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ANIBUN (3) traducción al español: Bulma & Natharell |
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El regreso fue rápido, demasiado rápido para Hyoga. El coche se detuvo a unos cuantos pasos del castillo. El niño aún miraba hacia delante y no pretendía moverse. Los dos hombres salieron del vehículo y esperaron. Hyoga no se movió. Cruzó los brazos por delante del pecho sin mirar a nadie. Los dos hombres vestidos de negro se miraron el uno al otro y aquel que se había sentado a su derecha le cogió del brazo derecho le sacó del coche. Hyoga trató de resistirse y le pegó una patada al hombre que tiraba de él. El otro tiró con fuerza del niño y Hyoga acabó en el suelo. Se levantó lentamente mientras el hombre que había visto por primera vez cuando había llegado salió del castillo. Miró hacia el muchacho. “Le habéis encontrado rápido. Tokumaru-san está furioso...” Los dos hombres asintieron y empujaron al niño dentro de la casa. Era la segunda vez que entraba. Fue conducido hasta la habitación donde Tatsumi se ocupaba de los negocios internos y externos de la Fundación. Uno de los hombres abrió la puerta después de oír que se le concedía permiso con un gruñido. El otro empujó al niño dentro. Tatsumi, que recorría la habitación de arriba a abajo, paró inmediatamente cuando vio a Hyoga. El niño rubio miró hacia arriba, pero no apartó la mirada del furioso hombre calvo que estaba delante suyo. Mantuvo una cara inescrutable, donde no se asomaba ninguna emoción. Tatsumi le miró intensamente y, sin aviso, abofeteó al niño con fuerza. El chico sintió el golpe y dio un paso atrás debido a la fuerza. Se vio tentado a llevarse la mano a la mejilla, pero se obligó a no hacerlo mordiéndose la lengua, para no mostrar su dolor. Apretó los puños con furia. Sentía su mejilla poniéndose roja y ardiendo, pero procuró olvidarlo y continuó mirando al hombre. Los ojos de Tatsumi se estrecharon. Abofeteó al niño de nuevo. “¡Te ordeno que bajes la mirada!” Hyoga no obedeció y se llevó otra bofetada, luego otra y otra. “¡Mira hacia abajo!” Un nuevo golpe. La mirada de Hyoga se endureció. “¡No tienes ningún derecho! ¡Quiero volver a mi país! ¡Odio Japón! ¡Odio a los japoneses!” “¡Habla en japonés!” gritó Tatsumi cogiendo al niño por el brazo y sacudiéndolo violentamente. “¡Kido-sama no te ha adoptado para que te escapes en la primera ocasión! ¡Deberías saber que este es ahora tu hogar! Tienes suerte de haber salido del orfanato donde estabas, ahora tendrás una educación adecuada. ¡Lo mínimo que deberías hacer es mostrar tu gratitud hacia Kido-sama!” “¿Agradecido? ¡No me hagas reír! Ese viejo es un torturador sin corazón, ¡como todos los de aquí! ¿Adoptado? ¡No somos mas que esclavos! Debemos entrenar, pero, ¿para qué? ¿Para convertirnos en Santos? ¡Los Santos no existen! ¡Solo existen en los sueños de ese hombre loco!” “¡Ruso estúpido!” Hyoga recibió un bofetón en la mejilla derecha y un golpe en la nariz. La sangre manó de su apéndice nasal, pero el niño no hizo ningún gesto por limpiarse. “¡Te aseguro que te voy a quitar el hábito de hablar en ruso!” “¿Que está pasando aquí?” preguntó una voz desde la puerta. Tatsumi detuvo su mano a mitad de camino de abofetear al niño rubio de nuevo. Miró a la puerta y murmuró. “Kido-sama” dijo, inclinándose delante suyo. “¿Qué está pasando aquí?” quiso saber el anciano mirando al niño. “Intentó escaparse, Kido-sama. Estaba intentando enseñarle las reglas, pero los bárbaros son lentos comprendiendo.” “Es suficiente, Tatsumi. ¡Tiene la cara cubierta de sangre! Encuentra otro castigo para él”. Miró a Hyoga sin amabilidad. “No deseo que esto vuelva a ocurrir, Tatsumi. Quiero que refuerces la seguridad.” “Hai (17), Kido-sama.” El anciano se marchó y se hizo el silencio. El niño no se había girado a ver al anciano. Todavía continuaba mirando a Tatsumi, desafiándole, retándole. El hombre calvo le miró furioso. “¡No te librarás de esta tan fácilmente, ruso!” cogió al niño por el brazo y le tiró de él. "¡No te irás de esta tan bien parado!” Salió de la habitación, seguido por los dos hombres que habían recogido a Hyoga de la calle. “Conozco un lugar donde podrás pensar tanto como quieras sobre lo que has hecho. ¡Vas a arrepentirte de haber sido tan insolente!” Apretó aún más su presa sobre el brazo del niño, que se encogió de dolor. Tiró de él a lo largo del jardín hasta la casa donde los estaban el resto de los niños. El niño cruzó el patio detrás de Tatsumi. Los moratones cubrían su cara. Hyoga era consciente de la mirada de los otros niños mientras pasaba entre ellos. Pudo oír los cuchicheos. Tatsumi se paró y se giró hacia los huérfanos. “¡Esto os enseñará una lección!” Cogió al niño rubio por el cuello y lo mostró a los otros niños. “Este ha sido tan estúpido como para romper las reglas y querer escapar. ¡Debéis hacer lo que os digamos o sufriréis el mismo destino que él si intentáis escapar!” Hyoga intentó mantener abiertos los ojos, pero tenía dificultad. Sabía que Tatsumi no había terminado con él. Levantó la cabeza y pegó un rápido vistazo delante suyo. Sus ojos se abrieron más cuando vio al más joven de sus compañeros de habitación mirándole, con lágrimas en sus ojos verdes. "Shun", susurró su mente, sorprendido de ver a alguien que comprendía su dolor. El niño se acercó a su hermano, asustado, buscando su protección. Hyoga puso una mueca de dolor cuando Tatsumi le agarró más fuerte de cuello, conduciéndole a un lugar que el niño solo conocía por haber oído a los demás hablar de él. La celda de meditación, la llamaban. Por un segundo, su mirada se cruzó con la de Shun, y después cerró los ojos, resignado. Tatsumi abrió la pesada puerta y lanzó a Hyoga dentro. El niño cayó pesadamente en el suelo y su cabeza se golpeó contra el frío hormigón. Gimió. Sintió una mano cogiendole por el cuello y levantándole de nuevo. “Has osado humillarme delante de Kido-sama. Créeme, ¡te arrepentirás! ¡Sujetadle!” gritó Tatsumi. Dos manos cogieron los brazos del niño y los sujetaron. Hyoga abrió el ojo derecho, tratando de ver lo que iba a suceder. Tatsumi soltó su cuello y se dirigió a un rincón. Cogió un shinai (18) y se aproximó peligrosamente al niño rubio. Hyoga comprendió lo que iba a suceder. Trató de liberar sus brazos de aquellas manos, pero no pudo. El primer golpe llegó a su hombro derecho, el siguiente a su brazo izquierdo. La lluvia de golpes se descargó. Después de cinco golpes más con el shinai, los hombres le liberaron y Hyoga, con la sangre goteando por su boca, se derrumbó boca abajo, incapaz de gritar o de suplicar que le soltasen. Sintió más golpes en la espalda, y después, nada. “¡Supongo que eso te habrá servido de lección, gaijin!” dijo Tatsumi antes de salir. Como en un sueño, Hyoga oyó cerrarse la puerta. "Ma...", y perdió la conciencia. * * * * Hyoga gimió ligeramente cuando recuperó la conciencia. Se encontraba solo y un escalofrío recorrió su espina dorsal. Miró a su alrededor. Estaba oscuro y sólo un rayo de luna iluminaba la habitación. Era bastante más larga que las otras en las que había estado. Se sentó en el suelo y se encogió de dolor. Se había olvidado de sus heridas. Se miró los brazos y vio hematomas por todos lados, volviéndose puntos negros cada vez más visibles en contraste con su piel blanca. Tenía que admitir que su piel no era tan pálida como la de un ruso puro o un occidental gracias a su herencia japonesa, pero aún así era más pálida que la de la mayoría de los otros niños. Intentó levantarse pero se rindió cuando se dio cuenta de que no podía. Se preguntó cómo era que seguía vivo después de que Tatsumi terminase con él. Algo le molestaba cerca de los labios hinchados. No podía moverlos, así que pasó una mano y sintió sangre seca en ellos. Examinó lentamente la habitación y se arrastró hasta un jarro de agua; bebió y aprovechó el agua sobrante para limpiarse las heridas. Tan pronto como hubo terminado, se dejó envolver por la oscuridad. * * * * El niño rubio gimió y trató de volverse hacia el otro lado. Abrió los ojos y parpadeó, viendo los rayos del sol caer justo sobre su cara. Lentamente puso una mano delante y gimió enfadado. “Oh, estás despierto,” dijo una voz detrás suyo. Hyoga giró la cabeza abruptamente y se encogió de dolor. El gesto había sido demasiado violento. Se sentó lentamente y vio a Yoshida mirándole. Se dio cuenta de la mirada dura del hombre, pero la resistió. “Lo que hiciste fue estúpido. Créeme, desde ahora no te dejaré solo mientras estés bajo mi responsabilidad”. Hyoga continuó mirándole fijamente. “¡Y ahora tienes lo que cosechaste! Has estado buscando problemas, y ahora los tienes, parece que peores de lo que esperabas. Has sido adoptado por la Fundación Graude. No podrás regresar a Rusia a no ser que ellos te lo permitan. No es tan difícil de entender, ¿no?” “Mama... quiero...“ “¡Ya basta, Hyoga! ¡Tu madre está muerta! ¡Muerta! ¿Comprendes lo que esa palabra significa? ¡M-U-E-R-T-A! ¡No volverá nunca! ¡No volverás a verla! Se encuentra en el fondo del mar oriental de Siberia, ¿entiendes? Así que deja de pensar en ella. Has tenido suerte de ser salvado y de haber sido adoptado por la Fundación Graude.” “¡No! ¡Mama! ¡Quiero a mi mama! ¡Mama!” Yoshida se aproximó al niño y le puso una mano en la frente. Sintió el calor y suspiró. Tenía un poco de fiebre, quizás era por eso por lo que estaba tan inestable. Pero también sabía que el niño podía manejar aquello, lo sabía muy bien. “Mama me salvó, mama dio su vida por mi. ¡La maté! ¡La he matado! ¡No quiero vivir! ¡Quiero reunirme con mama! Quiero estar con ella, quiero estar en sus brazos... Mama... ¡MAMAAAAAAAA!” El niño comenzó a llorar de manera histérica, llamando a su madre. “¡Niño estúpido!” gritó Yoshido, cogiendolo por los hombros y sacudiéndole, con la intención de atraer la atención de Hyoga, al menos por un momento. “¿Quieres morir? ¡Muy bien! ¡Es tu decisión! Pero has dicho que tu madre dio su vida por ti. ¿Que significará su sacrificio si mueres? Ella te salvó porque quería que vivieras, quería que vivieras y encontrases tu destino. Quería que fueses feliz, incluso sin ella. Si mueres, ella habrá muerto por nada... ¡y todo esto gracias a un hijo desagradecido!” Hyoga continuó llorando, sacudiendo la cabeza, no quería escuchar aquellas palabras. Sintió que el hombre tomaba su rosario y trantó de impedir que se lo llevase. “¡Nooooo!” gritó. Yoshida cogió la cruz y la dejó colgando delante de los ojos de Hyoga. “Eres cristiano, ¿no? ¿Sabes que la Iglesia está en contra del suicidio? Si te matas, no irás al Cielo. ¡No te reunirás con tu madre! Iras al Infierno, ¿y todo por qué? ¿Por tratar de reunirte con ella? No lo conseguirás. Pero si sigues con tu vida, sin intentar cometer suicidio, ¡las posibilidades de reunirte con tu madre en el Cielo serán grandes! ¿Puedes entenderme?” Hyoga continuó llorando. No era capaz de parar y sintió la mano de Yoshida en la suya. Se vio a si mismo abriendo sus manitas y cogiendo la cruz en ellas. Inconscientemente, Hyoga apretó la cruz contra su pecho y se balanceó delante y detrás, con la cabeza inclinada. “La has perdido recientemente. Aquí la mayoría de los niños no recuerdan a sus padres. Eres ciertamente el más afortunado de ellos,” dijo Yoshida, levantándose y dirigiéndose hacia la puerta. “Puedes recordarla,” se detuvo e iba a añadir algo mas, pero nada dijo. Se preguntó por qué el niño había perdido su actitud fría. La fiebre no era una explicación. ¿Por él? ¿Porque era capaz de entender al niño? ¿Porque el lenguaje ruso le hacía recordar a su madre? "¿Por qué la escapada supone tanto para él?" Miró al niño y salió fuera, cerrando la puerta. Justo antes de partir, se llevó la mano a su propia cruz y suspiró. “Quizás te reúnas con tu madre antes de lo que piensas, Hyoga...” * * * * Hyoga volvió a la realidad y vio a Yoshida mirándole. Gimió y se sentó. El hombre le dio un plato sin decir una palabra y miró al niño dubitativo. “Debes comer. No puedes entrenar, tus heridas son muchas. Pero incluso si estás herido, esto no te impedirá aprender la escritura japonesa. Así que come y comenzaremos, tenemos un día largo por delante.” El niño tomó un bocado y luego otro. “¿Cuándo saldré de la celda?” “No lo se. Es solo tu segundo día aquí. Dudo que quieras salir en ese estado” dijo el hombre estudiando al niño. Hyoga no apartó la mirada. Sabía lo que el hombre estaba pensando. Seguramente estaba cubierto de moratones, y algunos se habrían vuelto negros. Estaba seguro de que se veía horrible y se sentía faltal. “Veo que has tomado la decisión correcta” dijo Yoshida sin apartar sus ojos de Hyoga. El niño rubio arqueó una ceja, turbado. “¿Decisión?” preguntó, entre bocado y bocado. “De vivir” respondió el hombre. Hyoga detuvo su mano de camino a la boca y se mordió los labios. “Tu madre estará seguramente encantada de que hayas decidido vivir. Hyoga, si tu sigues vivo, tu madre vivirá en tu corazón. No dejará el mundo de los vivos mientras tú sigas vivo. Vive a través de ti y en ti.” Hyoga puso el tenedor en el plato y miró al hombre. “Si tengo que aprender ese kanji, ¿por qué no comenzamos de una vez?” dijo fríamente, empujando el plato a un lado. No quería hablar de su madre con Yoshida. La sorpresa cruzó el semblante del hombre, pero se desvaneció tan rápido como había aparecido. Ya que Hyoga hacía lo que se le ordenaba, se aproximó a él y comenzó con la lección. Yoshida miró su reloj. Hacía seis horas que estaba con Hyoga, que parecía querer aprender tan rápido como pudiera. Había notado un cambio de actitud en el niño, pero no podía entender qué era lo que le había hecho cambiar de parecer. Hyoga era antes contrario ante la idea de aprender e incluso de convertirse en un Santo. Quizá se había rendido, o el hecho de haber llorado el día anterior le había hecho replantearse su futuro. “¿Qué es un santo?” preguntó Hyoga a su profesor de repente. Yoshida se sorprendió. “Tokumaru-san ya te lo ha explicado, ¿no?” Hyoga sacuidó la cabeza en gesto negativo, pero con cuidado, tratando de no despertar el dolor de su cuello. “Ya veo...” El hombre empujó el libro a un lado. La lección de japonés se había terminado por aquel día. "Así que no ha cambiado porque quiera ser un Santo, entonces, ¿por qué? Esto es solo una tregua. Esa puede ser la explicación, así que quizas si le explico algunas cosas al ruso puede que le ayude a ser menos rebelde". Se sentó más cerca, delante del niño. “¿Qué es un Santo para ti?” “Mama me dijo que un Santo es un hombre o una mujer que amó a Dios y que vivió ayudando a la gente que le rodeaba. Cuando murió, entró en el Paraíso de Dios. ¿Es eso?” Yoshida suspiró. Hyoga seguía hablando en ruso con él. Raramente hablaba japonés y él siempre le hacía notar el hecho, pero hoy no se encontraba con ganas de corregirle. Había visto que el niño tenía dificultad para seguir la lección y que casi se había quedado dormido varias veces. “Tu hablas de los Santos Cristianos. Eso no es lo que piensa Kido-sama.” “Entonces, ¿qué es un Santo? ¿Por qué debemos entrenar como locos?” “En la mitología griega, se dice que Atenea era la diosa de la Guerra y de la Sabiduría. No era la diosa de la carnicería. Ella protegía al mundo del mal, de cada villano que venía a destruir el mundo. Para guardar el orden y la paz en la Tierra, Atenea tenía unos guerreros llamados Santos. Esos Santos luchaban contra el Mal.” “¡Atenea no existe! Existe Dios, pero no una diosa. ¿Quieren que sirva a esa diosa?” El maestro asintió. “No creo en esa diosa. ¡Yo creo en Dios, en el Dios en el que mama creía! Quiero volver a Rusia, quiero regresar a Siberia. ¿Por qué no me dejan volver a mi país?” “Hyoga... Olvidas fácilmente que tienes sangre japonesa en tus venas. Por eso debes permanecer en el país de tu padre...” “Nunca le he visto, así que no puedo considerarle mi padre. Está muerto, como mi mama. Mama...” El color de los ojos de Hyoga se tornó más oscuro por las lágrimas que comenzaban a llenarlos. El profesor suspiró de nuevo. Hyoga era cabezota, más que cabezota, especialmente en lo concerniente a su madre. Estaba seguro de que en cuanto tuviese la oportunidad, volvería a intentar escaparse para llegar a Rusia. Era su única razón para vivir, ahora lo comprendía. “Hyoga. ¿Sabes que los Santos tienen poderes?” “¿Poderes?” preguntó el niño rubio, frotándose un brazo sin mirar a su profesor. Aquella historia sobre Santos no era interesante y quería que Yoshida se marchase. Estaba cansado, muy cansado. “Ellos tenían diferentes poderes. No se cuales, pero tenían algunos. Se dice que un Santo es capaz de hendir el cielo en dos con su puño y de abrir la tierra con su pie. Nada puede resistirse a un Santo. Los Santos eran realmente poderosos. Pero para ser un Santo la gente debe pasar pruebas terribles y hacer entrenamientos severos. Solo unos pocos se convierten en santos. Eso es lo que se dice.” “No quiero ser un Santo” dijo Hyoga, cerrando cansado los ojos. “¿Y que es lo que quieres hacer si te dejan la oportunidad?” preguntó el instructor, poniendo énfasis en la palabra oportunidad. Hyoga trató de pensar y después se encogió de hombros. Puso una mueca de dolor. “No lo se. No quiero ser un Santo, eso es lo único que se. Quiero reunirme con mama” lentamente se quedó dormido. El hombre se levantó y suspiró. “¡Eres realmente terco! Pero consúltalo con la almohada primero...” Caminó hasta la puerta y la abrió. Parpadeó cuando miró al cielo. La celda era más oscura de lo que pensaba. Cerró la puerta tras él y comenzó a caminar hacia la puerta cuando una voz le detuvo. Se volvió y vio a Kido-sama caminando hacia él junto con su nieta, Saori. “¿Como van las cosas con el ruso?” preguntó el anciano mientras la niña protestaba porque su abuelo estaba hablando con alguien que no era ella. “¡Ojiisama!” gritó, intentando llamar su atención. “Saori... ¿puedes esperar un minuto?” dijo, mirando a la pequeña niña del pelo lavanda. Ella frunció el ceño enfadada. “¿Por qué esos niños son tan importantes, Ojiisama? ¡Sólo son huérfanos!” “Son más importantes de lo que crees. Entenderás esto cuando crezcas. Debes ser amable con ellos y no humillarles.” “No me gustan” dijo ella, volviendo la cabeza enfadada. El anciano se giró hacia Yoshida. “¿Y bien?” “¿Hyoga? Es realmente cabezota. No quiere ser un Santo, quiere volver a Rusia. Creo que desea volver donde está enterrada su madre.” “Debemos darle tiempo... Incluso el más débil ha aceptado, así que...” dijo el hombre, mirando como un grupo de niños entraba en el comedor. “¿Está usted hablando del niño del pelo verde, Shun?” “¿Es ese su nombre?” Yoshida asintió. “Demos tiempo para pensar a este ruso” dijo, caminando hacia la casa, tomando la mano de su nieta. Ella rió feliz y tiró de la mano del anciano. El hombre les siguió a ambos mientras caía la noche. * * * * “¿Qué es un Santo?” preguntó una voz. Hyoga se volvió y miró a su alrededor, buscando al dueño de aquella voz. “¿Qué es un Santo?” preguntó la voz otra vez. “¿Quién eres tú? ¿Y dónde estás?” “¿Qué es un santo?” preguntó la voz por tercera vez. “¿Quién eres tú?” demandó el niño, caminando a través de lo que parecían ser nubes blancas. “¿Qué es un Santo?” Hyoga comprendió que si no respondía la voz le haría la misma pregunta. “Alguien que vive con Dios, en el Cielo, en el Paraíso.” “¿Estás seguro?” “¡Mama me lo contó! Confío en mama. Mama siempre me dijo la verdad.” El niño estrechó los ojos, buscando al dueño de la voz. “¿Que sabe un humano sobre dioses?” “¡Creo en un único Dios!” “¿Qué es un Santo?” preguntó la voz de nuevo después de un largo momento de silencio. Hyoga se giró sobre si mismo aún buscando aquella voz. Entonces se dio cuenta de que no venía de una dirección concreta, sino que estaba por todos lados, llenando el espacio. Tragó saliva. Debía dar la respuesta correcta, lo sabía. Pero, ¿cuál era la correcta? No creía en lo que Yoshida le había contado. Sólo quería creer en lo que su madre le había dicho. Las nubes blancas rodearon sus pies, volviéndose lentamente negras según se cerraban en torno a sus pies, luego sus piernas. Hyoga trató de moverse, pero no pudo. La entidad esperaba una respuesta. Las nubes rodaron su cintura, luego su pecho. Jadeó, luchando por respirar, luchando contra el temor de morir... “¿Qué... Qué es un Santo?” preguntó el niño a la entidad. Hubo un largo silencio y la nubes se despejaron lentamente, liberando al niño, que cayó de rodillas, respirando pesadamente. “Se dice que un Santo es capaz de hendir el cielo en dos con su puño y de abir un abismo en el suelo con su pie. Nada puede resistírsele. Son realmente poderosos” las palabras de Yoshida se repitieron en su cabeza, y la sacudió con fuerza, pero las palabras permanecieron dentro, como si hubieran sido grabadas a fuego en su mente. Entonces la escena cambió. El cielo estaba oscuro y el mar encrespado. Había pánico en el barco. La gente corría hacia los botes salvavidas, gritando, chillando. Algunos estaban ya en el agua, alejándose del barco que se hundía. Se abrió una puerta y una mujer sujetando a su hijo en los brazos salió fuera. Casi se cayó, pero mantuvo el equilibrio y caminó rápidamente hacia el bote más próximo. “¿Mama?” preguntó el niño, asustado por todo el ruido y sintiendo el miedo que le rodeaba. “Todo irá bien, Hyoga. Estoy aquí.” “¿Que está pasando?” “Después, mi pequeño ángel.” Llegó hasta el bote y miró al marinero que ayudaba a la gente a subir a bordo. “No hay sitio, señora. Inténtelo en otro bote.” La mujer rubia se echó la capucha sobre la cabeza e hizo lo mismo con la capucha de Hyoga, cubriendo el pelo rubio y para protegerle las orejas. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que no había otro bote salvavidas. Su corazón sufría. ¿Qué iba a pasarles? ¿Que le ocurriría a Hyoga? El niño cerró sus brazos alrededor de su cuello y presionó la cabecita contra su hombro. El viento le quitó la capucha de la cabeza, pero esta vez ella no le prestó atención. Miró preocupada a su alrededor otra vez. Apretó a Hyoga contra ella. Suspiró y cerró los ojos. Sólo había una solución. Era capaz de todo por su niño, por su hijo. Abrió sus ojos azules con determinación. “¡Hyoga! Siempre estaré cerca de ti, pequeño mío. Nunca olvides lo que te digo. Te quiero y voy a seguir queriéndote siempre, siempre.” “¿Mama?” preguntó, extrañado, mirándole a los ojos. Estaban llenos de lágrimas, pero le sonrió. Debía ser fuerte delante suyo o el niño se daría cuenta. “Te quiero, pequeño ángel. Se bueno y Dios te ayudará.” Se inclinó sobre la barandilla del barco y tendió su hijo al marinero, que estaba sorprendido de verla todavía allí. “¡Prefiero que vaya con usted! Yo cogeré el último bote.” “Muy bien, señora. Le vigilaré.” “Gracias,” dijo ella cuando sintió las manos del hombre agarrando la cintura de Hyoga. “¡¡MAMAAA!!” gritó, asustado por ser separado de su madre. Se agarró con más fuerza a su cuello. “¡Ven conmigo! ¡Mama!” “Se bueno, hijo mío. Te quiero. Siempre estaré junto a ti, Hyoga” dijo ella, besando su frente. “Me reuniré contigo.” “¡No, mama! ¡Ven conmigo! ¡Mama!” dijo llorando, aún enganchado a su cuello. Ella se liberó de los pequeños brazos y caminó hacia atrás. “¡Mamaaaa! ¡No! ¡No quiero! ¡Quiero quedarme contigo! ¡Por favor, mama!” El hombre arrastró al niño al bote antes de que este fuese soltado. “¡Rápido!” le gritó a la mujer, que todavía miraba a su hijo. “Yo le cuidaré.” Ella asintió y sonrió al niño. El bote salió a la mar y Hyoga todavía miraba a su madre, sin comprender por qué permanecía en cubierta, en vez de buscar otro bote salvavidas. La vio sonreír mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Inconscientemente Hyoga comprendió que algo estaba mal. Algo iba terriblemente mal y no sabía el qué. Esto le preocupó, hasta que sintió una punzada. “¡Mamaaaa!” llamó, tendiendo las manos hacia la silueta de cubierta. “¡¡¡Mamaaaaaa!!!” “¡Ten cuidado, pequeño!” gritó el marinero deteniéndole, salvándole de caer en las aguas congeladas. “¡Mama está todavía a bordo!” gritó el niño tratando de liberarse del hombre. El hombre miró al barco que se hundía y observó la silueta, todavía mirando en su dirección. De repente comprendió y sujetó al niño más fuerte por la cintura. “¡¡¡¡¡MAMAAAAAAA!!!!!” gritó hasta que se quedó sin aliento. “¡Debemos volver y ayudarla!” “¡No hay nada que podamos hacer! ¡Es demasiado tarde!” le gritó el hombre al oído para asegurarse de que le oyera sobre el sonido de las olas rompiendo contra el bote y el soplo del viento. “Do cvidanija, Hyoga. Do cvidanija, mi pequeño ángel...” dijo ella llorando, antes de volverle la espalda a su hijo. “¡¡¡¡MAMAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!! ¡No me dejes! ¡¡MAMAAAAAAA!! ¡¡¡MAMAAAAAAA!!!” -gritó, llorando libremente. Vio a su madre abrir una puerta y cerrarla a sus espalda, sin un último vistazo para él. “¡¡¡¡¡MAMAAAAAA!!!!!” gritó desesperado. Los botes salvavidas fueron golpeados por las olas antes de alcanzar una pequeña isleta cubierta de hielo. Los hombres no parecían preocupados, sabían que un carguero japonés estaba de camino para recogerles. Había sido el último mensaje que habían recibido antes de abandonar el barco que se hundía en el mar. Un niño rubio estaba en el extremo de la pequeña isla, mirando al mar con intensidad. Sus ojos enrojecidos escrutaban la superficie del mar cubierto con trozos de hielo y pequeños icebergs. Esperaba ver a su madre venir hacia él, abrazarla, oír su voz, sentir su cabello entre sus dedos... pero nada apareció en el horizonte. Solo el viento que soplaba. “Mama” dijo, con la voz llena de tristeza. “¿Su madre ha sido la única que no se ha salvado?” preguntó el capitán del barco. “Si, eso creo” replicó el hombre que había prometido a aquella mujer cuidar de Hyoga. “No había sitio en nuestro bote, y estaba seguro de que habría otro preparado para recogerla...” El marinero agachó la cabeza. “Yo estaba seguro, pero ella sabía que no había más botes. Por eso me dejó a su hijo. si lo hubiera sabido...” “No deberíamos haber aceptado tanto pasaje” dijo el capitán. “Iban hacia Japón, para ver al padre del niño.” “¡Que tragedia! ¡Un naufragio en este lugar! Aquí, donde se ha hundido, el barco será empujado por las fuertes corrientes del fondo del mar Oriental de Siberia. Jamás llegará a la superficie y la mujer descansará en el agua congelada por toda la eternidad...” “¡Mama no se quedará ahí!” dijo el niño con firmeza, aún mirando al horizonte. Había oído hablar a los hombres, pero no había intervenido en la conversación. Había comprendido que su madre había entregado su vida para salvarle a él. Había entendido, pero no quería creer que había muerto. No, su madre jamás le dejaría solo, y estaba seguro de que regresaría algún día junto a él. Pero como los hombres estaban hablando, la realidad de la tragedia se hizo más fuerte que antes. Sabía que le debía algo a su madre. No la dejaría sola, no después de lo que había hecho por él. “¡Es imposible!” le dijo el marinero a Hyoga. El niño no se giró hacia él. “Es imposible. Las corrientes se llevarán el barco lejos, muy lejos, allí donde el mar está congelado siempre. El océano es muy profundo allí, y las corrientes son fuertes. Una gruesa capa de hielo cubre la superficie del mar, una capa de varios metros de grosor. Incluso con la tecnología actual es imposible hacer un agujero en ella. Se congelaría otra vez mientras la gente trabaja en el agujero... Y si milagrosamente lo consiguieras, el mar está demasiado frío como para meterse. Un hombre bien entrenado con un traje aislante no podría aguantar más de un cuarto de hora.” “Espero que comprendas ahora que ese imposible” dijo el marinero. “¡Yo conseguiré traer a mi madre a la superficie!” “Es imposible. Deberías ser fuerte, muy fuerte. Y si consiguieras tu propósito, no deberías molestar su descanso eterno. Su cuerpo está en un océano congelado con glaciares... Tu madre permanecerá idéntica a como era el día de su muerte. Tanto tiempo como esté en este agua congelada, su cuerpo nunca se marchitará. Será eterna.” Hyoga no dijo nada mas y siguió mirando el mar mientras un barco aparecía en el horizonte, rompiendo el panorama. "Te encontraré y me reuniré contigo, mama. ¡Te lo prometo! ¡No te quedarás aquí sola!" * * * * Hyoga abrió los ojos como platos y miró el techo. Parpadeó y sufrió un escalofrío. Se encogió entre las mantas y sintió cómo sus lágrimas corrían libremente por sus mejillas. "Esa pesadilla otra vez. Ese horrible día... Mama... ¿por qué? ¡Me prometiste que te reunirías conmigo! He sido bueno. Ellos me odian. Quiero estar contigo, mama..." Se enjugó las lágrimas, pero continuaron cayendo. Buscó la cruz y la sostuvo con fuerza contra su corazón. "Todos dicen que es imposible que vuelva a verte, que me reúna contigo. Pero yo estoy seguro de que puedo, estoy seguro. ¡Pero ni siquiera puedo intentarlo! Estoy encerrado aquí, en un país que odio donde todo el mundo me odia. He sido adoptado, ¡pero soy un esclavo! ¡Debemos entrenar para ser Santos! ¡Los Santos no existen! ¡Es algo estúpido! ¿Cómo puede un hombre ser capaz de hendir el cielo en dos con su puño y como puede abrir una brecha en el suelo con el pie? ¡Imposible! ¡Totalmente imposible! Imp..." Hyoga se sentó bruscamente, abriendo los ojos como platos e ignorando el dolor que cruzó su cuerpo. "¡Espera un minuto!". Estrechó los ojos y dijo en voz alta lo que acababa de pensar. Las palabras tomaron su significado total de repente. "Deberías ser fuerte, muy fuerte", las palabras del capitán sonaron en su mente. "Los Santos son poderosos. Nada puede resistirse a ellos", las palabras de Yoshida resonaron también en su mente, como si fueran la respuesta. "Deberías ser fuerte. Nada puede resistirse a ellos. Deberías ser fuerte. Nada puede resistirse a ellos." “¡Si! ¡Eso es!” gritó Hyoga, saltando sobre sus pies ignorando el dolor. Comenzó a caminar por la celda, con el dedo índice en la barbilla. "Si lo que Yoshida me contó es cierto, esa es mi única opción para ver a mi mama otra vez. ¡Ser un Santo! ¡Es mi única oportunidad de ver a mama otra vez!", sus ojos relucieron con esperanza. “Mama... ¿No decías que de cada situación podíamos sacar algo bueno? Finalmente, la situación es perfecta. Ya no me importa si los demás me odian o no. No ahora, que es importante que me vuelva fuerte por ti. Espérame, mama. ¡Cumpliré mi promesa!” Hyoga trató de recordar cuales habían sido las palabras de Yoshida sobre los Santos. Estaba demasiado enfadado consigo mismo el día anterior como para prestar atención, por culpa del cansancio. "¡Espero no haber imaginado todo esto!", todo estaba confuso en su mente. "Debo preguntarle a Yoshida otra vez." Dejó de caminar y miró hacia la ventana. El cielo estaba todavía oscuro. Sólo una luz pálida podía verse en el límite de la ventana. "El amanecer está cerca, ¡pero él no vendrá hasta pasadas varias horas", pensó Hyoga. Caminó arriba y abajo otra vez. Ahora que había recuperado la esperanza de alcanzar a su madre, estaba tan impaciente que apenas podía esperar. Miró hacia arriba otra vez, con el sentimiento de que el tiempo pasaba demasiado lento aquella mañana. Hizo un movimiento brusco y se encogió de dolor. Había olvidado sus heridas y éstas volvieron vivamente a su mente. Se paró dándose cuenta de la inutilidad de estar andando arriba y abajo. Se sentó y miró a través de la ventana. No podía hacer nada más que esperar. * * * * La llave giró en la cerradura y la puerta se abrió. El corazón de Hyoga saltó de su pecho pero no se volvió para saludar a la persona que entraba en la habitación. No quería demostrar su interés. La puerta se cerró y el niño esperó. “¿Estás despierto?” preguntó una voz que Hyoga conocía muy bien. El niño rubio estrechó los ojos cuando reconoció la voz de Yamada. Se preguntó que estaba haciendo aquel hombre allí. El hombre se acercó a él y se paró delante suyo. “Sigues tan hablador como siempre” dijo el hombre, agachándose y cogiendo al niño de la mandíbula con su mano derecha. Le levantó la cabeza ligeramente y se zambulló en los ojos azules del niño, que le devolvía la mirada fijamente como respuesta. “Y tan cooperativo, por lo que veo,” dijo con ironía. “Un verdadero rebelde. Parece que el tratamiento que has recibido por parte de Tokumaru-san no ha sido suficiente. Quítate la ropa, Hyoga” le ordenó. Hyoga estrechó los ojos y la furia cruzó su semblante. No se movió. “Deberías obedecer, Hyoga” dijo Yoshidoa, que estaba cerca de él ahora. Los ojos de Hyoga parecían confundidos. “Sólo quiere examinarte. Es él quien ha tratado tus heridas mientras estabas inconsciente.” Hyoga suspiró y obedeció. Dejó que el hombre examinase su cuerpo y cada vez que su mano pasaba sobre un moratón o un rasguño, se encogía de dolor. “Algunas siguen siendo profundos” dijo Yamada, quitando los vendajes. “¿Cuando vas a comprender que no debes seguir siendo un rebelde?” Lentamente, se ocupó de las heridas del niño, que no respondió. "Seguramente nunca", pensó el hombre, respondiendo a su propia pregunta. "Contrariamente a los otros, nada puede evitar que este niño siga siendo un rebelde. No es japonés." Incluso si el hombre sabía que tenía sangre japonesa en las venas, nunca sería capaz de considerarle como japonés cuando veía aquellos ojos del color del hielo o aquel pelo tan rubio. "Eres ruso y tu único deseo es volver a Rusia, a tu país. No tienes lazos aquí. La Fundación Graude no puede presionarte. Eres un extraño. Todos los niños aquí tienen algo que podemos usar para controlarles. Hemos aceptado a Shun en la Fundación Graude sólo por que es el punto débil de Ikki. Para no dañar a su hermano, Ikki está dispuesto a hacerlo todo. La Fundación Graude ha prometido a Seiya que verá a su hermana mayor si se convierte en Santo. Incluso los otros están bajo presión, pero esta vez creo que la Fundación y especialmente Tokuraru-san y nosotros vamos a obtener un revés, por tu culpa." “Vuélvete” dijo, aplicando alguna clase de pomada en la espalda de Hyoga. "Si, no tienes punto débil. Continuarás siendo un rebelde, hasta que vuelvas a tu país o hasta tu muerte. Admito que admiro tu coraje y tu terquedad, Hyoga. Pero vamos a tratar de meterte en vereda. No dejaremos que un niño dicte las normas aquí." “¿Y bien?” preguntó Yoshida. “Nani?” preguntó Yamada su vez, sorprendido y perdido. “¿Cómo está?” “Oh, muy bien, especialmente si tenemos en cuenta que ha recibido un tratamiento por parte de Tokumaru-san.” Terminó de apretar el último vendaje y se levantó. “Pero durante dos días no entrenará. Así que usa ese tiempo para enseñarle la escritura japonesa y algo de respeto si puedes, Yoshida-san.” Se volvió hacia Hyoga y le miró. “Nadie ha tenido éxito en escapar de la Fundación, así que no vuelvas a intentarlo. Ahora, ten por seguro que tu entrenamiento se endurecerá cuando estés en condiciones y créeme si te digo que te estaré vigilando, ruso. Haz lo que quieras con él, Yoshida-san.” Y salió de la sala. Yoshida miró hacia la puerta y después centró su atención en el niño. “Así que, ¿cómo estás esta mañana?” preguntó. Hyoga no respondió y miró al suelo, no sabía como plantear su pregunta. “Aquí tienes la comida. Deberías comer y cuando termines comenzaremos.” Hyoga comenzó a comer bajo la mirada del hombre que esperaba. Tenía todo el día por delante con el ruso. Se dio cuenta por los gestos del pequeño que algo le preocupaba, pero que no quería hablar de ello. Así que no preguntó. Si el niño quería hablar, que lo hiciese. No era necesario hacer enfadar a Hyoga o no soltaría lo que quería saber. Yoshida sabía que era la única persona en la que el niño rubio confiaba un poco y no quería romper esa confianza, o tendría que empezar de nuevo. Hyoga notó que el hombre le estudiaba con intensidad y se echó hacia delante, algo molesto. Intentaba terminar su comida tan rápido como podía, pero tenía la sensación de que iba demasiado lento. "¡Debo preguntarle!", se ordenó a si mismo. "¡Debo hacerlo!". Tomó un trago de leche y cereales y apretó la cuchara con fuerza. “¿Es verdad?” preguntó de repente. “¿Qué es verdad?” preguntó a su vez el hombre, después de unos segundos de duda. “Lo que me dijo” aclaró el niño rubio dejando su tazón a un lado. “¿Lo que te dije? ¿De qué estás hablando?” “Santos” dijo concisamente el niño. “Oh, eso.” “¿Es verdad?” “¿Verdad? Es lo que se dice.” “¿Los Santos son poderosos?” “Si, lo son. De acuerdo con lo que dice la gente.” “¿Ah?” “¿Por qué me preguntas eso?” quiso saber el hombre con curiosidad. No esperaba que el niño le hiciera esa pregunta, dado que había proclamado que no quería ser uno. “Deberíamos comenzar con la lección” dijo Hyoga, cambiando de tema y cogiendo su libro de ejercicios. El hombre suspiró y miró al techo. Sabía perfectamente que el niño no le respondería. Pero también sabía que había algo extraño en la actitud de Hyoga, y no sabía qué era. La pregunta que había hecho sobre los Santos le hacía pensar que finalmente había aceptado convertirse en uno, pero... ¿era cierto? No sabía cómo y por qué había aceptado. Pero dejó sus sospechas. No era importante la razón, pero sabía que le llevaría al buen camino. Concentró su atención en el niño y la lección comenzó. * * * * Hyoga suspiró contento y cruzó los brazos detrás de la cabeza antes de apoyar la espalda contra el tronco. Hacía tres días que había salido de la celda. Más de una semana dentro le había hecho olvidar la mirada de los demás, pero la realidad había regresado más amarga que antes, y necesitaba toda su fuerza para controlar sus emociones. Hyoga dejó el libro cerrado en su regazo y cerró los ojos. Dejó que los rayos del sol que pasaban entre el follaje calentaran su piel. Se sentía seguro allí, solo, sin nadie que le mirase como si fuera un animal raro. Se podía relajar y pensar. "Mama...", pensó, poniéndose una mano sobre el pecho. "Mama, si solo pudieras ver este cielo azul. Recuerdo que te gustaba ver el cielo. Me dijiste un día que era igual que el color de mis ojos, pero hoy es más como el tuyo, mama..." Suspiró, luchando contra el nudo que tenía en la garganta y las lágrimas que llenaban sus ojos. Un único pensamiento sobre la madre que había perdido y comenzaba a tener ganas de llorar. Pero hoy no quería sentir pena de si mismo. Quería recobrarse de los golpes que había recibido cerca de dos semanas atrás, tras su intento de escapada. Quería recobrarse psicológicamente. No quería derrumbarse delante de los adultos ni delante de los otros huérfanos. Quería ser tan frío e inexpresivo como el hielo de Siberia. Quería ser así de frío para que nada ni nadie pudiera hacerle daño, especialmente los humanos. Quería permanecer firme ante los otros y ante los que podría sucederle en el futuro. Se lo había prometido a si mismo y lo cumpliría. Suspiró profundamente y dejó que la tranquilidad y el silencio penetraran en su mente y en su cuerpo. Bostezó. Estaba muy cansado. Su falta de sueño por las pesadillas del más joven de sus compañeros de cuarto le estaba pasando factura ahora y sintió, muy despacio, empezaba a adormilarse. Hyoga escuchó un ruido y frunció el entrecejo. Se encontraba tan bien que no iba a permitir que nadie le molestase. Oyó un grito y luego una voz llorosa. “No, dejadme en paz” pidió la voz, no demasiado lejos. “¿Por qué, llorón?” preguntó otra voz, riendo. Hyoga abrió los ojos y estrechó los ojos con furia. La tranquilidad se había acabado. De todas formas, conocía la voz y el apodo del niño confirmó sus sospechas. Miró hacia abajo y, a través de las hojas y ramas, vio al niño del pelo verde con la espalda apoyada en el tronco, temblando mientras cinco niños caminaban hacia él de manera amenazadora. El niño rubio se impulsó un poco para poder ver mejor. No iba a intervenir, después de todo su hermano mayor estaba siempre cerca de él. Oyó a Shun llamando a su hermano. Uno de los niños rió y Hyoga miró a su alrededor, confundido. Ikki no estaba. "¿Qué estará haciendo?", pensó, preocupado por el niño del pelo verde. Oyó la respuesta de uno de los niños. "¡Cobardes! ¡Le atacan mientras su hermano no está." Hyoga apretó los puños cuando vio a Tetsuo golpear a Shun en el estómago. "¡Cinco contra uno! ¿Qué debo hacer? ¿Ayudarle? ¿Por qué debería preocuparme?" Pero antes de que otro pensamiento llegase a su cabeza, el niño rubio saltó de la rama donde estaba, cayendo detrás del grupo. Golpeó al niño con fuerza, esperando que olvidase a Shun y le dejase tranquilo. * * * * Shun gritó y llamó a su hermano para que le ayudase, pero los niños solo rieron, encantados de poder descargar su furia en el pequeño sin que su hermano estuviera cerca. “¡Niiiiiiiiisaaaaaaaaannnnnnnnnn!” llamó desesperadamente, pero Tetsuo le silenció pegándole un puñetazo en el estómago. “¿Has perdido a tu madre, Shun?” preguntó irónico el chico, cogiendole de la barbilla y obligando al niño del pelo verde a mirar hacia arriba para verle. Empujó al pequeño, que cayó al suelo. “¿Eres un niño o una niña?” dijo, cogiéndole por la espalda de su camiseta. “¡Vamos! ¡Por una vez tu hermano no está aquí, y no vamos a perder la oportunidad de pegarte una paliza! ¡Vas a pagar por lo que tu hermano nos ha hecho a nosotros!” Shun cerró los ojos. Iba a abofetear al lloroso niño cuando oyó un sonido sordo detrás suyo. Iba a volverse sobre su hombre cuando un puño llegó y le pegó fuertemente. Cayó al suelo y gimió. “¿Quién se atreve?” gritó, abriendo los ojos y limpiándose la sangre que salía de su boca. Vio aquel pelo rubio y sus ojos se estrecharon con furia. “¡Oh! ¡El gaijin!” Se levantó y adoptó una posición de combate. “¿Quieres pelear conmigo? ¡Los gaijin no son nada!” Hyoga imitó la posición. Shun, al no sentir el golpe, miró hacia arriba cuando oyó a Tetsuo preguntar quién se había atrevido. Vio a su compañero de cuarto, al último, el niño taciturno, triste y rubio, el que siempre estaba solo. Abrió los ojos como platos, preguntándose por qué aquel niño estaba ayudándole. Su hermano le había dicho que era un extranjero y que él no debía hablar con él, y parecía que, desde hacía tres semanas, nadie había hablado con Hyoga, salvo para insultarle. Shun vio pequeñas hojas verdes en la melena rubia, y miró hacia arriba, al árbol. Debía haber estado en aquel árbol cuando la banda de Tetsuo le había atacado. El niño rubio no respondió y miró con sus ojos color hielo al ninhonjin(19). Se giró lentamente, de manera que pudiera estar cerca del chico más joven, de Shun. Este dejó que un suspiro de alivio escapase de sus labios y levantó la cabeza hacia el niño rubio, agradecido. Hyoga no le miró. El niño del pelo verde se levantó del suelo lentamente, pero permaneció cerca de su salvador. De repente, se preocupó. Vio a los amigos de Tetsuo rodeándolos. Hyoga lo había notado también, dado que Shun vio al niño rubio acercarse más a él como para protegerle, listo para la pelea. Despacio, el niño rubio colocó a Shun junto al tronco sin quitarle ojo a sus contrincantes. Cuando sintió que Shun no podía ir más lejos, se concentró en los muchachos. Ahora sólo podían atacarlos por tres lados y no por cuatro. Los chicos parecían furiosos. Estanba seguros de que podrían pegarle una paliza a Shun tranquilamente, pero su plan se había caído por culpa del gaijin. Tetsuo apretó los dientes. “¿Qué se puede esperar de un gaijin estúpido? ¡Proteger a alguien tan débil como Shun! ¡Deberías haber sido lo bastante inteligente como para no intervenir! ¡Hubieras estado a salvo!” Hyoga no respondió y no proporcionó ninguna señal que indicase si había entendido o no. Continuó mirando a la pandilla con sus claros ojos azules. “Después de todo, esto nos servirá de ejercicio. ¡El mismo se lo ha buscado!” dijo otro niño. Tetsuo asintió. Uno de los niños se lanzó contra Hyoga y este, en el último segundo y con un rápido movimiento le esquivó. Cuando vio el cuello vulnerable de su oponente, aprovechó para pegarle un golpe seco. El chico se fue al suelo, pero el niño rubio no se preocupó. Se giró hacia su derecha cuando sintió que el peligro venía de esa dirección. Detuvo el puño con las dos manos y cogió la muñeca derecha del chico. Con una llave le mandó volando lejos. Shun gritó asustado. Hyoga sintió un puñetazo en el estomago y luego otro en la mejilla izquierda. El ruso perdió el equilibrio pero se detuvo a tiempo cuando vio a Tetsuo preparado para pegar al niño del pelo verde. Hyoga saltó a por él, le tiró al suelo y comenzó a golpearle antes de que pudiera ponerse en pie. Se giró hacia los otros dos, que estaban preparados para pelear. Esquivó a uno y bloqueó al segundo. Le noqueó y se giró hacia el primero. La lucha acabó en pocos minutos, y todo se detuvo. Hyoga jadeaba, pero miraba alrededor por si había más oponentes. Vio a los chicos en el suelo, inconscientes. Una sonrisa satisfecha apareció en sus labios mientras se limpiaba el polvo de la ropa. Si al principio estaba molesto con ellos porque le habían molestado, ahora estaba casi agradecido. Esto había liberado su tensión y se sintió pleno. Sentía que podía mantener sus emociones bajo control, también. Mirando una vez más a su alrededor, vio el libro de ejercicios en el suelo y lo recogió. Y entonces, sin palabra alguna, comenzó a caminar antes de pararse. Miró a su espalda y vio a Shun mirándole primero a él y luego a la banda de matones en el suelo, antes de volver a mirarle a él. Viendo que no iba a decir nada, Hyoga se marchó. Shun no se movió y continuó mirando la espalda de Hyoga. El niño rubio había mirado atrás antes de partir. Shun parpadeó sorprendido y encontró de nuevo su voz. “¡Espera!” llamó a Hyoga. Pero el chico ya se había marchado. Shun escuchó un gemido y miró hacia abajo, y decidió marcharse antes de que aquellos se despertasen completamente. Estaba solo, nadie podría ayudarle. Hyoga se había marchado. Caminó hasta el patio, estaba confundido. Ikki le había advertido que no se aproximara o hablara con Hyoga. Pero él le había salvado mientras Ikki entrenaba en el gimnasio. "¿Por qué me ha ayudado?"
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| (17) Hai: si
(18) Shinai: vara de madera (19) Nihonjin: japonés |