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ANIBUN (2) traducción al español: Bulma & Natharell |
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Shun miró al niño, profundamente dormido. Ladeó la cabeza a un lado, curioso, y parpadeó. Se llevó la punta del dedo índice a la boca con gesto pensativo, y miró hacia Kiochi, que le devolvía el gesto. Retornó su inquisitiva mirada al extranjero, y se dio cuenta de las huellas que las lágrimas habían dejado en las pálidas mejillas del chico. Su corazón se entristeció. Acercó la mano derecha a la mejilla del niño antes de cambiar ligeramente la dirección hacia la melena rubia. Pero se detuvo temeroso. Era la primera vez que veía aquel color de pelo en su vida. Había visto alguna gente rubia en la televisión, pero jamás en la realidad. La puerta se abrió e Ikki, el mayor de los tres niños, entró en la habitación. Vio a Shun a punto de tocar al extranjero y le detuvo rápidamente. “¡No le toques!” advirtió el chico del pelo azul oscuro. Shun se volvió hacia Ikki, confundido. “Pero, Niisan” se quejó. “Debemos despertarle o le castigarán...” “No es nuestro problema,” contestó Ikki, tirando del brazo de Shun para que se acercara. “Pero a nosotros también nos castigarán” comenzó Kiochi. “¡Kurada le explicó las reglas!” Miró al niño dormido enfadado y salió fuera, tirando de Shun. Kiochi les siguió dubitativo, pero sin deseos de sentir la furia de Ikki. “Los extranjeros son problemáticos. Ni se te ocurra acercarte o hablar con él, Shun.” Shun agachó la cabeza, preguntándose por qué Ikki era tan duro con el nuevo compañero de cuarto. Ikki era duro, grosero y áspero con cualquiera salvo con él. Levantó la cabeza y miró a su hermano. Confiaba en él. Su hermano lo sabía todo; pero no pudo evitar mirar hacia atrás, a la puerta cerrada. Llegaron al campo de entrenamiento, donde cerca de sesenta niños esperaban, algunos bostezando, otros haciendo ejercicios de calentamiento, otros hablando. Shun se acercó a su hermano. Aún se sentía incómodo con todos esos niños, que siempre se reían de él. Llevaban allí más de un año, pero aún no tenía un amigo. Algunos hablaban con él, pero sólo cuando estaban seguros de que nadie les veía. Pero no tenía ningún amigo verdadero, con el que poder hablar, salvo su hermano. Todos los días, agradecía a kami-sama(11) por tener un hermano como Ikki que le protegiese. Todos se quedaron quietos cuando los cinco instructores entraron. Miraron a los niños y asintieron hacia Yamada. Todos los niños se dividieron en cinco grupos y se unieron a sus respectivos entrenadores. Entonces cuatro de los cinco grupo tomaron distintas direcciones, sólo uno se quedó en el centro del campo de entrenamiento. El instructor les miraba. Los contó con la cabeza y entrecerró los ojos. Contó una vez más y su cara se tornó enfadada. Examinó al grupo de nuevo. Faltaba alguien. Yamada le había dicho antes que tendría un nuevo alumno, pero al parecer no estaba allí. El entrenador miró alrededor, buscando a Ikki. Cuando le encontró gritó. “¿Dónde está tu nuevo compañero de cuarto? Hyoga, ¿es eso?” “Aún en la cama.” “Nani(12)?!” ladró el entrenador. “¡Si mi información es correcta, está bajo tu responsabilidad!” “¡El ya sabe las reglas!” respondió Ikki, dando a entender que no quería ser la niñera de un gaijin. “Te guste o no, eres el mayor,” gritó Yamada-. “Ya sabes lo que os pasará a los tres si tú...” “No soy responsable.” “¡Ve y busca al perezoso!” ordenó Yamada. “Y para ti, Ikki, discutiremos esto más tarde.” Se giró hacia el entrenador. “¡Empezad sin él! Debemos evitar perder el tiempo. No dudes en ser duro con el nuevo, dicen que es un rebelde.” El entrenador asintió y ladró sus órdenes. Los niños comenzaron a correr sin que el hombre les perdiera de vista. “Niisan...” dijo Shun en un susurro. “Daijoubu(13), Shun. No me harán nada,” le ofreció un amago de sonrisa y se centró en el entrenamiento. * * * * Hyoga soñaba que corría por las planicies siberianas, como antes. Estaba riendo y se volvió hacia su derecha. "¡Mama!", gritó alegremente. Pero de repente el hielo se quebró bajo sus pies y... “¡Levántante!” gritó alguien cerca de sus oídos, mientras le sacaban de la cama. Hyoga sintió el suelo frío bajo él, pero no se despertó. Más aún, se encogió haciéndose una bola. “¡DESPIERTA!” gritó con fuerza el hombre. Hyoga parpadeó y abrió un párpado. Vio una sombra oscura delante suyo. Cuando fue capaz de ver, se dio cuenta de que era un hombre con ropas negras. El niño gimió y se frotó los ojos. “¡Vas retrasado!” gritó el hombre, poniéndole en pie. “¡Date prisa!” Hyoga le miró inocentemente, y echó un vistazo a su alrededor. Ya recordaba. Estaba en la Fundación Graude y, según lo que le había dicho Yamada el día anterior, debería haberse levantado a las seis para estar a las seis y media en el campo de entrenamiento. Se dio cuenta de que no había nadie más en la habitación. Y, si el hombre estaba allí, era seguro porque se había levantado tarde. El chico rubio se levantó y se frotó los ojos otra vez, que parecían querer cerrarse solos. Deseaba mucho encontrar de nuevo la suavidad del sueño. Se estiró y revolvió su cabello. “¿Vas a gandulear por mucho tiempo?” preguntó el hombre en tono peligroso. Hyoga iba hacia el baño cuando el hombre le detuvo. “No tienes tiempo para darte una ducha. ¡Vístete y haz la cama! ¡Volveré por ti en cinco minutos!” El hombre salió de la habitación, y Hyoga se dio prisa en obedecer, no sin antes pasar por el servicio. Estaba terminando de hacer la cama cuando el hombre regresó y le arrastró por los pasillos. Se dirigieron hacia el campo de entrenamiento, donde se cruzaron de vez en cuando con un niño que corría. Se detuvieron delante de un hombre. Hyoga miró hacia arriba y vio a otro hombre japonés con mirada fría. El hombre le estudió y miró un papel. “¿Hyoga?” preguntó, mirando fijamente al niño. Creía que el nuevo era japonés, pero se había equivocado. El nombre le había confundido. “¿Habla japonés?” preguntó al instructor mientras observaba a Ikki y Shun pasando cerca de él. Se dio cuenta de que Ikki se volvía hacia ellos, así que le miró fijamente y luego se giró hacia Yamada. “Según dijo el director del orfanato en el que estaba, entiende un poco. Pero Tokumaru-san verá que nivel tiene más tarde. De todas formas, no necesita entender para hacer lo que queremos que haga. ¿Cuál es el problema?” “Estaba sorprendido por su nombre. ¿De qué país es?” “Rusia.” Yamada miró a Hyoga. “¡Ya tendremos una pequeña charla luego!” le advirtió firmemente. “Así que, ¿puede empezar el entrenamiento?” El entrenador asintió. “Corre veinte vueltas alrededor del campo, para empezar.” Hyoga permaneció en el mismo sitio. “¡Corre!” le gritó, empujándole. Reluctante, Hyoga comenzó a correr. La primera vuelta estuvo bien, pero después comenzó a sentirse cansado. Al final de la cuarta vuelta, sentía la necesidad urgente de parar y descansar un momento. Su pierna comenzó a dolerle, y se la frotó a menudo. Cuanto más tiempo pasaba, más se la frotaba. A la sexta vuelta, se encontraba sin respiración y cojeaba. El entrenador le miró y le gritó que continuase y dejase de hacer el tonto. Tres vueltas más tarde, el costado comenzó a dolerle y cada vez arrastraba más la pierna derecha. Ya no corría. Era como si andara muy deprisa pero tenía la sensación de no encontrar un buen ritmo para sus pasos. Dos vueltas después el niño estaba exhausto, pero continuó, cojeando tercamente. La cabeza le daba vueltas y se desplomó en el suelo. Varios niños pasaron a su lado y se rieron de él. “¡Eh! ¡El nuevo! ¿Eres un debilucho?” “¡No sabía que un gaijin podía ser tan débil!” “¡Pobre muñeco rubio!” "¡¡Incluso el llorón de Shun es más duro que tu!” Lágrimas de humillación llenaron sus ojos azules mientras se levantaba lentamente. La pierna le dolía como el mismísimo infierno, pero ahora estaba decidido a enseñarles que los rusos eran más duros y mejores que ellos. Con una expresión dura en la cara, dejó de cojear intentando no mostrar su dolor. Más tarde Hyoga se dio cuenta de que había poca gente corriendo y, cuando llegó cerca del instructor, vio a algunos niños haciendo ejercicios de estiramiento mientras otros chicos continuaban corriendo. Al parecer aquellos que terminaban con las veinte vueltas se dedicaban a hacer otras cosas. Trató de llevar la cuenta de sus vueltas, pero las había olvidado, aunque estaba seguro de que hasta que el entrenador no le dijese que parase, no habría completado su tarea. Finalmente, Hyoga se encontró solo en el trayecto. Cada movimiento que hacía su pierna amenazaba con no sostenerle más. Continuó corriendo. Todo estaba en silencio. Había perdido la noción del tiempo, los sonidos externos no le llegaban, tan solo el sonido de su corazón latiendo acelerado, la circulación de la sangre en sus venas y la respiración. Las sensaciones que recibía de su cuerpo eran completamente diferentes. No sentía nada. Incluso el dolor había desaparecido. Miraba las cosas sin verlas, continuaba corriendo de manera mecánica. El dolor en su pierna se hizo más fuerte. Eso consiguió sacarle de su estupor, pero con la conciencia vinieron también todas las sensaciones que había tratado de no sentir y olvidar. Se concentró en paisaje. Un paisaje dominado por el hielo; sólo los renos, los osos polares y los zorros plateados y azules reinaban en aquel áspero país. Tenía la sensación de poder sentir el frío contra su piel, de sentir la frialdad. Tenía la sensación de que podía oír sonido del hielo crujiendo. Tenía la sensación de que podía oír el martilleo de las pezuñas de los renos, galopando en la extensión brillante y blanca. Tenía la sensación de oír a los cisnes volando sobre su cabeza, el sonido de sus alas en un cielo dominado por el color rojo del sol que se ponía en un mar plagado de icebergs. Tenía la sensación de... “¡¡HYOGA!!” gritó alguien a su espalda. ...de ver a su madre sonriéndole... “¡HYOGA, PARA!” ...de correr hacia ella... “¡HYOGA! ¿ESTÁS ESCUCHANDO?” ...ella se hundió en el mar congelado... “¡PARA, HYOGA!” Las piernas no le sostuvieron más y se precipitó a un agujero negro. “Mama...” dijo en un suspiro. Notó que le giraban y que algo le oprimía. Abrió lentamente los ojos. “¿Que ha ocurrido?” murmuró cuando vio al entrenador mirándole. “Está bien” dijo Yamada. Hyoga giró la cabeza y se dio cuenta que estaba tendido en el suelo. Lentamente intentó sentarse y cuando lo consiguió se puso en pie. La pierna derecha le falló y plantó la rodilla en el suelo. Miró a su alrededor y vio al entrenador, que le enganchó de un brazo y le obligó a ponerse en pie. “¡La próxima vez haz caso cuando te diga que te pares! Ya has hecho las veinte vueltas. El entrenamiento aún no ha finalizado, así que deberás acostumbrarte.” Hyoga tragó saliva. Estaba sediento. “Bebe” dijo el hombre, dándose cuenta del detalle y arrastrándole por el gimnasio, donde los demás estaban haciendo distintos ejercicios. El entrenador le dio una botella de agua que Hyoga se bebió deprisa. El hombre miró a su alrededor y asintió para si mismo. Tiró del niño tras el y le puso delante de un saco de boxeo. “Este es tu entrenamiento para hoy. ¡Enséñame cómo luchas!”. Hyoga le miró sin entender. El hombre suspiró. “¡Taro! ¡Ven aquí y enséñale!” Un niño un poco mayor que Hyoga con el pelo negro se aproximó y asintió. Le pegó un puñetazo al saco lleno de arena y después lo pateó. El entrenador le detuvo y mandó al niño que regresase a sus actividades, que eran las flexiones. “Es tu turno.” Hyoga se giró hacia el saco de boxeo y comenzó a golpearle. “¡Más fuerte!” gritó el hombre. Hyoga se mordió el interior de los labios y golpeó más fuerte; le dio una patada aún más fuerte, tratando de ignorar el dolor que cruzó su pierna derecha y después el cuerpo entero. El tiempo pasaba despacio para Hyoga. Parecía que llevaba horas allí, golpeando y pateando el saco de arena. Golpe, patada. Golpe, patada. Golpe, patada. Entonces se hizo el silencio y los niños se marcharon, mientras Hyoga permanecía en el mismo sitio, perdido, respirando pesadamente y sudando. Yamada se le acercó. “Antes de que vayas a las duchas, tenemos que hablar.” Hyoga levantó la cabeza con cansancio y esperó. “¿Que te dijimos Tokumaru-san y yo ayer? ¡Deberías haberte levantado a tu hora esta mañana! Hoy te perdonaré que hayas llegado tarde. Lo haré porque eres nuevo y porque el viaje te cansó, ¡pero no quiero que vuelva a pasar de nuevo! ¿Entendido?” Hyoga se le quedó mirando, pero no dijo nada. Se apoyó en su pierna izquierda tratando de mantener el equilibrio, ya que la derecha estaba temblando. “Las duchas están por ahí. ¡Rápido! Voy a ir a coger algunas ropas para ti, no creo que tengas muchas. La ropa que llevas ahora mismo se quedará solo para el entrenamiento.” Yamada abandonó el gimnasio y Hyoga caminó hacia el lugar que el hombre le había señalado. Se cruzó con varios niños que salían de allí. El niño rubio miró a su alrededor y vio que los últimos estaban terminando de ducharse. Se sentó en un banco y suspiró con alivio, más que feliz de tener un pequeño descanso. Lentamente sacudió la cabeza. Estaba a punto de quedarse dormido, así que se quitó la ropa y se metió en la ducha. Dejó el agua caliente corriese por su cuerpo, relajándole. El muslo vendado se relajó al fin, y suspiró de placer. Al final se frotó el cuerpo para aliviar sus cansados músculos. “¿No has acabado?” gritó Yamada, entrando en las duchas. “Ya has llegado tarde al entrenamiento. No creo que sea momento para llegar tarde también al desayuno. ¡Date prisa!” Miró al niño con enfado, y estrechó los ojos cuando se percató del muslo vendado. “¿Que es eso?” preguntó, aproximándose al niño y tocando el blanco material. Hyoga puso una mueca de dolor y trató de apartar la pierna del escrutinio de Yamada. Pero el hombre le obligó a sentarse y le retiró el vendaje. Hyoga le dejó hacer y examinó su herida al mismo tiempo que el hombre. Estaba azul alrededor de las heridas que le hicieron los colmillos en la piel. La herida no estaba totalmente curada, pero casi, y algunas costras ya estaban secas. “¿Dónde te has hecho esa herida?” preguntó el instructor con voz neutral. “¿No quieres responder o no puedes hacerlo?” El hombre gruñó y se acercó a un armario. Cogió un par de vendas y envolvió con ellas el muslo del niño. “¿Por qué no me dijiste que estabas herido?” le preguntó, recordando que Hyoga ya cojeaba la noche del día anterior y durante el entrenamiento. “Podríamos haber pasado sin tu desmayo de esta mañana” le gritó, terminando con el vendaje. “Ahora vístete, ¡rápido!” Hyoga obedeció y se dirigió cojeando hacia el comedor, donde los otros ya estaban comiendo. Se dirigió como la noche anterior a su mesa, bajo la atenta mirada de los niños. Oyó algunas risitas, pero no se volvió para ver quién se reía de él. Se sentó en su silla y comenzó a comer. Ni siquiera intentó iniciar una conversación con sus compañeros de cuarto. Shun miraba fijamente al extraño, e intentó ofrecerle una tímida sonrisa, pero su hermano frunció el ceño y el niño del pelo verde agachó la cabeza y se concentró en su propia comida. Pero cada vez que estaba seguro de que Ikki no le miraba, se fijaba en el extranjero, esperando que el otro se diese cuenta, pero no lo hizo y Shun se rindió, triste. El desayuno terminó, y todo el mundo se levantó en silencio. Después de recoger los platos, salieron fuera, aunque Hyoga permaneció en su sitio, sin saber qué tenía que hacer ahora. Yamada se presentó detrás y le empujó fuera de la habitación. “Ahora tienes clase. Por lo que Tokumaru-san ha visto en tu ficha, tienes siete años, así que hoy estarás en la clase de los mayores.” Cogió un papel de un bolsillo y se lo tendió a Hyoga. “Toma. Aquí están las tareas que tienes que hacer, y cómo se reparten.” Hyoga miró el papel y luego se lo guardó en el bolsillo de sus pantalones negros. Aún cojeando, caminó por los pasillos hasta que se detuvo de repente cuando Yamada llamó a una puerta, para después abrirla. Le agarró de un brazo y le arrastró dentro. “Matsumoto-san, este es tu nuevo alumno, Hyoga. Llega tarde porque aún no ha aprendido que es lo que debe hacer.” “Tokumaru-san ya me dijo que tendría un nuevo alumno,” dijo, mirando hacia abajo, al niño rubio. “No tengo nada que añadir a eso,” dijo Yamada girando sobre sus talones y abandonando la clase antes de que el profesor le preguntase nada. Hyoga volvió sus ojos sin expresión hacia los niños que tenía delante suyo, que le miraban con extrañeza. Vio alrededor de veinte niños, quizás alguno más. Sostuvo su mirada y endureció la suya, esperando mostrarles que era fuerte, y no un debilucho como habían dicho por la mañana. “Hyoga” le llamó el profesor. “Tu sitio es ese” dijo, señalando la tercera mesa de la fila que estaba más cercana al muro donde se encontraba la puerta. “Los libros y tus cosas ya están en el pupitre”. Hyoga le miró confundido y Matsumoto frunció el ceño. “¿Entiendes? ¡Vamos! ¡Ve a tu sitio!” “¡Es un gaijin!” gritó alguien. “¡Claro que no entiende!” dijo otro, sonriente. “¡SILENCIO!” Empujó a Hyoga hacia el pupitre vacío y se volvió hacia la pizarra. “Coged vuestros libros y abridlos por la página treinta y dos. Iroshi, ya que parece que tienes ganas de hablar esta mañana, comienza a leer”. Miró fijamente a Hyoga, que se había sentado y miraba a su alrededor sin saber qué libro debía coger. Matsumoto suspiró mentalmente. Iba a ser una larga mañana. Hyoga observó el hiragana y el kanji. Sabía algunos gracias a las lecciones que le habían dado en los orfanatos anteriores. Pero lo que sabía no era suficente para leer. Reconoció alguno de ellos y suspiró. Así que siguió lo que los demás estaban leyendo en alto. Era aburrido. Miró a su alrededor y vio, en el quinto asiento de la fila más cercana a la suya a uno de sus compañeros de habitación, a Ikki, el mayor. "Si estoy en la misma clase es que no es mucho mayor que yo". La lectura continuó, y Hyoga cada vez tenía mayor dificultad para disimular sus bostezos. El entrenamiento le había agotado y sentía su muslo dolorido. Se lo frotó discretamente mientras sus ojos se cerraban lentamente. “¡Hyoga!” gritó el profesor. “¡Es tu turno!” El niño rubio parpadeó y miró confundido. “¡Lee!” Hyoga cogió su libro e intentó descifrar el kanji y el higarana que veía. “De pie cuando leas.” El niño obedeció. Miró hacia abajo, al libro, luego al profesor y luego de nuevo al libro. “¿Y bien?” gruñó Matsumoto. Hyoga tragó saliva y no dijo nada. “¿A qué estás esperando?” gritó cerca del oído del niño. Hyoga sintió la rabia crecer en sus venas. No podía leer. No conocía esa escritura. Esta gente lo había hecho todo para humillarle. Oyó a los alumnos riéndose y el niño rubio apretó los dientes. Sus mejillas se sonrojaron, y Hyoga no supo si era por la vergüenza o por la rabia. Quizá ambas razones. No podía soportarlo más, estaba a punto de gritar en ruso al profesor, de lanzarle el libro a la cara y de abandonar la clase, no si antes lanzar a los demás una mirada oscura. “¡Sentáos!” ordenó Matsumoto. “Eso lo veremos después. Tokumaru-san me ha ordenado averiguar tu nivel en japonés, y aparentemente tendrás que aprenderlo todo.” Se giró hacia un niño de pelo negro. “¡Maru! ¡Es tu turno!” Quince minutos más tarde, la lectura había terminado y el profesor les dio unos exámenes. “Tenéis una hora para terminarlos. No quiero oir ni un sonido,” dijo, poniendo el papel encima de la mesa de Hyoga y mirando al niño. Terminó la distribución. “Podéis comenzar,” les dijo. Hyoga ni siquiera se tomó la molestia de coger el lapicero. No podía ni leer ni escribir en ese lenguaje, así que era inútil intentarlo. Permaneció quieto, con la mirada clavada en la espalda del niño que tenía delante. El profesor miró duramente al niño rubio. "No debería estar aquí. Todos son japoneses menos este niño. Es un extranjero que no sabe prácticamente nada. ¿Cómo ha podido la Fundación Graude adoptarle y por qué?". No sabía la respuesta, y no trató de encontrar ninguna. Era su problema. El estaba allí solo para enseñar los básico a aquellos niños que iban a ser mandados alrededor del mundo. Caminó arriba y abajo de la habitación un momento y después regresó a su mesa. “Tengo que salir por unos minutos. No quiero oír ni un ruido, ¿entendido?” Tras un último vistazo, salió de la sala. Los niños no respondieron y se quedaron esperando. Uno de los chicos que se sentaba cerca de la puerta la abrió un poco y miró fuera. No vio a nadie y volvió a cerrarla, levantando el pulgar. Como si aquello fuera una señal, todos se volvieron hacia el niño de cabello dorado. “¡Ey! ¡El gaijin!” gritó alguien. “¿Qué estás haciendo aquí? ¡Deberías haberte quedado en tu país!” Hyoga les ignoró y no se movió. “Asi que... ¿no sabes correr?” “¿No sabes boxear?” “¿No sabes leer? ¿Eres capaz de hacer algo?” Hyoga apretó los puños, pero no replicó nada. Ya sabía que lo iba a pasar mal allí, igual que en los otros tres orfanatos. Pero allí había aprendido inmediatamente que la rivalidad era la única ley. Los sentimientos como el amor, la amistad o la ayuda mutua eran prácticamente inexistentes. Las palabras del director de su último orfanato sonaron en su mente una vez más. “¡Quizás no puede hablar! ¡Eh, Ikki!” gritó uno de los niños. “¿Ha dicho algo?” “Si, eres su compañero de cuarto, ¡tú debes saberlo!” “A mi no me interesa el gaijin” contestó el chico del cabello azul oscuro. “¡Oh, vamos! ¡Tú debes saberlo!” “No quiero tener nada que ver con el, tanto si es mudo como si no.” Hyoga continuó mirando a algún sitio delante suyo. Si pensaban que era mudo, mejor. Por lo menos su compañero de cuarto lo había dejado claro. Nunca encontraría apoyo o ayuda en él. "De todas formas, ¡no voy a estar aquí mucho tiempo!", pensó. Entonces notó que algo le golpeaba la cabeza. Miró hacia el suelo y vio un borrador. No se giró para ver quién lo había lanzado. “¡Ey! ¡Gaijin! ¡Devuélveme mi borrador!” gritó alguien. Hyoga no se movió. “¡Eh! ¡Kuma te ha ordenado algo!” dijo el chico sentado detrás suyo. Hyoga no respondió. “¡Eh!” continuó el niño, empujándole. “¡Coge el borrador!” Hyoga estrechó sus ojos con furia. Si ese tal Kuma quería su borrador tendría que venir a por él. No sería él quien lo cogiese, ya que sabía que aquel niño intentaba provocarle para reírse de él. Se mordió la lengua para no hablar ni replicar nada. “¿Vas a cogerlo? ¿Si o no, debilucho?” “¿Qué está pasando aquí?” gritó Matsumoto, entrando de repente. Todo el mundo agachó la cabeza, concentrándose en sus exámenes. El profesor miró a sus alumnos con dureza hasta que su mirada se posó en Hyoga. “¡Hyoga! ¡Ven aquí!” El niño sólo levantó la cabeza, viendo a un hombre detrás del profesor. “¿Me has oído?” “Hyoga, el señor Matsumoto te está diciendo que te acerques a él. Debes venir conmigo” dijo aquel extraño hombre en ruso. El niño abrió los ojos como platos al oír a aquel hombre hablando en su lengua, y se giró hacia Matsumoto, que le indicaba por señas que se fuese con el hombre. Se puso en pie y se reunió con él. Abandonaron la habitación y caminaron a través de los pasillos. "¿Quién es? Parece japonés, pero habla mi idioma. ¿Por qué está él aquí? ¿Para llevarme de vuelta a Rusia? ¡Ojalá fuera eso! Oh, Dios, por favor, por favor, ¡haz que me lleve a Rusia!" Vieron a Yamada en la puerta de una habitación y el hombre se detuvo. Hyoga también lo hizo, mientras miraba a su alrededor confundido. “Aquí estaréis bien, Yoshida-san” dijo Yamada abriendo la puerta y permitiéndoles el paso. Después la cerró, Hyoga pudo oír como sus pasos se perdían en la distancia. El niño rubio se giró hacia el hombre, confundido, pero no dijo nada. Sabía que aquel podía hablar en ruso, así que esperó a que él hiciese el primer movimiento. “Siéntate” dijo el hombre. Hyoga obedeció y se sentó en el único pupitre de la habitación. “Mi nombre es Yoshida. Desde hoy seré tu profesor.” “¿Mi profesor?” “Tu profesor de japonés” dijo el hombre, pasando a hablar en japonés sin aviso. Vio la desilusión cruzando los ojos del niño. “¿Qué pasa?” preguntó, aún en japonés. “¿Dónde ha aprendido ruso?” preguntó el niño. “Mi padre era ruso. ¿Eso es todo lo que quieres saber?” “¿Por qué es usted mi profesor?” “Porque, de acuerdo con Matsumoto-san, tienes verdaderos problemas con el japonés. Tokumaru-san me pidió ayer que viniese”. Hyoga frunció el ceño. Aquel hombre hablaba en japonés en vez de en ruso. “No pareces muy feliz...” dijo el hombre caminando hacia la ventana. Hyoga no respondió nada. “¡Vamos! Se perfectamente que tu nivel de japonés es el correcto” dijo, mirando al reflejo del niño en el cristal de la ventana. Hyoga cerró los puños y miró con enfado al hombre, que se había girado hacia él. El niño vio los ojos de Yoshida estudiándole con detenimiento. “Puedes jugar este pequeño juego con ellos cuanto quieras, pero conmigo no funciona. ¿Sabes por qué?” El niño sólo le miró fijamente. “Porque yo hacía lo mismo. Pero ellos no pueden notar el brillo en tus ojos denotando que has entendido todo lo que te han dicho. Todas las cosas que haces para mantener tu secreto no funcionarán por mucho tiempo, Hyoga. No tiene sentido continuar usando a este estúpido juego.” El hombre se acercó al niño. “Pero reconozco que a veces es divertido, ¿verdad? Poner a los demás en aprietos, tener tiempo para hacer las cosas correctamente o para dar una respuesta correcta. Eso es interesante, ¿no?” Hyoga no contestó; se mordió el interior de los carrillos preguntándose qué debía pensar sobre aquel hombre que era capaz de ver tan claramente a su través. “Pero no cuentes conmigo para hablar en ruso. Hablaré en tu lengua sólo si necesitas explicaciones”. Se paró cerca del niño y agachó la cabeza. “Has entendido todo lo que te he dicho desde el comienzo, ¿verdad?” “Si se cree tan listo ya debe saberlo” dijo el niño calmadamente, sin dudarlo, clavando sus ojos en los azules de Yoshida. “El pequeño oso polar enseña los dientes. Así que tenía razón. Aparentemente entiendes lo que te dicen y, cuando no sabes todas las palabras, eres capaz de entender el concepto. Estás muy lejos de ser un estúpido, debo admitirlo.” “¡Los rusos no somos estúpidos! ¡Usted debería saberlo, ya que es medio ruso y medio japonés, como yo!” gritó el niño enfadado. “Irritable. Tienes la cabeza verdaderamente caliente. Después de todo ese pequeño ejercicio que te obligas a hacer no te hará daño. Al contrario, te hará capaz de aprender paciencia y a autocontrolar tus reacciones. Es un punto positivo.” Hyoga se enfadó, se cruzó de brazos y giró la cabeza. Para él, aquel hombre era el peor de todos. El otro soltó una risita. “Ya se que es difícil para ti estar en este sitio” dijo en ruso. “A los japoneses no les gustan los extranjeros. Ese pelo rubio es como una estrella en la oscuridad, aquí. Soy más afortunado que tú; he heredado más rasgos de mi madre que tú de tu padre. Tu padre era japonés, ¿verdad?” Hyoga no respondió nada, mientras se giraba otra vez para mirar al hombre de pelo negro que estaba delante suyo. Tenía razón diciendo que había sido afortunado. Parecía un japonés normal, solo sus ojos azules traicionaban sus orígenes. "Si es que le traicionan", pensó Hyoga amargamente, recordando los ojos verdes que había visto en el rostro del niño del cabello verde. "Pero prefiero parecer un ruso, como mama, y no ser como ese padre que no conozco... ¡y que no quiero conocer!" “Y ahora que estoy seguro de que entiendes japonés, ¿qué hay de la lectura y la escritura?”. Puso delante del niño un libro y un cuaderno, además de un lapicero. Abrió el libro y apuntó con su dedo índice un párrafo. “Leelo” dijo, poniéndose cerca del niño para asegurarse de que estaba leyendo. Hyoga tragó saliva y miró el libro fijamente. “Estoy esperando, Hyoga. Quizás eres cabezota, pero te aseguro que puedo ser más terco que tú. Así que si quieres jugar a este juego entonces seremos dos. Lee, ahora.” Yoshida esperó pacientemente, y Hyoga agachó la cabeza. No quería decirle a aquel hombre que no sabía nada de escritura japonesa, que no era capaz de leer. “No puedes.” dijo el hombre, estudiando al niño. Hyoga apenas asintió. “Ya veo. No quieres admitir tus errores. Ser capaz de admitir tu debilidad es una prueba de coraje, ¿lo sabes?” “Conozco mis errores, pero no quiero decírselos.” “Muy bien, como quieras. Sólo dime lo que sabes.” Hyoga suspiró y comenzó a enumerar los katakana y los higarana que conocía, así como una docena de kanji. Yoshida asintió y se dispuso a ayudar a Hyoga a aprender la escritura. Estaba trabajando cuando Tokumaru-san llamó a la puerta y abrió sin esperar una respuesta. “¿Cuál es su nivel?” quiso saber, mirando al niño rubio. Yoshida se levantó y caminó hacia el hombre de confianza de Kido Mitsumasa. “ Depende de varias cosas” dijo. “¿Entiende lo que le decimos?” “Es listo. Si, lo entiende. No tiene ningún problema en ese sentido.” Ignoró la mirada peligrosa de Hyoga. “Es capaz de hablar japonés, con varios errores gramaticales, pero con el tiempo los corregirá. El problema es que es cabezota como él solo, y se niega a hablar en japonés.” “¿Y?” “Sus verdaderos problemas están a nivel de escritura y lectura. Así que estoy enseñándole a escribir. Pero si no tiene nada que escribir durante sus clase, puede estar con los demás sin problemas en el aula.” “Muy bien. De esta manera, mientras los otros tienen tiempo libre tras la comida, el aprenderá la escritura”. Sin más, Tokumaru-san salió de la sala. “Si quieres tener tiempo libre te recomiendo que aprendas rápido. Trabajaremos juntos hasta el almuerzo y un poco más por hoy. Escribe todo lo que has aprendido desde que llevamos aquí.” “¿Por qué es tan importante que aprenda japonés? Yo quiero volver a Rusia.” “Has sido elegido para convertirte en Santo. Kido-sama es el inventor de este proyecto y él es japonés. Así que es normal que aprendas su lenguaje. Y, además, tu padre era japonés. Pertenecer a dos culturas es muy gratificante. Ahora haz lo que te he dicho.” “Es estúpido” murmuró Hyoga. “No olvides que se ruso. Puede que tus compañeros y tus entrenadores no hablen tu lengua, pero yo si. Así que no intentes insultarme.” Le pegó un suave golpe en la cabeza y le tendió un libro al niño rubio. “Toma. Es para ti, un diccionaro en japonés y ruso. Te será de mucha utilidad.” Hyoga se enfurruñó, pero cogió el libro y lo dejó a un lado. Miró hacia el hombre y dibujó los distintos hiragana en su papel, esperando tener éxito en escapar de aquella Fundación y volver a las planicies heladas que tanto adoraba. "Juro que volveré allí, cerca de mama, ¡aunque me deje la vida en cumplir mi deseo!" * * * * Hyoga se dirigió al bosque, que pertenecía a la propiedad de Kido. Le gustaba ir allí. No se adentraba mucho porque no tenía mucho tiempo libre, pero había encontrado un punto que le gustaba mucho. Un pequeño claro apartado que había descubierto cuatro días antes, y desde que iba a aquel lugar no había visto a nadie allí. Era un sitio seguro para él, su sitio, su sitio de paz. Hoy no había cogido el camino corto. Quería caminar un poco por el bosque, para oír a los pájaros y para calmar su rabia. El entrenamiento y las clases eran extenuantes, especialmente porque Tatsumi y los demás entrenadores le exigían mucho, más que a los demás, como si así intentasen compensar su diferencia, su origen. A veces temía la llegada de Tatsumi, que venía a ver cómo iban los entrenamientos. Hyoga tenía la sensación de que el hombre calvo estaba siempre pendiente del mínimo error y el más mínimo fallo que él hacía. Oyó un ruido no muy lejos. No era un ruido de un animal, estaba seguro de ello. Era un sonido regular. Curioso, se aproximó. Según se acercaba pudo oírlo más fuerte, incluso apreció gritos de rabia, de alguien que ponía toda su energía en hacer lo que estuviera haciendo. Levantó las cejas, sorprendido. "¿Quién podría estar lo suficientemente loco como para continuar entrenando tras todo lo que nos hacen?" Se detuvo cuando vio a un niño golpeando con fuerza un tronco. Cerca había otro chico, mirandole, al mismo tiempo admirándole y mirándole escéptico. Hyoga reconoció a dos de sus compañeros de cuarto, el mayor, Ikki, y el más pequeño, Shun. Miró cómo Ikki continuaba golpeando el árbol implacablemente mientras el sudor corría por su cara. El sonido regular y sordo de los puños contra el tronco era monótono e insistente, y los gritos del niño de cabello azul cortaban el silencio como una espada el papel. Fascinado, Hyoga continuó mirando. Ahora entendía por qué Ikki era tan fuerte, ahora entendía la razón. Su frágil hermano pequeño necesitaba toda la protección del mayor. "¿Cómo un niño tan frágil como Shun puede sobrevivir aquí?", pensó, "¡quizás sólo por estar con su hermano! El tiene suerte de tener a alguien con quien contar". El sonido se detuvo y Hyoga devolvió su atención a los dos hermanos. Ikki se volvió hacia Shun. “Es tu turno, Shun” dijo. El niño asintió tras un momento de duda. Se puso delante del tronco y le miró durante un largo rato. Tragó saliva y miró a su hermano, que asintió en correspondencia, con los brazos cruzados, indicándole que siguiera. Shun parpadeó y puso su atención en el árbol. Lanzó su puño contra el árbol. Sin mover la mano del sitio donde había golpeado, agachó la cabeza y comenzó a llorar. “No, no puedo. No puedo, Niisan. Duele mucho. No quiero luchar.” Ikki puso las manos en los hombros de su hermano y le obligó a girarse para mirarle. Shun estaba llorando mientras intentaba limpiarse las lágrimas. “Escucha, Shun. Somos huérfanos, no tenemos padres ni parientes, estamos solos. Si quieres vivir y convertirte en un hombre debes aprender a pelear.” “¿Pero para que nos va a servir?” preguntó Shun sollozando. “Para ser fuertes, muy fuertes. Con esto, tendremos la vida que queremos.” “Pero yo no quiero luchar, Niisan...” Shun vio el dolor en los ojos de su hermano. “Lo siento...” “¿No confías en mi, Shun?” “¡Claro que si! Pero...” Ikki tocó la mejilla de su hermano con el dedo índice, con una suave caricia, y atrapó una lágrima que acababa de abandonar su ojo con la punta del dedo. Se la enseñó a Shun y movió el dedo delante del rostro de su hermano, como si estuviera diciendo o advirtiéndole de no llorar. Ikki le ofreció una sonrisa verdadera y sacudió la lágrima, que se volvió iridiscente cuando el sol pasó a su través cuando caía al suelo. Shun sonrió abiertamente a su hermano. “Haré lo que sea para que te sientas orgulloso de mi, Niisan. Te prometo que me haré fuerte.” “Es una sabia decisión, Shun...” Hyoga retrocedió. No debería haber presenciado aquella escena entre los dos hermanos. Involuntariamente había visto una conversación privada que no iba con él. Cuando ya estaba seguro de que no podrían oírle, corrió hacia su lugar secreto. "Al menos están juntos. Se pueden consolar mutuamente, y nunca estarán solos... Mama..." * * * * El niño rubio miró a través de la ventana, hacia el cielo azul que era atravesado por algunas nubes. Entonces miró fuera. No había nadie. Debían estar entrenando o estudiando. Dejó su libro y sus papeles en la mesa y caminó lentamente hacia la puerta. La abrió con un crujido y examinó el pasillo. Nadie. Se coló por la estrecha abertura y cerró la puerta con cuidado y sin hacer ruido. Cruzó el pasillo con cuidado, enfilando hacia la entrada y allí se detuvo y miró fuera. No había nadie, así que salió al exterior. Hyoga miró a su alrededor. No había nadie a la vista. Miró de nuevo alrededor y cruzó el jardín. Su último intento de escapada de los orfanatos le había enseñando a no fugarse sin precauciones y sin sus cosas, pero si volvía ahora a su habitación podían cogerle o verle. Desde que había llegado allí, había planeado escaparse y alcanzar el puerto más cercano. Quería coger ilegalmente un barco que partiese hacia Rusia. Su oportunidad era hoy. Había sido obediente desde que había llegado para no levantar sospechas. Mientras los otros estaban entrenando o estudiando, él permanecía solo haciendo los ejercicios de japonés que su profesor le había dado. Seguramente estaría solo durante una hora o dos, antes de tener que reunirse con los otros. Era más que suficiente como para salir de la propiedad Kido y para poner distancia entre aquel lugar y él. Se escondió detrás de un árbol y miró a su alrededor. Aún estaba solo y no había nadie en la puerta. Era su oportunidad. Salió de la propiedad y giró a su derecha. No sabía en qué dirección estaba el puerto, pero lo más importante para él era poner tanta distancia como pudiese entre aquella prisión y él. El director del último orfanato estaba en lo cierto. Allí, en la Fundación Graude los niños más cabezotas y desobedientes podían ser puestos en vereda. El entrenamiento al que eran sometidos estaba en el límite del respeto y la tolerancia humanas. El más fuerte apenas podía soportarlo, el más débil, como Shun, no podía. "¡Ya no me pregunto por qué tiene tantas pesadillas", pensó Hyoga agriamente mientras corría, "Yo tengo dificultades para soportarlo, especialmente con mi pierna herida..." Corrió a lo largo de la propiedad de Kido durante mucho rato. Era grande. Los huérfanos no tenían permitido entrar en algunas partes de la propiedad, y especialmente en la casa, el castillo, según había oído a Omaru decir a Kiochi, o fuera de la propiedad. Podían ir al bosque si querían para hacer lo que les viniese en gana o para estar solos, pero debían regresar a tiempo si no querían ser castigados. Hyoga continuó corriendo hasta que vio que había edificios a su alrededor, entonces supo que ya no estaba cerca de la propiedad de Kido. Enlenteció su carrera para no atraer la atención de los viandantes que podía ver de vez en cuando. Decidió seguir caminando un rato más antes de preguntar dónde se encontraba el puerto. Libre, Hyoga miró a su alrededor sorprendido por el ruido, la altura de los edificios, por la multitud. No estaba acostumbrado a lo que estaba viendo. Había crecido en una pequeña aldea de Siberia y siempre había estado en orfanatos fuera de la ciudad. Tokyo era la capital de Japón, ya sabía eso, y eso significaba para él que debía ser grande, pero no esperaba que sería tan grande para un niño de siete años. Cuando le habían llevado allí apenas había prestado atención al paisaje cuando había cruzado la ciudad en coche. Después de un largo momento giró a su izquierda y vio a una mujer caminando en su dirección, sujetando la mano de una niña. “Sumimasen (14), señora,” dijo Hyoga dubitativo. La mujer se paró y miró hacia abajo, hasta que le vio. “¿Sabe donde está el puerto?” “¿El puerto?” preguntó la mujer. El niño rubio asintió, tratando de ocultar el dolor que sintió en el corazón cuando vió a la niña sujetar con fuerza la mano de su madre. "¡Mama!", pensó. “Bueno... No vas en la dirección correcta. El mar está hacia allá” dijo, señalándole el Este. “¿Te has perdido?” Hyoga asintió con la cabeza. “Deberías ir a una comisaría. Allí podrán ayudarte. ¿Quieres que te lleve a la comisaría más cercana?” “No, no. Todo está bien, señora” replicó rápidamente. “Arigatoo (15)” dijo, echando a correr en la dirección que le había indicado la mujer. "¡La policía! ¡Me enviarían a la prisión Kido otra vez! ¡Todo menos eso!" Caminó y caminó, preguntando el camino de cuando en cuando. Mientras, miraba a su alrededor y por encima de él. La altura de los edificios le sofocaba. Estaba acostumbrado a estar en campo abierto. Suspiró y se detuvo. Sentó en un banco, cansado, y se frotó el muslo derecho. Le dolía. Cerró los ojos disfrutando el descanso que se había permitido. No había pensado en ningún momento que el mar y el puerto pudieran estar tan lejos. Permaneció un momento sentado, mirando cómo la gente se ocupaba de sus cosas. Cuando recuperó el aliento, se levantó de nuevo. De repente alguien le enganchó del cuello y le levantó del suelo. Los ojos de Hyoga se abrieron de par en par y trató de girar la cabeza para ver quién estaba detrás de él. Pero gracias a la fuerza de la presa, le fue imposible. “¿Dónde te crees que ibas?” preguntó una voz fría. “¡Déjame!” gritó. “¡Te digo que me dejes solo! ¡Déjame en paz! ¡No quiero volver!” Pero el hombre no escuchó, y simplemente se giró hacia un gran coche aparcado no demasiado lejos. Hyoga forcejeó contra su aprehensor, pero la sujeción era demasiado fuerte. “¡Déjame!” gritó. El hombre le lanzó dentro del coche y se metió después. Hyoga saltó y trató de salir del vehículo, pero una mano firme le agarró del brazo izquierdo y le obligó a sentarse. “¡Déjame en paz!” gritó el niño, tratando de liberarse de la mano del hombre. “El paseíto se ha acabado” dijo el hombre. “Debes regresar” añadió el más alto, a su derecha. El coche se puso en marcha y Hyoga lanzó miradas de odio hacia los dos perros guardianes de Kido. “¡No quiero volver allí! ¡Es inhumano!” “Para tu información, chibi (16)” dijo el hombre de su izquierda, “debes hablar japonés, y no en ruso.” “¡Hablaré mi lengua si quiero y no una de bárbaros! ¡No sois más que torturadores!” soltó el niño rubio. “Deberías seguir mi consejo. Tokumaru-san está furioso contigo...” Hyoga quiso replicar algo, pero cerró la boca y miró hacia delante, mordisqueándose el labio. "Algún día haré lo que quiera. ¡Lo que yo haga no será impuesto por nadie!"
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| (11) Kami: dios o fuerza protectora
(12) Nani: qué (13) daijoubu: tranquilo, vale, está bien, ok. (14) Sumimasen: disculpe, perdón (15) Arigatoo: gracias (16) Chibi: pequeño, enano |