El Síndrome de Eco

por Verena

 

          Enfermería del Santuario, un día cualquiera de verano.

  - Menudo calorazo que hace aquí... - dijo Verena por decimosegunda vez en lo que iba de tarde-. Nath... vamos a cerrar el chiringuito y nos bañamos en la piscina, ¿sí?

  - No podemos, ¿y si se pone alguien enfermo? - respondió Natharell.

  - Te echarán las culpas a ti ya que nadie espera que yo cure nada...

          Nath dirigió una mala mirada a su irresponsable compañera.

  - Míralo de este modo.. si se pone alguien enfermo le decimos a Hyoga o a Seiya que nos traigan a la velocidad de la luz y listo.

  - Ummm... - la idea de refrescarse empezó a resquebrajar el sólido muro que era el sentido de la responsabilidad profesional de la enfermera titulada.- ¿Desde hace cuando hay una piscina en el Santuario?

  - Los nuevos aprendices somos una pandilla de vagos (menos Dey, pero no cuenta, porque ya sabemos para qué entrena). -Nath asintió siguiendo la conversación de su compañera-. Como nadie quiere entrenar con el calor inundaron el agujero del Coliseo. No me preguntes cómo.

  - No lo iba a hacer... Es más, prefiero no saberlo. No sé, Verena... 

  - Hyoga, con un bañador ceñidito, mojado... 

          Los ojos de Nath se iluminaron y Verena supo que había ganado la discusión. 

  - Hecho... ¡pero tú ocúpate de Seiya sólo que te conozco! ¡Lejos de mi ruso! 

  - Por supuesto... Ni que yo fuera por ahí babeando chicos ajenos, que poca confianza hay en el mundo... 

          Así que ambas jóvenes colgaron el cartel de 'cerrado por restauración' (después de descartar los 'cerrado por limpieza', 'cerrado por visita domiciliaria' o el siempre últil 'cerrado' a secas) y se fueron a buscar a sus respectivos caballeros.

  - ¡Hola chicos! -dijo Nath al encontrarles-. ¿Os venís a daros un baño? 

  - ¿Un baño? -dijeron ambos a la vez. 

  - Sí, en el Coliseo... digoo.. la piscina.. 

  - ¿Piscina? -volvió a inquirir Hyoga. 

  - Lo han llenado con agua, creo que incluso han colocado tumbonas alrededor. 

  - ¡¡Estupendo!! -exclamó Seiya-. ¡Vamos para allá! 

  - Err, cariño,... ¿y no seria mejor primero ir por los bañadores? 

  - ¿Bañadores? 

          Las dos chicas suspiraron e intercambiaron una mirada. ¿Por qué los caballeros tenían que repetirlo TODO

          Después de una magnífica tarde al sol y a remojo, de vuelta en la enfermería, Natharell y Verena se pusieron a discutir lo del 'Síndrome de Eco', como lo habían dado en llamar. Era uno de los estudios que habían proyectado hacer hacía mucho... uno de los muchos estudios que no les dejaban empezar. Total, solo porque implicaba unos cientos de estudios sobre los caballeros. Casualmente, los más atractivos del Santuario. Y, por supuesto, para descartar errores, debían repetir el estudio... Dos o tres veces...

          ¡El mundo no apreciaba la ciencia! 

  - ¿Queréis saber por qué los caballeros lo repiten todo? -sonó una voz masculina a su espalda.

          Verena dio un respingo y se volvió, para descubrir a Hermes recostado lánguidamente en el marco de la puerta. El dios sonrió a modo de saludo. 

  - Ahora mismo me conformo con que mi corazón deje de latir a cien por hora... -dijo Verena llevándose una mano al pecho. - ¿No sabes avisar antes de 'aparecer' sin más? 

  - Ya deberíais estar acostumbradas a los sustos... viviendo en el Santuario de Athy -contestó el dios, penetrando en la estancia como si esta fuese suya. 

  - Y más si tenemos en cuenta que nos toca visita del CAV/CAN día sí, día también... - suspiró Nath. 

  - ¿Sabes el por qué del 'Síndrome de Eco'? -preguntó Verena a Hermes con los ojos en forma de corazón. 

  - Oh, por favor, querida... Yo lo sé todo -contestó éste, con autosuficiencia. 

  - Y si no lo sabe se lo inventa -murmuró Nath, lo suficientemente alto para ser oída, por supuesto. 

          El dios, ignorándola, se sentó en una de las mesas de la enfermería, los pies apoyados en una silla, y se aclaró la voz. 

  - Ponéos cómodas -les indicó.  Verena se apresuró a obedecer, poniéndose cómoda bien cerca del dios. Nath suspiró otra vez, pero también se sentó-. En los tiempos mitológicos los seres no mortales vivíamos entre los humanos. Había sátiros y sirenas, gigantes y cíclopes... y por supuesto las ninfas. ¿Que qué es una ninfa? 

  - Ya sabemos lo que es una ninfa... 

  - Estoy dándole dramatismo a la historia, e interrumpir es de mala educación, Natharell. -Hermes adoptó un tono aleccionador mientras agitaba el dedo índice en dirección a su ahijada, que puso los ojos en blanco-. Las ninfas son espíritus asociados a la naturaleza, normalmente a un bosque, un árbol, una fuente o un arroyo. Suelen tener la forma de muchachas hermosas. Imagina a la chica más bella del mundo, más bella que todas las Top Model juntas... ¿Lo imagináis? -Ambas asintieron-. Pues esa criatura sería horrible en comparación con la hermosura de una ninfa. Qué tiempos aquellos... -suspiró Hermes, con la mirada de color indefinido casi perdida-. ¡Ya no se dejan ver! -les dijo a sus oyentes.

  - ¡Oh, fatalidad! Con la fama de fáciles que tenían. No hay dios que no se haya liado con al menos tres de ellas... -apuntó Nath con un resoplido. 

  - En la antigüedad nos aburríamos mucho y hacía mucho frío, tenéis que comprendernos. El fútbol no se había inventado, no teníamos televisión, ni internet ni esas cosas que tenéis ahora vosotros. Teníamos que dedicarnos a otras cosas para pasar el rato -dijo el dios, como si tal cosa.

  - Es totalmente comprensible -dijo Verena, con una sonrisa bailándole en los labios.

  - ¿Verdad? Tu si que me entiendes. En fin, volvamos a mi historia. Existió tiempo ha una ninfa llamada Eco, que vivía en su bosquecillo, cercano a la ciudad de Atenas. La Atenas del Santuario de Atenea, sí. Nuestra pobre ninfa tuvo la mala fortuna de ser testigo de una de las muchas infidelidades de Papi Zeus... Pero, no contento con ello, el infortunio se cebó en ella e hizo que Mami Hera la interrogara al respecto. La diosa Fortuna puede tener muy mala idea a veces, ¿sabéis? Recuerdo una vez que...

  - Hablábamos de Eco, Hermes -le recordó Nath, que sabía muy bien la tendencia del dios a irse por las ramas.

  - ¿Qué? Oh, cierto. Aunque lo que iba a contar era una buena historia -les aseguró Hermes. Se apartó un mechón de pelo de la cara y continuó-. Muy bien, imaginaos la situación: de un lado tenemos al más poderoso de los dioses, con muy mala uva, dicho sea de paso, rayos, truenos y demás zarandajas. Del otro la más irritable de las diosas, con una muy justificada fama de tener mala idea y ser muy, pero muy vengativa... 

          El énfasis de Hermes consiguió que sus dos oyentes se hicieran cargo de la situación inmediatamente. 

  - La opción de 'sólo hablaré en presencia de mi abogado' aún no había sido inventada. De hecho los abogados aún no habían sido inventados. Así que la pobre Eco eligió encubrir a Zeus, que era más grande y fuerte. Y, la verdad, porque padre impresiona más que Hera a primera vista. La diosa por supuesto terminó enterándose. Y yo no tuve nada que ver, lo juro -se adelantó el dios al ver que Natharell abría la boca-. Y, como la ninfa no había hablado para ella, Hera condenó a Eco a no hablar ya nunca más, sólo a repetir las últimas palabras que los otros pronunciaran -añadió Hermes, reprimiendo un escalofrío. 

  - Lástima que no lo emplearan con alguien que yo me sé... - suspiró Natharell. El dios la fulminó con la mirada, a lo que ella respondió sin inmutarse.

  - ¿Puedo continuar? Gracias. Y hete aquí que así iba Eco por el mundo.. Repite que te repite, sin enterarse de nada. Un día, cuando vagaba por los bosques, vio a Narciso. Éste era un joven muy bien plantado... Y dejad de mirarme así las dos, no tuve nada que ver con él. 

  - Sí, sí, lo que tú digas... -dijo Verena con tono burlón. 

  - ¿Por que nadie me cree nunca? -preguntó el dios-. Es en serio. Nada de nada.. Además, el chico estaba demasiado pagado de sí mismo y nadie le parecía suficientemente bueno para él.... 

  - Vamos, que te dio calabazas... -dijo Nath. Ambas chicas prorrumpieron en carcajadas. 

  - ¡Nada de eso! Y luego hablan de la crueldad de los dioses... Seguid comportándoos así conmigo y no termino la historia -dijo el dios, haciendo un puchero.

  - Perdón. 

  - Por favor, continúa. 

          Después de un poco más de peloteo, Hermes continuó, relatando que la ninfa Eco se acercó a Narciso, y que tuvieron una conversación que, según el dios, fue más o menos así:

  "Déjame sólo, muchacha, ¿No ves que me estorbas?"

  "... Me estorbas..." 

  "¿Que yo te estorbo? ¡Vamos, no digas tonterías!" 

  "... Tonterías..." 

  "Eres una insolente, no sabes quien soy yo... Si supieras que estas en frente de un gran guerrero aprenderías a tenerme más respeto."

  "... Más respeto..." 

  "Eso esta mejor. Y ahora márchate y déjame en paz.. ya no me queda más que decirte. Adios."

  "... adios..." 

  - Y así la pobre Eco fue rechazada -dijo Hermes, con un gesto triste-. La historia sigue. Narciso, al verse reflejado en el agua, se enamoró de su propio reflejo. Ya os dije que estaba muy pagado de si mismo -dijo Hermes. Las dos compañeras se miraron y rieron-. Al creerse rechazado por él, ya que la imagen de su amado desaparecía al agitarse el agua cuando se inclinaba para besarla, se suicidó.

  - Esa historia ya la sabía -dijo Verena.

  - Por supuesto que si, es lo que nos dicen los mitos -dijo Hermes, con cierto desprecio en la voz-. Pero es mi deber, como dios bondadoso que soy, sacaros a ambas de la ignorancia y revelaros que la realidad es bien diferente. Porque, como comprenderéis, se puede ser tonto, pero no tanto. El chico se unió a las hordas de idiotas que siguieron a mi hermana Atenea cuando... -El dios se interrumpió ante la mirada ofendida de sus dos oyentes, ante las cuales solo esbozó una sonrisa que intentaba ser inocente. Se quedó en eso, en un intento, y el dios lo sabía bien -. Oh, disculpad. No quería decir 'idiotas', quería decir 'guerreros'. En verdad que no puedo entender cómo he podido cometer ese error... -acabó Hermes, con todo el descaro del mundo.

  - Seguro que si -comentó Verena, con los brazos cruzados sobre el pecho.

  - Más te vale -dijo Nath.  

  - En fin. Narciso se unió a las hordas de Athy cuando la dio por empezar a guerrear con todos los dioses que se le ponían a tiro. Eco, enamorada como estaba del muchacho, decidió no separarse de él nunca más. Abandonó su forma corporal y se introdujo en las bocas de sus compañeros, y por eso los caballeros de Atenea repiten todo lo que oyen. 

          Las dos chicas se quedaron por un momento calladas mirando a Hermes. 

  - ¡Menuda tontería! 

  - ¡Te lo acabas de inventar todo! 

          El dios sonrió, adquiriendo una expresión de absoluto bribón, y guiñó un ojo. 

  - Puede que sí, puede que no... Eso nunca lo sabréis con certeza. Pero, ¿verdad que soy un excelente narrador? 

          Verena asintió fervorosamente mientras Nath enterraba la cara entre las manos en signo de desesperación. 

          Hermes no tenía remedio.