- Capítulo 1 -

Una pequeña llama bajo el hielo
por Seiiruika

traducción al español: Natharell



     Sopló una brisa helada que, cuando avanzó a través de las estrechas calles de la ciudad, se hizo más fuerte. El cielo de los últimos días de Febrero era azul y el sol brillaba, tratando de calentar la tierra prematuramente para que el reino vegetal, parcialmente adormilado por el frío, despertase. Hacía frío, pero aunque aún no era realmente primavera, el tiempo era bueno y la gente salía. Caminaban por las calles y disfrutaban del sol tras su larga ausencia.

     Una mujer caminaba rápidamente entre la gente que ganduleaba en la calle. Tenía el pelo castaño claro, tan claro que parecía rubio cuando el sol incidía en él, y le caía sobre los hombros. Sujetaba firmemente la mano de un niño pequeño. El chico tenía alrededor de tres años de edad, con el cabello corto, de un profundo azul verdoso. Trataba de seguir el paso con sus pequeñas piernas pero no lo consiguió y tropezó. Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero la presa de la mujer evitó que cayese al suelo de cemento. Sin embargo, aquel gesto hizo que la mujer perdiese el ritmo. Se detuvo y miró hacia abajo, observando ceñuda al niño que apartó la mirada, con aire culpable.

     La mujer cerró su presa en la mano del pequeño, un gesto sin delicadeza. Cuando estuvo segura de que iba a ser incapaz de escaparse, continuó su camino, aunque más despacio. El niño observó a la mujer, que miraba directamente la frente. Sin mirar hacia los lados, ella esquivó a algunos viandantes, rehusando cruzar la mirada del niño. Él estaba acostumbrado a que la mujer no lo mirase. No estaba habituado a las calles, a la multitud. Raramente salía fuera. La mujer siempre le prohibía ir fuera y él nunca desobedecía. Siempre permanecía en casa con los pocos libros que guardaba en un rincón del pequeño piso donde vivían, con un viejo peluche sin forma.

     Como él apenas salía ahora se afanaba por mantener el paso, mirando a su alrededor, al mismo tiempo impresionado y atemorizado. Vio gente, niños que reían, vio escaparates, coches y oyó mucho ruido que no pudo reconocer en aquella cacofonía que asaltaba sus oídos. Continuó andando mientras trataba de analizar y entender aquel mundo con su mente de niño de tres años. Pero incluso con su despierta mentalidad no era capaz de comprender algunas cosas. Casi no había salido, y los pocos libros que había empezado a leer no le habían preparado para esta experiencia. Cuando sintió apretarse el agarrón de la mujer sobre su mano, a punto de rompérsela, el niño dejó de pensar sobre ello y cesó en su intento de entender la naturaleza de las cosas a las que estaba mirando.

     Caminaron durante un buen rato. Doblaron esquinas, cruzaron calles más o menos anchas y el niño se sintió perdido, pero no tenía miedo. Estaba con su madre y estaba seguro de que nada le podía pasar mientras estuviera con ella. Entraron en un parque y, una vez más, el niño se detuvo sorprendido.

     Había visto un árbol delante de la ventana de su piso, pero nunca había contemplado hierba o flores con anterioridad. La única cosa que podía verse a través de los cristales era el viejo árbol del oscuro callejón en el que estaba su casa. Algunas veces, cuando el tiempo era bueno, se apoyaba un poco en la ventana, arrodillado en una silla, y podía ver un poco de cielo azul. El sol raramente brillaba en el pequeño apartamento que compartía con su madre. El ruido de las calles le llegaba con dificultad, y cuando lo escuchaba sentía como si viniera de otro mundo. Algunas veces venían niños al callejón y jugaban, gritando y riendo bajo la vista de aquel niño de pelo verde azulado. No sentía nada por ellos. La soledad encajaba con él. Pero algunas veces, cuando una paloma pasaba con un fiero aletear delante de su ventana, o cuando una se apoyaba en el alféizar, sentía la necesidad de ser libre. Podía pasarse el tiempo observándolas y sentirse miserable porque no podía seguirlas, y entonces no podía verlas más. A veces, cuando no conseguía verlas, o cuando no las oía durante días, se entristecía y  se retiraba al silencio. Cuando notó esto por primera vez, tuvo la idea de atraerlas compartiendo su pan con ellas. Viéndolas, siempre sonreía e incluso reía, sintiéndose extrañamente tranquilo.

     Aquí había muchas palomas. Picoteaban o levantaban el vuelo, algunas posándose en los bancos o en un árbol, mientras otras se movían entre la gente. A su derecha vio un pequeño lago artificial con pájaros blancos deslizándose grácilmente en el agua y también vio pájaros más pequeños, marrones y blancos, nadando en el agua mientras se alimentaban de los trozos de pan que la gente les lanzaba. Más allá vio niños jugando entre las aves mientras las mujeres hablaban entre ellas, meciendo de vez en cuando carritos de bebé. Divisó a algunos adolescentes agarrados de la mano o besándose. Vio hombres leyendo, o simplemente mirando el paisaje, ancianos hablando entre ellos o calentándose con el sol de finales de Febrero. El lugar era grande y estaba lleno de ruidos, y era muy diferente del sonido de las calles. Era, a la vez, pacífico y relajante.

     La mujer tiró firmemente de la mano del niño y le arrancó de sus meditaciones. El niño dejó que la mujer le mostrase el camino en el parque, mientras él seguía a las palomas con la mirada. El parque parecía grande, no podía oír el sonido de la calle, y cuando miraba alrededor casi no podía ver los edificios de la entrada del parque. Sin mirarle una sola vez, su madre continuó andando y no se molestó en preguntar si el niño estaba cansado o no.

     Se detuvieron de repente y ella miró alrededor como si buscase algo y, cuando se sintió tranquila, plantó una rodilla en tierra delante del niño, que la miró. Sus ojos azules se clavaron en él y puso las manos sobre sus hombros. El niño parpadeó una vez, esperando pacientemente. "Tengo que irme, no tardaré." Miró sobre la cabeza del niño. "Espérame. Hay algo que debo hacer. Espera aquí hasta que vuelva." Bajó la mirada y sus ojos se endurecieron. "¿Has comprendido?"

     El niño solo asintió y la presión en sus pequeños hombros se aligeró. Miró a la mujer y ella se levantó. Se marchó sin mirar atrás, vio como desaparecía en una curva del camino, perdiéndose entre los paseantes, pero no se movió. Se quedó allí, mirando en la misma dirección.

     El tiempo pasó y el niño permanecía allí, sin moverse, sin perder de vista la curva del camino. Cada vez que veía una silueta acercándose, su corazón se aceleraba. El corto día de invierno se acercaba rápidamente a su fin y al oeste el sol empezaba a esconderse detrás de las oscuras nubes. La temperatura bajaba y el niño se estremeció a pesar de su abrigo. Trató de calentarse saltando arriba y abajo, pero incluso cuando sus piernas le dolían por haber permanecido demasiado tiempo de pie, él siguió esperando. Mantuvo la mirada en el camino, con la esperanza de que su madre apareciese en cualquier momento.

     Estaba oscureciendo y ahora el parque estaba prácticamente vacío. Algunas personas que aún quedaban por allí se marchaban a casa sin darse cuenta del pequeño, que seguía solo al lado de un banco, ni siquiera le dirigieron una mirada. Entonces llegó la noche, y algunas nubes oscurecían el cielo, a veces ocultando la luna.

     El niño suspiró y se acercó al banco. Después de mirar nuevamente la curva del camino, se sentó, y su mirada volvió a ese lugar que ya conocía de corazón. Pero la noche lo había cambiado y el niño no se sintió tranquilo. Se estremeció y no supo si era por el temor, por el frío o porque estaba cansado. Levantó las rodillas hacia el pecho y se encogió como una bola, poniendo una mejilla en ellas. Sus ojos azules se quedaron fijos en el camino. Cerró los ojos muchas veces, pero siempre se despertaba de repente, temeroso de perderse la aparición de su madre. Frotándose los ojos, esperó librarse del sueño y del cansancio, pero el esfuerzo era demasiado y lentamente, pero seguro, se quedó dormido.

* * * * 

     Apoyado contra un tronco, un hombre observaba al niño durante mucho tiempo. Parecía extraño y, si alguna persona le miraba, se sorprendería al descubrir que llevaba una capa. Llevar aquella prenda resultaba pasado de moda para los tiempos que corrían. Pero el hombre no parecía preocuparse por la moda. El color de su media melena estaba entre el gris acerado y el azulado, y sus ojos ambarinos se añadían a su extraña apariencia.

     Permaneció cerca del árbol aquella mañana. Disfrutaba mirando a la gente que se divertía estando en el pacífico parque. Estaba preparándose para dejar el lugar cuando sintió algo muy familiar, algo como un cosmos. No sabía quien era el dueño y eso le intrigó. Estaba seguro de conocer a todas las personas que poseyeran un cosmos tan notable. Más aún, este cosmos era débil y su poseedor no parecía tener control sobre él. Lo más importante era que el cosmos se le acercaba, así que decidió quedarse. Se escondió detrás del viejo y nudoso roble en el que se había estado apoyando durante la mañana.

     Su espera no fue muy larga. Vio a una mujer y a un niño andando en su dirección y sintió que el suave cosmos procedía de uno de los dos. Al principio concentró sus sentidos en la mujer, solo en ella, pero no notó nada en particular. Era como un profundo agujero negro, un agujero donde solo predominaban el interés y el egocentrismo. Frunció el ceño y se concentró en el niño. Efectivamente. El cosmos provenía de él, un pequeño cosmos. Trató de leer más a su través, pero no pudo. Era como si hubiese una barrera invisible que le impedía leer más. '¿La mente del niño?' No lo sabía.

     De cualquier manera, estaba interesado en el niño. Poseía un cosmos y podía aspirar a convertirse en uno de sus discípulos y quizás algo más. Había venido solo para disfrutar de la paz de aquella atmósfera que echaba de menos. A veces extrañaba su país natal y su tarea de encontrar más candidatos alrededor del mundo le cansaba. Pero lo hacía porque era su trabajo y nadie podía cambiar eso. Por eso había venido aquí, para revitalizarse. Pero nunca habría podido pensar que era posible encontrar a nadie allí, y menos un niño con aquel cosmos.

     No se movió mientras miraba a las dos personas. Decidió que no podía hacer nada mientras el niño no estuviera solo. Tenía una familia, y no creía que sus padres dejasen marchar al niño con él, incluso si en su país de adopción era un honor dejar a un niño al servicio de la diosa. 'Quizás después. Le vigilaré. De todas formas, es demasiado joven.' Sin embargo, se quedó mirándole, grabando las facciones del niño del cabello verdeazulado en su memoria para poder ser capaz de encontrarle algunos años después.

     Quiso abandonar y volver de donde había venido, pero algo le previno, como una premonición. '¿Por qué este?' se preguntó, como si el niño, inconscientemente, no le dejara marcharse. La idea de que el niño estuviese llamando subconscientemente a alguien que lo comprendiese cruzó su mente como una estrella fugaz en el cielo de verano. Miró a las personas otra vez y vio a la mujer arrodillada delante del niño. La oyó decirle que volvería pronto. No se encontraban lejos de él, así que podía oír todo lo que decía, y pudo ver la extraña expresión en la cara de la mujer. Estrechó ligeramente los ojos, recordando lo que había sentido cuando leyó en la mujer. 'Egoísmo. ¿Por qué esas palabras que le dice a su hijo me suenan tan vacías?'

     La vio marcharse y dejar al niño sin mirar atrás. '¿Es esta la actitud de una mujer cuando abandona a su hijo?' Extendió su cosmos hacia la mujer, de quien sólo sintió alivio. Lo comprendió todo y miró otra vez al niño que observaba cómo su madre se iba sin saber que jamás volvería.

     No podía creer en sus ojos y en la oportunidad que se le presentaba. El niño había sido abandonado y poseía un pequeño cosmos. Con tiempo, seguro que podía desarrollarlo y convertirse en un futuro Caballero. La Guerra Sagrada se acercaba y era tiempo de reunir tantos Caballeros como fuese posible para el tiempo en que debía declararse. Pero el niño era aún demasiado joven para ser entrenado. 'Parece tener tres años de edad. Debo esperar unos cuantos años hasta que pueda ser entrenado. Mala suerte... Pero si le dejo aquí, morirá. Le llevaré al Santuario, después de todo, el hermano pequeño de Aioros está allí, y él también tiene más o menos tres años.'

     Se quedó allí un rato y miró al niño que estaba aún esperando. Esperaba sin fin. Su premonición había sido cierta. Además, su sexto sentido jamás lo traicionaba. El Patriarca le tenía en gran estima en parte porque sabía que era uno de los más poderosos Caballeros de Plata. Su talento para leer las emociones de los demás y, a veces, pensamientos simples, le hacían un caballero formidable. Pero raramente usaba esta facultad y por ello era respetado y admirado por la mayoría de sus iguales. Su poder era también capaz de sentir un cosmos en estado latente. Su poder era una de las razones por las que el Patriarca le había enviado alrededor del mundo, pero el Patriarca también le envió para mantener la vigilancia de la situación política en muchos países. El Patriarca, representante de Atenea en la Tierra, no deseaba que ciertos países comenzaran hostilidades que aceleraran la venida de los beligerantes dioses antes de la reencarnación de Atenea. Era su papel y su deber en el Santuario, y sabía que ese rol era importante también.

     Ahora era noche cerrada y aún veía al niño en el mismo sitio. Suspiró quedamente mientras se preguntaba si debería ir y contarle que aquella por la que esperaba no volvería jamás, o si era mejor esperar hasta que el niño comprendiese por si mismo que su madre no regresaría. Normalmente esta clase de preguntas nunca le molestaban, elegía su curso de acción inmediatamente, pero aquel niño le intrigaba. Quería saber más, pero no podía. Era la primera vez que no podía "leer" en alguien. Sabía que con algunos caballeros, especialmente los más fuertes, tenía dificultades porque se protegían a si mismos, pero este chico tenía sólo tres años y no era consciente de su poder latente. '¿Como ha sido capaz de levantar una barrera mental sin ser consciente de su poder? Es completamente absurdo.'

     Sintió un suave cambio en el cosmos del niño. Una ligera preocupación y miedo fluctuaron antes de que esas emociones fueran suprimidas por la voluntad del niño. 'Quizás si es consciente' pensó el extraño. El hombre vio al chico caminar hacia el banco y entonces se dio cuenta de que trataba de no quedarse dormido. Pero fue un vano intento, porque solo unos momentos después se quedó dormido.

     Esperó un momento y se aproximó al niño. Caminó sin hacer ruido hasta él y lo examinó. Su cabeza se había deslizado despacio y había tirado del resto del cuerpo hasta quedar tendido en el banco. Vio al niño temblar, pero no lo despertó y se sentó cerca de su cabeza. Abriendo una de las extensiones de su capa, cubrió al niño y apoyó la espalda contra el banco. 'No te dejaré morir. Tienes algo en tu interior, pequeño.' Levantó la mirada al cielo, y observó como las nubes oscuras cruzaban el firmamento nocturno y ocultaban, de cuando en cuando, la luna y las estrellas.

* * * *

     El niño tembló y todos sus músculos se quejaron. Abrió los ojos y vio que yacía en un banco, en alguna parte. Se sentó derecho y miró a su alrededor, perdido. Primero se preguntó qué estaba haciendo allí, y luego lo recordó. Suspiró y se levantó. Caminó un poco para que sus piernas se recuperasen y para entrar en calor. Unos pocos minutos después se detuvo en el mismo sitio que había ocupado el día anterior.

     El parque volvió a la vida poco a poco. Las amenazantes nubes de la noche habían desaparecido y el tiempo se hacía bueno. Como el día anterior, una colorida multitud invadió el parque. Mucha gente pasó al lado del niño, pero nadie se detuvo. El niño caminó hacia el banco y se sentó por un momento, antes de regresar a su puesto.

     La mañana pasó y la tarde avanzaba tan monótona como la mañana. El niño suspiró y caminó hacia el banco. Tenía hambre, pero no quería dejar su lugar. Además, no podía comprar nada. Se mordió los labios para no caer en la congoja.

     "¿Estás solo?" preguntó una mujer, mirando al niño.

     Sacudió la cabeza en gesto negativo. "Estoy esperando a maman".

     "¿Dónde está ella?"

     "No está lejos."

     "Ah. Pensé que estabas solo. Perdona." Entonces la mujer se marchó y dejó al niño solo.

     "Maman, por favor... vuelve pronto..."

     La tarde pasó despacio y, de vez en cuando, algún adulto se acercaba y le preguntaba si estaba solo, pero siempre el niño del cabello azul verdoso profundo respondía que estaba esperando a su madre y que no tardaría mucho. Incluso algunos niños se habían acercado, pidiéndole que jugase con ellos, pero él respondió que no podía.

     Por enésima vez caminó hacia el banco, agachó la cabeza y se sentó. Un momento después, una sombra delante suyo le hizo alzar la cabeza. Alegría y alivio brillaron en sus ojos azules, pero esas emociones desaparecieron cuando él vio únicamente a un hombre alto y bien formado. Tenía un extraño pelo gris, y el niño no se decidía si era acerado o azul grisáceo. Era gris acerado cuando las sombras le cubrían, y azul grisáceo cuando los rayos del sol incidían en él. El niño tuvo un sentimiento de frialdad. El cabello caía justo sobre los hombros del hombre y se mecía en el frío viento como una larga capa. Sus ojos marrones, muy claros, cercanos al color ámbar, estudiaron al niño con intensidad. El niño le devolvió la mirad sin miedo.

     "¿Por que sigues estando aquí?" inquirió, con una voz profunda y rica.

     El niño le miró perplejo. El hombre era extraño. Debería tener miedo, pero el hombre le atraía. No respondió. Recordó que su madre le dijo una vez que nunca hablara con extraños y, sin saber por qué, el niño supo que ese hombre era diferente de las otras personas que se le habían acercado esa mañana, así que desvió la vista.

     "¿Estás esperando a alguien?" preguntó amablemente.

     El niño cruzó los brazos y vio por el rabillo del ojo que el hombre aún estaba allí. "Maman" respondió, esperando que el hombre se fuese.

     Pero el hombre insistió. "¿Dónde está?"

     El niño no respondió y estaba listo para levantarse del banco cuando vio que el hombre caminaba detrás suyo. "Hace mucho tiempo que te observo. ¿De verdad piensas que tu madre volverá?"

     "Si" dijo el niño sin ninguna duda. El hombre sacudió la cabeza y se alejó sin decir una palabra. El niño del pelo azul verdoso suspiró aliviado y miró a su alrededor. El hombre se encontraba fuera de su vista. Se acomodo en el banco y volvió a mirar el camino.

     Unos pocos momentos después oyó un pequeño sonido cerca suyo, como un tejido frotando algo. Volvió su cabeza y vio al extraño hombre sentado al lado suyo, aún mirándole. El niño se inquietó.

     "¿Aún esperas?" preguntó, mientras se acomodaba en el banco.

     El niño no respondió y quiso marcharse. Pero no se pudo mover. Se quedó repentinamente paralizado cuando sus ojos azules se encontraron con los del hombre. Se sintió en peligro, pero al mismo tiempo se sintió protegido.

     "Tu madre no volverá y lo sabes, pequeño" dijo el hombre cuando clavó su mirada en los ojos del niño.

     "Dijo que volvería y tengo que esperarla, y eso haré" respondió el niño, manteniendo la mirada de los fascinantes ojos del hombre.

     "¿Por qué esperas? No tiene sentido."

     "Maman volverá. Las madres nunca abandonan a sus hijos." Balanceó las piernas y miró a los niños que estaban jugando en el parque.

     "Si esperas aquí, ¿por qué no juegas con los otros hasta que ella venga?"

     "No los conozco" respondió. "Maman me dijo que estuviera aquí y eso haré."

     El hombre buscó en su capa. "Toma. Para ti." dijo y sostuvo algo para el niño. Este último, desconcertado, miró al hombre. "No has comido nada desde que ella te dejó."

     El niño sacudió la cabeza en gesto de negación. "No. No debo hablar con gente desconocida y no debo aceptar cosas de ellos."

     "¿Entonces vas a dejarte morir de hambre?"

     "¿Qué es la muerte?" respondió seriamente. Ansioso por saber más cosas nuevas, olvidó que estaba hablando con alguien que no conocía.

     Sintiendo la curiosidad del niño, el hombre sonrió. "La muerte es lo contrario de la vida. Cuando alguien está vivo, se mueve, habla, ríe, llora, come, bebe. Hace muchas cosas y siente un montón de emociones. Cuando alguien está muerto no se mueve, no puede hablar y no puede hacer nada. La muerte es frialdad y la vida es calor." El hombre sostuvo el sandwich hacia el niño, que le miró. Estuvieron así durante un largo rato y después el niño, dudoso, lo cogió. Mordió un poco y cerró los ojos disfrutando de la comida.

     "Sabes que es tarde. ¿Que vas a hacer?"

     "Esperar a maman" dijo en niño entre dos bocados.

     "¿Vas a estar aquí una noche más?"

     El niño se encogió de hombros. "Debo esperarla."

     "¿Dónde vives?"

     "No lo se, pero está lejos. Es por eso que debo esperarla."

     "¿Hasta cuando?" demandó saber el hombre del pelo gris acerado.

     "Hasta que venga."

     El extraño hombre se levantó. "Muy bien. Te dejaré solo, pero..." Sacudió la cabeza en señal de negación y comenzó a andar sin terminar de explicar lo que estaba a punto de decir.

     Los ojos del niño le siguieron en la noche entrante. Sintió frío de repente y tembló. Volvió la mirada hacia el camino donde había visto por primera vez a su madre. "Maman..." En mitad de la noche, se quedó dormido en el banco, como hiciera la jornada anterior.

     El hombre del pelo gris acero se aproximó al banco de nuevo y se sentó cerca del niño. Se quitó la capa y cubrió con ella al muchacho con cuidado. Un momento después, pasó los dedos por el cabello azul verdoso del niño. "No te dejaré solo" murmuró. "Incluso si no conozco tu nombre." Miró hacia la luna y cerró los ojos. "Estoy seguro de que tienes un buen futuro. Ya tienes un cosmos un poco desarrollado. Ahora, queda por ver si querrás venir conmigo. Dios Atenea, tu que eres piadosa y compasiva, protege a este pequeño."


* * * * 


     El niño se arropó confortablemente con la capa, buscando el calor. "Maman," murmuró. "Has venido". Abrió los ojos de repente para ver a su madre, pero se encontró a si mismo yaciendo en el duro banco del parque que se hacía más claro según llegaba el amanecer. Se sentó y miró a su alrededor. Estaba solo. Se estremeció y sintió un suave tejido alrededor de sus piernas. Una capa. La capa del hombre raro. El niño se envolvió con ella el cuerpo y miró alrededor otra vez. Solo. El hombre no estaba allí. Sintió un dolor en el corazón y agachó la cabeza. "Maman. Espero que vengas y me lleves contigo."

     "¿Aún esperas?" le preguntó una profunda voz.

     El niño giró la cabeza a su derecha y vio al hombre mirándole. Sintió que el alivio invadía su corazón. el hombre sostenía un poco de pan y, esta vez, el niño no dudó. El hombre sonrió. "Eres menos insociable y fiero que ayer. Por cierto, ¿cual es tu nombre?"

     "¿El tuyo?" preguntó el niño después de haberse tragado el trozo de pan.

     El hombre miró al niño y sus ojos relucieron. "Serge, y soy un Caballero."

     "¿Un caballero? ¿Qué es eso?"

     "Te responderé si me dices tu nombre. De todas formas, tenemos todo el día, ya que tu madre no va a regresar."

     El niño quiso responder que ella volvería, pero no dijo nada. Quizás porque entendía que el hombre tenía razón. "¿Mi nombre?" preguntó.

     "¿Cómo te llamaba tu madre?"

     Agachó la cabeza y balanceó las piernas bajo la capa. "No lo sé," reveló en un susurro. Serge no dijo nada y esperó. "Maman nunca me llamaba por un nombre. Ella siempre me decía 'petit'1 o 'petit monstre'2 o 'monstre'. Quizás ese es mi nombre."

     El hombre no confirmó nada. "¿Y tus amigos?"

     El niño se encogió de hombros. "¿Qué es un amigo?"

     "Amigo, amistad. Es un sentimiento que tienes por alguien, alguien que no es un miembro de tu familia, alguien que aprecias, con el que te gusta estar. En tu caso, alguien con quien puedes hablar o jugar. ¿Me entiendes?"

     "Uh... Creo que puedo." Entonces sacudió la cabeza en negación y suspiró. "Entonces no tengo un amigo. Maman no quería que saliese. No recuerdo haber hablado con ningún niño antes."

     "¿Y la gente?"

     "Solo vi a maman y su amiga, cuando venía de vez en cuando. Fue la amiga de maman quien me enseñó a leer unas pocas palabras."

     "¿Cómo te llamaba ella?"

     "Petit."

     "Petit no es un nombre. ¿Y tu padre?"

     "Nunca lo he visto."

     "Así que no tienes nombre."

     El niño no respondió y miró las primeras palomas del día que estaban posándose en el camino de arena. Les lanzó los pocos trozos de pan que le quedaban y, con un aleteo que rompió el silencio del amanecer en el parque, se lanzaron a por las pequeñas piezas de comida. Entonces volaron y revolotearon alrededor del niño mientras esperaban más trozos de pan.

     El hombre miró al niño por un largo momento. 'Un niño no deseado. Seguramente habrá sido escondido y no habrá sido registrado en el censo. Un niño que vive en un mundo donde no hay señal de él, solo una existencia fantasma, una vida fantasma, un niño problemático...' Estaba seguro cuando había visto a la mujer abandonando al niño que esta no volvería nunca. Su apariencia y su actitud fría hacia el niño eran signos de que abandonaría a su hijo. Cuando le había dejado así, ¿quizás había tenido una pequeña esperanza de que alguien le recogiese y le criase? Serge no estaba seguro. Había leído tanto egoísmo que dudaba si había pensado alguna vez en su hijo. Pero estaba seguro de que nadie había intentado hacer nada por el niño. Era como el modo en que él había repudiado las atenciones de la gente. El niño era prácticamente invisible en su existencia.

     "Preguntaré a maman mi nombre cuando vuelva."

     Serge suspiró. El niño todavía tenía esperanza y se ponía furioso cuando pensaba en la manera en que esa mujer había dado una falsa esperanza a tan inocente criatura. Pasó los dedos por el caballo del niño. "Así que, si no tienes un nombre, ¿puedo darte uno?"

     "Ya tengo uno. Sólo que no lo conozco."

     "Escucha, puedes confiar en mi. No quiero hacerte daño, pero debes entender que tu madre no volverá a por ti nunca. Hace ahora tres días que la llevas esperando. ¿Por qué te dejaría ella aquí mientras podrías estar esperando en casa?"

     El niño frunció el cejo mientras pensaba en lo que le había dicho el hombre. "Creo que le has mostrado demasiada gratitud, pero es inútil. Tu madre nunca te ha amado, así que cesa tu espera. Te estás haciendo daño." El chico quiso protestar, pero los ojos ambarinos de Serge se endurecieron y el niño del cabello azul verdoso no dijo nada, no porque tuviese miedo sino porque sentía que aún no había terminado. "Quiero darte un nombre, así tu podrás existir realmente. ¿Quieres?"

     "Pero... ¿y si viene?"

     "No lo hará. Y no te voy a dejar aquí solo. Vendrás conmigo."

     "Pero..."

     "Te dejaré esperarla hasta la noche. Si no viene esta noche, ¿accederás a acompañarme?"

     "¿Estás seguro?"

     "Lo estoy. Así que, ¿puedo darte un nombre?" Después de un largo momento, el niño asintió ligeramente. Serge no dijo nada mientras el niño pensaba. No le forzó a aceptar. Tenía que tomar esa decisión por si mismo. Solo asintió cuando el chico finalmente aceptó. "Déjame pensar sobre esto. Debes tener un nombre que te haga diferente y que encaje bien contigo."

     El niño solo se encogió de hombros y las paloma atrajeron su atención otra vez. Se quitó la capa y, con un salto, asustó a los pájaros. Caminó un poco sin alejarse mucho del banco, donde el hombre permanecía mirándole, perdido en sus pensamientos. Después de un largo momento se acercó a él y se sentó en el banco mirando a Serge. "No puedes encontrar ninguno," dijo sin ninguna emoción.

     "Tengo alguno, pero necesito tu ayuda. Después de todo, serás tú quien tenga este nombre. Estaba pensando en Pierre."

     "No soy una piedra."

     "Oh, perdón. Pero como has estado aquí como una estatua por tanto tiempo, se me ocurrió. Muy bien, si no te gusta, no te daré un nombre tan común. Después de todo, tu eres único."

     "¿Qué es eso?" preguntó el niño, apuntando con su dedo índice una estatua metros allá. Le había intrigado mucho desde que llevaba allí, pero nunca había preguntado al hombre sobre eso.

     "Una estatua. Erigiendo estatuas, los hombres honran a las personas importantes. Así la gente puede recordarles después de mucho tiempo."

     "¿Quién es ese hombre?"

     "Camus."

     "¿Camus?"

     "Un autor. Escribió mucho."

     "¿Era famoso?"

     "Uh, si. ¿Por qué me preguntas eso?"

     "Oh, sólo por eso."

     Serge le miró por un momento. "Camus... ¿Por qué no? Bueno, es original, ¿no? ¿Qué piensas sobre eso?"

     "No lo sé" el niño se encogió de hombros. "Pero es un nombre como cualquier otro, así que, lo acepto. Lo prefiero a Pierre."

     "Hasta entonces, tú eres Camus. Un placer conocerte, Camus," dijo Serge cuando alargó la mano hacia el niño, que la miró por un largo rato. Entonces también alargó su pequeña mano al hombre, que la tomó en la suya con firmeza. Serge la sacudió, al mismo tiempo que sacudía el resto del cuerpo del niño.

     "¿Qué es un Caballero?"

     "Alguien que protege a Atenea, el mundo y la paz."

     "¿Quién es Atenea?"

     "Una diosa griega. La diosa de la guerra."

     "¿La diosa de la guerra? ¿Y entonces por qué dices que protege la paz?"

     Sorprendido por el razonamiento del niño, Serge arqueó sus cejas. El niño parecía tener solo tres años de edad... "Dime, Camus, ¿cuántos años tienes?"

     "No lo sé."

     "Era un pregunta estúpida; si no sabes tu nombre probablemente no sepas la fecha de tu cumpleaños," dijo Serge.

     "¿Cumpleaños? ¿Quieres decir el día que nacemos?" Serge asintió. "Sé cuál es mi cumpleaños. Siete de Febrero. La amiga de maman me lo dijo cuando vino la última vez. Era mi cumpleaños. Me dijo que había ayudado a maman a darme a luz. Recordaba la fecha."

     "Un niño muy extraño," murmuró Serge. "Me has preguntado por qué una diosa de la guerra protege la paz, ¿no?" Camus asintió. "En la mitología griega hay dos dioses de la guerra, Atenea y Ares. Ares es el dios de la lucha. Es un dios que solo vive para luchar y para ver sufrir a la humanidad. Le gustan la masacres y las carnicerías. Atenea solo lucha por la paz. Se enfrenta a Ares para mantener la paz y el bienestar de la humanidad. En la Tierra, Atenea tiene Caballeros que la protegen cuando se reencarna. También protegen el mundo cuando ella no está. Los Caballeros existen para salvaguardar la paz y la armonía del mundo. ¿Lo entiendes?"

     Camus frunció el cejo. "No del todo" admitió.

     Serge sonrió. "Admito que es un poco difícil de comprender, porque eres muy joven. No te preocupes, muchos candidatos jóvenes que son elegidos para convertirse en Caballeros y son mayores que tu también tienen dificultad para entenderlo."

     "Así que tu eres un Caballero..."

     "Si, el Caballero de la Grulla."

     "¿El Caballero de la Grulla?"

      "Si. Una constelación del sur."

     "¿Constelación del Sur?" 

     "Ahhh... déjame explicarte." Camus asintió. "En primer lugar, debes saber que a Atenea no le gustan las armas, así que sus Caballeros deben luchar sin ellas. Sus cuerpos son sus armas."

     "¿Sin armas? ¿Cómo es eso?"

     "Un Caballero tiene un cosmos. Este cosmos se usa como arma. El cosmos puede ser tan fuerte que un Caballero puede hacer las cosas más increíbles, como destruir un pico con su puño o hacer que tiemble la tierra con una patada."

     "¿De verdad?" Serge asintió. "¿Que es el cosmos?"

     "El cosmos es un aura que todo humano posee. Algunas personas tienen un aura más poderosa que otras; con un entrenamiento intensivo los humanos pueden desarrollar su propio aura, su cosmos. Cuanto más lo desarrollen, más poderosos serán. Los Caballeros están protegidos por su armadura."

     "¿Armadura?"

     "Coraza, si lo prefieres, pero el verdadero nombre es armadura. Hay tres rangos, los Caballeros de Bronce, que son los más numerosos y los menos poderosos, los Caballeros de Plata que son menos numerosos pero más poderosos y los Caballeros de Oro, que son los más poderosos de toda la orden. El rango que alcanza uno depende de su cosmos. Cuanto más importante y poderoso es tu cosmos, más poderoso eres tú."

     "¿Y tu? Serge enarcó una ceja con aire interrogativo. "¿Que rango tienes?"

     "Soy un Caballero de Plata." Camus le miró de arriba a abajo y volvió a mirar los ojos del Caballero.

     "Así que, ¿eres poderoso?"

     "Creo que lo soy," respondió el hombre.

     "¿Puedes mostrármelo?"

     "¿Aquí? ¿Ahora?" preguntó el Caballero con sorpresa. El niño solo asintió. "Muy bien" dijo, mientras miraba a su alrededor para encontrar un blanco y para ver si la gente podía observarles. El parque estaba vacío y a doscientos metros vio una gran roca. Miró al niño, que le observaba expectante. Con el dedo índice, apuntó su objetivo y caminó hacia él. Se giró hacia el niño y, con un gesto de la mano, le invitó a seguirle.

     Camus asintió y se unió al Caballero. Más o menos a cincuenta pasos de la roca, Serge le hizo detenerse mientras él daba otros tres pasos más. Tomó una posición de combate y Camus pudo sentir un cambio en el aire que rodeaba al hombre. Entonces el Caballero de Plata lanzó su puño contra la roca y el niño se dio cuenta de un movimiento en la atmósfera, como si el lugar donde permanecía Serge se hubiera puesto borroso. Después todo se aclaró y Camus oyó y vio cómo la piedra se rompía antes de explotar en minúsculas partículas. Camus miró la piedra destrozada antes de que sus ojos se posaran en el Caballero, luego en la piedra y nuevamente en Serge.

     Serge sonrió cuando vio su expresión atónita. "¿Es suficiente o quieres que lo haga de nuevo?"

     Camus negó con la cabeza, incapaz de apartar los ojos de los escombros. Tragó saliva y se volvió hacia el hombre. "Eres realmente poderoso," dijo atónito.

     "Si eso es lo que crees... ¿Podemos volver a nuestro lugar favorito?" El niño asintió y regresaron al banco, donde se sentaron. Serge levantó la vista al cielo y continuó con sus explicaciones. "Cada Caballero está protegido por una constelación."

     "¿Qué es una constelación?"

     "Una constelación es un grupo de estrellas que sirven para que los hombres puedan ver su posición en el cielo y cuando están en alta mar. Hay ochenta y ocho constelaciones en el cielo."

     "Ochenta y ocho... Así que hay ochenta y ocho Caballeros. ¡Un montón!" exclamó el niño, que abrió los ojos.

     "Desafortunadamente, no. El número parece ser alto para ti porque probablemente aún no sabes contar. Pero incluso si, en teoría, hay ochenta y ocho Caballeros, nunca se han reunido todos al mismo tiempo. Durante la última Batalla Sagrada lucharon setenta y nueve Caballeros." Serge dejó de hablar cuando vio a Camus perdido en sus pensamientos. "¿Algo va mal?" preguntó el Caballero de Plata cuando notó que el niño fruncía el ceño.

     "No comprendo nada de esto. ¿Por qué eres un Caballero?"

     "Porque amo la humanidad. Porque quiero proteger el mundo. Porque creo en un futuro mejor."

     "Ah." El niño frunció el cejo. "¿Por qué me cuentas esto?" preguntó, mirando al nombre. "Quieres que me vaya contigo, para ser como tu, ¿es eso?"

     "Tu razonamiento me impresiona, Camus. Casi no puedo creer que solo tengas tres años, quizás cuatro. No, tienes que tener tres años, estoy seguro de ello." Serge suspiró y miró el cielo, donde las nubes comenzaban a reunirse y tornarse grises. Frunció el ceño. 'Va a llover...' Retomó la atención en el niño que esperaba una respuesta. "Tienes razón. No quiero mentirte. Ya tienes un cosmos pequeño. Sería una pérdida no desarrollarlo. Pero eso está sujeto a tu decisión, no voy a forzarte. Tu madre te ha abandonado. Estás solo y, si nadie te ayuda, morirás. Te propongo un objetivo y un destino. Pero debes ser tu quien decida, Camus."

     Camus se levantó y caminó hasta el punto donde su madre le había dejado. "Quizás ha tenido un accidente..." le dijo al hombre, sin volverse hacia él.

     "No, Camus, no lo ha tenido. Hasta esta noche, Camus, hasta esta noche."

     Camus no respondió nada y siguió mirando la curva del camino. Esperaba que, con la ayuda de su determinación, su madre aparecería de repente y le llevaría con ella. No es que se sintiese mal con el hombre, pero algo le decía que no confiase en él completamente. El futuro sin su madre le daba miedo, especialmente un futuro donde solo la lucha gobernaría su vida. Era demasiado joven para tomar esa decisión, cuando no sabía qué quería hacer en su vida.

     El tiempo pasó. El parque estaba casi vacío y las pocas personas que pasaban llevaban más prisa en volver a casa que en quedarse en el parque. Camus suspiró, pero se obligó a quedarse quieto y seguir mirando la curva. No quería volverse hacia Serge. Sabía que el Caballero estaba allí todavía. Sabía que estaba sentado en el banco, y que seguramente le miraba. Pero el hombre respetaba su silencio y su deseo de estar solo.

     Una fría gota cayó sobre su frente. Mirando al cielo, Camus la limpió con la manga derecha de su abrigo. Se dio cuenta que el cielo estaba gris, y las gotas de lluvia comenzaron a caer. Primero unas pocas, pero luego llovió fuertemente. Camus agachó la cabeza pero no se movió para protegerse de la fría lluvia. Sintió las gotas golpeando su cabeza, su cabello estaba húmedo y el agua caía sobre su cara y por su abrigo. Tembló, pero permaneció en su sitio.

     De repente, no sintió más gotas cayendo en su cabeza o en sus hombros. Parpadeó y, lentamente, miró hacia arriba, donde algo obstruía su visión. Oyó las gotas cayendo en aquella cosa con un sonido apagado, pero aún audible. Miró a su alrededor y vio unos pantalones grises. Mirando de nuevo hacia arriba, distinguió una camiseta azul, y luego unos brazos que sostenían la capa gris sobre su cabeza.

     "Vas a pillar un resfriado, Camus" dijo Serge con voz suave.

     Camus le miró, pero no pudo distinguir la cara del hombre. Sacó la cabeza de su débil protección y las gotas le golpearon la cabeza, pero pudo ver el rostro de Serge. El hombre miraba más allá de él, imperturbable. El niño parpadeó, admirando el estoicismo y la nobleza del Caballero.

     "Protégete debajo de la capa, Camus."

     "Pero..."

     "Nada de peros, hazlo."

     "Pero... ¿y tu?"

     Una sonrisa cruzó el rostro de Serge. "No te preocupes. No enfermaré. Pero tú sí, si no haces lo que te digo. Así que hazlo."

     "Pero..." dijo el niño, tercamente.

     Serge suspiró cuando comprendió que Camus no se daría por vencido. Miró a su alrededor hasta que vio un abeto grande y viejo. Después volvió la mirada a la curva que el niño vigilaba tercamente desde que su madre se había ido. Sabía por intuición que el pequeño no se refugiaría donde no pudiera ver ese sitio. Estimó la distancia desde el abeto y si se podía ver la curva desde allí. Cuando tuvo la solución a su problema, tomó al niño de una mano con amabilidad, mientras cubría la cabeza del pequeño. "Ven conmigo"

    "¿Dónde?" preguntó Camus, pero siguió al hombre.

    "Ya que no vas a querer protegerte hasta que yo no lo esté, vamos a ir bajo ese abeto."

     "¿Y si maman viene?"

     Serge no respondió hasta que se detuvieron bajo la conífera. Se giró y, cuando le quitó la capa de encima del niño, le mostró el lugar donde habían estado. "Desde aquí podemos ver el camino, y además tenemos un pequeño refugio."

     Camus levantó la mirada y vislumbró las amplias ramas del abeto, sin embargo también vio algunas gotas cayendo aquí y allá. Observó como el caballero apoyaba su mano derecha en la cadera y levantó una de las colas de la capa para protegerle. Camus tembló. Su pelo estaba mojado y de vez en cuando una gota recorría su frente hasta su nariz. Se acercó al caballero pero no le tocó. Sintió calor emanando del cuerpo del hombre.

     Pasó un buen rato y Camus se sintió mareado. Estaba demasiado cansado como para permanecer despierto. El sonido monótono de la lluvia no ayudaba, y el sueño invadió su mente como una monótona melodía. Trató de mantener los ojos abiertos, pero aquello era demasiado para él. Los cerró y su cabeza se apoyó en su pecho de repente. Abrió los adormilados ojos deprisa y, para mantener el equilibrio, alargó una mano hacia la pierna del hombre. Se agarró a los pantalones grises.

     El hombre no se movió. Con duda, Camus pasó su brazo alrededor de la rodilla del Caballero y se sujetó bien. Apoyó la cabeza contra el muslo de Serge, sintiendo el calor que emanaba del hombre y suspiró. Miró delante suyo, al paisaje.

     Llovía fuertemente y experimentó problemas para poder ver la curva a través de la cortina de agua. Camus sintió una mano sobre su cabeza y luego dedos que pasaban sobre sus mechones verde azulados de manera tranquilizadora. Camus, contento y tranquilo, apretó su agarre y cerró los ojos. Dejó que el cansancio lo venciese. Sintió que iba a caerse, así que se agarró a los pantalones con todas sus fuerzas.

     Serge sintió el tirón y se agachó. "Estás cansado," dijo mientras tomaba al niño entre sus brazos. Camus luchó durante un momento, pero luego se quedó quieto. Aún bajo la capa del hombre, seguí vigilando el camino. "Duerme un poco," dijo Serge apoyando al niño en su pecho. "Estás realmente cansado."

     "No puedo. No debo..."

     "Yo esperaré a tu madre. Duerme un poco."

     "¿De verdad?"

     "Si viene, te despertaré. No te preocupes, puedes confiar en mi."

     "¿Lo harás de verdad?" preguntó el adormilado niño. 

     "Soy un hombre de palabra. Duerme."

     Camus miró el camino y después apoyó la cabeza contra el pecho del hombre. Era la primera vez que sentía calor. Fue al mismo tiempo extraño y agradable. Su madre jamás le había tomado en brazos y apoyado contra su pecho, al menos que él pudiera recordar. Había tenido miedo cuando Serge lo había hecho, pero ahora se sentía bien. Era la primera vez que sentía aquel calor humano, el amor de una persona por otra. Jamás había tenido esa sensación antes y tenía miedo de no sentirla más. El sentimiento lo invadió y lo calmó.

     Camus observó el camino y se preguntó si realmente quería que su madre regresase. Tenía miedo de encontrar su frialdad de nuevo. Solo conocía al hombre de un día, pero ya le había dado mucho. Incluso en los silencios, había aprendido mucho. El sonido monótono de la lluvia, la respiración regular así como el lento y regular latido de un corazón cercano a su oreja izquierda, el calor envolviendo su cuerpecito hicieron que Camus se dejase llevar por un sueño profundo.


* * * *

     Serge sintió que el niño se volvía más pesado y que su respiración se hacía mucho más regular. Supo que Camus se había dormido. Continuó vigilando el camino, más por mantener la promesa que le había hecho al niño que por convencimiento. La mujer había abandonado definitivamente al pequeño y no iba a regresar a recogerlo. Ahora, Camus debía pensar que estaba abandonado y solo. Estaba seguro de que no iba a ser fácil. Iba a ser una situación delicada, en vista del amor que el niño parecía sentir por su madre. Sin embargo, al no darle un nombre o por llamarle solo 'petit monstre' o 'monstre' no parecía que ella le hubiese querido de verdad. Pero los niños tienen el instinto de seguir queriendo a sus padres incluso si son víctimas de golpes, dolor y maltrato.

     Al menos Camus no parecía haber sido maltratado, no tenía marcas de golpes. No, el niño no había sido golpeado. El hombre comprendió que si el niño parecía tan mayor era porque su madre, simplemente, le había ignorado. Hasta los últimos tres días había vivido en un mundo de indiferencia y el niño no sabía reaccionar con otras personas. Miró al pequeño cuando Camus, inconscientemente, le agarró de la camiseta suspirando satisfecho.

     Serge retomó su vigilancia incluso cuando sabía perfectamente que nadie vendría con un tiempo como aquel. Pero lo hizo por Camus, por aquel niño que le intrigaba más que cualquier otra persona antes; él, un niño que ya pensaba como un adulto. 'Pero, ¿tengo derecho a llevármelo al Santuario, de privarle de una vida y una juventud normales?' No podía creer que estuviera pensando de esa manera. Hasta ahora nunca había sentido tantas dudas, ¿por qué ahora? '¿Por Camus y esta ingeniosa inocencia?' Suspiró y sacudió la cabeza mientras decidía esperar a que el niño se despertase.


* * * *


     Camus se había despertado hacía ya un rato, pero permaneció quieto solo por disfrutar del latido de Serge y sentir el calor. Cerró los ojos alegremente.

     "¿Estás despierto?" preguntó Serge.

     Camus levantó la vista y se encontró con los ojos ambarinos del Caballero. Apartó la vista y sus ojos se posaron en el camino. "¿No ha venido?"

     "No, no lo ha hecho. Pero el tiempo es malo, ya sabes."

     "Hmmm," dijo el niño, nada convencido. Suspiró y se movió ligeramente. Serge abrió los brazos y el niño se deslizó de ellos. Permaneció bajo la capa, cerca del hombre. Mientras se mordía los labios, agarró el pantalón del hombre y apretó con fuerza.

     "La noche aún no ha llegado," le dijo Serge mientras observaba la lluvia, que seguía cayendo. "Camus, no voy a obligarte a que vengas conmigo. Si tu madre no viene y tú no quieres venir conmigo, puedo llevarte a un orfanato. Allí alguien podría adoptarte."

     Camus no dijo nada durante un momento. "¿Podría?" dijo suavemente. "Nada seguro, como la vida..." suspiró y cerró los ojos azul oscuro. "No lo sé," acabó diciendo un momento después.

      "¿Qué es lo que no sabes?"

     "Nada," contestó Camus. "Nada importante. Solo pensaba..."

     "¿En qué?"

     "En nada importante."

     Serge lo dejó, mientras observaba que ahora lloviznaba. Cuando miró más allá, hacia el horizonte, vio rayos de sol asomando entre las nubes. Un arcoiris aparaceció, y se lo señaló a Camus sin una palabra. "La lluvia parará pronto," le dijo.

      Camus no contestó y observó como el colorido arco desaparecía al tiempo que la lluvia paraba. Las nubes se habían abierto y el sol del invierno apareció en su completo esplendor. Algunas gotas frías cayeron de las ramas. El niño quedó quieto por un momento cerca del hombre y después, sin avisar, caminó hacia el lugar donde había estado esperando a su madre desde que esta lo había dejado.

      Serge no se movió y se quedó junto al árbol. Se apoyó en el tronco, examinando al niño. Sabía que necesitaba estar solo, como había dicho antes, no le obligaría a ir con él. Vio como el niño caminaba hasta la curva del camino y luego regresaba a su lugar. Le vio hacerlo cinco veces para luego quedarse quieto como una estatua.

     Camus esperó. Estaba allí, esperando, pero su mente estaba en otro lugar. Las palabras de Serge aún sonaban en su mente. '... no voy a obligarte a que vengas conmigo.' En ese momento, sintió alivio pero también pena. Sin saber por qué, ahora, él realmente confiaba en aquel hombre y seguramente mucho más de lo que creía en su madre. Aquel hombre le había enseñado lo que era ser humano, su madre no. El Caballero le había hablado, le había mirado como si él fuese alguien. Su madre raramente le hablaba más de tres palabras al día. Él le había cuidado, su madre a veces le dejaba solo en casa durante un día o dos. El Caballero desprendía calor y su madre era fría. '¿Así que Serge es la vida y maman la muerte?' pensó, rememorando las explicaciones del Caballero.

     ¿Qué iba a hacer si su madre no regresaba? La respuesta llegó clara como el día. Seguiría al Caballero. Aprendería todo lo que él sabía. Aprendería como amar y ayudar a los demás, como Serge había hecho con él; entendería las razones que tenía Serge para ser un Caballero. De repente, el futuro no le asustaba. Era el pensamiento de volver a ver a su madre lo que le asustaba. Si volvía con ella, perdería esos nuevos sentimientos que había encontrado. Pero los niños debían estar con sus madres, lo sabía, su instinto le decía que los niños debían vivir con sus padres. Y, si ella venía, ¿qué ocurriría? ¿Cómo iba a reaccionar ella? ¿Cómo iba a actuar él? ¿Por qué debería irse con un extraño cuando su madre le había cuidado hasta ahora? '¿Por qué dudo? Si maman viene, me iré con ella. Es simple.'

     Camus parpadeó y volvió a prestar atención al camino. Sintió el frío viento que soplaba y le congelaba la nariz, pero no le importó. Sus ojos estaban llenos de lágrimas por el frío, y los cerró un momento para protegerlos. De repente, sintió la presencia de Serge, no muy lejos. No estaba pegado a él, pero no estaba lejos. No se giró hacia él y no sintió que el hombre se le acercara. Se sintió complacido de que le dejase solo.

     El tiempo pasó y el día terminó. Solo unas pocas personas habían cruzado el parque, pero ninguna de ella había mirado ni una vez al hombre extraño y al niño. Camus se inquietó, pero luego se calmó. Tenía miedo, de repente, a estar solo con el hombre. ¿Por qué estaba asustado de repente, cuando había confiado en él antes? No lo sabía. No miró al hombre, pero si notó la sombra del Caballero a sus pies. Miró hacia abajo antes de volver la vista a la curva.

     "Camus..." llamó el hombre.

     "El cielo aún no está oscuro," dijo el niño sin girarse hacia él. Continuó vigilando la curva con intensidad.

     "No va a venir, Camus," le dijo Serge, esperando.

     "Hasta que aparezca la primera estrella," pidió Camus. Serge no respondió y siguió esperando. Unos pocos minutos después, la luz mortecina del ocaso dio paso a la noche. Camus tragó saliva y su respiración se aceleró. Se mordió los labios. Mirando el cielo deseó poder detener el tiempo, pero era perfectamente consciente que el cielo estaba oscureciéndose y que los segundos pasaban. Volvió a mirar la curva. No había nadie.

     Entoces, la primera estrella apareció. Resignado, Camus agachó la cabeza y una lágrima recorrió su mejilla izquierda. La limpió con la mano y se acercó al hombre que aún esperaba varios metros más atrás. Sin dudar, le tomó de la mano. "Podemos irnos" dijo en un murmullo.

     "¿Dónde?" preguntó Serge, sorprendido por la resolución de Camus. Había pensado que iba a ser mucho más difícil hacer que viniese y abandonase aquel lugar, pero al parecer ya no cerraba los ojos ante la actitud de su madre.

    "Lejos de aquí," miró a Serge. "Llévame contigo, Caballero de Plata. Es mi destino..."

    "¿No te arrepentirás?"

     "¿De qué voy a arrepentirme?" preguntó Camus con acritud sin mirarle.

     "Entoces, vamos. Tenemos un largo camino por delante." Cerró su mano sobre la de Camus y caminó hacia la salida del parque.

    Camus le siguió, pero volvió la vista, grabando el lugar en su memoria y manteniendo una pequeña esperanza en su corazón de volver a ver a su madre. Pero no estaba allí y sus labios temblaron. Lágrimas silenciosas se derramaron por sus mejillas, pero las limpió. 'No. No debo.'

     '¿Por qué? ¿Por qué?' gritaba su mente.

     Por primera vez, Serge leyó el grito de su mente y miró hacia abajo. Notó la tristeza en el niño. "No se porque te ha dejado, Camus" dijo el Caballero con seriedad.

     "Siempre obedecí. He sido bueno y amable, así que, ¿por qué?"

     "No lo se, pero tienes la respuesta en tu corazón."

     "¡No! ¡No la tengo!"

     "La tienes. Con el tiempo, sabrás por qué. Ahora estás impresionado y ofendido, y la verdad está escondida en tu corazón. No quieres verla ahora, pero en un mes, o en años, comprenderás lo que ha hecho tu madre."

     "¿Por qué iba a pensar en ello?"

     "Porque está en la naturaleza humana. Los hombres quieren saberlo todo, y eres humano, Camus."

     Camus no estaba convencido. Le dolía el corazón y no sabía por qué. Sentía que estaba a punto de llorar, pero se obligó a no hacerlo. Sus rasgos se endurecieron cuando miró al frente, sin echar un vistazo a su espalda. "¿Dónde vamos?"

     "Vamos a Grecia. Al Santuario, Camus. Tendrás una familia, una familia en la que podrás elegir los miembros." Camus asintió y apretó la mano del Caballero. Con este gesto le indicaba que lo seguiría y confiaría en él. Solo miró una vez al cielo y luego sus ojos retomaron la atención en el camino que tenía por delante.


Fin del capítulo 1


 

(1) Petit: pequeño
(2) Petit monstre: pequeño monstruo

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