Sopló una brisa helada que, cuando
avanzó a través de las estrechas calles de la ciudad, se hizo más fuerte.
El cielo de los últimos días de Febrero era azul y el sol brillaba,
tratando de calentar la tierra prematuramente para que el reino vegetal,
parcialmente adormilado por el frío, despertase. Hacía frío, pero aunque
aún no era realmente primavera, el tiempo era bueno y la gente salía.
Caminaban por las calles y disfrutaban del sol tras su larga
ausencia.
Una mujer caminaba rápidamente
entre la gente que ganduleaba en la calle. Tenía el pelo castaño claro,
tan claro que parecía rubio cuando el sol incidía en él, y le caía sobre
los hombros. Sujetaba firmemente la mano de un niño pequeño. El chico
tenía alrededor de tres años de edad, con el cabello corto, de un profundo
azul verdoso. Trataba de seguir el paso con sus pequeñas piernas pero no
lo consiguió y tropezó. Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero la
presa de la mujer evitó que cayese al suelo de cemento. Sin embargo, aquel
gesto hizo que la mujer perdiese el ritmo. Se detuvo y miró hacia abajo,
observando ceñuda al niño que apartó la mirada, con aire
culpable.
La mujer cerró su presa en la
mano del pequeño, un gesto sin delicadeza. Cuando estuvo segura de que iba
a ser incapaz de escaparse, continuó su camino, aunque más despacio. El
niño observó a la mujer, que miraba directamente la frente. Sin mirar
hacia los lados, ella esquivó a algunos viandantes, rehusando cruzar la
mirada del niño. Él estaba acostumbrado a que la mujer no lo mirase. No
estaba habituado a las calles, a la multitud. Raramente salía fuera. La
mujer siempre le prohibía ir fuera y él nunca desobedecía. Siempre
permanecía en casa con los pocos libros que guardaba en un rincón del
pequeño piso donde vivían, con un viejo peluche sin
forma.
Como él apenas salía ahora se
afanaba por mantener el paso, mirando a su alrededor, al mismo tiempo
impresionado y atemorizado. Vio gente, niños que reían, vio escaparates,
coches y oyó mucho ruido que no pudo reconocer en aquella cacofonía que
asaltaba sus oídos. Continuó andando mientras trataba de analizar y
entender aquel mundo con su mente de niño de tres años. Pero incluso con
su despierta mentalidad no era capaz de comprender algunas cosas. Casi no
había salido, y los pocos libros que había empezado a leer no le habían
preparado para esta experiencia. Cuando sintió apretarse el agarrón de la
mujer sobre su mano, a punto de rompérsela, el niño dejó de pensar sobre
ello y cesó en su intento de entender la naturaleza de las cosas a las que
estaba mirando.
Caminaron durante un buen
rato. Doblaron esquinas, cruzaron calles más o menos anchas y el niño se
sintió perdido, pero no tenía miedo. Estaba con su madre y estaba seguro
de que nada le podía pasar mientras estuviera con ella. Entraron en un
parque y, una vez más, el niño se detuvo
sorprendido.
Había visto un árbol delante
de la ventana de su piso, pero nunca había contemplado hierba o flores con
anterioridad. La única cosa que podía verse a través de los cristales era
el viejo árbol del oscuro callejón en el que estaba su casa. Algunas
veces, cuando el tiempo era bueno, se apoyaba un poco en la ventana,
arrodillado en una silla, y podía ver un poco de cielo azul. El sol
raramente brillaba en el pequeño apartamento que compartía con su madre.
El ruido de las calles le llegaba con dificultad, y cuando lo escuchaba
sentía como si viniera de otro mundo. Algunas veces venían niños al
callejón y jugaban, gritando y riendo bajo la vista de aquel niño de pelo
verde azulado. No sentía nada por ellos. La soledad encajaba con él. Pero
algunas veces, cuando una paloma pasaba con un fiero aletear delante de su
ventana, o cuando una se apoyaba en el alféizar, sentía la necesidad de
ser libre. Podía pasarse el tiempo observándolas y sentirse miserable
porque no podía seguirlas, y entonces no podía verlas más. A veces,
cuando no conseguía verlas, o cuando no las oía durante días, se
entristecía y se retiraba al silencio. Cuando notó esto por primera vez, tuvo
la idea de atraerlas compartiendo su pan con ellas. Viéndolas, siempre
sonreía e incluso reía, sintiéndose extrañamente
tranquilo.
Aquí había muchas palomas.
Picoteaban o levantaban el vuelo, algunas posándose en los bancos o en un
árbol, mientras otras se movían entre la gente. A su derecha vio un
pequeño lago artificial con pájaros blancos deslizándose grácilmente en el
agua y también vio pájaros más pequeños, marrones y blancos, nadando en el
agua mientras se alimentaban de los trozos de pan que la gente les
lanzaba. Más allá vio niños jugando entre las aves mientras las mujeres
hablaban entre ellas, meciendo de vez en cuando carritos de bebé. Divisó a
algunos adolescentes agarrados de la mano o besándose. Vio hombres
leyendo, o simplemente mirando el paisaje, ancianos hablando entre ellos o
calentándose con el sol de finales de Febrero. El lugar era grande y estaba
lleno de ruidos, y era muy diferente del sonido de las calles. Era, a la
vez, pacífico y relajante.
La mujer tiró
firmemente de la mano del niño y le arrancó de sus meditaciones. El niño
dejó que la mujer le mostrase el camino en el parque, mientras él seguía a
las palomas con la mirada. El parque parecía grande, no podía oír el
sonido de la calle, y cuando miraba alrededor casi no podía ver los
edificios de la entrada del parque. Sin mirarle una sola vez, su madre
continuó andando y no se molestó en preguntar si el niño estaba cansado o
no.
Se detuvieron de repente y ella miró
alrededor como si buscase algo y, cuando se sintió tranquila, plantó una
rodilla en tierra delante del niño, que la miró. Sus ojos azules se
clavaron en él y puso las manos sobre sus hombros. El niño parpadeó una
vez, esperando pacientemente. "Tengo que irme, no tardaré." Miró sobre la
cabeza del niño. "Espérame. Hay algo que debo hacer. Espera aquí hasta que
vuelva." Bajó la mirada y sus ojos se endurecieron. "¿Has
comprendido?"
El niño solo asintió y la
presión en sus pequeños hombros se aligeró. Miró a la mujer y ella se
levantó. Se marchó sin mirar atrás, vio como desaparecía en una curva del
camino, perdiéndose entre los paseantes, pero no se movió. Se quedó allí,
mirando en la misma dirección.
El tiempo
pasó y el niño permanecía allí, sin moverse, sin perder de vista la curva
del camino. Cada vez que veía una silueta acercándose, su corazón se
aceleraba. El corto día de invierno se acercaba rápidamente a su fin y al
oeste el sol empezaba a esconderse detrás de las oscuras nubes. La
temperatura bajaba y el niño se estremeció a pesar de su abrigo. Trató de
calentarse saltando arriba y abajo, pero incluso cuando sus piernas le
dolían por haber permanecido demasiado tiempo de pie, él siguió esperando.
Mantuvo la mirada en el camino, con la esperanza de que su madre
apareciese en cualquier momento.
Estaba
oscureciendo y ahora el parque estaba prácticamente vacío. Algunas
personas que aún quedaban por allí se marchaban a casa sin darse cuenta
del pequeño, que seguía solo al lado de un banco, ni siquiera le
dirigieron una mirada. Entonces llegó la noche, y algunas nubes oscurecían
el cielo, a veces ocultando la luna.
El
niño suspiró y se acercó al banco. Después de mirar nuevamente la curva
del camino, se sentó, y su mirada volvió a ese lugar que ya conocía de
corazón. Pero la noche lo había cambiado y el niño no se sintió tranquilo.
Se estremeció y no supo si era por el temor, por el frío o porque estaba
cansado. Levantó las rodillas hacia el pecho y se encogió como una bola,
poniendo una mejilla en ellas. Sus ojos azules se quedaron fijos en el
camino. Cerró los ojos muchas veces, pero siempre se despertaba de
repente, temeroso de perderse la aparición de su madre. Frotándose los
ojos, esperó librarse del sueño y del cansancio, pero el esfuerzo era
demasiado y lentamente, pero seguro, se quedó dormido.
* * *
*
Apoyado contra un tronco, un hombre observaba al niño durante mucho
tiempo. Parecía extraño y, si alguna persona le miraba, se sorprendería al
descubrir que llevaba una capa. Llevar aquella prenda resultaba pasado de
moda para los tiempos que corrían. Pero el hombre no parecía preocuparse
por la moda. El color de su media melena estaba entre el gris acerado y el
azulado, y sus ojos ambarinos se añadían a su extraña
apariencia.
Permaneció cerca del árbol
aquella mañana. Disfrutaba mirando a la gente que se divertía estando en
el pacífico parque. Estaba preparándose para dejar el lugar cuando sintió
algo muy familiar, algo como un cosmos. No sabía quien era el dueño y eso
le intrigó. Estaba seguro de conocer a todas las personas que poseyeran un
cosmos tan notable. Más aún, este cosmos era débil y su poseedor no
parecía tener control sobre él. Lo más importante era que el cosmos se le
acercaba, así que decidió quedarse. Se escondió detrás del viejo y nudoso
roble en el que se había estado apoyando durante la
mañana.
Su espera no fue muy larga. Vio a
una mujer y a un niño andando en su dirección y sintió que el suave cosmos
procedía de uno de los dos. Al principio concentró sus sentidos en la
mujer, solo en ella, pero no notó nada en particular. Era como un profundo
agujero negro, un agujero donde solo predominaban el interés y el
egocentrismo. Frunció el ceño y se concentró en el niño. Efectivamente. El
cosmos provenía de él, un pequeño cosmos. Trató de leer más a su través,
pero no pudo. Era como si hubiese una barrera invisible que le impedía
leer más. '¿La mente del niño?' No lo
sabía.
De cualquier manera, estaba
interesado en el niño. Poseía un cosmos y podía aspirar a convertirse en
uno de sus discípulos y quizás algo más. Había venido solo para disfrutar
de la paz de aquella atmósfera que echaba de menos. A veces extrañaba su
país natal y su tarea de encontrar más candidatos alrededor del mundo le
cansaba. Pero lo hacía porque era su trabajo y nadie podía cambiar eso.
Por eso había venido aquí, para revitalizarse. Pero nunca habría podido
pensar que era posible encontrar a nadie allí, y menos un niño con aquel
cosmos.
No se movió mientras miraba a las
dos personas. Decidió que no podía hacer nada mientras el niño no
estuviera solo. Tenía una familia, y no creía que sus padres dejasen
marchar al niño con él, incluso si en su país de adopción era un honor
dejar a un niño al servicio de la diosa. 'Quizás después. Le vigilaré.
De todas formas, es demasiado joven.' Sin embargo, se quedó mirándole,
grabando las facciones del niño del cabello verdeazulado en su memoria
para poder ser capaz de encontrarle algunos años
después.
Quiso abandonar y volver de donde
había venido, pero algo le previno, como una premonición. '¿Por qué
este?' se preguntó, como si el niño, inconscientemente, no le dejara
marcharse. La idea de que el niño estuviese llamando subconscientemente a
alguien que lo comprendiese cruzó su mente como una estrella fugaz en el
cielo de verano. Miró a las personas otra vez y vio a la mujer arrodillada
delante del niño. La oyó decirle que volvería pronto. No se encontraban
lejos de él, así que podía oír todo lo que decía, y pudo ver la extraña
expresión en la cara de la mujer. Estrechó ligeramente los ojos,
recordando lo que había sentido cuando leyó en la mujer. 'Egoísmo. ¿Por
qué esas palabras que le dice a su hijo me suenan tan
vacías?'
La vio marcharse y dejar al
niño sin mirar atrás. '¿Es esta la actitud de una mujer cuando abandona
a su hijo?' Extendió su cosmos hacia la mujer, de quien sólo sintió
alivio. Lo comprendió todo y miró otra vez al niño que observaba cómo su
madre se iba sin saber que jamás volvería.
No podía creer en sus ojos y en la oportunidad que se le presentaba. El niño
había sido abandonado y poseía un pequeño cosmos. Con tiempo, seguro que
podía desarrollarlo y convertirse en un futuro Caballero. La Guerra
Sagrada se acercaba y era tiempo de reunir tantos Caballeros como fuese
posible para el tiempo en que debía declararse. Pero el niño era aún
demasiado joven para ser entrenado. 'Parece tener tres años de edad.
Debo esperar unos cuantos años hasta que pueda ser entrenado. Mala
suerte... Pero si le dejo aquí, morirá. Le llevaré al Santuario, después
de todo, el hermano pequeño de Aioros está allí, y él también tiene más o
menos tres años.'
Se quedó allí un
rato y miró al niño que estaba aún esperando. Esperaba sin fin. Su
premonición había sido cierta. Además, su sexto sentido jamás lo
traicionaba. El Patriarca le tenía en gran estima en parte porque sabía
que era uno de los más poderosos Caballeros de Plata. Su talento para leer
las emociones de los demás y, a veces, pensamientos simples, le hacían un
caballero formidable. Pero raramente usaba esta facultad y por ello era
respetado y admirado por la mayoría de sus iguales. Su poder era también
capaz de sentir un cosmos en estado latente. Su poder era una de las
razones por las que el Patriarca le había enviado alrededor del mundo,
pero el Patriarca también le envió para mantener la vigilancia de la
situación política en muchos países. El Patriarca, representante de Atenea
en la Tierra, no deseaba que ciertos países comenzaran hostilidades que
aceleraran la venida de los beligerantes dioses antes de la reencarnación
de Atenea. Era su papel y su deber en el Santuario, y sabía que ese rol
era importante también.
Ahora era noche
cerrada y aún veía al niño en el mismo sitio. Suspiró quedamente mientras
se preguntaba si debería ir y contarle que aquella por la que esperaba no
volvería jamás, o si era mejor esperar hasta que el niño comprendiese por
si mismo que su madre no regresaría. Normalmente esta clase de preguntas
nunca le molestaban, elegía su curso de acción inmediatamente, pero aquel
niño le intrigaba. Quería saber más, pero no podía. Era la primera vez que
no podía "leer" en alguien. Sabía que con algunos caballeros,
especialmente los más fuertes, tenía dificultades porque se protegían a si
mismos, pero este chico tenía sólo tres años y no era consciente de su
poder latente. '¿Como ha sido capaz de levantar una barrera mental sin
ser consciente de su poder? Es completamente
absurdo.'
Sintió un suave cambio en el
cosmos del niño. Una ligera preocupación y miedo fluctuaron antes de que
esas emociones fueran suprimidas por la voluntad del niño. 'Quizás si
es consciente' pensó el extraño. El hombre vio al chico caminar hacia
el banco y entonces se dio cuenta de que trataba de no quedarse dormido.
Pero fue un vano intento, porque solo unos momentos después se quedó
dormido.
Esperó un momento y se aproximó
al niño. Caminó sin hacer ruido hasta él y lo examinó. Su cabeza se había
deslizado despacio y había tirado del resto del cuerpo hasta quedar
tendido en el banco. Vio al niño temblar, pero no lo despertó y se sentó
cerca de su cabeza. Abriendo una de las extensiones de su capa, cubrió al
niño y apoyó la espalda contra el banco. 'No te dejaré morir. Tienes
algo en tu interior, pequeño.' Levantó la mirada al cielo, y observó
como las nubes oscuras cruzaban el firmamento nocturno y ocultaban, de
cuando en cuando, la luna y las estrellas.
* * * *
El niño tembló y todos sus músculos se quejaron. Abrió los ojos y vio que
yacía en un banco, en alguna parte. Se sentó derecho y miró a su
alrededor, perdido. Primero se preguntó qué estaba haciendo allí, y luego
lo recordó. Suspiró y se levantó. Caminó un poco para que sus piernas se
recuperasen y para entrar en calor. Unos pocos minutos después se detuvo
en el mismo sitio que había ocupado el día
anterior.
El parque volvió a la vida poco
a poco. Las amenazantes nubes de la noche habían desaparecido y el tiempo
se hacía bueno. Como el día anterior, una colorida multitud invadió el
parque. Mucha gente pasó al lado del niño, pero nadie se detuvo. El niño
caminó hacia el banco y se sentó por un momento, antes de regresar a su
puesto.
La mañana pasó y la tarde avanzaba
tan monótona como la mañana. El niño suspiró y caminó hacia el banco.
Tenía hambre, pero no quería dejar su lugar. Además, no podía comprar
nada. Se mordió los labios para no caer en la
congoja.
"¿Estás solo?" preguntó una
mujer, mirando al niño.
Sacudió la cabeza
en gesto negativo. "Estoy esperando a
maman".
"¿Dónde está
ella?"
"No está
lejos."
"Ah. Pensé que estabas solo.
Perdona." Entonces la mujer se marchó y dejó al niño
solo.
"Maman, por favor... vuelve
pronto..."
La tarde pasó despacio y, de
vez en cuando, algún adulto se acercaba y le preguntaba si estaba solo,
pero siempre el niño del cabello azul verdoso profundo respondía que
estaba esperando a su madre y que no tardaría mucho. Incluso algunos niños
se habían acercado, pidiéndole que jugase con ellos, pero él respondió que
no podía.
Por enésima vez caminó hacia el
banco, agachó la cabeza y se sentó. Un momento después, una sombra delante
suyo le hizo alzar la cabeza. Alegría y alivio brillaron en sus ojos
azules, pero esas emociones desaparecieron cuando él vio únicamente a un
hombre alto y bien formado. Tenía un extraño pelo gris, y el niño no se
decidía si era acerado o azul grisáceo. Era gris acerado cuando las
sombras le cubrían, y azul grisáceo cuando los rayos del sol incidían en
él. El niño tuvo un sentimiento de frialdad. El cabello caía justo sobre
los hombros del hombre y se mecía en el frío viento como una larga capa.
Sus ojos marrones, muy claros, cercanos al color ámbar, estudiaron al niño
con intensidad. El niño le devolvió la mirad sin
miedo.
"¿Por que sigues estando aquí?"
inquirió, con una voz profunda y rica.
El
niño le miró perplejo. El hombre era extraño. Debería tener miedo, pero el
hombre le atraía. No respondió. Recordó que su madre le dijo una vez que
nunca hablara con extraños y, sin saber por qué, el niño supo que ese
hombre era diferente de las otras personas que se le habían acercado esa
mañana, así que desvió la vista.
"¿Estás
esperando a alguien?" preguntó
amablemente.
El niño cruzó los brazos y
vio por el rabillo del ojo que el hombre aún estaba allí. "Maman"
respondió, esperando que el hombre se
fuese.
Pero el hombre insistió. "¿Dónde
está?"
El niño no respondió y estaba listo
para levantarse del banco cuando vio que el hombre caminaba detrás suyo.
"Hace mucho tiempo que te observo. ¿De verdad piensas que tu madre
volverá?"
"Si" dijo el niño sin ninguna
duda. El hombre sacudió la cabeza y se alejó sin decir una palabra. El
niño del pelo azul verdoso suspiró aliviado y miró a su alrededor. El
hombre se encontraba fuera de su vista. Se acomodo en el banco y volvió a
mirar el camino.
Unos pocos momentos
después oyó un pequeño sonido cerca suyo, como un tejido frotando algo.
Volvió su cabeza y vio al extraño hombre sentado al lado suyo, aún
mirándole. El niño se inquietó.
"¿Aún
esperas?" preguntó, mientras se acomodaba en el
banco.
El niño no respondió y quiso
marcharse. Pero no se pudo mover. Se quedó repentinamente paralizado
cuando sus ojos azules se encontraron con los del hombre. Se sintió en
peligro, pero al mismo tiempo se sintió
protegido.
"Tu madre no volverá y lo
sabes, pequeño" dijo el hombre cuando clavó su mirada en los ojos del
niño.
"Dijo que volvería y tengo que
esperarla, y eso haré" respondió el niño, manteniendo la mirada de los
fascinantes ojos del hombre.
"¿Por qué
esperas? No tiene sentido."
"Maman
volverá. Las madres nunca abandonan a sus hijos." Balanceó las piernas y
miró a los niños que estaban jugando en el
parque.
"Si esperas aquí, ¿por qué no
juegas con los otros hasta que ella
venga?"
"No los conozco" respondió.
"Maman me dijo que estuviera aquí y eso
haré."
El hombre buscó en su capa. "Toma.
Para ti." dijo y sostuvo algo para el niño. Este último, desconcertado,
miró al hombre. "No has comido nada desde que ella te
dejó."
El niño sacudió la cabeza en gesto
de negación. "No. No debo hablar con gente desconocida y no debo aceptar
cosas de ellos."
"¿Entonces vas a dejarte
morir de hambre?"
"¿Qué es la muerte?"
respondió seriamente. Ansioso por saber más cosas nuevas, olvidó que
estaba hablando con alguien que no
conocía.
Sintiendo la curiosidad del niño,
el hombre sonrió. "La muerte es lo contrario de la vida. Cuando alguien
está vivo, se mueve, habla, ríe, llora, come, bebe. Hace muchas cosas y
siente un montón de emociones. Cuando alguien está muerto no se mueve, no
puede hablar y no puede hacer nada. La muerte es frialdad y la vida es
calor." El hombre sostuvo el sandwich hacia el niño, que le miró.
Estuvieron así durante un largo rato y después el niño, dudoso, lo cogió.
Mordió un poco y cerró los ojos disfrutando de la
comida.
"Sabes que es tarde. ¿Que vas a
hacer?"
"Esperar a maman" dijo en
niño entre dos bocados.
"¿Vas a estar aquí
una noche más?"
El niño se encogió de
hombros. "Debo esperarla."
"¿Dónde
vives?"
"No lo se, pero está lejos. Es por
eso que debo esperarla."
"¿Hasta cuando?"
demandó saber el hombre del pelo gris
acerado.
"Hasta que
venga."
El extraño hombre se levantó. "Muy
bien. Te dejaré solo, pero..." Sacudió la cabeza en señal de negación y
comenzó a andar sin terminar de explicar lo que estaba a punto de
decir.
Los ojos del niño le siguieron en
la noche entrante. Sintió frío de repente y tembló. Volvió la mirada hacia
el camino donde había visto por primera vez a su madre. "Maman..."
En mitad de la noche, se quedó dormido en el banco, como hiciera la
jornada anterior.
El hombre del pelo gris
acero se aproximó al banco de nuevo y se sentó cerca del niño. Se quitó la
capa y cubrió con ella al muchacho con cuidado. Un momento después, pasó
los dedos por el cabello azul verdoso del niño. "No te dejaré solo"
murmuró. "Incluso si no conozco tu nombre." Miró hacia la luna y cerró los
ojos. "Estoy seguro de que tienes un buen futuro. Ya tienes un cosmos un
poco desarrollado. Ahora, queda por ver si querrás venir conmigo. Dios
Atenea, tu que eres piadosa y compasiva, protege a este
pequeño."
* * *
*
El niño
se arropó confortablemente con la capa, buscando el calor. "Maman,"
murmuró. "Has venido". Abrió los ojos de repente para ver a su madre, pero
se encontró a si mismo yaciendo en el duro banco del parque que se hacía
más claro según llegaba el amanecer. Se sentó y miró a su alrededor.
Estaba solo. Se estremeció y sintió un suave tejido alrededor de sus
piernas. Una capa. La capa del hombre raro. El niño se envolvió con ella
el cuerpo y miró alrededor otra vez. Solo. El hombre no estaba allí.
Sintió un dolor en el corazón y agachó la cabeza. "Maman. Espero
que vengas y me lleves contigo."
"¿Aún
esperas?" le preguntó una profunda voz.
El
niño giró la cabeza a su derecha y vio al hombre mirándole. Sintió que el
alivio invadía su corazón. el hombre sostenía un poco de pan y, esta vez,
el niño no dudó. El hombre sonrió. "Eres menos insociable y fiero que
ayer. Por cierto, ¿cual es tu nombre?"
"¿El tuyo?" preguntó el niño después de haberse tragado el trozo de
pan.
El hombre miró al niño y sus ojos
relucieron. "Serge, y soy un Caballero."
"¿Un caballero? ¿Qué es eso?"
"Te
responderé si me dices tu nombre. De todas formas, tenemos todo el día, ya
que tu madre no va a regresar."
El niño
quiso responder que ella volvería, pero no dijo nada. Quizás porque
entendía que el hombre tenía razón. "¿Mi nombre?"
preguntó.
"¿Cómo te llamaba tu
madre?"
Agachó la cabeza y balanceó las
piernas bajo la capa. "No lo sé," reveló en un susurro. Serge no dijo nada
y esperó. "Maman nunca me llamaba por un nombre. Ella siempre me
decía 'petit'1 o 'petit monstre'2 o
'monstre'. Quizás ese es mi
nombre."
El hombre no confirmó nada. "¿Y
tus amigos?"
El niño se encogió de
hombros. "¿Qué es un amigo?"
"Amigo,
amistad. Es un sentimiento que tienes por alguien, alguien que no es un
miembro de tu familia, alguien que aprecias, con el que te gusta estar. En
tu caso, alguien con quien puedes hablar o jugar. ¿Me
entiendes?"
"Uh... Creo que puedo."
Entonces sacudió la cabeza en negación y suspiró. "Entonces no tengo un
amigo. Maman no quería que saliese. No recuerdo haber hablado con
ningún niño antes."
"¿Y la
gente?"
"Solo vi a maman y su
amiga, cuando venía de vez en cuando. Fue la amiga de maman quien
me enseñó a leer unas pocas palabras."
"¿Cómo te llamaba ella?"
"Petit."
"Petit no es un
nombre. ¿Y tu padre?"
"Nunca lo he
visto."
"Así que no tienes
nombre."
El niño no respondió y miró las
primeras palomas del día que estaban posándose en el camino de arena. Les
lanzó los pocos trozos de pan que le quedaban y, con un aleteo que rompió
el silencio del amanecer en el parque, se lanzaron a por las pequeñas
piezas de comida. Entonces volaron y revolotearon alrededor del niño
mientras esperaban más trozos de pan.
El
hombre miró al niño por un largo momento. 'Un niño no deseado.
Seguramente habrá sido escondido y no habrá sido registrado en el censo.
Un niño que vive en un mundo donde no hay señal de él, solo una existencia
fantasma, una vida fantasma, un niño problemático...' Estaba seguro
cuando había visto a la mujer abandonando al niño que esta no volvería
nunca. Su apariencia y su actitud fría hacia el niño eran signos de que
abandonaría a su hijo. Cuando le había dejado así, ¿quizás había tenido
una pequeña esperanza de que alguien le recogiese y le criase? Serge no
estaba seguro. Había leído tanto egoísmo que dudaba si había pensado
alguna vez en su hijo. Pero estaba seguro de que nadie había intentado
hacer nada por el niño. Era como el modo en que él había repudiado las
atenciones de la gente. El niño era prácticamente invisible en su
existencia.
"Preguntaré a maman mi
nombre cuando vuelva."
Serge suspiró. El
niño todavía tenía esperanza y se ponía furioso cuando pensaba en la
manera en que esa mujer había dado una falsa esperanza a tan inocente
criatura. Pasó los dedos por el caballo del niño. "Así que, si no tienes
un nombre, ¿puedo darte uno?"
"Ya tengo
uno. Sólo que no lo conozco."
"Escucha,
puedes confiar en mi. No quiero hacerte daño, pero debes entender que tu
madre no volverá a por ti nunca. Hace ahora tres días que la llevas
esperando. ¿Por qué te dejaría ella aquí mientras podrías estar esperando
en casa?"
El niño frunció el cejo mientras
pensaba en lo que le había dicho el hombre. "Creo que le has mostrado
demasiada gratitud, pero es inútil. Tu madre nunca te ha amado, así que
cesa tu espera. Te estás haciendo daño." El chico quiso protestar, pero
los ojos ambarinos de Serge se endurecieron y el niño del cabello azul
verdoso no dijo nada, no porque tuviese miedo sino porque sentía que aún
no había terminado. "Quiero darte un nombre, así tu podrás existir
realmente. ¿Quieres?"
"Pero... ¿y si
viene?"
"No lo hará. Y no te voy a dejar
aquí solo. Vendrás conmigo."
"Pero..."
"Te dejaré esperarla hasta la
noche. Si no viene esta noche, ¿accederás a
acompañarme?"
"¿Estás
seguro?"
"Lo estoy. Así que, ¿puedo darte
un nombre?" Después de un largo momento, el niño asintió ligeramente.
Serge no dijo nada mientras el niño pensaba. No le forzó a aceptar. Tenía
que tomar esa decisión por si mismo. Solo asintió cuando el chico
finalmente aceptó. "Déjame pensar sobre esto. Debes tener un nombre que te
haga diferente y que encaje bien contigo."
El niño solo se encogió de hombros y las paloma atrajeron su atención otra
vez. Se quitó la capa y, con un salto, asustó a los pájaros. Caminó un
poco sin alejarse mucho del banco, donde el hombre permanecía mirándole,
perdido en sus pensamientos. Después de un largo momento se acercó a él y
se sentó en el banco mirando a Serge. "No puedes encontrar ninguno," dijo
sin ninguna emoción.
"Tengo alguno, pero
necesito tu ayuda. Después de todo, serás tú quien tenga este nombre.
Estaba pensando en Pierre."
"No soy una
piedra."
"Oh, perdón. Pero como has estado
aquí como una estatua por tanto tiempo, se me ocurrió. Muy bien, si no te
gusta, no te daré un nombre tan común. Después de todo, tu eres
único."
"¿Qué es eso?" preguntó el niño,
apuntando con su dedo índice una estatua metros allá. Le había intrigado
mucho desde que llevaba allí, pero nunca había preguntado al hombre sobre
eso.
"Una estatua. Erigiendo estatuas, los
hombres honran a las personas importantes. Así la gente puede recordarles
después de mucho tiempo."
"¿Quién es ese
hombre?"
"Camus."
"¿Camus?"
"Un autor. Escribió
mucho."
"¿Era
famoso?"
"Uh, si. ¿Por qué me preguntas
eso?"
"Oh, sólo por
eso."
Serge le miró por un momento.
"Camus... ¿Por qué no? Bueno, es original, ¿no? ¿Qué piensas sobre
eso?"
"No lo sé" el niño se encogió de
hombros. "Pero es un nombre como cualquier otro, así que, lo acepto. Lo
prefiero a Pierre."
"Hasta entonces, tú
eres Camus. Un placer conocerte, Camus," dijo Serge cuando alargó la mano
hacia el niño, que la miró por un largo rato. Entonces también alargó su
pequeña mano al hombre, que la tomó en la suya con firmeza. Serge la
sacudió, al mismo tiempo que sacudía el resto del cuerpo del
niño.
"¿Qué es un
Caballero?"
"Alguien que protege a Atenea,
el mundo y la paz."
"¿Quién es
Atenea?"
"Una diosa griega. La diosa de la
guerra."
"¿La diosa de la guerra? ¿Y
entonces por qué dices que protege la
paz?"
Sorprendido por el razonamiento del
niño, Serge arqueó sus cejas. El niño parecía tener solo tres años de
edad... "Dime, Camus, ¿cuántos años
tienes?"
"No lo sé."
"Era un pregunta estúpida; si no
sabes tu nombre probablemente no sepas la fecha de tu cumpleaños," dijo
Serge.
"¿Cumpleaños? ¿Quieres decir el día
que nacemos?" Serge asintió. "Sé cuál es mi cumpleaños. Siete de Febrero.
La amiga de maman me lo dijo cuando vino la última vez. Era mi
cumpleaños. Me dijo que había ayudado a maman a darme a luz.
Recordaba la fecha."
"Un niño muy
extraño," murmuró Serge. "Me has preguntado por qué una diosa de la guerra
protege la paz, ¿no?" Camus asintió. "En la mitología griega hay dos
dioses de la guerra, Atenea y Ares. Ares es el dios de la lucha. Es un
dios que solo vive para luchar y para ver sufrir a la humanidad. Le gustan
la masacres y las carnicerías. Atenea solo lucha por la paz. Se enfrenta a
Ares para mantener la paz y el bienestar de la humanidad. En la Tierra,
Atenea tiene Caballeros que la protegen cuando se reencarna. También
protegen el mundo cuando ella no está. Los Caballeros existen para
salvaguardar la paz y la armonía del mundo. ¿Lo
entiendes?"
Camus frunció el cejo. "No del
todo" admitió.
Serge sonrió. "Admito que
es un poco difícil de comprender, porque eres muy joven. No te preocupes,
muchos candidatos jóvenes que son elegidos para convertirse en Caballeros
y son mayores que tu también tienen dificultad para
entenderlo."
"Así que tu eres un
Caballero..."
"Si, el Caballero de la
Grulla."
"¿El Caballero de la
Grulla?"
"Si. Una constelación del
sur."
"¿Constelación del
Sur?"
"Ahhh... déjame explicarte."
Camus asintió. "En primer lugar, debes saber que a Atenea no le gustan las
armas, así que sus Caballeros deben luchar sin ellas. Sus cuerpos son sus
armas."
"¿Sin armas? ¿Cómo es
eso?"
"Un Caballero tiene un cosmos. Este
cosmos se usa como arma. El cosmos puede ser tan fuerte que un Caballero
puede hacer las cosas más increíbles, como destruir un pico con su puño o
hacer que tiemble la tierra con una
patada."
"¿De verdad?" Serge asintió.
"¿Que es el cosmos?"
"El cosmos es un aura
que todo humano posee. Algunas personas tienen un aura más poderosa que
otras; con un entrenamiento intensivo los humanos pueden desarrollar su
propio aura, su cosmos. Cuanto más lo desarrollen, más poderosos serán.
Los Caballeros están protegidos por su
armadura."
"¿Armadura?"
"Coraza, si lo prefieres,
pero el verdadero nombre es armadura. Hay tres rangos, los Caballeros de
Bronce, que son los más numerosos y los menos poderosos, los Caballeros de
Plata que son menos numerosos pero más poderosos y los Caballeros de Oro,
que son los más poderosos de toda la orden. El rango que alcanza uno
depende de su cosmos. Cuanto más importante y poderoso es tu cosmos, más
poderoso eres tú."
"¿Y tu? Serge enarcó
una ceja con aire interrogativo. "¿Que rango
tienes?"
"Soy un Caballero de Plata."
Camus le miró de arriba a abajo y volvió a mirar los ojos del
Caballero.
"Así que, ¿eres
poderoso?"
"Creo que lo soy," respondió el
hombre.
"¿Puedes
mostrármelo?"
"¿Aquí? ¿Ahora?" preguntó el
Caballero con sorpresa. El niño solo asintió. "Muy bien" dijo, mientras
miraba a su alrededor para encontrar un blanco y para ver si la gente
podía observarles. El parque estaba vacío y a doscientos metros vio una
gran roca. Miró al niño, que le observaba expectante. Con el dedo índice,
apuntó su objetivo y caminó hacia él. Se giró hacia el niño y, con un
gesto de la mano, le invitó a seguirle.
Camus asintió y se unió al Caballero. Más o menos a cincuenta pasos de la
roca, Serge le hizo detenerse mientras él daba otros tres pasos más. Tomó
una posición de combate y Camus pudo sentir un cambio en el aire que
rodeaba al hombre. Entonces el Caballero de Plata lanzó su puño contra la
roca y el niño se dio cuenta de un movimiento en la atmósfera, como si el
lugar donde permanecía Serge se hubiera puesto borroso. Después todo se
aclaró y Camus oyó y vio cómo la piedra se rompía antes de explotar en
minúsculas partículas. Camus miró la piedra destrozada antes de que sus
ojos se posaran en el Caballero, luego en la piedra y nuevamente en
Serge.
Serge sonrió cuando vio su
expresión atónita. "¿Es suficiente o quieres que lo haga de
nuevo?"
Camus negó con la cabeza, incapaz
de apartar los ojos de los escombros. Tragó saliva y se volvió hacia el
hombre. "Eres realmente poderoso," dijo
atónito.
"Si eso es lo que crees...
¿Podemos volver a nuestro lugar favorito?" El niño asintió y regresaron al
banco, donde se sentaron. Serge levantó la vista al cielo y continuó con
sus explicaciones. "Cada Caballero está protegido por una
constelación."
"¿Qué es una
constelación?"
"Una constelación es un
grupo de estrellas que sirven para que los hombres puedan ver su posición
en el cielo y cuando están en alta mar. Hay ochenta y ocho constelaciones
en el cielo."
"Ochenta y ocho... Así que
hay ochenta y ocho Caballeros. ¡Un montón!" exclamó el niño, que abrió los
ojos.
"Desafortunadamente, no. El número
parece ser alto para ti porque probablemente aún no sabes contar. Pero
incluso si, en teoría, hay ochenta y ocho Caballeros, nunca se han reunido
todos al mismo tiempo. Durante la última Batalla Sagrada lucharon setenta
y nueve Caballeros." Serge dejó de hablar cuando vio a Camus perdido en
sus pensamientos. "¿Algo va mal?" preguntó el Caballero de Plata cuando
notó que el niño fruncía el ceño.
"No
comprendo nada de esto. ¿Por qué eres un
Caballero?"
"Porque amo la humanidad.
Porque quiero proteger el mundo. Porque creo en un futuro
mejor."
"Ah." El niño frunció el cejo.
"¿Por qué me cuentas esto?" preguntó, mirando al nombre. "Quieres que me
vaya contigo, para ser como tu, ¿es eso?"
"Tu razonamiento me impresiona, Camus. Casi no puedo creer que solo tengas
tres años, quizás cuatro. No, tienes que tener tres años, estoy seguro de
ello." Serge suspiró y miró el cielo, donde las nubes comenzaban a
reunirse y tornarse grises. Frunció el ceño. 'Va a llover...'
Retomó la atención en el niño que esperaba una respuesta. "Tienes razón.
No quiero mentirte. Ya tienes un cosmos pequeño. Sería una pérdida no
desarrollarlo. Pero eso está sujeto a tu decisión, no voy a forzarte. Tu
madre te ha abandonado. Estás solo y, si nadie te ayuda, morirás. Te
propongo un objetivo y un destino. Pero debes ser tu quien decida,
Camus."
Camus se levantó y caminó hasta el
punto donde su madre le había dejado. "Quizás ha tenido un accidente..."
le dijo al hombre, sin volverse hacia él.
"No, Camus, no lo ha tenido. Hasta esta noche, Camus, hasta esta
noche."
Camus no respondió nada y siguió
mirando la curva del camino. Esperaba que, con la ayuda de su
determinación, su madre aparecería de repente y le llevaría con ella. No
es que se sintiese mal con el hombre, pero algo le decía que no confiase
en él completamente. El futuro sin su madre le daba miedo, especialmente
un futuro donde solo la lucha gobernaría su vida. Era demasiado joven para
tomar esa decisión, cuando no sabía qué quería hacer en su
vida.
El tiempo pasó. El parque estaba
casi vacío y las pocas personas que pasaban llevaban más prisa en volver a
casa que en quedarse en el parque. Camus suspiró, pero se obligó a
quedarse quieto y seguir mirando la curva. No quería volverse hacia Serge.
Sabía que el Caballero estaba allí todavía. Sabía que estaba sentado en el
banco, y que seguramente le miraba. Pero el hombre respetaba su silencio y
su deseo de estar solo.
Una fría gota cayó
sobre su frente. Mirando al cielo, Camus la limpió con la manga derecha de
su abrigo. Se dio cuenta que el cielo estaba gris, y las gotas de lluvia
comenzaron a caer. Primero unas pocas, pero luego llovió fuertemente.
Camus agachó la cabeza pero no se movió para protegerse de la fría lluvia.
Sintió las gotas golpeando su cabeza, su cabello estaba húmedo y el agua
caía sobre su cara y por su abrigo. Tembló, pero permaneció en su
sitio.
De repente, no sintió más gotas
cayendo en su cabeza o en sus hombros. Parpadeó y, lentamente, miró hacia
arriba, donde algo obstruía su visión. Oyó las gotas cayendo en aquella
cosa con un sonido apagado, pero aún audible. Miró a su alrededor y vio
unos pantalones grises. Mirando de nuevo hacia arriba, distinguió una
camiseta azul, y luego unos brazos que sostenían la capa gris sobre su
cabeza.
"Vas a pillar un resfriado, Camus"
dijo Serge con voz suave.
Camus le miró,
pero no pudo distinguir la cara del hombre. Sacó la cabeza de su débil
protección y las gotas le golpearon la cabeza, pero pudo ver el rostro de
Serge. El hombre miraba más allá de él, imperturbable. El niño parpadeó,
admirando el estoicismo y la nobleza del
Caballero.
"Protégete debajo de la capa,
Camus."
"Pero..."
"Nada de peros,
hazlo."
"Pero... ¿y
tu?"
Una sonrisa cruzó el rostro de Serge.
"No te preocupes. No enfermaré. Pero tú sí, si no haces lo que te digo.
Así que hazlo."
"Pero..." dijo el niño,
tercamente.
Serge suspiró cuando
comprendió que Camus no se daría por vencido. Miró a su alrededor hasta
que vio un abeto grande y viejo. Después volvió la mirada a la curva que
el niño vigilaba tercamente desde que su madre se había ido. Sabía por
intuición que el pequeño no se refugiaría donde no pudiera ver ese sitio.
Estimó la distancia desde el abeto y si se podía ver la curva desde allí.
Cuando tuvo la solución a su problema, tomó al niño de una mano con
amabilidad, mientras cubría la cabeza del pequeño. "Ven
conmigo"
"¿Dónde?" preguntó Camus, pero siguió
al hombre.
"Ya que no vas a querer protegerte
hasta que yo no lo esté, vamos a ir bajo ese
abeto."
"¿Y si maman
viene?"
Serge no respondió hasta que se
detuvieron bajo la conífera. Se giró y, cuando le quitó la capa de encima
del niño, le mostró el lugar donde habían estado. "Desde aquí podemos ver
el camino, y además tenemos un pequeño
refugio."
Camus levantó la mirada y
vislumbró las amplias ramas del abeto, sin embargo también vio algunas
gotas cayendo aquí y allá. Observó como el caballero apoyaba su mano
derecha en la cadera y levantó una de las colas de la capa para
protegerle. Camus tembló. Su pelo estaba mojado y de vez en cuando una
gota recorría su frente hasta su nariz. Se acercó al caballero pero no le
tocó. Sintió calor emanando del cuerpo del
hombre.
Pasó un buen rato y Camus se
sintió mareado. Estaba demasiado cansado como para permanecer despierto.
El sonido monótono de la lluvia no ayudaba, y el sueño invadió su mente
como una monótona melodía. Trató de mantener los ojos abiertos, pero
aquello era demasiado para él. Los cerró y su cabeza se apoyó en su pecho
de repente. Abrió los adormilados ojos deprisa y, para mantener el
equilibrio, alargó una mano hacia la pierna del hombre. Se agarró a los
pantalones grises.
El hombre no se movió.
Con duda, Camus pasó su brazo alrededor de la rodilla del Caballero y se
sujetó bien. Apoyó la cabeza contra el muslo de Serge, sintiendo el calor
que emanaba del hombre y suspiró. Miró delante suyo, al
paisaje.
Llovía fuertemente y experimentó
problemas para poder ver la curva a través de la cortina de agua. Camus
sintió una mano sobre su cabeza y luego dedos que pasaban sobre sus
mechones verde azulados de manera tranquilizadora. Camus, contento y
tranquilo, apretó su agarre y cerró los ojos. Dejó que el cansancio lo
venciese. Sintió que iba a caerse, así que se agarró a los pantalones con
todas sus fuerzas.
Serge sintió el tirón y
se agachó. "Estás cansado," dijo mientras tomaba al niño entre sus brazos.
Camus luchó durante un momento, pero luego se quedó quieto. Aún bajo la
capa del hombre, seguí vigilando el camino. "Duerme un poco," dijo Serge
apoyando al niño en su pecho. "Estás realmente
cansado."
"No puedo. No
debo..."
"Yo esperaré a tu madre. Duerme
un poco."
"¿De
verdad?"
"Si viene, te despertaré. No te
preocupes, puedes confiar en mi."
"¿Lo
harás de verdad?" preguntó el adormilado
niño.
"Soy un hombre de palabra.
Duerme."
Camus miró el camino y después
apoyó la cabeza contra el pecho del hombre. Era la primera vez que sentía
calor. Fue al mismo tiempo extraño y agradable. Su madre jamás le había
tomado en brazos y apoyado contra su pecho, al menos que él pudiera
recordar. Había tenido miedo cuando Serge lo había hecho, pero ahora se
sentía bien. Era la primera vez que sentía aquel calor humano, el amor de
una persona por otra. Jamás había tenido esa sensación antes y tenía miedo
de no sentirla más. El sentimiento lo invadió y lo
calmó.
Camus observó el camino y se
preguntó si realmente quería que su madre regresase. Tenía miedo de
encontrar su frialdad de nuevo. Solo conocía al hombre de un día, pero ya
le había dado mucho. Incluso en los silencios, había aprendido mucho. El
sonido monótono de la lluvia, la respiración regular así como el lento y
regular latido de un corazón cercano a su oreja izquierda, el calor
envolviendo su cuerpecito hicieron que Camus se dejase llevar por un sueño
profundo.
* * * *
Serge
sintió que el niño se volvía más pesado y que su respiración se hacía
mucho más regular. Supo que Camus se había dormido. Continuó vigilando el
camino, más por mantener la promesa que le había hecho al niño que por
convencimiento. La mujer había abandonado definitivamente al pequeño y no
iba a regresar a recogerlo. Ahora, Camus debía pensar que estaba
abandonado y solo. Estaba seguro de que no iba a ser fácil. Iba a ser una
situación delicada, en vista del amor que el niño parecía sentir por su
madre. Sin embargo, al no darle un nombre o por llamarle solo 'petit
monstre' o 'monstre' no parecía que ella le hubiese querido de
verdad. Pero los niños tienen el instinto de seguir queriendo a sus padres
incluso si son víctimas de golpes, dolor y
maltrato.
Al menos Camus no parecía haber
sido maltratado, no tenía marcas de golpes. No, el niño no había sido
golpeado. El hombre comprendió que si el niño parecía tan mayor era porque
su madre, simplemente, le había ignorado. Hasta los últimos tres días
había vivido en un mundo de indiferencia y el niño no sabía reaccionar con
otras personas. Miró al pequeño cuando Camus, inconscientemente, le agarró
de la camiseta suspirando satisfecho.
Serge retomó su vigilancia incluso cuando sabía perfectamente que nadie
vendría con un tiempo como aquel. Pero lo hizo por Camus, por aquel niño
que le intrigaba más que cualquier otra persona antes; él, un niño que ya
pensaba como un adulto. 'Pero, ¿tengo derecho a llevármelo al
Santuario, de privarle de una vida y una juventud normales?' No podía
creer que estuviera pensando de esa manera. Hasta ahora nunca había
sentido tantas dudas, ¿por qué ahora? '¿Por Camus y esta ingeniosa
inocencia?' Suspiró y sacudió la cabeza mientras decidía esperar a que
el niño se despertase.
* * * *
Camus
se había despertado hacía ya un rato, pero permaneció quieto solo por
disfrutar del latido de Serge y sentir el calor. Cerró los ojos
alegremente.
"¿Estás despierto?" preguntó
Serge.
Camus levantó la vista y se
encontró con los ojos ambarinos del Caballero. Apartó la vista y sus ojos
se posaron en el camino. "¿No ha venido?"
"No, no lo ha hecho. Pero el tiempo es malo, ya
sabes."
"Hmmm," dijo el niño, nada
convencido. Suspiró y se movió ligeramente. Serge abrió los brazos y el
niño se deslizó de ellos. Permaneció bajo la capa, cerca del hombre.
Mientras se mordía los labios, agarró el pantalón del hombre y apretó con
fuerza.
"La noche aún no ha llegado," le
dijo Serge mientras observaba la lluvia, que seguía cayendo. "Camus, no
voy a obligarte a que vengas conmigo. Si tu madre no viene y tú no quieres
venir conmigo, puedo llevarte a un orfanato. Allí alguien podría
adoptarte."
Camus no dijo nada durante un
momento. "¿Podría?" dijo suavemente. "Nada seguro, como la vida..."
suspiró y cerró los ojos azul oscuro. "No lo sé," acabó diciendo un
momento después.
"¿Qué es lo que no
sabes?"
"Nada," contestó Camus. "Nada
importante. Solo pensaba..."
"¿En
qué?"
"En nada
importante."
Serge lo dejó, mientras
observaba que ahora lloviznaba. Cuando miró más allá, hacia el horizonte,
vio rayos de sol asomando entre las nubes. Un arcoiris aparaceció, y se lo
señaló a Camus sin una palabra. "La lluvia parará pronto," le
dijo.
Camus no contestó y observó
como el colorido arco desaparecía al tiempo que la lluvia paraba. Las
nubes se habían abierto y el sol del invierno apareció en su completo
esplendor. Algunas gotas frías cayeron de las ramas. El niño quedó quieto
por un momento cerca del hombre y después, sin avisar, caminó hacia el
lugar donde había estado esperando a su madre desde que esta lo había
dejado.
Serge no se movió y se quedó
junto al árbol. Se apoyó en el tronco, examinando al niño. Sabía que
necesitaba estar solo, como había dicho antes, no le obligaría a ir con
él. Vio como el niño caminaba hasta la curva del camino y luego regresaba
a su lugar. Le vio hacerlo cinco veces para luego quedarse quieto como una
estatua.
Camus esperó. Estaba allí,
esperando, pero su mente estaba en otro lugar. Las palabras de Serge aún
sonaban en su mente. '... no voy a obligarte a que vengas conmigo.'
En ese momento, sintió alivio pero también pena. Sin saber por qué, ahora,
él realmente confiaba en aquel hombre y seguramente mucho más de lo que
creía en su madre. Aquel hombre le había enseñado lo que era ser humano,
su madre no. El Caballero le había hablado, le había mirado como si él
fuese alguien. Su madre raramente le hablaba más de tres palabras al día.
Él le había cuidado, su madre a veces le dejaba solo en casa durante un
día o dos. El Caballero desprendía calor y su madre era fría. '¿Así que
Serge es la vida y maman la muerte?' pensó, rememorando las
explicaciones del Caballero.
¿Qué iba a
hacer si su madre no regresaba? La respuesta llegó clara como el día.
Seguiría al Caballero. Aprendería todo lo que él sabía. Aprendería como
amar y ayudar a los demás, como Serge había hecho con él; entendería las
razones que tenía Serge para ser un Caballero. De repente, el futuro no le
asustaba. Era el pensamiento de volver a ver a su madre lo que le
asustaba. Si volvía con ella, perdería esos nuevos sentimientos que había
encontrado. Pero los niños debían estar con sus madres, lo sabía, su
instinto le decía que los niños debían vivir con sus padres. Y, si ella
venía, ¿qué ocurriría? ¿Cómo iba a reaccionar ella? ¿Cómo iba a actuar él?
¿Por qué debería irse con un extraño cuando su madre le había cuidado
hasta ahora? '¿Por qué dudo? Si maman viene, me iré con ella. Es
simple.'
Camus parpadeó y volvió a
prestar atención al camino. Sintió el frío viento que soplaba y le
congelaba la nariz, pero no le importó. Sus ojos estaban llenos de
lágrimas por el frío, y los cerró un momento para protegerlos. De repente,
sintió la presencia de Serge, no muy lejos. No estaba pegado a él, pero no
estaba lejos. No se giró hacia él y no sintió que el hombre se le
acercara. Se sintió complacido de que le dejase
solo.
El tiempo pasó y el día terminó.
Solo unas pocas personas habían cruzado el parque, pero ninguna de ella
había mirado ni una vez al hombre extraño y al niño. Camus se inquietó,
pero luego se calmó. Tenía miedo, de repente, a estar solo con el hombre.
¿Por qué estaba asustado de repente, cuando había confiado en él antes? No
lo sabía. No miró al hombre, pero si notó la sombra del Caballero a sus
pies. Miró hacia abajo antes de volver la vista a la
curva.
"Camus..." llamó el
hombre.
"El cielo aún no está oscuro,"
dijo el niño sin girarse hacia él. Continuó vigilando la curva con
intensidad.
"No va a venir, Camus," le
dijo Serge, esperando.
"Hasta que aparezca
la primera estrella," pidió Camus. Serge no respondió y siguió esperando.
Unos pocos minutos después, la luz mortecina del ocaso dio paso a la
noche. Camus tragó saliva y su respiración se aceleró. Se mordió los
labios. Mirando el cielo deseó poder detener el tiempo, pero era
perfectamente consciente que el cielo estaba oscureciéndose y que los
segundos pasaban. Volvió a mirar la curva. No había
nadie.
Entoces, la primera estrella
apareció. Resignado, Camus agachó la cabeza y una lágrima recorrió su
mejilla izquierda. La limpió con la mano y se acercó al hombre que aún
esperaba varios metros más atrás. Sin dudar, le tomó de la mano. "Podemos
irnos" dijo en un murmullo.
"¿Dónde?"
preguntó Serge, sorprendido por la resolución de Camus. Había pensado que
iba a ser mucho más difícil hacer que viniese y abandonase aquel lugar,
pero al parecer ya no cerraba los ojos ante la actitud de su
madre.
"Lejos de aquí," miró a Serge. "Llévame
contigo, Caballero de Plata. Es mi destino..."
"¿No te arrepentirás?"
"¿De qué voy a
arrepentirme?" preguntó Camus con acritud sin
mirarle.
"Entoces, vamos. Tenemos un largo
camino por delante." Cerró su mano sobre la de Camus y caminó hacia la
salida del parque.
Camus le siguió, pero volvió
la vista, grabando el lugar en su memoria y manteniendo una pequeña
esperanza en su corazón de volver a ver a su madre. Pero no estaba allí y
sus labios temblaron. Lágrimas silenciosas se derramaron por sus mejillas,
pero las limpió. 'No. No debo.'
'¿Por qué? ¿Por qué?' gritaba su
mente.
Por primera vez, Serge leyó el
grito de su mente y miró hacia abajo. Notó la tristeza en el niño. "No se
porque te ha dejado, Camus" dijo el Caballero con
seriedad.
"Siempre obedecí. He sido bueno
y amable, así que, ¿por qué?"
"No lo se,
pero tienes la respuesta en tu corazón."
"¡No! ¡No la tengo!"
"La tienes. Con el
tiempo, sabrás por qué. Ahora estás impresionado y ofendido, y la verdad
está escondida en tu corazón. No quieres verla ahora, pero en un mes, o en
años, comprenderás lo que ha hecho tu
madre."
"¿Por qué iba a pensar en
ello?"
"Porque está en la naturaleza
humana. Los hombres quieren saberlo todo, y eres humano,
Camus."
Camus no estaba convencido. Le
dolía el corazón y no sabía por qué. Sentía que estaba a punto de llorar,
pero se obligó a no hacerlo. Sus rasgos se endurecieron cuando miró al
frente, sin echar un vistazo a su espalda. "¿Dónde
vamos?"
"Vamos a Grecia. Al Santuario,
Camus. Tendrás una familia, una familia en la que podrás elegir los
miembros." Camus asintió y apretó la mano del Caballero. Con este gesto le
indicaba que lo seguiría y confiaría en él. Solo miró una vez al cielo y
luego sus ojos retomaron la atención en el camino que tenía por
delante.
Fin del capítulo
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