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ANIBUN (4) traducción al español: Bulma & Natharell |
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Yamada estaba esperando que Hyoga terminase de ducharse. El niño estaba solo. Se había dado cuenta de que el chico era siempre el último en ducharse. Cuando el niño rubio iba a abandonar el gimnasio, le cogió por el brazo izquierdo y le hizo caminar detrás suyo. Hyoga, sintiendo la fuerte presión, abrió los ojos como platos, preguntándose qué estaba pasando. Iban en la dirección opuesta al comedor. Parpadeó y miró a su alrededor. Se dirigían a la celda de meditación. “¿Por qué vamos allí?” preguntó, deteniéndose. El hombre tiró él. “¿Por qué lo preguntas? Seguramente lo sabes, ¿no?” “¿Por qué?” demandó saber. “¡Lo sabes perfectamente, pequeño salvaje estúpido!” Hyoga entrecerró los ojos. No entendía nada. ¿Qué había hecho ahora? Había estado tranquilo y había sido obediente desde que había intentado escaparse. ¿Así que por qué iba a la celda? Intentó liberarse mientras que Yamada intentaba abrir la puerta con una mano. “¡Quieto ahí!” gritó Yamada, abriendo la puerta. Lanzó al niño dentro y entró, cerrando la puerta a su espalda. Hyoga, asombrado, trató de ponerse en pie. Encaró al instructor, sus ojos azules como el hielo mostraban que no entendía nada de lo que estaba pasando. “¿Por qué?” preguntó de nuevo, apretando los puños cuando una primera bofetada lo golpeó. Se llevó la mano a la mejilla y se quedó mirando al hombre. “¿Quieres que te refresque la memoria? ¡Sabes perfectamente por qué estás aquí!” Un puño golpeó su otra mejilla. “Pensé que ya estabas tranquilo y que no tendría problemas contigo... ¡Pero me equivoqué!” El hombre continuó abofeteándole hasta que cogió el shinai de Tokumaru, entonces los golpes comenzaron a llover sobre el ruso. “¡No he hecho nada!” gritó furioso. “¿Nada?” repitió el hombre. “¿Qué es lo que has hecho esta tarde? ¿Qué les has hecho a Tetsuo, Iroshi, Mito, Kunio y Hotsumo?” Hyoga abrió mucho los ojos, comprendiendo. Los chicos que había pegado aquella tarde para ayudar a Shun. Pero aún seguía sin comprender por qué el hombre le pegaba a él si él no había hecho nada malo. ¡Había ayudado a alguien que estaba en peligro! "¡La justicia no exite aquí". El shinai golpeó su brazo y gritó. “¡No he hecho nada! ¡Fueron ellos quienes empezaron!” gritó. Sintió otro golpe y todo se detuvo. Se sentía muy mal, y cerró los ojos. “Ya tienes lo que te mereces. No quiero ninguna pelea, ¡y mucho menos cuando no hay razones para pelear! La próxima vez no te metas en una pelea y no busques una, o será Tokumaru-san quien te golpee. Tienes suerte de que no esté aquí. ¡Permanecerás aquí hasta pasado mañana!” El hombre abandonó la habitación cerrando la puerta con fuerza y dejando al niño solo. Un momento después, Hyoga se arrastró hasta un rincón de la habitación y se sentó, su espalda contra le frío hormigón. Levantó sus rodillas y las pegó al pecho, y escondió la cabeza entre ellas. Yamada le había golpeado sin querer oir sus explicaciones. Tokumaru no estaba allí, y el instructor había castigado a Hyoga y después le había dejado en la celda. El niño del pelo dorado estaba más que contento de que Tatsumi no estuviera. Odiaba a ese hombre, y los golpes de Yamada eran menos dolorosos. Hyoga pensaba que era un demonio. Hyoga estaba desencantado y este castigo le había dejado un sabor agrio en la boca. Había ayudado a su compañero de cuarto y había sido lanzado a la celda. "¿Por qué? ¿Que hice mal? ¿Debería haber dejado que esos niños le pegaran una paliza? Mama siempre me dijo que ayudara a aquel que se encontraba en problemas. Dios dio su vida para salvar a la Humanidad..." Tocó la cruz y se la quitó. Se quedó mirando el rosario por un largo momento. El niño estaba completamente perdido. Había perdido la noción del bien y el mal. Había sido criado en una cultura diferente de la que vivía en la actualidad, y todas sus referencias morales y éticas estaban rotas. Era como si una parte de si mismo que ni siquiera sabía que existía hubiese desaparecido al mismo tiempo en que lo hizo su madre. Su madre era su punto de referencia, su luz, la luz que le guiaba y evitaba que se hundiese en el mar del horror del mundo y la crueldad de la gente. La luz se había apagado y ahora estaba caminando en la oscuridad sin ninguna oportunidad de volver a ver esa luz de nuevo, la luz de la vida o la del cariño. Lloró abiertamente, sabiendo que estaba solo y que nadie le veía. "Mama. ¿Hice bien en ayudarle? ¿Soy un buen chico? Ellos dicen que soy un rebelde, ¿tienen razón? Yo solo quiero volver a Rusia, mama, a Siberia, donde tú estás. Quiero volver a nuestro país. Odio el país de mi padre... Mama, Señor... ¡ayudadme, por favor! Por favor..." rezó, llorando con todas sus fuerzas. Se quedó durmiendo apretando el rosario contra su pecho, esperando una respuesta del Dios en el que su madre había creído tanto. * * * * Shun obligó a sus ojos a permanecer abiertos. Estaba vigilando la cama más cercana a la puerta. Estaba vacía y era muy tarde. El toque de queda había pasado hacia mucho tiempo. Oyó a su hermano en la cama de al lado gimiendo y se giró hacia él. Estaba profundamente dormido y Shun suspiró. Lentamente salió de su cama y caminó de puntillas hasta la cama vacía. "Hyoga...", pensó tristemente. Sus ojos se llenaron de lágrimas y las dejó correr. Sabía lo que significaba la ausencia de Hyoga. Había sido castigado. Por su culpa, por su odio hacia la violencia, su debilidad, había metido en problemas a aquel que le había ayudado. Por eso Tetsuo estaba tan contento, después de su derrota. Hyoga no estaba en la mesa durante la cena. Nadie le había visto. Nadie se había preocupado por él. No había regresado del entrenamiento y Shun estaba seguro de que no se había escapado, coom la otra vez, y ninguno de los maestros había preguntado dónde estaba el ruso. Estaba seguro de que no le habían mandado lejos, porque sus cosas aún seguían allí. Sólo había una solución: la celda de meditación. "Debo darle las gracias, debo disculparme..." Volvió a su cama y lloró en silencio sobre su almohada. * * * * La mañana siguiente, Shun se levantó sacudido por la mano de su hermano. “Despierta, Shun! Te has dormido...” Shun parpadeó y se frotó los somnolientos ojos. Miró hacia arriba, hacia su hermano y le vio mirándole de manera extraña. “Ohaiyo(20), Niisan...” “Has llorado” dijo Ikki, sentándose a su lado. “¿Qué ocurre, Shun?” Shun quería decirle algo, pero cerró la boca. Si se enteraba de que Hyoga le habia ayudado, Ikki se podría furioso. El niño del pelo verde no sabía por qué a su hermano no le gustaba el extranjero, cuando él había sido amable con él. “¿Shun?” “Nada, Niisan. Tetuso intentó pegarme ayer, pero no pudo.” “¡Tetsuo! Voy a enseñarle yo...” gritó Ikki, levantándose. “Yamete(21), Niisan. Está bien. No me pasó nada y alguien me ayudó” dijo Shun rápidamente, agarrando a su hermano por el brazo. “¿Quién?” preguntó Ikki, muy sorprendido. “¡Ikki! ¡Shun!” gritó Yamada. “¡Llegáis tarde! ¿Queréis ser castigados?” Shun salió de la cama y le dedicó una sonrisa de disculpa a su hermano. Hicieron la cama del más pequeño y salieron de la habitación. A pesar de la insistencia de Ikki por saber quién le había ayudado, Shun no dijo nada. “Por favor, Niisan” murmuró. “Vale, no insito más.” Ikki salió al patio, siguiendo a Shun. "Quizás el que ayudó a Shun no quiere que los demás sepan que lo ayudó..." Dejó el tema por el momento, pero lo dejó en un rincón de su mente, para luego. Miró a Shun, confundido. Desde hacía dos años, Shun raramente sonreía con el corazón, como hacía antes. No tenía más amigo que él, pero Ikki estaba contento de que Shun estuviera con él. Desde que habían llegado a la Fundación Graude, incluso si era una vida dura, Shun era más feliz. "¿Cuando voy a ver una verdadera sonrisa en el rostro de Shun?" * * * * Cuando el primer entrenamiento del día finalizó, Ikki se sentó en la mesa y se giró hacia Kiochi. Estaba esperándoles, y miró la cuarta silla. Estaba vacía. El chico del pelo azul oscuro no sentía pena por el gaijin. Cuantos más días pasaban, más dificultad tenía en aguantar al chico del pelo dorado, sin saber muy bien la razón. Más aún, no le había visto en el entrenamiento. “¿Te ha costado levantarte esta mañana, Shun?” preguntó su compañero de cuarto, devorando su comida. Shun se sentó y asintió después de mirar la silla vacía de Hyoga. Tragaba con dificultad y prácticamente no comió nada, no tenía corazón para hacerlo. “¿El gaijin sigue castigado?” quiso saber Kiochi. “No se lo que ha hecho, pero parece que si” dijo Ikki. “Tatsumi es duro con él. No le gusta.” “No me importa.” “¡Al rubio le gusta desafiarle!” “No quiero hablar o escuchar nada de él, ¿vale?” Shun se quedó callado y mirando su plato durante todo el desayuno. Era su culpa. Odiaba la violencia. No le gustaba luchar y la Fundación quería que luchase. Así que lo hacía, solo por su hermano. Lo tenía que hacer por él. Debía volverse fuerte, incluso si pensaba que había otros medios además de la violencia para defender ideales. Por su culpa, el único que lo había ayudad, exceptuando su hermano, había sido injustamente castigado y seguramente le habían pegado una paliza. Su compañero estaba en lo cierto. Tatsumi odiaba a Hyoga, mucho más de lo que odiaba a Ikki. Antes su hermano había sido el objeto del odio del hombre de confianza de Kido, ahora lo era Hyoga. "Y todo por mi culpa..." “¿Shun?” preguntó Ikki, extrañado. “Daijobu, Niisan” respondió este con una triste sonrisa. Se separó de su hermano para ir a su clase. Ikki siguió a su hermano con sus ojos azul oscuro, casi grises, preocupados. Shun estaba deprimido y no por culpa de una pesadilla. No había tenido ninguna aquella noche. "Entonces, ¿por qué?" * * * * Shun podía ver al niño rubio entrenando fuera, solo bajo la dirección del más duro de los entrenadores. Tatsumi miraba al chico, con el shinai en la mano, y Shun sintió que su corazón se hacía pesado como el plomo. "Tatsumi le odia. ¿Por que los humanos no pueden amarse?" Retomó su atención en la lección, pero no pudo evitar mirar a través de la ventana a su compañero de habitación corriendo, saltando, cayendo. Al principio eso era sólo de cuando en cuando, pero cada vez era más frecuente. Se sintió tan culpable por Hyoga que se mordió los labios. "Mi culpa, mi propia culpa... Tengo que darle las gracias..." “¿Estás prestando atención a lo que decimos, Shun?” gritó el profesor. Shun se giró hacia él y se ruborizó. “Sumimasen...” dijo quedamente. “¿Qué hay fuera que es tan interesante?” preguntó el profesor, mirando por la ventana. Vio al niño rubio corriendo y dando puñetazos al aire. Se giró hacia Shun, que había agachado la cabeza. “¿Que pasa con el nuevo?” demandó saber. “Nada” dijo en un suspiro. “Pues deja de mirarlo. ¡Está castigado, como lo estarás tú si continúas distraído!” “Hai” respondió Shun. Hubo varias risitas, pero el hombre las detuvo con una mirada severa. Shun se mordió los labios, con lágrimas en los ojos. "¿Por qué continúan en contra de Hyoga?", pensó, echando una rápida ojeada fuera. * * * * Shun no vio a Hyoga ni por la tarde ni al anochecer. "Parece que todavía está en la celda". Era el turno de Kiochi de limpiar las mesas, y Shun se levantó siguiendo a su hermano. Vio a Tetsuo mirándole y esbozando una ancha sonrisa. El niño del pelo verde quiso girarse hacia su hermano, que le decía algo a Hiro, pero se detuvo, con un destello de cólera brillando en sus ojos verdes. "¡No es justo! ¡Hyoga no ha hecho nada malo! ¡No es justo!" Apretó los puños y se giró hacia la puerta, saliendo de la habitación sin esperar a su hermano. "¡No, no es culpa de Hyoga! El no debe soportar esto por culpa de mi debilidad. No puedo, y no quiero que lo haga." Caminó rápidamente a través de los pasillos y se detuvo delante del despacho de Yamada. Miró a su alrededor inseguro y después de su duda, llamó tímidamente a la puerta. “¿Que pasa?” gritó una voz brusca desde el interior. Shun tragó saliva, preguntándose si debería entrar o no. Yamada no le había dado permiso para entrar. Llamó otra vez y la puerta se abrió de repente. El niño del pelo verde, con el puño aún levantado, miró hacia arriba y se encontró con Yamada, que le miraba a su vez sorprendido. “¿Qué quieres, Shun?” preguntó. “Quiero hablar con usted, Yamada-san” dijo Shun agachando la cabeza. “¿Hablar conmigo?” preguntó Yamada, absolutamente sorprendido. Shun se movía nervioso, mirando a todas partes. “Pero no aquí...” dijo. Yamada le indicó con un gesto que pasase y cerró la puerta detrás suyo. “¿Qué es lo que quieres?” “Hyoga no es el responsable” dijo Shun, con los ojos repentinamente llenos de lágrimas. “¡No ha hecho nada! ¡No debería estar en la celda!” “¡Hyoga ha tenido lo que merece!” “¡Pero no ha hecho nada malo! ¡No es justo!” gritó Shun. “¿Y qué sabes tú de todo eso?” El hombre se acercó a su escritorio y se sentó. “No debería haber pegado a Tetsuo y los otros cuatro niños. Sólo es un salvaje que necesita ser más humano.” “¡Eso es un error!” gritó Shun. “¿Error?” preguntó Yamada, sarcástico. “He visto los cardenales en las víctimas. Han confesado que fue el ruso el responsable. Esto le enseñará.” “Entonces, yo también debería estar en la celda” dijo Shun con determinación. El hombre se echó a reír. “Lo que me acabas de decir es estúpido. ¡Tendría bastante dificultad en creer que fuiste tú quien les pegó!” “Es cierto que Hyoga pegó a Tetsuo y a sus amigos, pero fue por protegerme. Me habían atacado y Hyoga me ayudó. ¡Él estaba estudiando japonés cuando lo molestamos! ¡No fue culpa suya! ¡Fue mía! Fue mía. Hyoga no ha hecho nada malo, no ha hecho nada” dijo Shun, llorando. “No se merece este castigo...” Yamada suspiró. Odiaba a los niños que lloraban, y Shun siempre estaba llorando. No podía comprender porqué el niño del pelo verde que era tan tímido había salido en defensa del gaijin. Desde que el niño rubio había llegado no le había visto nunca hablando con alguien, e Ikki le despreciaba abiertamente. Estaba seguro de que ninguno de los compañeros de cuarto de Hyoga le había dirigido una palabra, así que, ¿por qué el más débil de los huérfanos salía en su defensa? Recordó lo que Tetsuo y sus amigos le habían dicho el día anterior y cual había sido el castigo de Hyoga. Comenzó a tener dudas sobre lo que le habían dicho. Bajó la vista hacia Shun. “¡Es suficiente!” Shun se estremeció cuando escuchó la fría voz. No miró hacia arriba y trató de contener las lágrimas. “De todas formas, es demasiado tarde. Tanto si tu versión de los hechos es cierta o no, es demasiado tarde. Su castigo terminará mañana. Más aún, esto no le hará ningún daño.” “Pero...” “Regresa a tu cuarto” ordenó Yamada. Shun se quedó en el mismo sitio. “Pero...” “¡Regresa a tu cuarto o su castigo será más largo!” amenazó el entrenador. Shun tragó saliva y retrocedió hasta la puerta. No quería que Hyoga pasase más tiempo en la celda de meditación por su culpa, así que abrió la puerta y salió al exterior. Se dio cuenta de que estaba llorando y trató de limpiarse las lágrimas, pero estas continuaron rodando por sus mejillas. Corrió apresuradamente hasta su habitación, pasando al lado de algunos huérfanos y, cuando estuvo seguro en su cuarto, se arrojó sobre su cama, llorando. Varios minutos después, la puerta se abrió y apareció Ikki. “¡Estás aquí, Shun! Te he estado buscando un buen rato ¿Dónde estabas?” oyó sonidos apagados y encendió las luces. Vio a su hermano llorando, con la cabeza hundida en la almohada. “¡Shun!” gritó, corriendo hacia él. Se sentó a su lado. “¿Shun? Doshita(22)?” Shun hundió más la cara sobre la almohada y sacudió la cabeza. “¿Shun? ¿Que ha pasado? ¿Por qué estás llorando? ¿Te ha molestado alguien?” preguntó Ikki, tratando de que su hermano se diese la vuelta. Pero el niño del pelo verde sujetaba tercamente la almohada, sin querer girarse. “¡Shun!” llamó Ikki, preocupado. “¿Que es lo que va mal? Puedes contármelo, ¿no he estado siempre a tu lado?” Un sonido ahogado escapó de la almohada. “... muy débil!!” “¿Qué estás diciendo, Shun? ¡Por favor, mírame!” “¡No!” gritó, llorando aún más fuerte. Ikki agarró a su hermano de los hombros y le obligó a volverse. Debido a la fuerza de su hermano, Shun no pudo resistirse, e Ikki pudo ver la expresión desesperada de su rostro. “Shun...” dijo, apretándole contra su pecho. “¿Qué ocurre?” “¡Soy tan débil!” gritó Shun con fuerza. Ikki miró a su hermano, sorprendido por el tono que había usado. “¡Soy tan débil!” repitió el pequeño. “¡No es justo! ¡Fue por mi culpa! ¡Fue mi propia culpa! ¿Por qué el mundo es tan injusto, Niisan? ¿Por qué? ¡Dime por qué en este mundo no existe la justicia! Fue mi culpa, y no la suya. ¡Soy tan débil! ¡Soy tan débil!” “Shun... ¡No entiendo de qué estás hablando! ¿Qué es injusto? ¿Por que dices que fue tu culpa? ¿De quién estás hablando?” “¿Por qué no hay justicia aquí, Niisan?”suplicó Shun. “...” El niño del pelo azul oscuro no respondió. No podía responder la pregunta de su hermano. No sabía por qué le estaba preguntando aquello ni que era lo que le había llevado a hacerlo. Shun permaneció en silencio un buen rato, esperando la respuesta de su hermano. “No puedes” dijo simplemente, agachando la cabeza. “Solo somos niños, no conocemos o no recordamos a nuestros padres, estamos solos y debemos entrenar para luchar. ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Odio la violencia! ¡No quiero! ¡No fue culpa suya! ¡Fue mía!” “¡Shun! Cálmate” dijo Ikki, sacudiéndole. “Me estás preocupando mucho, ¿sabes? No tengo respuestas para tus preguntas, Shun. Es verdad que estamos solos, es verdad que sólo somos niños, es verdad que sufrimos mucho. Pero estoy convencido de que este sufrimiento nos llevará a una vida mejor donde la justicia que no existe aquí, la paz y la alegría reinarán. Siendo fuertes podremos cambiar el mundo, especialmente si somos dos...” “¿Es por esas razones que quieres ser más fuerte?” “Si, Shun” dijo Ikki suavemente, limpiando las lágrimas de su hermano. “¿Recuerdas lo que me dijiste cuando fuimos recogidos por el sacerdote de aquella iglesia?” Shun entrecerró los ojos. Ikki suspiró lentamente. “Cuando viste un dibujo de la Tierra desde el espacio, me dijiste: "Yo quiero ser capaz de proteger la paz, para que haya menos niños como nosotros, para que haya menos huérfanos." ¿No es verdad?” El niño del pelo verde asintió. “Pues debes volverte fuerte para proteger la paz.” Shun le dedicó una pequeña sonrisa. “¿Puedes decirme ahora lo que pasa?” El niño se mordió los labios repentinamente. No, no podía contárselo. Había desobedecido a su hermano. El gaijin lo había salvado. En su corazón, sabía que este hecho podría enfadar a su hermano y humillarle. No quería que su hermano supiese que estaba preocupado por Hyoga, por los malos tratos que el niño rubio recibía de todo el mundo. No quería que su hermano supiese que había rogado por la libertad de Hyoga y que había fallado. No podía. El asunto era demasiado delicado para Ikki. “¿Shun?” “Todo está bien, Niisan” dijo quedamente. “Me encuentro mejor.” “¡No, Shun! Desde esta mañana actúas de un modo extraño...” “Está bien, Niisan. Estoy un poco cansado. ¿Podemos irnos a dormir?” Ikki entrecerró los ojos y estaba a punto de contestar algo, pero cuando vio los ojos suplicantes de su hermano se quedó callado. Shun no quería responderle y algunas veces Shun era muy terco. "Si solo tuviese esta terquedad a la hora de entrenar, estaría menos preocupado por él..." Asintió lentamente y Shun le sonrió antes de cambiarse de ropa. No miró a Kiochi cuando entró en la habitación y se deslizó rápidamente en la cama, evitando la mirada de su hermano. Shun se volvió de espaldas y cerró fuertemente los ojos. "Onegai(23), Kami-sama(24), protege a Hyoga. No se merece lo que está sufriendo por mi culpa". El niño de pelo verde sintió la mirada de su hermano en la espalda, pero no se volvió. Se acurrucó bajo las mantas, esperando que el sueño lo venciese pronto. * * * * A través de la ventana, Shun vio a Hyoga caminando hacia la pequeña habitación donde estudiaba japonés con su profesor. Suspiró, preguntándose si estaba realmente fuera de la celda, como Yamada le había dicho el día anterior. Hyoga no había entrenado con ellos aquella mañana y tampoco había comido con los demás. Se encogió de repente cuando recordó una frase de Yamada "¡Vete a tu cuarto o su castigo sará más largo!" Shun tragó saliva. "¿Lo habrán castigado más tiempo por mi culpa?" El niño de pelo verde continuó mirando por la ventana. Estaban en el tiempo libre y cada uno hacía lo que quería. Shun había decidido estar en la pequeña biblioteca donde podía ver la ventana de la habitación donde es ruso recibía su lección. Vio a Hyoga escribiendo y repitiendo palabras. Le sorprendió a si mismo no recordar cómo era la voz del niño. No adelantaba nada intentando recordar, no podía hacerlo. Se dio cuenta de que el niño rara vez hablaba. "Es realmente duro para él que para todos nosotros. Es un extranjero y no entiende nuestra lengua. Y está solo ... Debería darle las gracias y preguntarle por qué me ayudó y tal vez ..." Interrumpió de repente su pensamiento, su deseo, no queriendo que ése se frustrase. * * * * Hyoga entró en la sala de estudio y caminó hasta su pupitre sin una palabra. Yoshida se acercó a él despacio y le dio unos papeles. “¿Por qué debo vivir en un país que no significa nada para mí más que dolor?” preguntó, de repente, el niño rubio, enfadado. “¿Por qué no intentas apreciarlo? Tu madre quería venir aquí para tener una vida mejor. Pero ella perdió su vida en el camino.” “¡No hable así de mama! Odio este país. ¿Dónde está la justicia? Cuando hice algo malo fui castigado. ¡Cuando hice algo bueno, también fui castigado! ¿Dónde está la justicia?” “¡Hyoga! No estamos aquí para discutir sobre la justicia” dijo el hombre, golpeando el escritorio de madera con su mano. El niño se mordió los labios y miró hacia la lista de los nuevos kanji que tenía que dibujar y aprender. "¡Aquí no hay justicia! ¿Por qué? Yamada me ha dicho que no volviese a las andadas y que Shun le había dicho lo que había sucedido. Entonces, ¿por qué no se excusó conmigo?" Apretó sus puños, furioso. “¡Hyoga! ¡Concéntrate en tu trabajo!” Hyoga obedeció, luchando contra los distintos sentimientos que batallaban en su corazón. La cólera, la tristeza, la amargura, la soledad, la pena, la venganza invadían su corazón y su mente. Esperaba tener el tiempo suficiente como para calmarse o perdería el control de sus emociones, traicionando su propia promesa. * * * * El tiempo era bueno y todo el mundo había salido fuera. Esperando ver a Hyoga saliendo de la sala de estudio y con la esperanza de acercarse a él, Shun había dejado su puesto de observación en la biblioteca. Estaba cerca de su hermano, quien estaba jugando con los demás. Shun había declinado la oferta, y su hermano lo había mirado con extrañeza antes de que le asegurase a Ikki que se encontraba bien. Estaba esperando por una señal. Y ahí venía. Vio al niño rubio saliendo solo, y andando hacia los bosques, sin echar ni un vistazo al patio. Shun vio a Hyoga alejándose y se dio cuenta de que pasaba inadvertido para la gente que estaba jugando en el patio. "¡Es libre!" pensó, feliz. Se volvió hacia su hermano mayor y lo vio discutiendo sobre algo con Seiya. Parecía un asunto difícil porque estaban gritándose el uno al otro al mismo tiempo, preparados para saltar uno al cuello del otro. Geki y Shiryu trataban de cogerlos y apartarlos antes de que comenzasen los puñetazos. Por el rabillo del ojo, vio al niño rubio dando la vuelta en un árbol y desapareciendo de su vista. Shun se volvió un poco en su dirección. Vaciló. Su hermano estaba preparado para luchar y él debería quedarse a su lado pero quería ir y hablar con el gaijin. Comenzó a andar hacia el niño rubio. "Además, no he tenido la oportunidad de agradecérselo al extranjero". Se detuvo y se volvió a mirar a Ikki. "Niisan me había dicho que no me acercase a él. Pero me ha ayudado y tengo que darle las gracias, aunque mi Niisan no esté de acuerdo con esto" Era su única oportunidad. "Niisan está demasiado ocupado para darse cuenta de lo que puedo hacer en este momento". Decidido y después de una última mirada a su hermano, quien estaba gesticulando salvajemente, intentando liberarse de las manos de Shiryu, Shun suspiró y anduvo hacia donde había visto a Hyoga por última vez. Shun atravesó el parque, buscando al niño rubio, pero no lo encontraba. "¿Dónde estará?" se preguntó. De pronto, miró hacia el follaje preguntándose si no estaría en un árbol, como la última vez. Anduvo, mirando a lo alto, intentando ver algo amarillo, rubio entre el verde de las hojas y el marrón casi negro de los troncos. Nada. Estaba a punto de rendirse cuando escuchó un sonido amortiguado, como si alguien estuviese murmurando y llorando. Se detuvo en seco y escuchó. El corazón de Shun se encogió y se acercó silenciosamente al sonido. Rodeó un árbol y se detuvo de nuevo. Vio a Hyoga sentado sobre sus rodillas, murmurando a través de las lágrimas que caían de sus ojos azul hielo. El cabello rubio cubría su frente y sus ojos mientras se inclinaba un poco más e iba cayendo al suelo. “Mama” dijo, con una voz vacilante. “¿Por qué? ¿Dónde estás? ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué tienes que estar ahí? Quiero reunirme contigo. Quiero ir al Cielo como tú. Por favor, ven y sácame de aquí...” Shun frunció sus verdes cejas, sorprendido. No entendía en qué lengua estaba hablando. La única cosa que entendía era que el niño estaba afligido por algo o por alguien. El niño de pelo verde anduvo un paso en dirección al niño rubio pero se detuvo y se escondió detrás del tronco del roble y observó al niño que lloraba. "Él quiere estar solo... Es como Niisan... Se parece a Niisan..." pensó, observando al forastero. "No le gustará saber que le he visto llorar" continuó pensando, recordando lo que Seiya había dicho dos días después de la llegada de Hyoga a la Fundación. "Es tan frío como el color de sus ojos. ¡No tiene sentimientos!" Y todo el mundo estuvo de acuerdo con él. "¿Sin sentimientos?" se preguntó Shun. "¿Puede alguien sin sentimientos llorar como lo hace él ahora?" demandó, mordiéndose la uña de su dedo índice derecho. Shun dejó de mirar a Hyoga pero permaneció en el mismo sitio, con su espalda apoyada en el tronco, escuchando la letanía y las lágrimas. "¡Está solo! Nadie quiere estar cerca de él, hablar con él. Entiendo su pena. Es como nosotros, huérfano y nadie quiere ser su amigo, ayudarle. ¡Pero él me ha ayudado!" Shun tragó saliva. "Yo también estoy solo. Si Niisan no estuviese a mi lado, estaría tan solo y tan triste como Hyoga. Tengo un hermano que me protege, pero él no tiene a nadie. Él es un 'gaijin'. Pero para mí es la persona más comprensiva, más que los japoneses". Shun se volvió hacia el todavía arrodillado niño e hizo notar su presencia atravesando unos arbustos, haciendo crujir las hojas entre ellos. La espalda de Hyoga se puso tensa con el ruido. No era un animal, lo sabía. No, aquellos pasos pertenecían a un humano. ¿Quién se atrevía a venir a su claro? Hyoga se limpió las lágrimas con su brazo izquierdo pero no se volvió para saber quién estaba detrás de él. Dudó entre levantarse e irse o quedarse sentado en el suelo esperando a que el otro se fuese y le dejase con su soledad. Se sentó en la hierba y puso sus rodillas contra su pecho, rodeándolas con sus brazos antes de poner su barbilla en ellas, inclinando la cabeza. Escuchó a la persona deteniéndose a su espalda, entonces le escuchó dar un paso y detenerse a su derecha. Había silencio, roto tan solo por las canciones de los pájaros en alguna parte, no muy lejos. “¿Puedo sentarme a tu lado?” preguntó una voz tenue. Hyoga no contestó. Sabía quién estaba a su lado, el pequeño niño de ojos verdes, al que había ayudado hacía unos días y con el cual compartía habitación. No quería que estuviese allí, quería estar solo. Shun bajó la vista hasta la figura sentada pero no recibió respuesta. Se movió un poco, preguntándose si debía insistir o irse como parecía que Hyoga deseaba. Se sentó al lado del niño rubio y adoptó la misma posición que él, sin una palabra. Contempló los rayos del sol jugando a través de las verdes hojas en frente suyo. Escuchó las canciones de los pájaros. Era un sitio tranquilo y entendió por qué le gustaba al forastero. Estaba seguro de que había venido a menudo desde que había llegado a la Fundación. Hyoga permaneció quieto y no se movió. Había escuchado al niño sentándose a su lado, pero estaba decidido a no hablar. Había aprendido que Shun era alguien muy frágil y que le gustaba hablar tanto como ser tranquilizado, para evitar su miedo a la vida. El niño rubio volvió a sus pensamientos, el que más quería, su madre. Los sentimientos contradictorios que sentía ahora en su corazón le hacían pensar en ella, y recordaba perfectamente lo que había sentido aquella vez, su incapacidad para hacer frente a la tragedia, como se sentía ahora. Escuchó el sonido del mar, furioso, cubriendo las últimas palabras de la rubia mujer que permanecía en la cubierta del barco. "Do cvidanija, Hyoga. Do cvidanija mi pequeño ángel ..." "¡¡¡¡¡MAMAAAAA!!!!!" gritó su mente. Sus hombros se apretaron y hundió su cabeza en sus brazos cruzados, con un nuevo nudo en su garganta, preparado para llorar. Contuvo sus lágrimas. No quería llorar delante del niño de pelo verde. “Arigato gozaimasu(1) por lo que hiciste” dijo el niño de pelo verde mirando al forastero. Hyoga se puso más tenso pero no dijo nada, esperando. Shun miró a Hyoga, preguntándose si habría oído lo que le había dicho. A lo mejor no. Tan sólo estaba tenso pero no se había movido. Shun miró al frente, a su derecha, y suspiró para sí. "A lo mejor tiene dificultades para hablar. Es un extranjero y no sabe mucho nihongo (26)" Apretó sus brazos alrededor de sus rodillas y puso su barbilla sobre éstas. “Muchas gracias por lo que has hecho” repitió. Por el rabillo de sus verdes ojos vio a un leve movimiento. Hyoga volvió su mirada al niño y lo estudió durante unos segundos antes de volver a su anterior postura. Shun tomó esto como una señal y estudió al niño rubio más abiertamente. Todavía podía ver las huellas de sus lágrimas pero también vio los moratones y los rasguños en sus mejillas, en sus brazos. Se sintió culpable, había sido golpeado por su culpa. “Gomen nasai (27)” -dijo suavemente, con los ojos llenos de lágrimas. Hyoga se volvió hacia él, sorprendido. Shun se arrodilló cerca de Hyoga y extendió su mano hasta su brazo derecho, rozando con los dedos el moratón más cercano. Hyoga siguió sus movimientos, cada vez más sorprendido. “Has sido castigado por mi culpa. Tatsumi y los otros son muy duros con los huérfanos y parece que ellos han sido duros contigo.” Hyoga lo miró fijamente sin una palabra. “Normalmente, es mi Niisan quien me ayuda, pero parece que Tetsuo y sus amigos habían esperado a que Niisan estuviese lejos.” Shun suspiró y una lágrima rodó por su mejilla izquierda. “Eres el primero que me ha ayudado, onto ni arigatoo (28).” Hyoga escuchó al niño de pelo verde y sintió pena por él. "Los huérfanos parecen ser duros entre ellos y parece que no hay lugar para los débiles en el mundo. Y Shun es uno de ellos. Si su hermano no estuviese aquí para ayudarlo, ¿cómo podría sobrevivir aquí?" Hyoga sacudió su cabeza, negando. Shun ladeó la cabeza sin entender qué quería decir el forastero. “Iie(29)” replicó con una vacilante voz el niño rubio. La cara de Shun se iluminó con una gran sonrisa. “¿Me entiendes?” preguntó, alegremente. “No hablo nihongo muy bien” dijo, “pero entiendo, no todo, pero...” contestó con una sonrisa azorada mientras limpiaba la lágrima de Shun, como lo haría un hermano. Shun sonrió. “¿Te duelen?” preguntó, preocupado por los visibles golpes. Hyoga sacudió su cabeza, negando. "No, ésas no me duelen pero la que tengo en mi corazón me duele y más de lo que te imaginas". Shun miró fijamente al niño rubio para ver si le estaba diciendo la verdad pero no podía por la falta de expresión de su cara. “Mi nombre es Shun” dijo un momento después. Hyoga sólo asintió y volvió a mirar fijamente a Shun. Era tan sincero y tan sencillo, tan inocente que todo el mundo quería protegerlo, como el quería protegerlo. “Hyoga” contestó suavemente, a pesar de saber perfectamente que todo el mundo conocía su nombre. “Es un nombre japonés” dijo Shun. “Pero no pareces japonés.” “Madre era rusa. Padre era Nihonjin.” “¡¿Tu padre?!” gritó Shun, escudriñando los ojos azules del niño que estaba a su lado. “No pareces un nihonjin” dijo Shun, sinceramente. Hyoga se encogió de hombros. Shun era sincero pero el prefería esto a las miradas recelosas que podía ver a su alrededor todo el tiempo. “¡Es por lo que estás en Japón!” exclamó Shun, levantándose y bajando la mirada hacia Hyoga. “¡Los otros se preguntaban por qué un ruso estaba aquí! No puedes ni imaginarte las numerosas historias que corren sobre ti!” Los ojos azules de Hyoga se volvieron duros. "¿Por qué tuve la impresión de que Shun era bueno? ¡Creía que podría ser un amigo! ¡Qué estúpido fui! ¡Es como los otros! ¡Tengo la sensación de que quiere satisfacer su curiosidad!". La sombra de la sonrisa que jugaba en sus labios se desvaneció y sus rasgos se volvieron duros. Shun vio el cambio de humor de Hyoga. Vio que se levantaba y que se iba. Shun lo siguió y lo cogió de su brazo izquierdo. “¡Gomen nasai Hyoga-san! No quería decir que...” Hyoga se dio la vuelta, enfadado, haciéndolo callar, y se libró de las manos de Shun. “ Eres como los otros” dijo, furioso, cogiendo a Shun por el cuello de su camisa. “Yo...” “¡¡¡Shun!!!” gritó una voz a su derecha. Los dos se volvieron y Shun vio a su hermano estrechando peligrosamente sus profundos ojos azules, enfadado. Estaba tan enfadado que parecían negros. Hyoga vio el peligro pero no soltó del cuello de la camisa del niño de pelo verde. “Niisan” susurró Shun con voz asombrada. “¡Deja a Shun, gaijin!” gritó el niño de pelo azul, abalanzándose sobre él y dándole un puñetazo al niño rubio. Hyoga perdió el equilibrio y cayó al suelo con fuerza. Se puso en pie inmediatamente y se abalanzó sobre Ikki enfadado, con sus ojos convertidos en hielo, preparado para devolvérsela. Shun, quien había caído sobre sus rodillas, se levantó de un salto, asustado. “¡No yamete(30)!” gritó Shun. Hyoga soltó un puñetazo en la mejilla derecha de Ikki sin una palabra, pero sintió un puñetazo en su estómago y otro en su mejilla derecha. Iba a responderle cuando Shun se puso entre ellos deteniéndoles y mirando con ojos suplicantes a su hermano. “¡Yamete kudasai(31) Niisan! ¡Hyoga-san no me ha hecho daño! ¡Yamete Hyoga-san!” dijo, volviéndose al niño rubio, sosteniendo el brazo de su hermano para evitar que golpease al niño de nuevo. Podía sentir la tensión en el brazo de Ikki y tragó saliva, rezando para que tuviese la fuerza necesaria para detener a su Niisan. También esperaba que Ikki no atacase de nuevo al ruso. Hyoga miró fijamente a Ikki y bajó la vista hacia Shun y se apresuró a marcharse, buscando un lugar seguro antes de que viesen sus lágrimas. Tristemente, Shun soltó el brazo de Ikki, murmurando el nombre de Hyoga. “¡Shun!” gritó Ikki, cogiéndole por lo hombros. “¿Estás bien? ¿Dónde te ha golpeado?” Lentamente Shun se volvió hacia su hermano, con sus ojos verdes llenos de lágrimas. Rodaron silenciosamente por sus mejillas. “No me ha hecho daño. No lo hizo...” “Entonces, ¿por qué lloras?” “¡Está solo! Fue el único que me salvó de Tetsuo, la última vez...” Los ojos de Ikki se abrieron ligeramente de par en par por la sorpresa mientras Shun lloraba libremente. “Sólo quería agradecérselo, ser su amigo” dijo entre lágrimas. Ikki miró fijamente el lugar por el que el ruso había desaparecido de repente, no tan orgulloso de si mismo, e incapaz de hacer un gesto. Había sido injusto con el nuevo huérfano. Pero su gesto era el de abofetear a su hermano, así que era natural que lo hubiese malinterpretado. Shun se alejó de su hermano y se sentó en la hierba, sus lágrimas todavía rodando por sus mejillas. “¿Por qué no me lo dijiste?” “¿Habrías aceptado que me hubiese ayudado?” preguntó Shun, mirando fijamente al frente. Ikki bajó su cabeza. "¿Habría? ¡No, y ahora que lo sé no puedo aceptar que el gaijin haya ayudado a Shun! ¡Odio esto! ¡No confío en él y ahora le debo una!" Ikki miró a su hermano. “No” contestó. “¿Y ahora?” dijo Shun, mirando a su hermano. Ikki sacudió su cabeza, negando. “Por eso no te lo había dicho. Por mi culpa ha sido castigado. ¡Porque por ser yo tan débil, él ha estado en problemas!” Ikki no contestó y se volvió lentamente hacia él. Se sentó cerca de él y lo abrazó. “¿Por qué lo odias, Niisan?!” “No lo sé...” dijo, “pero ¡no puedo confiar en él, no puedo permitirle que te hiera! ¡Estaba a punto de abofetearte!” “Si me hubiese abofeteado, estaría en su derecho” replicó Shun. “Le debo una, Niisan. Tengo una gran deuda con él y no estoy seguro de poder pagársela. Le he dado las gracias pero no es suficiente. Creo que no es suficiente. Ha sufrido una injusticia por mi culpa y no he podido ayudarle. No fui amable con él. He dicho algo que no debería... Tenía todo el derecho del mundo a pegarme si hubiese querido, Niisan.” “¡Shun! ¡Casi no te reconozco!” afirmó Ikki, bajando la vista hacia el niño para asegurarse de que realmente era su hermano. “Niisan... Me has dicho que sea fuerte. Seré fuerte y capaz de ayudar a la gente si creo firmemente. Quiero ser fuerte por ti, Niisan, pero también por Hyoga-san para que él no sea objeto de la tiranía de los otros. El fracaso que tuve ayer debe ayudarme. Le debo una a Hyoga-san, Niisan, e incluso si eso no es suficiente, estaré aquí para él, con él. Quiero ser su amigo. ¿Y sabes qué? Parece un ángel. Es como aquellos ángeles pequeñitos que vi en la iglesia en la que estuvimos viviendo antes de venir aquí.” “Te rechazará como los otros, Shun.” “A lo mejor, pero si no lo intento, lo lamentaré. A lo mejor no lo hace, Niisan. Me ha ayudado a pesar de que yo nunca le había dicho nada. ¿Cómo puedo pretender ser fuerte si no sigo mis ideales, Niisan?” Ikki miró fijamente a Shun por un largo instante y asintió. “Tienes razón. Haz lo que creas que es mejor, pero si él te hiere, o alguien lo hace, sólo tienes que decírmelo. Siempre estaré a tu lado, Shun.” “Arigato Niisan” contestó Shun levantándose y cogiendo la mano de su hermano. Le ayudó a levantarse y ambos se miraron. “Gracias por estar siempre a mi lado.” “¿Para qué están los hermanos mayores?” se rió entre dientes el niño de pelo azul.
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| (20) Ohaiyo: buenos días
(21) Yamete: basta (22) Doshita: ¿qué pasa?, ¿qué ocurre?; ¿algo va mal? (23) Onegai: por favor (24) Kami-sama: dios, pero dicho con mayor respeto (25) Arigatoo gozamaisu: muchas gracias (26) Nihongo: japonés (el idioma) (27) Gomen nasai: lo siento mucho (28) Onto ni arigatoo: así que (aún así) gracias (29) Iie: no (30) yamete: basta (31) kudasai: hazlo por mi |