LE PARADIS BLANC

por Seiiruika

Canción de Michel Berger traducida por Miris

traducción al español: Bulma & Natharell

 
Nota importante: Para comprender del todo este fic debéis saber que se estructura por colores. En azul están las acciones en el presente, en blanco los pensamientos y en rosado las acciones del pasado. En verde tenéis la letra de la canción.

 

          Poseidón ha sido derrotado. La lluvia cesó, y finalmente el sol brilla tras haber estado oculto detrás de las nubes por mucho tiempo, bañando con sus cálidos rayos la Tierra, los vivos, a nosotros. Estoy junto a mis amigos, cerca de Ikki y Kiki. Mi ototobun, Shun, no está lejos, justo al lado de su hermano mayor. Como ellos, aprecio este momento de paz después de esta batalla. Disfruto al ver el sol preparado para hundirse en el mar en una explosión de cálidos colores, listo para desaparecer en el mar que nosotros acabamos de abandonar. El Santuario del dios de los mares ha desaparecido, y el alma de Poseidón esta retenida ahora en el sagrado ánfora de Atenea. Espero que para siempre.

          Poseidón. Ese nombre no produce nada en mí. No sé si debo maldecir a ese dios o no por esta batalla inútil. Pero la mayoría de las batallas son infructuosas, ¿verdad? Después de todo, el dios de los mares no era realmente responsable de esta guerra. Kanon lo había organizado todo, la batalla de Asgard y ésta, y no soy capaz de odiar a Kanon, o capaz de sentir nada. Sólo estoy aquí, mirando sin ver realmente el cielo. No siento nada, sólo un tremendo peso en el corazón que me oprime el pecho según pasan los segundos y mis pensamientos permanecen...

          Noto una mano sobre mi hombro izquierdo y veo a Ikki mirándome, como si me leyera la mente. Entonces, con un movimiento imperceptible de su mentón me indica que siga a Atenea y los demás. Me giro ligeramente y veo que se marchan caminando. Asiento hacia Ikki que me devuelve el gesto. La presión de la mano de mi amigo se hace más fuerte antes de que se marche. ¿O lo he imaginado? Ikki raramente muestra sus emociones, sólo con Shun. Pero desde que me ayudó en el palacio de Hilda, le siento más cerca de mi, como cuando éramos niños. Antes de reunirme con ellos, vuelvo mi cabeza hacia el horizonte, notando que el cielo está prácticamente negro.

           El cielo está oscuro cuando el sol se pone completamente, tan oscuro como cuando el sol desaparece en Siberia durante meses en invierno. Un momento que a Isaac y a mi nos gustaba compartir, como si quisiéramos absorber toda la energía de los últimos rayos del sol para aquellos duros entrenamientos que tendríamos en aquellos oscuros pero pacíficos días. Oscuro, como seguramente es la muerte. Oscuro, como está mi corazón. Oscuro...

Hay tanta confusión y humo

          Sigo a mis compañeros a una distancia respetable. Quiero estar solo y pensar. Pero no puedo dejar de notar que ellos están hablando y bromeando. La risa de Seiya rompe el silencio de la nueva noche y es seguida por la de Shun. Me duele el corazón. No se de lo que están hablando y riéndose, y me encuentro con que no quiero saber las razones. Antes, podría haber ido y participado en su discusión, pero hoy no quiero. También me doy cuenta de que Ikki está justo detrás de ellos, tomando parte de cuando en cuando en la conversación. Vuelvo la cabeza y miro tras de mi, al mar que refleja el color del cielo mientras algunas estrellas comienzan a lucir en el tranquilo firmamento de Grecia.

          Vuelvo mi vista hacia mis compañeros y me fijo en el cabello de Shun. Verde.

          Verde, como era el cabello de Isaac. Verde como eran sus ojos. Estoy sorprendido de que los dos muchachos a quien realmente puedo llamar amigos tengan el cabello y los ojos verdes. Parece ser que me llevo bien con los chicos de cabello verde.

          Isaac….

          Siempre amó el mar, mucho más que yo. Que se convirtiese en el General de Kraken no me sorprende ahora. Debería haberlo sabido, debería haber entendido en aquel momento. Siempre hablaba sobre el Kraken. Recuerdo el día en que Crystal sensei nos contó su leyenda. Pero Isaac jamás había hablado sobre el Kraken delante del maestro Crystal. Solo a mí me contaba su admiración por el Kraken y por la manera de repartir la justicia, menos piadoso que el Caballero de Crystal y más impasible, también. Quizás no estaba hecho para convertirse en el Caballero del Cisne y el destino decidió reparar su error. ¿Un error? El error fui yo, no Isaac. Debería haber sido yo quien muriera ese día.

          ¿Acaso es el destino sólo niebla, una palabra que, como un muro, esconde los verdaderos sentimientos humanos, incapaces de entender qué es lo que pasa realmente en sus vidas, incapaces de aceptar que son ellos quienes hacen su propio destino? ¿Es esa la palabra que los humanos han creado para no tener que reconocer sus errores, que son responsables de lo que sucede a su alrededor? Así es la vida. ¡Es el destino! Una expresión fatalista. Destino, una palabra que esconde muchas cosas y muchos actos tan irreales como terribles. Aún más, la gente sólo usa esta expresión frente a dolorosas y terribles misiones.

          ¿Existe realmente el destino?

que llegamos a distinguir más
el negro
que el blanco

          Veo que Kiki se me acerca. Está feliz y orgulloso de habernos ayudado. Siento pena por él de repente, al recordar que es el discípulo de Aries Mu. Lo había olvidado completamente. Se merece algo más que una vida llena de luchas, dolor y muerte. Debería poder vivir feliz, igual que lo merecen los niños del mundo, pero no tengo nada que decir sobre eso. ¿Por qué tienen que sufrir los niños? ¿Qué es más inocente que un niño? ¿Por qué Atenea tolera esto? Pero no puedo hacer nada por él. Es una víctima de lo que llamamos destino. Pone su mano en mi brazo y me sonríe. Ni siquiera tengo el corazón para responder a esa sonrisa tan pura y tan hermosa. Me mira confundido y busca mis ojos, pero se distrae con Seiya y se teletransporta junto a el dejándome solo, con mis pensamientos.

          Su sonrisa era tan pura como la nieve blanca...

          Blanco y negro, dos colores opuestos y complementarios. El primero no existe sin el segundo. El segundo no puede ser separado del primero...

          Pero, ¿qué es blanco y qué es negro? Se dice que el blanco es puro, y el negro maldad.

          Siento un dolor en el pecho y un peso sobre mis hombros. Mi Armadura, mi Sagrada Armadura. Desde que la tengo jamás había sentido su peso en mis hombros. ¿Culpa? Quizás. Muevo los hombros para colocarme bien la caja de la armadura.

          Mi Armadura Sagrada. Milo dio su sangre por revivirla tras la Batalla del Santuario. Mu la reparó y la cambió. Ahora es completamente blanca, tan blanca como la nieve en Siberia que adoro, tan blanco como el cisne, tan blanco como debería ser Cygnus. Los cisnes son blancos y representan la pureza y la fuerza. El maestro Crystal nos contó a Isaac y a mi sobre la simbología del cisne.

  “Un pájaro inmaculado, cuya blancura, fuerza y gracilidad le hacen parecer la personificación viva de la luz. Pero el cisne puede representar tanto el lado masculino del sol como la cara femenina de la luna. Así, el cisne tiene dos personalidades, es tanto el símbolo de la pureza, la gracia y la nobleza como el del coraje y la cautela. No lo olvidéis nunca.”

          ¿Pureza? Con todas las muertes que llevo sobre mi conciencia... Hace mucho tiempo que esta Armadura está corrompida con sangre, sin contar que ha sido revivida gracias a ella también.

          ¿Fuerza? No soy lo suficientemente fuerte como para ser un verdadero caballero.

          Palabras y frases suenan en mis oídos.

  “Ha sido derrotado por su debilidad” Oigo las palabras de Ikki otra vez, en mi mente.

  ”¡No eres digno de ser un Caballero! ¡En primer lugar eres demasiado frágil y sensible para lograr convertirte en uno! Isaac tenía razón. ”El mundo es un caos gracias a la gente débil, como tú!" Soy el responsable. Soy demasiado débil para ser un Caballero. Shun es mejor que yo, aquel a quien llamaban llorón cuando éramos niños es más fuerte que yo. Incluso Crystal me lo advirtió.

  ”Para sobrevivir aquí y en el mundo, debes hacerte más fuerte y duro, y debes convertirte en alguien tan frío como el hielo.”

          No puedo. No soy capaz de ser lo que querías que fuese, sensei. Es demasiado para mi.

  ”Debes saber que no tengo nada contra aquellos cuyos ojos se llenan de lágrimas a la menor mención de la gente amada que ha perdido. Pero lo que es comprensible en un mortal común, no lo es para un Caballero. Eres demasiado sensible, y tu humanidad te ha convertido en una víctima.” Camus…

          ¿Gracia? ¿En que me ayudará eso en una pelea, en mi vida?

          ¿Coraje? Coraje en apariencia, pero por dentro soy un cobarde. Siempre huyo, me sumo en mi miseria y doy vueltas a mis recuerdos, evitando aceptar, enfrentarme a los hechos.

  ”Creo que eres una persona débil y que no tienes valor. Creo que pasas todo el tiempo sintiendo lástima de ti mismo.” Si, Isaac. Soy débil y siento lástima de mi mismo. Soy alguien cuyo corazón llora tu muerte, amigo mío. Pero no solo la tuya.

          ¿Cautela? ¿Qué cautela? Cobardía si. Soy incapaz de olvidar mis sentimientos cuando lucho. Estoy tan centrado en lo que siento que olvido la cautela y pongo a todo el mundo en peligro, a mis amigos, a Atenea.

          ¿Nobleza? ¿Nobleza del alma? ¿Nobleza en mis acciones? He matado a todos los que amaba y respetaba... Incluso si es en el nombre de la justicia y porque es mi deber hacia Atenea, eso no es una excusa.

  ”Has escuchado bien, Isaac. Tú mismo me contaste un día que debíamos poner nuestra lealtad, nuestro honor y nuestros sentimientos personales de lado. Una vez salvaste mi vida pero debo cumplir con mi deber. Tengo contigo una deuda inmensa, pero ése es mi problema e, incluso si pierdo mi honor, no puedo poner el mundo en peligro perdonándote.” Qué ironía que yo te haya dicho esas palabras a ti, Isaac.

          No tengo nada del cisne, y si algún día lo fui, alguna vez, hace mucho tiempo que dejé de serlo.

          Soy un cisne deshonrado cuyo corazón sangra y es más oscuro que el corazón del Cisne Negro. De alguna manera soy como él, aunque ciertamente más cobarde. Me niego a aceptar lo que soy en realidad, que detrás de esta Armadura tan blanca y tan engañosa, se esconde un cisne cubierto de sangre que se convierte en más y más negro, transformando la armadura en una tan oscura como la que llevaba el Cisne Negro. Soy aún peor. Soy un lobo con disfraz de cordero, la muerte disfrazada de ángel.

          La Armadura del Cisne pesa mucho sobre mi, y quiero quitármela de encima para siempre. Quiero dejar de ser un Caballero, quiero parar esta masacre, esta carnicería. No quiero seguir este camino construido con aquellos a los que amé y respeté. Quiero ser yo mismo...

y la energía de la desesperación

          Llegamos al Santuario y seguimos a Atenea hasta el Palacio del Patriarca donde los Caballeros de Oro nos esperan. Los guardias y aquellos que no fueron lo suficientemente fuertes como para conseguir una Armadura nos saludan, mientras nosotros caminamos hasta la cumbre de la montaña sagrada a través de una entrada secreta. Vuelvo a mis pensamientos previos que los soldados habían interrumpido.

          Después de todo, de todas las batallas que gané, llega la desesperación por haber matado a aquella gente que amé, que admiré y que quise. Cuando Pandora abrió la caja y todas las cosas malvadas salieron, solo la esperanza permaneció en la caja. La esperanza es la única cosa que siempre le queda a los humanos, pero para mi la única cosa que tengo es desesperación. Solo eso guía mis pasos. Me está prohibido tener esperanza, seguramente para siempre, pero como el incorregible y sentimental idiota que soy, he continuado esperando una vida mejor y un destino menos cruel hasta ahora. Esperanza desesperada. He fallado en cumplir las esperanzas. Solo me está permitido la desesperación. Es el único sentimiento que me queda. Crystal, Isaac, Ikki y Camus dijeron, una y otra vez, que ser sentimental era peligroso y que sólo obtendría muerte como recompensa.

  ”Si quieres convertirte en Caballero por esa razón, morirás de seguro. En este mundo de Caballeros en que te encuentras, el sentimentalismo es peligroso.”

  “Más aún... ¿Como alguien que aún llora la muerte de su madre puede esperar derrotarme? Hyoga, puede que me haya metido en tu recuerdo más querido, pero olvidas que nosotros, los huérfanos, deberíamos haberlas olvidado hace mucho tiempo. Es esta fijación la causa de tu debilidad. Son esas lágrimas que permanecen contigo las que serán tu perdición, Hyoga. De ninguna manera podemos permitirnos fallar en una lucha por nuestra persona más querida.” 

  ”¡Nadie va a decirme lo que debo hacer, y mucho menos un cobarde que aún llora a su madre muerta!”

          Y el Caballero de Crystal, incluso si continuaba pensando que era demasiado sentimental y que eso era peligroso, me animó a seguir sus pasos. Pero, ¿por qué?

  ”El discípulo que eras sobrepasa al maestro que fui, y triunfarás porque el amor que sientes por tu madre y por tus amigos será tu fuerza y tu arma...” Fueron sus últimas palabras.

          Soy demasiado sentimental, y lo sé, pero Camus y los demás estaban equivocados. Mi sentimentalismo no me ha conducido a la muerte, como desearía, pero sí a los que tenía alrededor. Eso es aún más horrible. ¡Que ironía! Lucho para que la Tierra y los humanos conserven sus esperanzas de una vida mejor, una esperanza que me está negada. ¿De qué sirve vivir para luchar por un ideal que no puedo compartir? ¿Debería alcanzar mi propia meta? Quizás debería alcanzar el final del camino de la desesperación, la muerte...

el teléfono podrá sonar...
ya no habrá más abonados

          Continuamos subiendo las escaleras hacia el Palacio del Patriarca. El pasillo es angosto, pero es el más directo. Lo he usado un par de veces, una vez para ver a Atenea mientras Mu reparaba nuestras armaduras y la segunda vez cuando lo bajé para volver a mi refugio en Siberia. La Armadura de Cygnus se hace más pesada según subo. Mi deseo de tirar mi Armadura al suelo raya la obsesión, pero me detengo a mi mismo. Lentamente, subo tras mis compañeros, refugiándome en mis pensamientos para alejar esta obsesión que es el peso de la Armadura del Cisne.

          No tengo ya corazón para seguir viviendo más. Ya he visto suficiente muerte a mi alrededor. Todo alrededor mío es muerte, dolor. Soy la muerte. Traigo la muerte a aquellos a los que más quiero. A los que aún quiero. Mis amigos, Kiki, los Caballeros de Oro, los Caballeros de Plata, los de Bronce, Flare, Jacob, la gente de Kohortec. Les quiero, pero estoy seguro de que morirán por mi culpa, o por mi mano, algún día. Debo detener esta imparable cadena de sucesos. No puedo hacerles sufrir. No quiero sufrir más. Quiero morir. Debería irme y morir, solo...

          Mi alma, mi cuerpo, mi corazón, está corrupto. Todo está cubierto de sangre de las personas que quiero. No puedo seguir siendo Cygnus. Cygnus ya no es blanco, ya no es puro nunca más. Debo morir. Quiero morir. Atenea podría llamarme para otra batalla, pero no estaré con ellos por más tiempo. Pero, ¿aceptará ella dejar marchar a uno de sus Caballeros? Debe hacerlo, si es esa diosa de la compasión y el amor que proclama ser. Debe, por su bien, por el bien de los otros, por mi. ¿No he probado ya mi lealtad hacia ella?

Y sin más idea

          Me detengo de repente. Me duelen los hombros como el mismo infierno. Me cuesta respirar y un nudo crece en mi garganta. Me doy cuenta de que no solo mi Armadura me pesa, también mi corazón. Tengo la sensación de que ha crecido y que se hunde en mi pecho, intentando salir de mi carcasa mortal. Siento que mi ojo me duele. Lágrimas. Cierro el párpado sano para no tragármelas, sino para ayudarlas a salir. Pero ninguna de ellas corre por mis mejillas. No tengo lágrimas. Incluso las lágrimas me fallan, no me quedan. O a lo mejor me estoy volviendo impasible e insensible. ¿O es la visión de mi muerte?

          Dándome muerte sé que iré al Infierno, pero no sería capaz de mirar a aquellos que amo acusándome. Por un lado, quiero reunirme con ellos, pero por otro lo temo.

          Cobardía.

  “¡Prefiero huir a luchar contra ti!”

          Soy un cobarde y quiero huir. Pero nadie puede huir de si mismo, nadie. Si sólo supiera que con mi muerte mi remordimiento desaparecerá. Pero no estoy convencido de eso. Quizás el dolor, el gozo, el amor y los sentimientos nos siguen tras la muerte. He estado a punto de morir muchas veces, y nunca he logrado respuesta a esa pregunta. ¿Podré tenerla alguna vez? Lo dudo. Nadie conoce esta respuesta y presumo que ni tan siquiera el Dios de la Muerte lo sabe. Y ahora, mi deseo de morir es grande. Haría cualquier cosa para sentir los brazos de la muerte envolviéndome y llevándome donde debo ir, al Infierno. Todo sobre lo que puedo pensar es muerte. No quiero oír más ruidos de lucha, esas palabras, esos gritos de dolor, esas lágrimas...

que el silencio para respirar

          Lentamente, vuelvo a subir las escaleras. Siento como si subiese unas escaleras sin final. Golgotha. Esta palabra aparece en mi mente. ¿Por qué? No lo sé realmente continúo hacia mi castigo. Busco algo, pero no sé lo que es. La Armadura de Cygnus me quema los hombros y la espalda. Quiero gritar, pero ningún sonido sale. No soy capaz de abrir la boca. Aprieto los dientes tratando de olvidar este dolor. No tengo derecho a quejarme. No tengo ningún derecho. Este es mi castigo por todos los crímenes que he cometido en el nombre de la justicia. Pero, ¿qué justicia? ¿Qué es la justicia? ¿Quienes somos nosotros para decir qué está bien y qué está mal? Acelero mis pasos para reunirme con mis compañeros.

          El silencio, la muerte. Todos debemos morir, es una certeza, ¿por qué yo no puedo? Mi sensei y mis adversarios me dijeron que mi sentimentalismo me mataría. Todos estaban dispuestos a matarme. Tenían el poder para hacerlo. Yo mismo he sentido que moría muchas veces. Pero es como si la muerte no me quisiera. ¿Por qué? ¿POR QUÉ?

          Por justicia.

          Esta palabra aparece en mi mente como una luz en la oscuridad. Por justicia. ¡Qué palabra, al tiempo tan significativa y tan sin sentido! La justicia está tan vacía como la palabra destino. Todas las palabras expresan conceptos, son sólo pequeñas y mal definidas ilusiones. ¿Qué es justicia¿ ¿Qué es algo bueno? ¿Qué es lo justo? Cuando dos ideas parecen justas, ¿cuál es la verdaderamente justa? ¿Tienen los dioses respuesta a estas preguntas?

          Estoy cerca de pensar que no la tienen. De otra manera, ¿por qué harían sufrir a los humanos? ¿Hacer sufrir a los demás es un sentimiento justo? ¿Nuestra causa era justa? La de Poseidón, la de Hilda, la del Patriarca, ¿lo eran también? Antes de que Saori-san demostrase ser Atenea, antes del Torneo Galáctico, ¿no era Saga el amable y respetado  Patriarca? ¿No era el que Seiya respetó en el Santuario? Cambió porque Atenea apareció... Si no hubiera demostrado ser Atenea, quizás la Batalla del Santuario no se hubiera producido. Crystal sensei y wa ga shi Camus no estarían muertos, como tampoco Hagen o Isaac. Si sólo...

          De repente me detengo en seco. Me doy cuenta de que estoy denigrando a aquella por la que he arriesgado mi vida, por la que he matado a los que amé, por la que me he condenado al Infierno... Estoy destruyendo mi única razón para vivir, la única que me permite una vida relativamente pura. Sacudo mi cabeza en negación. Quiero apartar esos pensamientos, pero reaparecen insistentemente. Me muerdo el interior de la boca y siento el sabor de la sangre invadiendo mi boca. Miro hacia arriba para ver donde están mis compañeros. El último acaba de girar un recodo y sigo subiendo. Me concentro en el sabor de la sangre fluyendo de mi herida por mi garganta, como un vampiro que necesita alimento. Un vampiro... Cygnus se ha convertido en un vampiro clamando por más sangre, ¿y la mejor y más sabrosa no es la de la gente amada? ¿Quién va a ser el siguiente?

Comenzar allí donde el mundo ha comenzado 

          El peso de la Armadura es mayor de lo que pensé. Tengo dificultades para concentrarme en mis pensamientos. Tengo dificultad en seguir el paso impuesto por mis compañeros. No sirve tratar de cogerles caminando más deprisa. No puedo hacerlo. La distancia entre nosotros permanece igual. No, aumenta más y más. ¿Es real o es mi imaginación? Quiero gritarles que me esperen, pero tengo miedo de repente. ¿Miedo de qué? Me pregunto. ¿No querías estar solo? ¿No querías morir?

          Quiero morir y volver donde todo comenzó. Quiero regresar a ese famoso día donde mama murió. Quiero volver a ese momento y morir con ella. No sentiría nada. No más dolor, nada, solo el silencio en ese mar de hielo, pero entre aquellos brazos que me enseñaron a amar a los demás, a disfrutar de la vida. Ahora me doy cuenta de que esas ganas de vivir desaparecieron con ella. Me doy cuenta de que las veces que he pensado que era feliz han sido una farsa, o solo otra forma de felicidad y vida. Pero siento como si no fuera a sentir eso nunca más. Interpretaré un papel delante de mis amigos para no preocuparles. ¿Pero por cuanto tiempo seré capaz de mantener esa imagen? No lo sé, y solo pensar en ello es descorazonador.

          Si sólo pudiéramos comenzar de nuevo y regresar en el tiempo. Isaac no estaría muerto hoy. Ni el sensei Crystal, ni wa ga shi Camus, ni Hagen. Estarían vivos. No es culpa de Atenea. Es culpa mía. ¿Por qué intenté descargar la culpa en otros? Mi cobardía otra vez. Si, si, SI... Esta palabra resuena en mi cabeza y mis oídos. Quiero que pare. Volver atrás en el tiempo. Volver al día en el que mama murió.

          Seiya se gira hacia mi de repente y le dice algo a Shiryu. Una sonrisa aparece en sus labios. Odio cuando la esboza. Odio esto. Mucho. “Oh, ¿Hyoga? ¿Estás ahí detrás? ¡De verdad! ¿No querrás que te llevemos?”

  “Seiya”, gruñe Ikki mientras Shiryu, exasperado, sacude la cabeza. No le contesto. No puedo, y no quiero. Ni siquiera le miro. Sigo subiendo las escaleras volviendo a mis pensamientos, la sensación de perderlos ha desaparecido.

          Trato de recordar que estaba pensando cuando Seiya me interrumpió, pero no puedo. “¡De verdad! ¿No querrás que te llevemos?” Esta frase es tan cierta. Presumí de ser el único capaz de ganar la Armadura Dorada durante el Torneo Galáctico, pero realmente estaba lejos de ganarla. Siempre he necesitado a alguien cerca de mi. Soy incapaz de hacer nada solo. Siempre necesité a Shun, Seiya, Shiryu y a los demás. Sigo siendo como un niño pequeño que ha perdido a su madre, que sigue buscándola atemorizado e incapaz de hacer nada sin ella.

          Aún sigo buscando su tranquilizante presencia. Mama siempre había estado cerca de mi. Siempre me protegió, me amó, y me enseñó lo que era el amor por el prójimo. Mama... Deseo tanto regresar al día en que falleciste, volver a ese día donde mi destino y mi dolorosa vida comenzaron. Quiero cambiar eso. Lo deseo tanto...

          Mi pie golpea contra un escalón y pierdo el equilibrio. Pero mi entrenamiento me hace reaccionar rápido y recuperarlo. Miro al escalón que es el responsable de mi pequeño error y luego miro a ver si mis compañeros se han dado cuenta de mi torpeza. No lo han hecho. Suspiro sin saber por qué estoy tan aliviado.

          Entonces llegamos al salón del Palacio donde vivía el Patriarca. Aún está en reconstrucción, pero está en mejores condiciones que otros templos.

Me iré a dormir al paraíso blanco 

          La llamada de Siberia se hace más y más urgente. Cada vez que finaliza una batalla vuelvo a mi lugar de entrenamiento para estar solo y meditar. Para meditar sobre el sentido de mi vida, sobre este destino que nunca me abandona, la muerte, y como siempre, acabaré pensando que soy la reencarnación de la muerte en persona.

          Entro en el Palacio del Patriarca con mis amigos, y veo a los Caballeros de Oro esperándonos y arrodillándose delante de Atenea. Es extraño. Estoy acostumbrado a esta escena. Siempre ocurre cuando Atenea está aquí y aunque Saori-sama dice que no deben actuar así, ellos no pueden evitarlo. Siempre he estado orgulloso de servir a Atenea y de protegerla junto con mis amigos. Pero hoy es extraño. Me siento lejos de esta escena, como si no ocurriese, como si no existiese. Es como si no estuviese aquí, como si nada me mantuviese en este sitio...

          Muerte... Solo tengo esa palabra en la mente. Recuerdo que cuando era muy joven, tenía miedo de ella, pero mama me calmó diciendo que la gente buena acaba en el Cielo. Desde que la vi morir, he deseado reunirme con ella. Es mí más profundo deseo, pero no está garantizado aún. La primera vez que vi el cuerpo de mama, tuve la sensación de que estaba durmiendo. Estaba tal y como era el día que el barco se hundió en el Mar de Siberia. Durmiendo. Quizás la muerte es un sueño profundo del que nadie puede despertar. Un profundo sueño sin sueños, sin sentimientos, sin emociones. Todo lo que necesito justo ahora. Quiero volver a Siberia, cerca de la tumba de Crystal, tumbarme en la blanca y fría nieve y esperar ese sueño profundo. Siberia... Siberia es mi hogar, es mi Cielo. Allí es donde mama está enterrada. Allí fue donde crecí bajo las enseñanzas del Caballero Crystal. Fue en Siberia donde conocí a Isaac. Fue allí donde conocí la belleza y la pureza de un mundo que me gusta. Mi origen, mi país, mi Paraíso. Quiero morir cerca de Crystal y de mama. Mi paraíso blanco y puro...

donde las noches son tan largas que se olvidan en el tiempo

          Aldebarán está hablando con Atenea, tranquilizándola sobre su estado de salud. Su ruidosa voz me saca de mis pensamientos y vuelvo a la realidad. Una realidad que trato de olvidar. Pero, por lo menos, me alivia haber llegado, y dejo mi Armadura en el suelo antes de apoyarme contra el plinto de una columna, buscando la frialdad de la piedra. 

          Milo llega hasta mi y me abraza, saludándome. "Hyoga... Estás vivo..."

          Quiero liberarme de sus poderosos brazos, más por enfado que por vergüenza. Incluso si nunca lo ha admitido abiertamente, sé que Milo me cuida como lo haría Camus si estuviera vivo, si su amigo, mi maestro, pudiera estar aún con nosotros. Pero no hago nada, y le dedico una media sonrisa como respuesta y para tranquilizarle. Veo sospecha en sus ojos azules, pero no digo nada y me suelta mientras le miro. De repente siento como si estuviera muy lejos de él.

          De repente mira hacia Atenea, que nos habla a todos. El sonido llega hasta mis oídos, pero no se lo que está diciendo. No entiendo nada. Sus palabras son sólo sonidos que golpean mis oídos sin llegar a mi cerebro. Ni siquiera siento la piedra contra la que me apoyo. Agacho la cabeza, trato de prestar atención a algo que no sean mis mórbidos pensamientos, pero no puedo.

          Quiero morir en las blancas llanuras de Siberia como Crystal, mi maestro. La primera persona que realmente maté. Fui responsable de la muerte de mi madre y de la desaparición de mi amigo aunque no les maté yo mismo. Mi sensei Crystal, aquel a quien miraba como el padre que nunca tuve.

  "¿Cómo te sientes, Hyoga?"

  "Como un hijo que levanta su dedo contra su padre."

           Estaba en lo cierto. Me sentía fatal en ese momento, como si hubiera traicionado su confianza, su amor. Lo era todo para mi. Me lo enseñó todo. Me hizo tal y como soy ahora. Y a pesar del duro entrenamiento que me hizo seguir, a pesar de su aparente frialdad, me dio el amor que había estado buscando después de la muerte de mama.

          Busqué su protección. No dijo nada cuando Isaac murió, no en ese momento en que desapareció en el agua congelada de Siberia por culpa de mi debilidad, por mi. No gritó, no me culpó. Sabía perfectamente que me sentiría responsable de esa muerte durante el resto de mi vida. Su actitud hacia mi no cambió. No, no cambió en absoluto. Yo cambié.

          Era frío y puro como lo eran las llanuras de Siberia, pero en su corazón el calor del amor que tenía por los demás le hacían ser respetado por todos. Había heredado esta característica de su maestro Camus. De lo poco que sabía sobre él, tenían muchas similitudes. El maestro se reflejaba en el discípulo. ¿Soy como ellos? Lo dudo.

         Echo de menos las largas e interminables noches en invierno. Echo de menos la risa de Isaac, la voz de Crystal cuando nos contaba leyendas, historias y anécdotas. El entrenamiento era más duro y áspero porque la temperatura era más baja, pero la recompensa por el largo día en la oscuridad era mucho mejor que cualquier tesoro sobre la Tierra. Cuando Crystal sensei empezaba a contar historias, Isaac y yo olvidábamos nuestro cansancio y le escuchábamos con atención.

          Durante aquellas largas noches solo oíamos el viento polar soplando y el gruñido de algunos osos... Nunca más viviré eso. Lo he destruido con mis propias manos y ahora está enterrado en Siberia y en el Océano Ártico para siempre.

tan solo con el viento 

          Entonces una voz cerca de mis oídos me hace levantar la vista. Trato de recordar a quien pertenece esa voz, pero no lo hago. Veo largo pelo lavanda y ojos violeta que me miran. Parpadeo y reconozco a Aries Mu. 

  "Déjame ver tu ojo, Hyoga" dice suavemente, aproximando su mano hacia mi ojo herido. Se que puede curar mi párpado y mi ojo como si Isaac no lo hubiera dañado seriamente, pensando en matarme tal y como le pedí. Mi mente vuelve al presente y veo la mano de Mu. Pero no quiero. ¿Como se atreve a tomar decisiones en mi lugar? Con la mano izquierda aparto su mano de mi ojo antes de que pueda tocarlo. Veo la sorpresa cruzando su mirada.

  "¿Hyoga?" pregunta Shun sorprendido. 

          No me giro hacia él. Miro a Mu fijamente, pero es como si no existiese. "No. Estaré bien."

          Mu también me mira y entonces asiente, comprendiendo que esta herida significa algo importante para mí. "Al menos déjame que la vende."

          Le miro a los ojos violeta y asiento. Esta cicatriz ciertamente es horrible para los demás. Yo la encuentro hermosa. Dejo que Aries Mu me vende el ojo.

          Si, estoy solo, quiero estar solo y quiero cortar todos los lazos que he creado en mi vida antes de tumbarme en la llanura blanca y fría de Siberia y esperar... Esperar que el fuerte y frío viento de mi país cubra mi cuerpo de copos y polvo de diamantes y cree una tumba para mi. No escaparé de mi muerte. No tengo ninguna razón. Hace mucho tiempo que estoy preparado para morir, que quiero morir. Me aproximo a la muerte, flirteo con ella pero en el último momento ella se aleja de mi, dejándome más desesperado que antes.

   "Hyoga, ¿estás decidido a morir?" 

          Las palabras de Seiya se hacen eco en mi mente otra vez. Si, cuando me enfrenté al Cosmos de Poseidón decidí morir. La muerte de Isaac había dejado un regusto amargo en mi boca, pero quería morir por Atenea, en el nombre de una justicia que me ha costado más que a nadie, una justicia en la que creían mis amados maestros. Pero incluso Poseidón ha sido incapaz de matarme.

          Quiero volver a Siberia, volver a aquel lugar golpeado por los vientos árticos. No quiero encontrarme con ningún habitante de la aldea, ni siquiera Jacob. Quiero que me dejen solo con el viento, como antes, cuando jugaba con el, siempre bajo la vigilante mirada de Mama. En ese momento, el viento era mi único amigo. Espero que ese viejo compañero no me haya olvidado y que me otorgue la gracia de matarme despacio pero seguro. Estar solo con el viento.

como en los sueños de mi niñez

          Mu me deja sin decirme nada. Se que no está enfadado conmigo. El entiende que quiero estar solo, que estoy pasando por un duro momento. No he visto compasión en sus ojos, me siento aliviado. Creo que no podría soportarlo. Podría haber sido el último golpe. Agacho la cabeza tratando de aislarme de la mirada de los demás, de su conversación, de ellos. Y otra vez me sumerjo en mis oscuros pensamientos.

          Aislarme, física y mentalmente, siempre lo he hecho, incluso cuando he tenido amigos, incluso con mama. Cuando estaba solo, me aislé y me inventé un mundo para mi donde mama era la reina de un paraíso donde sólo los que yo amaba podían vivir. El palacio era todo blanco y estaba hecho de oro y cristal, como en los cuentos que mama me contaba. Iba a ese castillo tan a menudo como podía. Pero desde que mama murió, desapareció. En mis sueños, todo el mundo era amable y el mal no existía. Sueños. Solo eran sueños. Y ahora lucho por un mundo donde el futuro sea así. Un mundo sin guerra, sin maldad. Utopía. Es solo una utopía o un sueño infantil. ¿Cómo puede existir un mundo como ese si incluso los Dioses, los autoproclamados creadores de la raza humana, luchan entre ellos? Los dioses crearon al hombre a su imagen, así que tienen las mismas faltas. Es una causa perdida, así que, ¿por qué debemos continuar combatiendo por una causa perdida? ¿Por qué debo seguir luchando si debo perder a toda la gente que amo y respeto? ¿Por qué debería continuar combatiendo para perder mi alma y todo por culpa de unos dioses egoístas que solo piensan en ellos mismos?

          Mis sueños infantiles me han costado mi alma y mi corazón. He olvidado creer en el Dios de mama. Ya creo en cualquier dios, incluso en Atenea. Lo he sacrificado todo por ella, para nada. Hemos ganado muchas batallas, pero nunca la guerra, ¿y para qué? Nada. Y tengo la sensación que la paz no hace muchos progresos...

          Un niño. Deseo tanto volver a ser un niño sin preocuparse por el futuro, sólo disfrutando del presente. Ser de nuevo un niño...

Me iré a correr al paraíso blanco

          Tiemblo. No es por el frío que viene del techo destrozado del palacio del Patriarca. Este frío no viene tampoco de la noche. La noche es cálida. No, este escalofrío viene de las profundidades de mi inconsciente y como antes, mi cuerpo es sacudido irracionalmente. Quiero irme de este sitio tan cálido ahora para mi, huir lejos, correr. Quiero correr libremente, lejos de este destino...

          Correr, huir. No veo la diferencia. Este siempre ha sido mi caso. Correr. Perseguir una esperanza que me está negada. Solo se me permite la desesperación y también huyo de ella. ¿Quien la quiere? Correr. Correr en las llanuras siberianas, bajo la atenta mirada de mi sensei. Correr para calentarme, correr para ser más fuerte, correr para jugar. Siempre me ha gustado la nieve, quizás porque la mayor parte de mi vida y recuerdos están relacionadas con ella.

  "¡Hyoga! ¡No corras demasiado! Te pondrás enfermo, mi ángel."

  "¡Me gusta correr en la nieve, mama! ¡Mira!"

  "Hyoga..."

          Mama... Siempre me gustó correr alrededor suyo en la nieve. Era al mismo tiempo tan suave y fría. Siempre me dijiste que la nieve era el manto de la Tierra, y ahora quiero correr hacia ella y tumbarme, dejando que me envuelva a mí.

  "¡Coge esta, Hyoga!"

  "¡Isaac! ¡En la cara no!"

  "¡No haberte movido!"

  "¡Espera un minuto! ¡Te vas a enterar!"

  "Haaaahaaa..."

          Incluso si correr era una gran parte de nuestros entrenamientos, siempre me apoyaste durante todos estos años, Isaac. Recuerdo que nos gustaba jugar para librarnos de la tensión y sólo por ser los niños que éramos en realidad, bajo la divertida mirada de nuestro sensei. Pero dos años después de mi llegada, por acuerdo mutuo, lo dejamos, prefiriendo pasar el tiempo contemplando los paisajes blancos de Siberia, hablando sobre nuestro futuro y sólo contando lo que cruzaba por nuestra mente. Eché de menos esos juegos. Creo que aún era un niño y que todavía lo soy.

          Correr en las blancas llanuras es mi único deseo y la última cosa que haré antes de tumbarme en la nieve.

lejos de miradas de odio

          Levanto la cabeza y busco a Atenea. Mi deseo de ver Siberia otra vez es fuerte, y quiero irme. Pero está hablando con Shaka sobre algún problema que desconozco. No puedo ir a preguntarle ahora. Así que trato de ser paciente. Antes de perderme en mis pensamientos, miro alrededor buscando a los presentes. Pero sólo les doy un vistazo y me olvido de todo lo que me rodea.

          Siempre he estado huyendo en mi vida, escondiéndome tras máscaras. Cuando llegué a Japón, recuerdo las miradas de odio, de sospecha porque era un extranjero. Así que yo también miraba así porque veía el mal en todos sitios a mi alrededor, porque me negaba a abrir mi corazón a los otros, porque no quería que me hiriesen. El dolor de haber perdido a mi madre era insidioso y estaba muy presente, y me alejaba de los demás. Pero quería a mama, más que ninguna otra cosa. Era la única que me había entregado una amor verdadero sin pensárselo dos veces.

          Era tan doloroso haber sido separado de mi tierra y de su amor, y encontrarme no sólo en un sitio del que no sabía nada, sino también en un lugar donde nadie me quería, fue un gran golpe. Durante algunos meses fui incapaz de hablar con nadie o de tener un amigo. Era el extranjero. No tenía derecho a estar allí. Mi incomprensión del mundo, la desconfianza de los demás y el ser extremadamente cauto con ellos cerraron la puerta de mi corazón. Así, totalmente confundido, huí, y me refugié en el rol del chico indiferente y frío.

          No quería ver esas caras. Me negaba a aceptar aquellas miradas enemigas. Huí una y otra vez. Hoy huyo de nuevo. No me atrevo a mirar a mis compañeros. No me atrevo a mirar a nadie. Tengo miedo de que alguien me juzgue por lo que he hecho. No puedo controlarme y tengo miedo. Me odio, y no puedo huir de mi propia mirada. Por primera vez en mi vida, debo enfrentarme solo a esta lucha y no puedo huir, dado que no puedo esconderme de mi mismo. Debo ganar o morir. Pero eso ya lo he escogido...

y de combates de sangre

         

Sigue...