hombre abrió la puerta. Empujó a Hyoga dentro y cerró detrás de él. Le empujó otra vez y el ruso se encontró en el medio de la oficina. Deseaba volverse y mirar con enojo al instructor, pero se detuvo. Vio al director mirándole fijamente y se dio cuenta de que no estaba solo. En la habitación había dos hombres vestidos con ropas negras y gafas de sol. Hyoga estrechó los ojos ligeramente. No conocía a esos hombres. Trató de no pensar mucho en su apariencia y se volvió hacia el director, preparado para ser reprendido. El director sólo le dio un rápido vistazo antes de volverse hacia los hombres. “Este es el chico de quien les hablé.” Uno de ellos, el más alto, se volvió hacia él. “Hyoga es medio ruso. Varios meses atrás el barco en el que viajaba se hundió en el Mar de Siberia Oriental. Su madre murió en el accidente. El fue recogido por un sobrecargo japonés que le dejó en Hokkaido”. “¿Y?” “Fue un alborotador en el orfanato de Hokkaido, así que fue mandado a Honshu. Pero allí también fue un agitador, así que vino aquí. Pero su intento de escapada y sus últimas acciones en distintos orfanatos me hicieron llamar a la Fundación Graude.” El director se levantó y caminó hacia una ventana. “Se que la Fundación Graude tiene una organización creada para ocuparse de niños tan difíciles como él.” “La Fundación Graude ha aceptado a este niño, así que...” “¡Michiyama! ¡Lleva a Hyoga a su habitación y ayúdale a recoger sus cosas!” “Muy bien.” El instructor se volvió hacia Hyoga y le mostró la puerta. El niño paseó sus ojos sobre el director y luego sobre los extraños hombres antes de que su mirada volviese a Michiyama. “¿Vas a obedecer?” casi gritó el instructor. Entonces cogió el brazo del niño y tiró llevándoselo con él. “¿Entiende japonés?” preguntó uno de los hombres extraños. “Un poco,” reveló el director. “Su madre y él venían de viaje a Japón cuando se produjo el hundimiento. Su padre es japonés. Creo que venían a Nihon sólo para ver al padre del niño, pero el hombre ya estaba muerto... Si su madre no hubiera decidido vernir aquí, no estaría muerta, eso es seguro...” Hyoga quiso volverse al director y gritarle algo, pero la puerta se cerró y se quedó mirando la madera. Michiyama le empujó tras él y Hyoga fue forzado a seguirle. "¿La Fundación Graude?, pensó, "¿Qué es eso? ¿Una institución para niños problemáticos?" “Entra, Hyoga, y recoge tus cosas”. El niño obedeció lentamente y caminó al rincón más alejado de la habitación, donde estaban sus pertenencias. “¡Rápido! ¡Te están esperando!” Hyoga miró al instructor con enfado y puso sus cosas en una bolsa. No tenía mucho, como todos los huérfanos, pero se tomó su tiempo para meter a Michiyama en problemas. "¿La Fundación Graude? Ese nombre significa algo para mi...", de repente sacudió la cabeza un poco. "Mama me contó sobre esta compañía... Pero, ¿por qué voy a ir allí?" “¡Hayaku(5) Hyoga! ¡El camino a Tokyo es largo!” Hyoga se giró hacia el hombre y le miró sorprendido. “¿A…Tokyo?” preguntó. “Si, te vas a Tokyo. ¡Allí no vas a ser tan libre como lo eras aquí! ¡La Fundación Graude te meterá en cintura!” Miró hacia abajo, a la bolsa. “¿Has terminado?” El niño no contestó. El hombre cogió la bolsa y empujó a Hyoga fuera de la habitación. Mientras caminaban hacia la oficina, Hyoga pensaba sobre lo que había aprendido. "¡Tokyo! Voy a ir a Tokyo... ¡allí hay un puerto! ¡Será más fácil para mi llegar a Rusia y reunirme con mama! Oh, si. ¡Estoy encantado de ir a la Fundación Graude!". Una pequeña sonrisa apareció en sus labios y miró al hombre, que giraba el pomo de la puerta del director. Rápidamente hizo desaparecer su sonrisa satisfecha y entró. “Aquí está su zagal. Hagan lo que quieran con él.” dijo el director mirando al chico. “No somos responsables de lo que haga a partir de ahora. Espero que mejores tu comportamiento, Hyoga.” El niño miró fijamente al director que, en contra de sus deseos, tembló. No le gustaban aquellos ojos, tan fríos y tan azules como el hielo, que le miraban sin emoción alguna. Tragó saliva y se volvió a los dos hombres de la Fundación Graude. “Llévenselo ahora, cuanto antes mejor.” Los dos individuos asintieron. “Mishiyama, llévales hasta el coche. Buena suerte, Hyoga.” El niño no dijo nada y antes de que Michiyama le hubiera empujado fuera de la habitación, ya estaba siguiendo a los dos hombres. Estaba encantado de abandonar aquel lugar, ahora que sabía dónde iba. A un sitio donde le sería más fácil llegar hasta Rusia; su país estaba aguardándole. Su pie derecho golpeó contra una silla y él se encogió de dolor. Ahora estaba intensamente dolorido por el impacto. "Tendré que esperar un poco antes de escaparme, hasta que mi pierna esté lo suficientemente recuperada." El instructor paró en el porche y miró hacia abajo, al niño rubio. No dijo nada y mantuvo la mirada en los hombres que caminaban hacia el gran coche negro. Hablaron un momento con el chófer y el más alto se volvió hacia Hyoga. “Ven,” ordenó. Sin ninguna duda, el niño obedeció sin mirar atrás. Montó en el coche y se sentó en el medio del asiento posterior. “¿Quieres despedirte?” dijo el segundo de los hombres. Hyoga no les miró, ni a ellos ni al instructor. Viendo aquella reacción, los hombres montaron en el coche flanqueando al niño rubio. Hicieron un gesto al conductor y el coche arrancó. Entre los dos hombres Hyoga se mantuvo estirado y no parpadeó cuando el coche se puso en marcha. No miró atrás hacia la institución que se iba empequeñeciendo mientras el coche seguía su camino. Había vivido quince días allí, pero habían sido quince días terribles. Así había sido también en el caso de los otros dos orfanatos. Ahora se encaminaba a otra prisión, y viendo a los hombres que viajaban con él, parecía mucho más dura que las anteriores instituciones. Miró hacia delante, a su negro futuro, buscando un modo de escaparse de su destino. El viaje duró la mayor parte del día, y Hyoga no soltó ni una palabra. Los hombres silenciosos a su alrededor, el ruido del coche y la duración del viaje le hicieron adormecerse un poco. Después de mediodía, pararon para tomar y tentempié antes de continuar el recorrido. Hyoga trató muchas veces de mirar por la ventana, para mirar el paisaje, pero los dos hombres eran demasiado altos y no le dejaban ver. Así que había acabado cambiando de posición en su asiento y había cerrado los ojos preguntándose qué encontraría en Tokyo en la Fundación Graude. * * * * El sol se ponía al oeste en una explosión de colores cálidos, mostrando toda la paleta de rojos y amarillos, cuando Hyoga notó un pequeño cambio en la actitud de los hombres. Miró hacia delante y observó como el coche atravesaba una gran puerta y continuaba hasta alcanzar una enorme casa, parecida a un castillo. El niño rubio abrió los ojos como platos, sorprendido de encontrar aquello allí y algo confundido, pues esperaba encontrar otro orfanato. Tragó saliva y permaneció allí, contemplando la residencia. Apenas fue consciente de que los dos hombres salían del coche y de que otro se acercaba a ellos. Hablaron durante un momento mientras aquel que se había mantenido a su derecha durante el viaje sacó al niño del vehículo. “No, Tokumaru-san no está aquí en estos momentos. Vendrá más tarde.” “Hemos traído al niño nuevo.” El hombre con pelo gris giró ligeramente la cabeza hacia el niño y le estudió. Le vio mirando fijamente la casa. “Iré y preguntaré a Kurada-san”. Entró en la casa y unos minutos después un hombre con de cabello y ojos castaños salió y gesticuló, indicando a los hombres que lo siguieran. “¿Así que este es el nuevo?” quiso saber Kurada, mirando al niño. Los dos hombres de negro no respondieron. “¿Su nombre?” “Hyoga”, respondió el que estaba a la derecha del niño. “¿Hyoga?”, preguntó Kurada, sorprendido. “¿Un nombre japonés para un gaijin?” “Un konketsu(6)”, replicó el mismo hombre. Kurada observó al niño, que miraba la enorme mansión. “Mitsumasa Kido-sama y su nieta Saori-sama viven en esa casa”, dijo firmemente. “Tú estarás con los demás en otra casa no muy lejana. ¡Debes respetar las reglas que vamos a enseñarte! Jamás entres en esa casa sin ser autorizado, ¿comprendido?” El niño sólo levantó la mirada hacia el hombre, pero no respondió nada. Kurada se sintió incómodo cuando aquellos ojos azul pálido le miraron fijamente. Se volvió hacia los hombres. “¿Habla japonés?” “Sukoshi(7). Pero entiende, creo.” “Lo sabremos después con Tokumaru-san.” El chico siguió a los tres hombres y agarró las asas de su bolsa, mirándolo todo a su alrededor, memorizando el área. Había aprendido muy pronto, especialmente en Siberia, a tomar referencias, y hasta la fecha aquello le había ayudado mucho. Más aún, esta facultad le había permitido desarrollar su memoria. Siguieron un sendero y dejaron atrás un edificio grande y largo. “El gimnasio,” dijo Kurada sin amabilidad alguna. “Ahí entrenarás con los otros desde mañana.” Hyoga se sobresaltó. "¿Un gimnasio? ¿Entrenar?", se preguntó extrañado. Pero no mostró su sorpresa y continuó cojeando detrás de los hombres que seguían adelante, sin mostrar ningún signo de compasión hacia él. Caminaron durante un rato y finalmente pararon delante de una casa. “Aquí vivirás.” Kurada abrió la puerta y pasó. Hyoga se quedó fuera, mirando a su alrededor, pero uno de los hombres le empujó hacia el interior. “Los otros están comiendo. Te reunirás con ellos pronto.” Alguien se acercó hasta él. “¿Kurada-san?” “Es el nuevo” respondió, apuntando al niño con su dedo pulgar. “Tokumaru-san no está aquí, pero probablemente volverá pronto. Querrá verle. ¡Enséñale las reglas, Yamada!” Entonces, sin esperar respuesta, se giró y se marchó, dejando al niño con los dos hombres y Yamada. Hyoga no movió un músculo. Todo era nuevo allí, como siempre, pero podía sentir algo muy preocupante. Se sobresaltó cuando el hombre habló. “¿Su nombre?” “Hyoga,” respondió uno de los hombres de negro. El otro hombre no hizo ningún comentario sobre el nombre, como hacían los demás. Estudió al niño durante un momento y entonces cogió un papel de su bolsillo. Lo leyó y asintió para si mismo. “Si, Hyoga. Pero tenía entendido que llegaría dentro de dos días...” dijo Yamada, volviendo su mirada hacia el hombre que le había respondido anteriormente. “El orfanato no quería tenerle allí por más tiempo. Por lo que sabemos, ha causado muchos problemas en esa institución y en las dos anteriores.” “Un rebelde. Como muchos aquí.” Se detuvo y pensó un momento. “Ven conmigo, niño. Intenta memorizar el sitio. Pondrás tu bolsa en la habitación que vas a compartir con otros tres antes de que vayas a comer.” Hyoga no respondió ni hizo ningún gesto para mostrar que había comprendido. Desde que había llegado a Japón aquel era un juego que le encantaba practicar. Los adultos y los otros no sabían que entendía el idioma japonés. Su madre se lo había enseñado, aunque tenía serios problemas en la lectura y la escritura. Se quedó en el mismo sitio, esperando. Yamada se detuvo y se giró hacia Hyoga. “¿Me comprendes?” Uno de los hombres le empujó y el niño perdió el equilibrio, aunque lo mantuvo en el último momento. Entonces siguió lentamente a Yamada. Después de varios minutos, pararon delante de una puerta, que el hombre abrió. A través de la ventana, Hyoga se dio cuenta de que la noche había caído, haciendo que el cielo adquiriera un color gris profundo. El hombre encendió la luz y Hyoga se parpadeó. Vio cuatro camas, dos a su derecha y dos a su izquierda. Eran sólo los muebles indispensables, se dio cuenta de que no había nada más. “Ahora esta será tu habitación. La compartes con tres chicos. No están aquí ahora, están en el comedor. Les conocerás pronto. ¡Pon tu bolsa aquí!” ordenó Yamada, mostrándole la cama a su izquierda, la más cercana a la puerta. Hyoga miró a su alrededor y notó unos cuantos detalles que le hicieron comprender que las otras camas estaban siendo usadas. “Isogi(8)!” gritó Yamada, empujando a Hyoga contra la cama. Lentamente, el niño puso sus cosas en la cama y se volvió hacia el hombre. “¡Ven conmigo! Vamos al comedor.” Suspirando, el niño obedeció y Yamada cerró la puerta tras ellos. “Después de cenar, se te enseñarán las reglas de este lugar. Créeme, te vamos a poner en el buen camino, ¡como hemos hecho con muchos de los rebeldes aquí!” Atravesaron unos cuantos pasillos y finalmente se detuvieron delante de una puerta. Incluso con ella cerrada, en chico rubio pudo oír el repiqueteo de tenedores y cuchillos contra los platos, y en alguna ocasión a alguien diciendo algo. Yamada abrió la puerta y entró. Inmediatamente se hizo el silencio. “Desde esta noche tenéis un nuevo compañero.” Oyó sonidos y susurros. “¡Silencio!” gritó. Todos dejaron de cuchichear. Yamada inspeccionó las mesas y se quedó mirando fijamente una de ellas. No estaba de acuerdo en meter a aquel joven problemático con aquellos, pero había sido decisión de Tokumaru. Dos buscapelitos en la misma habitación presagiaban problemas. “¡Ikki!”, dijo con voz firme. Un chico de pelo azul levantó la mirada y se volvió hacia Yamada, intrigado. Por una vez, no había hecho nada. “Eres el mayor de tu habitación. Serás tú quien tome a su cargo al nuevo.” El niño no respondió y se quedó mirando al hombre. Yamada miraba a su alrededor buscando a alguien. “¿Dónde está?” dijo, suspirando exasperado. Vio al niño rubio esperando fuera, mirando a través de la ventana. Frunció el ceño. “¡Ven aquí!” le gritó. No obtuvo respuesta. Yamada hizo un gesto y uno de los hombres más cercanos a Hyoga le cogió por el brazo y le tiró de él hasta el interior de la habitación. Se detuvieron en la entrada. Yamada le hizo un gesto para que entrara, pero Hyoga no se movió, así que el guardaespaldas le empujó dentro. Con su pierna izquierda herida, el niño entró con torpeza, perdiendo el equilibrio. Agachó la cabeza y, humillado por este gesto, intentó mantener la compostura. Se paró delante del hombre. “¡Llévale a esa mesa!” Yamada miró a su alrededor. “¡Vosotros! ¡Continuad comiendo, y el silencio!” Después de un último vistazo hacia el hombre de negro, que empujaba al niño delante de él, salió de la habitación. Los otros habían terminado prácticamente de comer. Caminó despacio, empujado de cuando en cuando por el hombre hacia su mesa, y se sentó en la silla sin mirar a nadie a su alrededor. Tomó algo de comida de su plato, consciente de que todo el mundo le miraba en silencio. No se oía nada en el comedor, nada. Podía sentir la mirada de los demás. Sabía que parecía extraño a sus ojos. Había sido igual en los otros tres orfanatos. Hyoga se mordió el interior de la boca para no gritar al resto de los niños. "¿Qué estáis mirando? ¡No soy un animal!", quería gritarles, pero se quedó quieto y se tragó su rabia y su humillación. "De todas formas", pensó, "no voy a estar aquí mucho tiempo...". Tragó un poco de lo que quiera que hubiera en su plato y puso cara de asco. Dejó en tenedor y esperó a los demás, preguntándose cómo podían comer aquello. La comida llegó a su fin, y aquellos designados para limpiar las mesas estaban recogiendo los platos. los otros se levantaron y comenzaron a reunirse entre ellos o a salir de la habitación. Yamada regresó y enseñó a Hyoga a un hombre. Se aproximó al niño y le empujó hacia el hombre. El niño rubio cojeó hasta la puerta bajo la mirada de los otros chicos. Oyó susurros, pero permaneció sin expresión y siguió a Yamada fuera de la habitación y del edificio. “¡Rápido! ¡Tokumaru-san te está esperando!” Hyoga continuó caminando con su cojera, preguntándose quién sería ese Tokumaru. Tenía el presentimiento de que era alguien importante y todo aquel que había visto parecía tenerle miedo. En medio de la oscuridad, se dio cuenta de que caminaban hacia la gran casa. Yamada solo se detuvo en la puerta, esperando que el niño le alcanzase, antes de entrar y caminar hasta una habitación. Llamó a la puerta. “El niño está aquí, Tokumaru-san”, dijo. “Entra,” respondió una voz profunda y fría desde el interior. Yamada abrió la puerta e hizo un gesto a Hyoga para que entrase. El niño obedeció y miró a su alrededor, para ver donde estaba. Se dio cuenta de que estaba en un despacho. Detrás de los papeles apilados delante del escritorio, se encontraba un hombre calvo, de complexión fuerte que estaba leyendo unos documentos. El hombre sólo levantó la vista cuando oyó cerrarse la puerta. Sus ojos negros se detuvieron en el niño rubio, que le miraba abierta y fijamente, esperando. Estrecho los ojos y se puso en pie, tomando una nota de una pila de papeles. La abrió y la leyó. “Así que este es Hyoga...” dijo, deteniéndose cerca del niño y mirándole de arriba a abajo. “¿Konketsu?” se dió cuenta. “Tiene nombre japonés...” leyó un poco más. “Ruso...” levantó la vista y se volvió hacia un hombre que llevaba ropas negras. Hyoga se sorprendió al ver a este último. No había reparado en él cuando había entrado en la habitación. Reconoció al más alto de los hombre que le habían llevado hasta allí. No dijo nada, esperando y preguntándose por qué estaba él allí. “Ha vivido en Rusia hasta ahora. ¿Entiende japonés?” “Un poco, según nos ha dicho el director del orfanato...” “Eso lo veremos mañana. Si no lo habla, se le enseñará, tal y como está planeado.” El hombre continuó leyendo. “¡Un rebelde, por lo que veo! ¡Tendremos que tener mano dura!” “Tokumaru-san,” comenzó Yamada. El hombre miró al instructor y le permitió continuar. “Creo que deberíamos cambiarle de habitación. Ikki es un rebelde, también, esto traerá problemas...” “Es el único sitio que queda libre, de todas formas. Que se peguen entre ellos si quieren, ese no es mi problema.” Yamada quiso responder algo, pero su boca permaneció cerrada, protegiéndole de lo que quería decir. Tatsumi bajó la vista hacia el niño, que le miró en correspondencia. “Soy Tokumaru Tatsumi. Por mi pasan todos los asuntos de Kido-sama, porque cuento con su confianza. De aquí en adelante, vivirás con los otros niños hasta que seáis enviados a los distintos campos de entrenamiento para convertiros en Santos(9). Aquí te será dada una educación en todos los sentidos. Mañana sabré que capacidad tienes con nuestro idioma. Si no es suficiente, además de las labores normales y tu entrenamiento para convertirte en un futuro Santo, tendrás clases intensivas de japonés.” Hyoga no respondió. Continuó mirando sin expresión alguna al hombre que estaba hablando sobre entrenamientos, sobre Santos. No entendía nada. “Has sido adoptado por Kido-sama, como todos los demás, pero eso no te da derecho a hacer lo que quieras. Tienes prohibido venir aquí sin mi permiso. Tienes prohibido escapar. No debes hablarme... ¡Yamada, sigue tu!” El hombre asintió y se giró hacia el niño, preguntándose si lo entendería todo. “Te levantarás a las seis en punto, al mismo tiempo que tus compañeros de cuarto. Debes hacer la cama y limpiar tu habitación con ellos. Se te darán tareas compartidas, que alternarán cada semana. Si alguno de vosotros no está presente en el campo de entrenamiento a las seis y media, todo el grupo será castigado. El entrenamiento comenzará entonces. A las ocho en punto es hora del desayuno. Treinta minutos después, comenzarán las clases, durante cuatro horas. Después la comida y a las tres en punto de la tarde, entrenamiento o estudios alternados hasta las siete en punto. Tiempo libre hasta las ocho, después la cena y después a la cama. El toque de queda es a las nueve y media.” Tatsumi asintió y continuó explicando todas las cosas que el ruso debía saber. Hyoga suprimió un bostezo. Estaba cansado y cada vez tenía más y más dificultad en permanecer despierto y seguir las palabras del hombre. Todo se volvió confuso en su mente. Quería dormir. “Eso es todo,” dijo Tatsumi, un buen rato después, y volvió a su escritorio. “¡No permitiré que crees problemas! ¡Vete!” El niño miró fijamente al hombre, pero Yamada le empujó fuera. Caminaron hacia la casa donde estaban los huérfanos. Cada paso que daba Hyoga le hacía temblar de dolor. Había utilizado demasiado su pierna aquel día, y tenía dificultades para seguir al instructor. Empeñado en no mostrar su dolor, mantuvo una expresión indiferente. Para cuando llegaron al interior de la casa, el niño estuvo a punto de suspirar de alivio. Siguió al hombre a través de los pasillos y se detuvieron delante de la puerta. El niño rubio se dio cuenta de que había cuatro nombres allí. Estaban escritos en kanji, y no pudo leerlos. “Espero que hayas entendido ya. Esta es tu habitación, aquí está tu nombre,” dijo Yamada, apuntando al último de los cuatro nombres. Abrió la puerta y empujó a Hyoga al interior. Encendió la luz y Hyoga se parpadeó. Se dio cuenta de que sus otros tres compañeros de cuarto estaban ya en la cama, pero no dormidos. Yamada les miró con el ceño fruncido. “¡Rápido, cámbiate! ¡Y vosotros, dormid! El toque de queda ya ha pasado.” El niño rubio se dirigió hacia su cama y dio la espalda a su compañeros de cuarto. Buscó en la bolsa las cosas para dormir, especialmente su pijama. Lo dejó sobre el colchón y depositó su bolsa en el suelo, cerca de su cama. Se quitó la camiseta y los pantalones. Sintió la cruz que portaba moviéndose contra su estómago, y se sintió mejor, notando la presencia de su madre cerca de él. Acarició la joya lentamente con la mano. “¡Hayaku!” gritó llamada, sacando a Hyoga de sus pensamientos. El niño no se sentía con fuerzas para volverse y mirarle fijamente. Sólo obedeció y, sin girarse hacia los otros niños, se metió en la cama con la cabeza hacia la pared. “¡Y que no os oiga!” les advirtió el instructor después de un último vistazo a la habitación. Apagó las luces y cerró la puerta. Nadie en el cuarto se movió o habló. Uno de los niños se giró en su cama, pero no dijo nada. Hyoga suspiró. Cerró los ojos, pero el sueño que deseaba no acudía a él. Estaba cansado. Había estado a punto de quedarse dormido delante de Tokumaru hacía un rato. ¿Por qué no podía dormir ahora que lo necesitaba? Desde luego, la herida de la pierna le dolía, pero aquella no era la única razón y lo sabía. Estaba en un lugar nuevo, del que no sabía nada. Desde la muerte de su madre había estado rodeado de extraños, que no le entendían y que no querían entenderle, y lo más duro de todo era que sólo eran niños. Aquella aprensión hacia la gente nueva y además problemática, si lo que había dicho el director del último orfanato era cierto, era la razón de que el sueño se le escapase en aquel momento. Abrió los ojos al escuchar un sonido alrededor. Podía oír la respiración pesada y regular de sus compañeros de habitación. Estaban durmiendo y no le habían prestado atención. Trató de pensar en lo que Tokumaru le había dicho. "¿Santos? ¿Para convertirme en Santo? ¿Un Santo como los de La Biblia? Mama dijo que los Santos son criaturas puras y que viven en Cielo cerca de Dios. Sólo los que han sido amables y buenos en su vida se transforman en Santos cuando mueren... ¿Van a matarnos?" Hyoga se frotó la pierna derecha, confundido. "¿Entrenar? ¿Qué clase de entrenamiento? ¿Qué es lo que quiere esta Fundación? ¡¿Y a mi que me importa si me voy a escapar en cuanto mi pierna se cure?! ¡Me reuniré contigo, mama! ¡Espérame!". Cerró los ojos lentamente y decidió olvidarse de todo para poder dormirse. Cayó en un profundo agujero negro, pero no trató de impedirlo. * * * * Un grito alcanzó sus oídos. Y luego otro. Lentamente, Hyoga abrió los ojos y oyó otro chillido. “¡Niisan(10)!” gritó uno de los chicos de la habitación. “¡Shun!” gritó otro, al otro lado del cuarto. Entonces alguien encendió las luces. Por el rabillo del ojo, Hyoga vio a un niño de pelo castaño claro regresando desde la otra pared. “¡Shun!” Se hizo el silencio, solo roto por los sollozos del niño. “¡Shun! ¡Despierta! ¡Soy yo! Despierta, hermanito... Sólo es una pesadilla...” “¡Niisan!” gritó Shun, lanzándose a los brazos de su hermano. “¡Niisan! ¡Niisan! ¡Niisan!” No dejaba de repetir, agarrado con desesperación al cuello de su hermano y rompiendo a llorar. “Ya está, Shun. Sólo era una pesadilla... Shhhh... Todo está bien ahora. Estoy aquí. No voy a dejarte solo... Shhh... Duerme ahora,” murmuró al oído del pequeño. “¡No me dejes, Niisan! ¡Por favor, no me dejes!” suplicó Shun, gritando. “No te dejaré, Shun. Deja en paz la camiseta...” miró fijamente a su compañero de cuarto. “Voy a dormir contigo, Shun. Y todo estará bien, ¿vale?” Diciendo esto, el chico del pelo azul oscuro se metió en la cama junto a su hermano y le cogió entre sus brazos. Miró otra vez a Kiochi y asintió. El niño caminó hacia la cama de Hyoga y luego hacia la puerta. Apagó las luces y volvió a su propia cama. se metió dentro con un suspiro y se giró varias veces buscando la posición más cómoda. Hyoga abrió los ojos. Los había cerrado cuando Kiochi se había acercado a la puerta. Enfocó la pared oscura que tenía delante. Aún podía oír las lágrimas apagadas del niño. Apretó la cabeza contra la almohada para no oírle, eran demasiado tristes. Le parecían tan dolorosas que reflejaron su propio pesar. Cerró los ojos. Despacio, para no molestar a los otros, presionó su mano izquierda contra su oreja izquierda, esperando escuchar sólo silencio. Pero allí estaban, metiéndose en su cabeza. De hecho, tenía la impresión de que las lágrimas estaban en su mente, que era su propia mente la que estaba llorando. "¡Para!", gritó la mente de Hyoga. Se encogió como una bola y sus propias lágrimas fluyeron a través de los párpados cerrados. Se forzó a abrir los ojos y dejar salir el aire lentamente. Sintió y oyó la sangre agolpándose en su cabeza, así que dejó de presionar la mano contra la oreja. Su cabeza se aligeró de inmediato. Las lágrimas habían cesado y suspiró aliviado. Presionó una mano contra su corazón, tanto que dolió, y encontró la cruz escondida bajo la camisa del pijama. Cerró los dedos con fuerza alrededor de la joya. "Mama..." * * * * “Hyoga...” llamó la mujer, mirando al chiquillo que a su vez contemplaba el campo congelado y el mar cubierto de hielo que se extendía delante de ellos. El viento soplaba, acentuando el frío, pero el niño y la mujer llevaban cálidos abrigos y la taiga a su derecha y detrás les protegía de su violencia. “¿Si, mama?” preguntó el niño, levantando la vista. Le gustaba mirarla. Era todo su mundo, todo lo que amaba. El sol se estaba poniendo, y su luz oscurecía su cabello rubio y sus ojos azules, más oscuros que los del niño. “Mañana llegaremos al puerto. Al fin verás a tu padre.” Hyoga ladeó la cabeza. “Tu padre es alguien muy bueno, y amable. Vive en Nihon, una isla.” “¿Por qué debemos ir, mama?” preguntó. “Porque quiero que conozcas a tu padre, hijo mío...” “¿Por qué no viene él?” “Serás feliz, Hyoga. Y formaremos una familia...” Hyoga volvió a mirar la explanada. Le gustaba su país, pero si su madre quería reunirle con aquel padre que nunca había conocido, lo haría, sólo por estar con ella. No podía entender el mundo de los adultos pero haría cualquier cosa que su madre le pidiese. Sintió una mano sobre su hombro. Se giró ligeramente y encontró a su madre arrodillándose a su lado. Se volvió totalmente hacia ella. La mujer suspiró y tomó una de sus manos. La abrió, la palma vuelta hacia el cielo, y puso una cruz de oro en ella. El collar, hecho de perlas blancas, captó los rayos del sol. Ella cerró la mano del pequeño y se sentó e una roca congelada, rezando. Hyoga miró a su madre. Miró el rosario y después volvió a mirar a su madre. Ella abrió los ojos y le sonrió, mientras el niño miraba de nuevo la cruz, confundido. “Ahora es tuyo, Hyoga. Mi madre me lo dio cuando tenía tu edad. Ella lo heredó de su madre, que a su vez lo heredó de la suya...” “Pero, mama” comenzó el niño, “es tu rosario...” La mujer sacudió la cabeza lentamente. “Es tuyo, Hyoga. No lo necesito más. Mi fe en Dios es lo suficientemente fuerte, así que puedo seguir creyendo en Dios sin la Cruz del Norte. Quiero que Dios cuide de ti, eres muy pequeño.” Hyoga examinó la cruz durante un largo rato, sin entender. Su madre tomó el rosario y se lo pasó por la cabeza. Le cayó más allá del ombligo. “Ahora es un poco largo, pero quedará perfecto cuando crezcas. Eres cristiano, y no hay muchos cristianos en el país de tu padre... Prométeme que siempre lo guardarás, Hyoga.” “Lo haré, mama.” La mujer le besó en la mejilla derecha y Hyoga sonrió feliz. * * * * Hyoga apretó con más fuerza la cruz. "Tenías razón, mama. Aquí no hay muchos cristianos... pero también estabas equivocada. Hace mucho tiempo que padre ha muerto...". Levantó lentamente la cabeza cuando sólo escuchó silencio. El niño que lloraba estaba ahora dormido. Pudo ver los dos cuerpos en la cama. "¡Tienen suerte! Son hermanos. Pueden consolarse mutuamente. Pueden contarse sus penas y miedos el uno al otro. Están juntos, y yo estoy solo. Ya no tengo nada, lo he perdido todo. Mi madre, mi país, mi identidad. La única cosa que tengo es el regalo de mama...". Las lágrimas corrieron silenciosas por sus mejillas, y no hizo nada para reprimirlas. "¡Mama! ¿Por qué me has dejado solo? Lo prometiste, lo prometiste...". Hundió la cabeza en la almohada y lloró hasta que el sueño le cogió en sus brazos. * * * *
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| (1) gaijin: extranjero
(2) mama, y no mamá. Creo que llama a su madre en ruso, su idioma materno. (3) Do cvidanjiya: hasta luego, hasta la vista. (4) Baka: tonto, estúpido (5) Hayaku: rápido (6) Konketsu: mestizo (7) Sukoshi: un poco (8) Isogi: rápido, apresúrate (9) Lo tradujimos por Santos, porque de otra manera habría cosas que no se entenderían más adelante. (10) Niisan: hermano mayor, como todos sabemos... ^^UUU |