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¿Sabeis decirme cómo nacieron las armaduras de Atenea? ¿De quién fue la feliz idea de que fueran ochenta y ocho y no noventa? Bueno, yo puedo contarlo; al estar siempre corriendo de un lado a otro llevando mensajes de aquí para allá me entero de muchas cosas, lo quiera o no... Además, tengo algo que ver en la historia. ¿Qué quién soy yo?
Yo soy Hermes.
¿Cómo que qué Hermes? ¡Por las negras aguas de la Estigia! ¡HERMES EL DIOS! Ah, Zeus, la memoria de los mortales ya no es lo que era... Bueno, pues si, soy Hermes, el mensajero, el heraldo de los dioses. Algunos también me llaman dios de los ladrones. Todo depende de como quieras mirarlo. Si crees que coger prestado el rebaño de tu hermano cuando no lo está usando es robar y no gastar una broma, pues entonces supongo que es robar. La gente no entiende que yo era joven... apenas tenía horas de vida... Tienes un pequeño desliz y te lo recuerdan de por vida... y en las otras sucesivas. En fin.
Atenea siempre ha sido la hija favorita de Zeus. Todo el mundo lo sabe, así que no me miréis con esas caras. Además, no me molesta, de verdad que no. Al no ser el favorito se te mira menos y te permiten hacer más cosas, tienes más libertad (y eso a mi me viene muy bien). Atenea siempre tenía hora fija para volver al Olimpo, mientras que
yo tenía plena libertad para andar por ahí... Además, si os digo la verdad a un hijo "ilegítimo" de Zeus (no es un insulto, es mi caso, el de Atenea, el de Apolo o el de
Artemis) le interesa más llevarse bien con Hera. La Señora del Olimpo tiene mal genio y no soporta las infidelidades de mi padre, y mucho menos sus frutos, pero yo le cai en gracia desde el principio (incluso me amamantó cuando era un bebé, para que os hagáis una idea). Apolo está celoso y dice que soy un enchufado... A él le intentó matar nada más nacer pero, claro, él no tiene mi encanto. Es muy guapo, muy atractivo, muy sabio y todo lo que tu quieras, pero Hermes sólo hay uno...
Ejem... Se me había olvidado advertiros que soy el dios de la elocuencia. Así que no os extrañe si me enrollo un poco. Bueno, a lo que iba.
La verdad es que mi hermana Atenea ha sido siempre un encanto de muchacha, siempre haciendo el bien y ayudando a los demás; mi padre siempre me dijo que tomase ejemplo de ella, pero soy un dios débil y joven... En fin. Es cierto que a veces es presumida, y que otras tiene mal genio, pero no tanto como Apolo o
Artemis, que son capaces de acabar con una ciudad a flechazos ellos solos cuando se levantan con la túnica a cuadros. Bueno, eso, que es muy buena chica, con muy nobles ideales y siempre pensando en el bienestar de la raza humana. Por eso Zeus decidió recompensarla y se le ocurrió crear un cuerpo especial, a los que llamó "Santos de Atenea". Luego llegaron los cristianos y los llamaron "Caballeros de Atenea" para no confundir los términos. Pero yo os digo que "santos" es una palabra que ya usábamos los griegos para definir a los que defendían a los dioses (o sea, a nosotros).
Bueno. Pues mi padre decidió crear a los caballeros, y se fue directamente a hablar con Hefesto que andaba muy atareado en su fragua. Yo no estuve allí, pero puedo imaginarme que fue lo que dijeron, más o menos sería una cosa así:
- Hefesto, deja de hacer lo que quiera que estés haciendo, que tengo algo muy importante que decirte -dijo Zeus. Mi padre siempre va al grano, y si no lo hace es que va a pedirte algo muy peliagudo. Yo lo se muy bien.
- Como digáis, oh, padre -dijo el dios de la fragua. Si, eso diría el bueno de
Hefesto. Pero realmente estaría pensando "Ya viene este pesado otra vez, como me diga que le haga más rayos para practicar puntería le mando a paseo..."
- He decidido crear un cuerpo de guerreros a las órdenes de Atenea -anunció Zeus.
- ¿Atenea? ¿No sería mejor para Ares? -preguntó Hefesto.
- Si se los entrego a Ares es seguro que los aprovechará para jugar a las batallitas contra cualquiera que se ponga por medio... -dijo Zeus.
- Si, mejor para Atenea, entonces. Ella lo usará con más cabeza -coincidió
Hefesto-. ¿Y para qué me necesitáis, oh, padre? -preguntó.
- Necesito que el más grande de los herreros cree las armaduras de esos guerreros -dijo Zeus con aire grandilocuente.
- ¿Y de cuantas armaduras estamos hablando? -preguntó Hefesto tras tener un mal presentimiento.
- Ochenta y ocho será su número. Cien son demasiadas y ochenta muy pocas; ochenta y ocho estará bien -razonó el todopoderoso Zeus.
- ¿Ochenta y ocho? ¿Y por qué no noventa?
- No me gusta ese número -dijo mi padre. Os lo digo yo: es único teniendo manías estúpidas.
Bueno, sigo con la historia. Podeis imaginar el susto de
Hefesto... ¡ochenta y ocho armaduras, ni más ni menos! Estaba a punto de mandar al dios de todos los dioses de vuelta a su trono cuando Zeus volvió a hablar. Y lo que dijo captó la atención de Hefesto de manera inmediata.
- Pero no serán armaduras corrientes, Hefesto. Deberán ser armaduras que resistan el fuego, el hielo, los golpes más terribles. Armaduras dignas del más grande de los guerreros, dignas de Teseo,
Jason, Aquileo, Odiseo o del mismísimo Heracles -Posiblemente a vosotros os suenen estos últimos más como Ulises y Hércules; lo entiendo, estos romanos le cambiaron el nombre a todo...- ¡Armaduras para canalizar el poder de los cielos!
Muchos creen que Hefesto es un simple herrero. Pero no es así, Hefesto es un artista; a su manera más grande incluso que mi hermano Apolo (por favor, no le digais que he dicho esto, Ap es muy orgulloso). Sólo tenéis que mirar los rayos de mi padre, el casco de Hades que confiere invisibilidad, la égida de Atenea, el escudo de Ares... ¡Incluso mis propias sandalias! Vamos, que el dios de la fragua es el más grande artesano de todos los tiempos. Y, como a todos los artesanos, le encantan los retos. Y esas armaduras lo eran. Las ideas ya empezaban a agolparse en su cabeza. Puede ser un tipo feo, pero os aseguro que es casi tan inteligente como yo.
¿Presumido? ¿He oído a alguien llamarme presumido? ¡Eh! Sal aquí y dímelo a la cara... Encima que os cuento la historia así me
pagais, mortales desagradecidos...
Bien, bien... ¡disculpas aceptadas! Ya sigo.
En fin, que Hefesto estaba teniendo muchas ideas mientras mi padre no dejaba de cantar las maravillas de su idea
(habeis leido bien, cantar y no contar... tiene muy buena voz), lo grandes que serían y todo lo demás. Cuando Zeus se emociona, creedme, pierde el sentido de la realidad.
- ¿Habéis dicho que canalizarán el poder de los cielos? -preguntó
Hefesto. Zeus dejó de hablar y asintió, después de pensar un momento-. ¿Como?
- No lo se -admitió mi supremo padre con un supremo encogimiento de hombros-. Era una forma de hablar.
- Vos sois el dios del cielo, mi señor -dijo Hefesto-. ¿No podríais inventar algo? Esa idea del poder de los cielos suena bien...
- Mmmm... supongo que si. Algo se me ocurrirá -dijo Zeus-. Pero necesitaré pensar un rato.
- Lo entiendo, mi señor -dijo Hefesto-. Yo voy a comenzar a trabajar en los diseños de las armaduras. Podrían... No se... Podrían ser de varios tipos dependiendo del rango del guerrero...
Mmmm... ¿Oro, plata y bronce, como las edades? -preguntó el dios artesano, emocionado. Pero lo hizo al aire, puesto que Zeus ya se había marchado.
Mi padre rumió el tema durante, al menos, dos días, pero no se le ocurría nada. Cuanto más tiempo pasaba, más en blanco tenía la mente, y eso le hacía ponerse de mal humor. Y el mar humor de Zeus se transcribe en tormentas y tempestades sobre la faz de la tierra. Precisamente a mi me pilló una de esas mientras andaba entre los mortales (es muy raro que me encontreis en el Olimpo, chicos, siempre estoy por aquí abajo). Bueno, que acabé empapado de pies a cabeza y sacando a gente de un río desbordado (soy buen chico, aunque no os lo
creais). Así que, para prevenir más desgracias corrí al encuentro de mi padre, que tenía un divino dolor de cabeza (divino por lo de dios, no por que fuera agradable).
- Padre, ¿que os ocurre? -pregunté. El me miró con mucha tristeza.
- Mi mente... está vacia.
- Vaya una novedad... -dije. Juro que apenas murmuré, pero mi padre me escuchó.
- ¡Hermes! ¡Que te he oído!
- Sabeis que es una broma, mi señor -dije inmediatamente con mi más cándida voz y la mejor de mis sonrisas, aquella con la que derretí el corazón de
Hera-. Vuestra mente siempre está llena de proyectos y trabajando de manera tan tempestuosa como vuestro propio poder.
Llamadme pelota si queréis, pero no podeis negar que hablo bien, ¿eh? Además, lo que dije era cierto. Siempre está llena de proyectos sobre cómo conquistar mujeres jóvenes y hermosas. La verdad es que mi mente también discurre por esos derroteros de vez en cuando, así que no puedo culparle.
- Si, hijo mío. Así es -dijo sin ningún rencor. Ya me lo había ganado-. Y el proyecto que me ocupa es grandioso.
- ¿De qué se trata? -dije.
- No puedo contártelo, Hermes -dijo él-. Es un secreto.
Secreto. ¿No estais de acuerdo conmigo en que la misma palabra estimula la curiosidad? Pronunciadla conmigo: secreto. Es misteriosa, es interesante... Ah. Adoro los secretos. Sobre todo descubrirlos.
- Sabéis que podeis confiar en mi -dije. Zeus me miró como si no me conociese. Mucha gente me mira así cuando trato de ser buena persona... Cometes unos cientos de errores y te lo están recordando en todas tus vidas...
- ¿Desde cuando? -preguntó incrédulo.
- Siempre cumplo lo que me ordenais, padre -dije, planteando el asunto desde otro ángulo que me convenía más. Soy un experto en la materia-. Soy vuestro mensajero, vuestro heraldo. ¿Acaso no maté a Argos para liberar a Io porque vos así lo
pedísteis? -Esa es una de mis mayores hazañas, ya os la contaré-. ¿Acaso no escondí a mi hermano Dioniso de la furia de
Hera, aún jugándome la buena relación que tengo con ella, porque vos así lo deseasteis? Ordenad que mi boca no se abra para contar este secreto, y yo os juro por mi Caduceo sagrado que cerrada permanecerá.
Mi padre me miró y me estudió por un momento. Y, al final, me lo contó todo. No se si porque realmente se fiaba de mi o porque necesitaba contarlo. Me temo que fue más bien por lo segundo; por alguna razón no inspiro demasiada confianza... El caso es que me enteré de todo el asunto.
- Atenea se lo merece -dije finalmente. Era lo que realmente pensaba, no creais que lo hago para justificarme. Es mi hermana
y siempre la he tenido en gran estima. No tanta como a Ap, es decir, Apolo, pero casi-. ¿Así que quereis que tengan el poder de los cielos?
- Así es, pero no se como conseguirlo.
- ¿Por qué no usais las constelaciones? -dije yo. Era un concepto novedoso en aquellos días-. Sus estrellas podrían otorgar su poder a los guerreros, y las armaduras serían sólo una manera de canalizarlo... O más bien de protegerse contra el. Las estrellas brillan, se mueven, giran, irradian energía... Hay galaxias, nebulosas... Hay grandes cantidades de energía en el universo que podría ser transformada en...
No, no me estoy adelantando a mi tiempo con esa teoría.
Por si quereis saberlo, fui
yo quien inventó las matemáticas (ya se que muchos me odiáis por ello) y la astronomía, así que sabía
muy bien de lo que hablaba. Además, el hecho de que la mayoría de los griegos pensasen que el mundo era plano y que el sol giraba alrededor de la tierra no quiere decir que
nosotros los dioses pensásemos igual. Es sólo que dejábamos a los hombres avanzar paso a paso.
¿Pero qué queréis? ¿Que os lo demos todo hecho? ¡Os dimos cerebros para algo, caramba!
- ¡Por las aguas negras de la Estigia! -gritó mi padre-. ¡Eso es grandioso, Hermes! ¡Que gran idea has tenido!
Bien, ahora ya sabéis a qué dios le debeis la idea. Ya se que luego otros dioses de otras mitologías (y no miro a
nadie allá en el norte...) copiaron la idea. Pero es que por aquella época todavía no se había inventado el
copyright... Por cierto. Esto también lo inventé yo, ¿lo sabíais?
Ejem... ¿por dónde iba?
Ah, si.
Zeus me dio un abrazo de oso y se largó corriendo a la fragua de Hefesto para contarle la ocurrencia. Hefesto se mostró tan emocionado como mi propio padre. La idea de las constelaciones le dio la inspiración que necesitaba para construir las armaduras. Cada una tendría la forma de la constelación en cuestión, y se ajustaría perfectamente al cuerpo del guerrero. Además, continuó con su idea de crear tres rangos: hizo doce de oro...
Vale, vale. ¡No me
griteis, que no soy sordo! Ya veo que eso os lo sabeis muy bien. Pues nada, me salto esa parte.
En total, hizo ochenta y ocho armaduras. Las tuvo terminadas en un año, y en ese tiempo se dedicó exclusivamente a las armaduras de Atenea. Los dioses estaban bastante enfadados. Por ejemplo, Ares necesitaba una espada nueva, y Artemis se había quedado sin flechas de plata para cazar, con lo que tenía que hacerlo con flechas normales; los dos estaban que trinaban, pero Hefesto no les hizo caso. Para que veáis lo buena que es Atenea os diré que ella necesitaba una punta de lanza nueva, pero no se impacientó ni se puso a blasfemar (como
Artemis, menuda boca tiene), sino que esperó a que Hefesto terminara con lo que quisiera que estuviera haciendo.
Aquel gesto hizo que yo no dijese nada de nada sobre las armaduras. Quería que mi hermana se llevase una buena sorpresa, además de fastidiar un poco al resto de los olímpicos, que nunca viene mal
(je, je, je...). El caso es que fui capaz de guardar un secreto durante un año entero. Cuando lo cuento no se lo creen, no se por qué será.
Y llegó el día. Entre
Hefesto, Zeus y yo llevamos las armaduras al Olimpo y las colocamos muy bien, según su rango correspondiente, para que lucieran perfectas en la presentación oficial. Las doce de oro, las veinticuatro de plata, las cuarenta y ocho de bronce y las cuatro de un metal desconocido que Hefesto se empeñó en no revelar (secreto del artista, dijo).
Reunimos a todos los dioses (de eso me ocupé yo, como siempre) y dejamos a Atenea para el final. La engañé diciendo que tenía que enseñarle una nueva estatua en el jardín, o algo así, y me la llevé conmigo. Y fue en el jardín donde le esperaba la sorpresa. Zeus se ocupó de que el cielo estuviese despejado para que las armaduras reluciesen bajo el sol mientras él explicaba qué era todo eso y para quien era. Atenea lloró emocionada y juró que elegiría a los más grandes campeones entre los hombres para que llevasen esas armaduras, y que les haría jurar por sus vidas que las utilizarían solo para la causa del bien. Demostró tener mucha más inventiva que mi padre al desarrollar en aquel mismo instante cómo sería la orden en cuanto a rangos, código y comportamiento, donde residirían (Atenas, por supuesto), cómo sería su entrenamiento... Bueno, si es la diosa de la sabiduría será por algo, digo yo. Finalmente tuvimos que cortar su discurso porque se hacía tarde y los dioses tenían que volver a sus quehaceres.
Bueno, alguno de los dioses. En realidad muchos de ellos estaban muuuy celosos. Fue el caso de Ares, Poseidón y Hades, que también querían armaduras para ellos. Zeus estaba decidido a no entregar a Ares algo como lo que había regalado a Atenea, porque sabía que lo usaría mal; le convenció diciendo que un dios tan poderoso y fuerte como él no necesitaba simples mortales para que le protegieran. Eso sólo era para nenazas. Ares (que siempre va de macho por el mundo) pareció quedarse conforme con aquello y se marchó (aunque luego sabemos que ha hecho varios intentos por apoderarse de la Orden de Atenea; yo creo que nunca lo superó del todo).
Pero convencer a Poseidón y a Hades no iba a ser tan fácil; además, son sus hermanos, entendedlo. Tuvo que ceder, no le quedó más remedio. Más tarde la cosa se desmadró un poco, y otros dioses consiguieron armaduras para sus servidores (o la promesa de unas, ya que Hefesto no daba más de si).
Yo, la verdad, no fui uno de ellos. A mi no me importaba mucho, la verdad, porque no suelo tener mucho tiempo para ocuparme de estas cosas (hacer de mensajero, de consejero, llevar las almas al
inframundo, proteger a los caminantes, presidir los encuentros atléticos, ir a las convenciones de astrología, inspirar la mente de los matemáticos, todo esto si olvidar reencarnarme cada doscientos años... no, no tengo mucho tiempo libre).
Tener guerreros a tu cargo implica una responsabilidad grande, ¿no? Y a mi la palabra responsabilidad de produce picores y malestares varios... Además, ¿qué haría yo con caballeros a mi cargo? ¿Llevarles detrás de mi para que me sujetasen el Caduceo? ¿Que me abrillanten la armadura? No me parece demasiado digno...
Además, seamos realistas. ¿Yo? ¿Con guerreros a mi cargo? ¡Si yo no se pelear! En todo caso golpearía con el Caduceo, aunque de poco me serviría ya que es un instrumento para repartir bendiciones, y no daño...
Es más. odio la guerra, a mi me va mucho más el rollo embajador y diplomático. Se reúnen a las partes interesadas y, por medio de reuniones y acuerdos varios, se llega a un punto común para detener el conflicto; si es necesario engañar para detener el conflicto, pues se engaña. El caso es que pare. Por desgracia, el "modo Hermes" está perdiendo mucha popularidad en favor del "modo Ares", es decir: "¡No me importa lo que digas! ¡Lo que yo quiero es
sangre! Tu sangre, a poder ser."
Pero no sólo odio la guerra por eso. No debería decir esto, ya que mi reputación va a quedar dañada para el resto de la eternidad... Pero haré de tripas corazón y seré sincero por primera vez en mi vida. Me gustan los mortales. Si paso tanto tiempo fuera del Olimpo no es porque tenga tantas cosas que hacer (que las tengo, no
creais); es porque me gusta estar en la Tierra. Me gustáis, qué queréis que os diga: vuestra fuerza, vuestras emociones, la alegría, la tristeza, cómo superais constantemente los retos que se os plantean... Y la guerra acaba con todo eso.
Yo, de haberme reencarnado en los sesenta, fijo que sería
hippie... "Haz el amor y no la guerra", es un buen lema. Sobre todo la primera parte...
Ejem... bueno.
Pues esta es toda la historia de cómo se crearon las armaduras de Atenea. Puede que os suene todo nuevo, pero yo os juro que es verdad...
¿O no?
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