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Toledo, septiembre de hace... un par de años.
Enfermería Infantil.
Ese había sido mi ogro durante todo el tercer año de carrera, en mi último año. Tanto era así que me había visto obligada a dejarla para septiembre, perdiendo así todo un verano de posibles ofertas de empleo (por no decir de tardes tumbada en la piscina...). De todos modos no había estado tan mal, salvo aquella asignatura lo había aprobado todo, quizás no con notas brillantes, pero suficientes para pasar y conseguir el título.
Después de un verano de hincar codos y de perderme tardes en la piscina, ya me encontraba sentada en la Plaza de Padilla, después de terminar el examen de Infantil. No me había salido mal, estaba casi segura de que aprobaría.
Sonreí. Cualquiera que hubiese pasado por allí me hubiera tomado por tonta, puesto que sonreía aún estando sola en el banco de piedra. Pero es que me estaba acordando de Lucía, una amiga de una compañera de clase a la que me había encontrado días atrás y que me había augurado buen final en mi examen.
Lucía siempre había sido medio bruja, o eso era lo que me contaba mi compañera sobre ella. Decía que solía acertar siempre en sus predicciones. No es que yo creyese mucho en estas cosas, era más bien escéptica, pero lo cierto es que siempre me dejaba alucinando. Lucía debía saberlo, y por eso cuando me la encontré tres días antes del examen, además de su augurio me entregó un amuleto. Un prisma de cuarzo blanco colgado de una cadenita. Con un extraño brillo en la mirada, me dijo que eso me traería suerte. Debió ser ese brillo lo que me impulsó a coger el colgante, no sin antes prometerle que se lo devolvería en cuanto terminase el examen.
Por eso estaba allí aquel día, había quedado con ella en Padilla para devolverle la piedra. Lucía había dicho que ya no la necesitaba, pero yo había insistido. Y al final quedamos.
Pero se estaba retrasando. Media hora de retraso. Eran las dos y media de la tarde y yo tenía un hambre que me moría. Mi desayuno había sido más bien inexistente, debido a mis nervios; todavía hacía calor aquel día de septiembre, y ya me estaba temiendo una buena hipoglucemia...
Lucía era medio bruja. Una medio bruja muy impuntual.
¿Cómo se evita una hipoglucemia? Comiendo. Busqué en mi eterna mochila, la que tiene más años que Matusalén, aquella que siempre llevo conmigo y que normalmente siempre contiene el libro que me estoy leyendo en ese momento, un cuaderno lleno de dibujos estúpidos, un par de lápices y bolígrafos y algo de comer, todo revuelto sin orden ni concierto. Pero mi mochila me traicionó aquel día. No había nada que llevarse a la boca.
- Ni un mísero caramelo... -murmuré con tristeza, sintiendo lástima de mi misma y de mi estúpida decisión de hacer régimen para perder la cantidad de kilos que me sobraban.
- ¡Al fin te encuentro! -dijo una voz, muy cerca de mí.
Pegué un respingo. Bueno, quizás sería más exacto decir que pegué un salto, pero queda más bonito respingo. Me giré en redondo y me encontré con un tipo de pelo oscuro y rizado, vestido con una extraña armadura plateada... ¿o era oro blanco? Mmmm... no lo sabría decir con seguridad. De todas formas, me giré otra vez, echando un vistazo a mi alrededor. Salvo ese sujeto y yo, no había nadie más en la plaza.
- ¿Es a mi? -pregunté, de todas formas, mientras intentaba no echarme a reir.
La apariencia del chico era realmente extraña. Bajo la armadura llevaba una túnica corta que le llegaba por encima de las rodillas, muy al estilo grecorromano que había visto en las películas. Además llevaba unas extrañas sandalias que como remate tenían alas en los tobillos. Ahora que me fijaba, el yelmo de la armadura, más bien una diadema, también tenía alas, y portaba un extraño bastón con dos serpientes enroscadas.
Cuando estaba en el instituto me había tocado hacer un trabajo sobre los dioses romanos; reconocí los atributos de aquel chaval. Pero también había estado ese mismo año de prácticas en un psiquiátrico... Este tío se creía que era... ¿Mercurio?
- ¿Ves a alguien más por aquí? -preguntó él a su vez, haciéndome volver a la realidad.
El brillo inteligente en sus ojos verdes (¿o eran azules?) me hizo comprender que estaba lejos de estar loco... ¿Y entonces? ¿Se había adelantado el Carnaval y yo no me había enterado? Pensé que mis niveles de azúcar me estaban jugando una mala pasada...
- Pues no... -respondí.
¡Pues claro que no! A las dos y media de la tarde la gente normal está comiendo, y no hablando con gente surgida de la nada vestida con armadura. Traté de recordar si con las hiperglucemias se veían alucinaciones. Sudores fríos, mareos...
- Exacto. Así que es evidente que te hablo a tí -dijo él-. Muy bien.
Vámonos.
- ¿Eh?
- Que nos vamos. Recoge tus cosas -dijo agarrándome del brazo.
- Esperaunpoco... ¿pero tú quien te has creído que eres?
- Hermes -contestó sin dudarlo.
Esto era demasiado surrealista.
- Ya sabes. Hermes, el dios.
- Ay, Dios -exclamé, llevándome una mano a la cabeza.
- Exacto.
- No. El otro Dios, el de las mayúsculas.
- Ah. Si, buena gente y tal. Un poco aburrido -respondió él encogiéndose de hombros-. Restrictivo, ya sabes. ¿Nos vamos?
- ¿Pero de qué estás hablando? ¿Ir? ¿Dónde? Y, lo más importante, ¿por qué estoy hablando contigo?
- ¿Quizás porque no hay nadie más aquí? -preguntó él a su vez, lo cual era una gran verdad-. Vamos al País de los Hiperbóreos. No tengo mucho tiempo, ya te explicarán las cosas allí. Soy un dios ocupado, compréndelo.
- ¡¿Pero de qué infiernos estás hablando?!
- De ir al País de los Hiperbóreos, ¿no me escuchas o qué? ¿Sabes lo que es?
- Pues no.
- El país donde mi hermano Apolo pasa el invierno. Antes iba cada diecinueve años, pero ahora se ha convertido en su residencia habitual después de que los mortales olvidáseis que existimos... tenéis una memoria de mosca... -dijo, sacudiendo la cabeza-. Tengo que llevarte allí.
- ¿Y eso por qué?
El tal Hermes suspiró.
- ¿Siempre haces tantas preguntas?
- Siempre que hablo con desconocidos que llevan armadura, no te fastidia...
- Veo que no tienes ni idea de lo que te estoy hablando...
- Eres muy listo, ¿verdad? -pregunté con ironía. A esas alturas de la conversación ya sabía que estaba soñando, que me había quedado dormida en algún momento, así que ya me daba igual.
- Pues si, lo soy -dijo Hermes, obviando mi tono sarcástico-. Está bien, te pondré al corriente ahora. Mi hermano Apolo me ha enviado a buscar a sus Sibilas.
- Pues muy bien.
- ¿Debo entender con eso que no sabes que es una Sibila?
- Un oráculo.
- ¡Ah! ¡Bien! No eres tan tonta como pareces...
¿Es blasfemia pegar en sueños a un dios en el que no se cree?
- Pues eso, que ando buscando a sus Sibilas. He encontrado nueve... llevo buscando a la Décima desde hace un montón de años.
- ¿Y?
- Y ya he dado con ella.
- Pues felicidades.
Hermes suspiró.
- La Décima eres tú -dijo, armado de paciencia.
Y yo me eché a reír a carcajada limpia. Era el mejor sueño que había tenido en mi vida. No podía creer que fuese tan imaginativa siendo de ciencias y después de haber tenido un examen.
- Claro que si. Y ya puestos también soy la próxima Dalai Lama...
- Oh, Zeus... ¿dónde han quedado esos tiempos en los que la palabra de un dios era ley? -se preguntaba Hermes, sacudiendo la cabeza. Acto seguido agarró la cadenita que colgaba de mi cuello y lo sacó, con tanta rapidez que apenas me di cuenta de lo que había hecho hasta que la piedra se quedó colgando, balanceándose delante de mis ojos-. ¿Qué es esto, entonces? -preguntó.
- ¿Un trozo de cristal? -pregunté yo-. ¿Quizás cuarzo?
- ¡Por las aguas negras de la Estigia! ¡Esto es un símbolo! -gritó-. ¡Es un símbolo de Apolo!
Había conseguido cabrear a Hermes, el dios más diplomático del Olimpo.
- ¡Es un símbolo de las Sibilas! -siguió gritando él-. ¡Esto es lo que indica que tu eres la Décima!
- ¡Eso no indica nada porque la piedra no es mía! -grité yo a mi vez.
Hermes se quedó quieto.
- ¿Cómo? ¿Cómo que la piedra no es tuya?
- Pues eso. Que me la han dejado para hacer un examen -dije yo-. La persona que me la dejo me dijo que me daría suerte.
- El símbolo de mi hermano reducido a simple amuleto para atraer la fortuna -murmuró Hermes sacudiendo la cabeza, sin podérselo creer-. ¿Dónde iremos a parar?
- Dímelo tú. Eres el supuesto dios -contesté yo, aunque sabía que la pregunta de Hermes era retórica. La mirada asesina que me lanzó me confirmó que no había esperado respuesta. Para ser un supuesto dios diplomático, tenía mal genio.
- ¿Y esa persona donde está? -preguntó después de respirar profundamente un par de veces para calmarse.
- Pues hace una hora que debería haberse pasado por aquí. He quedado con ella para devolverle la piedra.
- Ah. ¿Te importa si me quedo a esperarla? -me preguntó-. Ella debe ser la Décima.
Yo miré otra vez a todos lados, por si alguien me veía hablando con aquel tipo extraño. Pero no había nadie a esas horas. Incluso los "guiris" estaban comiendo, o tomando café o vete tú a saber qué; además, todo aquello no era más que un estúpido sueño. Así que, mientras esperaba despertar, me eché a un lado en el banco dejando espacio a Hermes para que se sentase, cosa que hizo. Se colocó bien la túnica para que no revelase nada que no tuviese que revelar.
- Bonita armadura -dije yo, para romper el silencio.
- Es divina.
- Si, no está mal.
- Divina por lo de dios.
- Ah -dije, asintiendo. Que conversación más estúpida. Ahora estaba completamente segura de que era un sueño-. ¿Y qué se supone que se hace en el país ese cuando la Sibila llega allí? -pregunté.
- Entrenar y aprender -dijo Hermes-. Desarrollar sus poderes como oráculo, aprender a baticinar el futuro por las señales de los cielos y todas esas cosas. Eso tendría que respondértelo Apolo. Al fin y al cabo las Sibilas están bajo su protección...
- Pero yo creía que las Sibilas eran oráculos de todos los dioses, no solo de Apolo. La de Apolo era... eeh... era...
Para que nos íbamos a engañar, no me acordaba del nombre.
- La Pitia, Sibila de Delfos -dijo Hermes-. Pues en cierto modo tienes razón, eran de todos los dioses. Eran. Como Apolo parecía ser el más dotado para la profecía, se quedó con todas las Sibilas con el paso del tiempo. Pero no te puedo contar nada más, puesto que yo no las protejo.
- ¿Y quién está bajo tu protección?
- ¿Bajo la mía? Pues aún nadie, pero todo se andará -dijo. No es que le estuviera prestando mucha atención, de todas formas-. Bueno, los comerciantes, los astrólogos, los deportistas, los viajeros, los matemáticos... -comenzó a enumerar fingiendo aburrimiento-. Pero en concreto no tengo sirvientes fieles, como Apolo con sus Sibilas o Atenea con sus caballeros o... ¿Estás segura de que vendrá? -se interrumpió.
- Debería.
- Bien.
Pasó otra media hora. Para ser un sueño, era realmente monótono y largo, y yo tenía mucho hambre.
- ¿Estás segura de que vendrá? -preguntó Hermes.
- Debería.
- Bien.
Otra media hora. Las tres y media, yo ya no aguantaba más. Mi estómago ya no rugía. Simplemente se dedicaba a gritar a pleno pulmón (lo cual es curioso teniendo en cuenta que es un estómago).
- ¿Pero estás segura de que vendrá? -preguntó de nuevo Hermes. Creo que con esa hacían cien veces.
- Vendrá -dije yo-. Pero, dado que tú la quieres a ella y el medallón, no veo por qué me tengo que quedar aquí esperándola...
Por no decir muriéndome de hambre en mi propio sueño.
- ... así que, si no te importa, yo te entrego el amuleto y me voy a mi casa, ¿vale? -dije, quitándome el medallón y tendiéndoselo al supuesto dios. El me miró con cara sorprendida, pero aceptó el colgante-. Bueno, no todos los días conoce una a un dios, y menos a uno tan atractivo...
Puesta a soñar, por lo menos lo haría con gracia.
- Si, eso es cierto -dijo él. Me pregunto si los dioses conocen la modestia.
- En fin, ha sido un placer, Hermes -dije, tendiéndole la mano. Él me la estrechó-. Hasta la próxima.
Nada más levantarme del banco, el mundo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Sentí un sudor
frío, la boca seca, las piernas se me doblaron, mis ojos no podían ver nada... Y me desmayé.
Hipoglucemia.
Me desperté en un lugar fresco y agradable. Estaba tumbada en una cama que no era como las que yo conocía, era estilo... griego, como las que había visto en la peli
"La Odisea", o algo así. Toda la habitación tenía telas blancas colgadas de todas partes, como velos, lo que le daba un aspecto realmente surrealista.
Me dolía demasiado la cabeza como para estar soñando. Me lleve una mano a la frente, y toqué un pedazo de bulto. Tenía un buen chichón, pero... ¿cómo me lo había hecho? ¡Un momento! Los recuerdos de la Plaza de Padilla, el tal Hermes y el desmayo acudieron a mi mente de golpe (lo que hizo que me doliese aún más la cabeza), primero desordenados. Me llevó un poco de tiempo ponerlos en orden, pero al final lo conseguí.
Así que me había desmayado... Me busqué en los brazos alguna señal de pinchazos, del famoso glucagón para
recuperarse de las hipoglucemias, pero no encontré nada, ni siquiera un punto rojo. Nada.
- No entiendo nada -dije.
- Ah, ya despertaste. -Otro respingo de los míos, de esos en los que soy capaz de elevarme cerca de un metro del suelo. Había sido una mujer quien había hablado. Pronto la vi acercarse. Era rubia, como etérea... y la vaporosa túnica blanca que llevaba sólo reforzaba esa sensación-. ¿Cómo te encuentras?
- Eh... bien, supongo. ¿Dónde estoy?
- En el País de los Hiperbóreos -respondió con una dulce sonrisa.
¡¿Qué?!
- ¡¿Qué?! -pregunté yo.
- En el País de lo... -repitió ella.
- ¡Ya lo he oído! ¿Qué estoy haciendo aquí? -reconozco que puedo llegar a ser maleducada...
- Eres la Décima Sibila, es donde debes estar -dijo ella, tranquilamente.
- ¡¿Qué?!
- La Décima Sibila...
- ¡No soy la Décima Sibila!
- Hermes te trajo y dijo que tenías el amuleto...
- ¿Hermes?
¿Hermes?
¡¿Hermes?!
¡El sabía que yo NO era la Sibila! Se había aprovechado de mi desmayo y me había
traído aquí, el muy, el muy... ¡Dios de los ladrones!
- Aquí hay un tremendo error -dije, levantándome de la cama muy enfadada. Noté una ligera debilidad en las piernas, pero mi enfado era mayor que mi dolor, así que seguí andando-. Yo no soy la Décima Sibila y se acabó. ¿Con quién tengo que hablar para largarme de aquí?
- Conmigo.
Esta vez la voz fue la de un hombre. Seguro que habéis visto el sol asomando tras las nubes. Pues bien, el sol entró en mi habitación en ese preciso momento, y yo me quedé paralizada al lado de la cama. Decir que era guapo es quedarse corta. Decir que era hermoso es quedarse corta. Decir que era perfecto es quedarse corta. Solo se puede describir de una manera.
Era Apolo.
No era rubio. Su pelo era de oro, suave y fino hasta los hombros, con una corona de laurel también de oro como único tocado. Iba vestido con una túnica blanca y corta como su hermano Hermes y sus ojos eran también dorados, como el sol. Toda su persona brillaba con un suave resplandor aureo (que debe ser bastante molesto cuando estás intentando dormir, dicho sea de paso).
- ¿Qué ocurre, Liké? -preguntó con su melodiosa voz a la mujer que estaba al lado de mi cama.
- No lo se, mi señor Apolo -dijo ella. Así fue como me enteré de quién era aquella criatura-. Dice que no es la Décima Sibila.
- ¿Que te dicen tus sentidos, Liké?
- No estoy segura, señor. Tiene el medallón, pero no veo...
Si algo me molesta es que hablen de mi como si no estuviera.
- En primer lugar -dije, procurando no mirar a Apolo-, el medallón no es mio. En segundo lugar, le dije a Hermes que no era mio. En tercer lugar...
- ¿El medallón no es tuyo? -me preguntó Apolo, mirándome.
Yo tragué saliva, intentando responder. Siempre me pasa lo mismo. Es timidez patológica, creo. Quizás por eso me guste tanto Ryoga Hibiki, el personaje de Ranma 1/2. Porque a él le pasa igual delante de su amada Akane Tendo.
- Nnn... Nnn... No -dije, finalmente.
- ¿Y Hermes lo sabía?
- Sss... Sss... Si -acerté a responder.
- Ya veo -dijo él. Luego frunció las doradas cejas-. ¡HERMEEEEEEES! -gritó a pleno pulmón, con voz de tenor-. ¿Será posible que me la haya jugado otra vez? ¡HERMEEEEES!
El dios de los ladrones asomó su oscura cabellera por la puerta.
- ¿Me llamabas, amado hermano? -preguntó, con un brillo inocente en aquellos ojos de color indeterminado.
- ¿Qué está pasando aquí? -preguntó Apolo, apuntándome con el dedo.
- La chica ha despertado. ¿Eso es todo? -preguntó rápidamente, dispuesto a marcharse.
- ¡HERMES! ¿QUE ESTÁ PASANDO AQUI? -gritó Apolo.
Hermes suspiró y entró en la habitación.
- La Décima Sibila no aparecía. Y la traje a ella -reconoció el dios más joven-. Compréndelo, Ap, estoy HARTO de buscar a tu Sibila mientras tú te diviertes con las musas, o las ninfas o... ¡Yo también tengo derecho! ¡Llevo ocho años buscando!
- Me prometiste que lo harías -dijo Apolo, simplemente.
- Y lo he hecho -dijo Hermes-. Te he traído a esta chica.
- Tengo nombre -dije yo.
- Lo que sea -dijo Hermes, sin darme importancia.
- ¡Pero no tiene ni el más mínimo don!
- ¡Ey! -protesté, pero entre aquellos dos yo parecía ser un cero a la izquierda.
- Pero tenía el amuleto. Tu me dijiste: "traeme a las diez que tengan el amuleto y te perdonaré el robo de bueyes número cuatrocientos treinta y dos de este mes". Esas fueron tus palabras exactas. Y yo te las he traído, ¿verdad, Liké? -preguntó Hermes, saludando cordialmente a la mujer etérea. Ella solo sonrió. Así que era una Sibila-. Que no tenga el don no es culpa mía. Mi trabajo era traer los amuletos. Y los he traído. El resto es cosa tuya.
- ¿Cómo que el resto es cosa mía? -preguntó Apolo. Hermes esbozó una sonrisa encantadora; me la había jugado bien, pero hay que reconocer que el tipo sabe camelarse a la gente.
- Eres la persona más sabia e inteligente que conozco, querido hermano. -Para mi resultaba evidente que le estaba haciendo la pelota, pero no parecía estar tan claro para Apolo, que hinchó el pecho con orgullo. Entonces comprendí cómo pudo cambiarle el Caduceo por una concha de tortuga con hilos-. La luz de tu entendimiento te guiará para sacar lo mejor de esta pobre mortal -continuó Hermes, aunque a mi eso ya no me gustó tanto-. Considéralo un reto, hermano mío... ¿desde hace cuanto que no tienes uno? ¿Uno de verdad?
- Tienes razón, Hermes -dijo Apolo. El otro dios se limitó a darle unos golpecitos en el hombro y asentir-. Podría ser interesante -añadió, mirándome a mi-. Un verdadero reto.
- Que tú superarás, no me cabe duda -añadió Hermes-. Bien. Ahora debo irme, me esperan mis tareas, por largo tiempo aplazadas. Me encantaría quedarme, pero soy un dios ocupado, como bien sabes.
- Claro, claro... -dijo Apolo, ocupado en elucubrar alguna cosa mientras no dejaba de mirarme. Me estaba poniendo nerviosa.
- Muy bien, pues adios -dijo Hermes. Después me miró y sonrió-. Que tengas suerte.
Quise gritarle que le odiaba, pero desapareció antes de que pudiera hacerlo. Apolo comenzó a caminar por la habitación. Liké se mantuvo a mi lado en todo momento, pero no movió un músculo. Todo estaba en silencio. No me gustaba nada.
- ¿Qué pasará ahora conmigo? -pregunté, expresando sin querer mis temores en voz alta.
- Que serás mi Décima Sibila -respondió Apolo.
A pesar de su sonrisa, a mi aquello no me sonó nada bien; en ese momento, Apolo perdió todo su brillo.
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