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TORMENTA DE NIEVE |
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- Hyoga irá a Siberia. "Siberia... Allí esta enterrada mamá." Ese fue el pensamiento que cruzó la mente de Hyoga apenas escuchó la fría y desapasionada voz de Tatsumi leyendo el trozo de papel. Su destino... de vuelta a Siberia. El Destino había sido siempre cruel con él. No le permitió conocer a su padre. Le arrebató a su querida madre a una edad temprana. Le había llevado a un país donde él era diferente... y donde ser diferente y destacar sobre los demás era de por sí una falta. No contento con ello, le Destino le había entregado a manos de unos hombres sin escrúpulos y sin corazón, que explotaban a muchos otros niños como él. Tal vez el Destino pensó que ya era momento de sonreírle. O tal vez se hubiera olvidado de él y se ensañaba ahora con otros. Tal vez el Destino no existía. Hyoga no lo sabía, pero se alegraba inmensamente de poder regresar a las tierras del norte. A las inacabables planicies inmaculadas bajo la noche eterna del invierno. A la sensación cortante del viento en la cara, cargado de nieve. A la belleza, sencilla y exuberante, de los cortos veranos, cuando la luz, aunque tenue, duraba casi todo el día. A su infancia. A su madre. Había partido dos días después, casi de los primeros. El avión les llevaría hasta una de las ciudades de lo que llamaban la Siberia japonesa, le informaron los agentes de la Fundación. "Perfecto", pensó el muchacho rubio. El barco se había hundido en el extremo oriental del Mar del Norte. A partir de allí continuarían en tren y más tarde en un camión, siguieron informándole con voz desapasionada. Luego ellos se irían; él se quedaría allí, solo, para aprender a ser un Caballero. Lo dijeron con un mueca de crueldad en los labios, pero a Hyoga no le importaba la soledad, estaba acostumbrado a ella. Y además en Siberia no estaría nunca solo, allí estaba mamá. * * * La cabaña se encontraba muy al norte, y muy aislada. Sólo había un pequeño pueblo a quince kilómetros, si es que era digno de tal nombre, donde conseguían alimentos y alguna que otra noticia del mundo. Ninguna comodidad de la era moderna había llegado aún allí. Se vivía como llevaban viviendo los pueblos del norte desde hacía generaciones. La información llegaba con los nómadas traficantes de pieles, meses después de que el resto del mundo tuviera conocimiento de ella. El correo se entregaba tarde, cuando se entregaba. Era aquel un mundo aparte del mundo. Un mundo blanco y frío. El Maestro Cristal no era una mala persona, como Hyoga había imaginado. No era como aquellos esbirros de los Kido, que parecían disfrutar siendo crueles y desagradables. Aquel hombre era callado, reposado, nunca levantaba el tono de una palabra sobre el de otra. No era viejo, pero traslucía una sabiduría que el niño siempre había atribuido a la gente mayor. Pese a su amabilidad, tampoco era blando, y el entrenamiento al que le sometía distaba mucho de ser fácil. Al duro ejercicio diario, que su cuerpo ya había más o menos asimilado en los dos años pasados dentro de la Fundación, se sumaban enseñanzas menos físicas pero no menos importantes. Mitología e historias antiguas de mil civilizaciones; el dominio de una extraña lengua que el Maestro llamaba griego, pero que tenía una cadencia antigua y perdida; y sobre todo, el cosmos. El cosmos era lo que hacía a los Guerreros de Atenea lo que eran, y el cosmos de los Caballeros del Hielo era el más difícil de conseguir. Un cuerpo humano es un organismo cálido, un organismo lleno de vida. El hielo es frío, y está muerto. Al principio, Hyoga hacía pocos progresos en ese sentido, y eso le frustraba. El Maestro sólo reía quedamente y comentaba que su joven alumno quería volar sin haber aprendido a andar primero. Isaac estaba mucho más adelantado, pero llevaba ya más de un año en la cabaña cuando Hyoga llegó. El muchacho rubio se había sorprendido al no encontrarse con un número mayor de aprendices aquel día. Tan sólo el niño de pelo verdoso, y algo mayor que él, que lo miraba gravemente, como evaluándolo. - Procura resistir, ¿vale? - Fue lo que éste dijo, con ojos brillantes. Isaac resultó ser a la larga otro motivo de alegría en su vida, y Hyoga no supo aún si bendecir al Destino o rogar al Dios de su madre que éste siguiera ignorándole. En la Fundación apenas había podido hacer amigos, su diferencia lo había impedido, él era un "gaijin", un extranjero. Y de todos modos, la camaradería entre los huérfanos no era fomentada. El Maestro, sin embargo, aunque los impulsaba a competir entre sí, recomendó a sus dos aprendices que se llevaran tan bien como pudieran. - Seréis dos guerreros con la misma causa. - dijo con su grave y calmada voz. Y ambos pusieron todo su empeño en ello. Hyoga admiraba a Isaac; éste era el perfecto alumno, captaba las técnicas y movimientos a la primera, era despierto e inteligente, y no se vanagloriaba jamás por todo ello. Y además Isaac creía en la Causa más que en nada; en servir a Atenea, en ser uno de los Brillantes Caballeros de la Diosa. El mayor, por su parte, parecía profesar un afecto genuino hacia Hyoga. Le animaba a seguir, compartía con él sus conocimientos más avanzados, ó los juegos del poco tiempo libre que disponían, sin reservas; no lo miraba raro, como aquellos niños del ahora lejano Japón. Y parecía considerar como obra suya cada uno de los logros de muchacho rubio. Sus ojos brillaban de orgullo cada vez que veía a Hyoga progresar. Sí, algún día ambos serían Caballeros y vestirían una brillante Armadura Sagrada. Eran los tres como una pequeña familia, aunque no compartieran lazos de sangre. O lo más parecido a una que el solitario niño había tenido, desde el día en que el Destino le dejó solo en el mundo. Pero la mente infantil de Hyoga albergaba una obsesión que no le abandonaba. No podía recordar cuándo se había formado aquella idea, en qué momento de su entrenamiento se había deslizado, lenta pero firmemente, hasta que sólo pudo pensar en ella. Los Caballeros legendarios, los Guerreros de Atenea. Con una patada abrían la tierra, con el puño desgarraban las estrellas. Para un ser con semejante poder no sería complicado recuperar un cadáver del fondo del mar. Aquella y no otra era la luz que guiaba su entrenamiento. El objetivo por el que perseveraba cada día por mejorar. Y también su maldición. * * * Un día, cuando Hyoga llevaba ya dos años allí, el Maestro Cristal se lo llevó solo hacia el norte, para darle su primera lección especial sobre el cosmos. Isaac quedó en la cabaña, con sus ejercicios rutinarios, y encargado de la limpieza y la cena. Una vez llegaron a su destino, el Maestro le habló de los átomos, y del secreto de la técnica de los Caballeros de los Hielos. Practicaron sin descanso hasta que Hyoga pudo congelar una pequeña piedra. Terminada la lección, el muchacho contempló pensativamente la helada planicie que se extendía ante sus ojos. - Maestro, creía que nuestra cabaña estaba al extremo del continente, que no había más tierra rumbo norte. - Comentó finalmente, como por descuido. Cristal rió con suavidad antes de contestar. - Y no la hay. Lo que pisamos es agua helada, estamos sobre el Mar del Norte. Hace unos años los barcos navegaban por aquí, pero la temperatura del planeta ha descendido ligeramente, y ahora los hielos han ganado un trecho a las aguas. Es un proceso cíclico. Probablemente dentro de unas décadas esta región volverá a ser navegable. - Un súbito soplo de viento les golpeó la cara y el hombre escrutó de repente el horizonte con semblante ceñudo.- Se nos empieza a hacer tarde y es hora de volver a casa. Vamos, Hyoga. El muchacho asintió distraído mientras su instructor comenzaba a desandar el camino hacia la cabaña. Eso era, pensaba durante el camino de vuelta, el barco debía estar atrapado bajo aquellos hielos, en aquella llanura de nieve. Tan sólo tenía que encontrarlo, y partir el hielo con alguna herramienta. En su mente infantil no comprendía la enormidad de aquella empresa, que el poder que le permitiría traspasar la capa helada, una vez hubiera localizado el barco, estaba aún muy lejos de su alcance. Tan sólo anidaba allí el desesperado anhelo por recuperar a su amada madre. Al atardecer, mientras masticaba la cena que Isaac había preparado, forjó su plan. Saldría amparado por la oscuridad, cuando maestro y compañero durmieran. Si le descubrían y preguntaban, diría que iba al excusado instalado al lado de la cabaña. El atizador del hogar le serviría mismamente para partir el hielo, y no le costaría demasiado encontrar el lugar donde habían entrenado su maestro y él esa mañana. Sólo había que ir rumbo norte, y la Estrella Polar brillaría esplendorosa en el cielo despejado de la noche, como el desvaído sol había brillado durante el día. Afortunadamente para Hyoga, todo le salió a pedir de boca. Después de una sesión de lucha cuerpo a cuerpo con su compañero, en la que Isaac ganó cada combate, el Maestro Cristal se retiró finalmente a su habitación y los dos muchachos se encaminaron juntos al pequeño cuartucho donde tenían sus jergones de pieles. Isaac cayó dormido casi de inmediato, a juzgar por su acompasada respiración. Hyoga aguardó expectante, luchando por no rendirse al cansancio. La noche estaba clara cuando al fin se levantó y salió de la cabaña con la herramienta en mano. Tal vez una hora más tarde, las nubes cubrieron el cielo y los primeros gruesos copos comenzaron a caer; el muchacho no se preocupó. Era lo normal y él estaba habituado a las suaves nevadas sin viento, que caían en esa época. No se le ocurrió que la nieve cubriría sus pisadas y las nubes ocultarían las estrellas. En su mente sólo estaba firme la idea de hallar el barco hundido. Un rato después, el viento comenzó a soplar y la tormenta arreció. Hyoga apenas veía dos metros por delante de su nariz. Con tozudez siguió adelante, acarreando el atizador con él. - Ya voy, mamá... ya voy... * * * Cristal abrió repentinamente los ojos en la soledad de su cuarto. "Algo va mal", le avisaba su Sexto Sentido, y los años le habían enseñado a fiarse de aquellas sensaciones. Se incorporó de inmediato e irrumpió en la habitación que compartían sus dos pupilos. Las mantas de Hyoga estaban vacías y heladas. El niño hacía mucho que las había abandonado. ¿Dónde podía haber ido en una noche como esa? Precisamente en esa noche, en que la Dama acechaba por la zona... - Maldición... - Tal vez debió haberle dicho algo. Isaac sabía muy bien que no debía alejarse en noches como aquella, pero por lo visto el pequeño lo ignoraba. Y él se había descuidado, pensando que alguien criado en el norte tendría sin duda conocimiento de la leyenda del espíritu. La Dama de la Nieve, que acechaba a los incautos que se adentraban en la tormenta en noches como aquella, para robarles la vida. Rastreó con su cosmos la débil llamita que desprendía el niño, y le pareció percibir una respuesta, una especie de resonancia, en dirección norte. Hacia las planicies de hielo. ¿Qué le habría impulsado a ir allí, precisamente? Si la Dama lo encontraba estaba perdido, y lo encontraría sin duda, si él no lo hallaba antes. El niño no estaba aún preparado para hacerle frente. Aún no. Cristal se puso en camino inmediatamente, en medio de la tempestad de nieve. El tiempo corría en su contra y tenía que rastrear una gran cantidad de terreno. Tenía que encontrar al muchacho, antes de que lo hiciera la Dama. * * * Hyoga no sabía en qué momento había dejado resbalar de su mano helada el atizador, ni cuánto tiempo llevaba andando en la ventisca. Todo se había vuelto lejano y difuso, y casi ni sentía ya el frío en las extremidades. Había comprendido al fin la insensatez que cometió, adentrándose solo en la tormenta, y lo inabarcables que eran aquellas llanuras de hielo. ¿En qué había estado pensando? Necesitaría mucho más que una simple noche para dar con el barco. Pero para ese entonces estaba ya completamente perdido. No tenía idea del rumbo que llevaba, ni del que había tomado desde hacía rato ya. Su mente empezaba a embotarse y caminaba como un autómata; debía seguir, ya no importaba donde. Debía continuar, no rendirse al cansancio que le tentaba. Si se paraba o cayera al suelo, se entregaría al sueño. Y sería un sueño eterno. De repente, le pareció ver una silueta delante de él, una silueta femenina que apenas se distinguía en la ventisca, de largos cabellos claros y vestiduras blancas. "Mamá", le sugirió su confusa mente. Y él aceptó la sugerencia de buen grado. Era sin duda su madre, que había venido a rescatarle de la tormenta. Mamá, con un vaporoso vestido y los rubios cabellos al viento, como solía aparecérsele en sus sueños, como en sus recuerdos infantiles. Sólo tenía que llegar hasta ella y entre sus brazos todo estaría bien. Entre sus brazos la ventisca quedaría atrás; ella le besaría y acunaría, como solía hacer. Llegaba casi a su lado, podía tocarla. Estaba helada, pero eso era normal, nevaba... ¿o no lo hacía? Todo era confuso, y muy blanco. Ya no sentía el frío... La mujer lo abrazaba, sí, como lo abrazaría su madre. Y él la abrazaba a ella. Elevó su carita hacia la blanca y helada tez, de belleza sobrenatural y claros ojos, cuya frialdad él no podía percibir. - Mamá... - Susurró con alegría infinita. - Mamá. La cara de la mujer se tornó una máscara de sorpresa, para el desconcierto de Hyoga. Luego dirigió la mirada hacia el sur, como si percibiera algo por encima de la cabeza del pequeño que abrazaba. Lo miró de nuevo y sonrió, pero ni ese gesto tan humano dio calidez a sus facciones. Ella estaba hecha de nieve y hielo por completo. - Tan joven... tan hermoso... Hoy te dejaré partir... Otro día, quizá volvamos a encontrarnos. Tal vez... en otra ocasión... Su voz era como el sonido del viento. Hyoga no entendía nada. ¿Por qué no lo besaba su madre? ¿Qué le pasaba? La mujer desprendió sus brazos y lo apoyó en la fría nieve, que era sin embargo cálida comparada con su piel. Hyoga perdió el sentido. * * * Cristal recorría como una centella la helada superficie, guiándose más con el instinto y el cosmos que con los ojos. Al fin le pareció vislumbrar algo ante él, en la misma dirección en que percibía el débil cosmos de su alumno. Sí, allí estaba el niño, tendido en la nieve. Y la Dama se cernía sobre él. Pero Cristal estaba seguro de que Hyoga aún vivía, podía percibir su energía. Había llegado a tiempo. - ¡Deteneos! ¡Alejaos de él! - Exclamó presa de una mezcla de miedo y alivio. La hermosa y blanca faz femenina se limitó a contemplar su aproximación, sin hacer ningún amago de acercarse a su vez al cuerpo inmóvil. Cristal comprendió que llevaba tiempo allí, que lo esperaba, y que si hubiera querido matar a Hyoga, él llegaba tarde. Cuando su figura se alzó a los pies del muchacho, la Dama se dio la vuelta y comenzó a alejarse con la ventisca. Cristal dudo, pero la curiosidad pudo más. - Esperad. ¿Por qué no lo habéis matado? - Dijo elevando a Hyoga con facilidad en sus brazos. Aún respiraba. - ¿Preferirías que le hubiera quitado el aliento vital, señor del hielo? - Respondió ella con una voz que era como el gemir del viento. - Era joven. Dejemos que viva. - Los padres de Jacov eran también jóvenes, y os les llevasteis. Por ellos no sentisteis piedad. Nunca habíais sido misericordiosa... La Dama rió, y su risa fue como el tintineo del hielo al quebrarse. - Y sigo sin serlo. Llámalo un capricho, si lo deseas. Pero ahora que sé que el cachorro es uno de los tuyos, me alegro de no haberlo tocado. Será como yo. Tú le enseñarás a sembrar la muerte por medio del frío, Maestro, al servicio de ese espíritu tuyo del sur. - Ella es una diosa, no un espíritu. Y también le enseñaré a tener misericordia, no sólo a matar. Y si mata lo hará en alas de la Justicia - Cristal elevó la voz con tono desafiante. - A ella la llamáis diosa y a mí demonio, pero ambas os traemos la muerte. Cree lo que quieras, a mí me da lo mismo.- La fantasmal figura se encogió de hombros y su tono se volvió malicioso.- Tú seguirás aquí, sin pisar las tierras cálidas. Tú te quedarás aquí hasta que tu tiempo se agote, y entonces llegará otro para reemplazarte. Otro que será como tú, que no vestirá armadura alguna, que no matará ni alcanzará honores. Otro que perpetuará la técnica del Hielo que Mata y enseñará a otros a matar con ella. - Habláis sin sentido, Dama de la Nieve. - Contestó Cristal con tono cada vez más frío. Bastante del "sinsentido" del espíritu sonaba le sonaba muy cierto, y eso le molestaba. - Tantos siglos de errar por las tierras heladas os deben pesar. - Tú sólo enseñas, no matas, por eso el hielo no te ha matado a su vez. Pero quien te enseñó a ti está muerto por dentro, y también lo estará tu discípulo mayor algún día. Y él.- Señaló a Hyoga con mano blanca y delicada; fantasmagórica. - Volveremos a encontrarnos en otra tormenta, Maestro del Hielo. Cristal sintió escalofríos que nada tenían que ver con el viento cargado de nieve, mientras la Dama se alejaba hasta fundirse con el blanco paisaje. "No." Prometió mentalmente al demonio, apretando contra sí el gélido cuerpecillo. "No será así..." * * * - Maestro, ¿qué ha pasado? - exclamó Isaac cuando Cristal irrumpió en la habitación, portando el cuerpo de Hyoga. El niño tenía los labios y las uñas moradas. Isaac se apresuró a traer todas las mantas que había en la cabaña. - Lo encontré en medio de la tormenta, se había dormido ya. - ¿Se recuperará? -. El tono de Isaac era ansioso. No deseaba perder otro compañero más, no ahora que le había tomado tanto cariño. No deseaba volver a quedarse solo. - Eso espero, es fuerte, y haré lo que pueda con mi poder... - Cristal sonrió al preocupado muchacho y le tendió una de las mantas que éste había traído.- Será mejor que vayas a dormir a mi habitación, Isaac. Mañana te levantarás temprano para entrenar, esté recuperado o no. Isaac miró dubitativo a la inmóvil figura helada entre las pieles, con obvios deseos de desobedecer, pero su sentido práctico se impuso. Allí no lograría hacer nada por su amigo, y sí molestaría a su instructor. Inclinó la cabeza antes de alejarse. - Sí, maestro. * * * Hyoga despertó un día después, pensando en el extraño sueño que había tenido. En él corría de noche en medio de una tormenta, buscando a su madre, y cuando la encontraba, no era ella. Era una fría mujer de hielo que le sonreía, y lo dejaba tendido en medio de la llanura nevada. Incorporándose entre sus mantas, se felicitó por haberse dormido y no haber llevado a cabo su descabellado plan de fugarse la noche anterior, como pretendía. Ese sueño era como un mal augurio. Otra vez sería, pensó, agitando los claros mechones de cabello con pesar, cuando fuera lo suficientemente mayor y fuerte como para que no le pasara lo que en el sueño. Recordó súbitamente que le tocaba a él preparar el desayuno esa mañana, al contemplar las mantas ya vacías de Isaac, y escuchar la sonora protesta de su estómago vacío. Se sentía extrañamente débil. El Maestro le asignaría tareas extraordinarias de la casa si olvidaba una de las que le correspondía realizar. Y eso significaría que Isaac dispondría de más tiempo libre para entrenar y él nunca podría igualar su nivel... Entró con premura en la amplia sala central, con su gran mesa de madera y bancos alrededor, que servía de cocina, comedor y aula de clases, a un tiempo. Estaba desierta. La luz entraba oblicua por la ventana de oriente y se oían voces fuera, que indicaban la presencia de su pequeña y peculiar familia. Estaban cortando leña. Eso significaba que no se había dormido tanto... ¿por qué no lo había despertado Isaac como todos los días? Se dirigió al enorme hogar para reavivar el fuego, y al ir a agarrar el atizador y remover las cenizas restantes de la noche anterior, no lo halló. Hyoga sintió que su corazón se helaba, y supo con certeza que la herramienta reposaba, cubierta por una gruesa capa blanca, muchos kilómetros al norte. En la región donde moraba aquella extraña mujer de la tormenta. La mujer de la nieve. "Te encontré cuando estabas congelado FIN
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| Notas: Dedicado a Nath, por su cumpleaños. ¡Felicidades! Este fic está basado en un personaje de la mitología japonesa, aunque no narra exactamente su leyenda. Yuki Onna (literalmente, Mujer de Nieve) era un hermoso demonio japonés del hielo, y seguro la habéis visto en varios mangas y series de anime. Este demonio robaba el aliento vital de aquellos infortunados que eran sorprendidos por una tormenta de nieve. Una noche, se encontró con un leñador y su joven aprendiz, en medio de un vendaval. Mató al anciano, pero sintió lástima de la corta edad del joven y lo dejó ir, haciéndole prometer que no relataría la experiencia a nadie. (¿Querría conservar su reputación de demonio malo malísimo? ^^U). Cuando el aprendiz creció, se caso con una bella mujer forastera que encontró un día en su pueblo. Pasaron felices muchos años juntos y tuvieron hijos. Un día, el aprendiz de leñador le relató lo sucedido aquella extraña noche, que él creía ahora un sueño. La mujer, que no era otra que Yuki Onna, montó en cólera y lo abandonó, perdonándole la vida sólo en consideración a los hijos que habían tenido juntos. Los cuatro últimos versos son la traducción muy libre de una canción que se hallaba junto a la leyenda, en internet. No especificaba autor, ni compositor, ni nada. |