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Capítulo 2 De aquel que roba a un ladrón |
Apolo seguía mirandome y Liké se mantenía a mi lado. Aquella vaporosa presencia suya y su manía por no moverse ni un centímetro casi me hacían pensar que era una especie de espíritu, o un fantasma perezoso, en vez de una persona. Pero lo que realmente me preocuparon fueron las palabras de Apolo. - Serás mi Décima Sibila -repitió, y esta vez sonó a orden. Supongo que lo hizo porque la primera vez yo no había respondido nada, porque me quedé callada (que novedad), sin decir una palabra. ¡Pero ahora si iba a hacerlo! ¡Vaya si iba a responderle! ¡Se iba a enterar de quien era yo! - Vale -fue la única palabra que salió de mi boca. Un momento. ¿Vale? ¡¿Vale?! ¿Donde y cuándo había perdido yo mi cerebro? Yo solía ser lista. No muy astuta, quizás no muy sagaz, pero al menos podía pensar con claridad la mayoría del tiempo. ¡Si hasta sacaba buenas notas en el colegio y todo! Bueno, en los años de universidad me había descuidado un poco, de acuerdo, pero seguían siendo unas notas cuando menos aceptables... Y ahora, delante de un chico guapo... Bueno, puntualicemos, del más perfecto de los dioses, ¿no iba a ser capaz de decir nada coherente con lo que pensaba? - Quiero decir... ¡no! -dije, reuniendo todo el valor que pude. - ¿Que? -preguntó Apolo. - Yo no quiero ser una Sibila... - ¿No? -preguntó, arqueando una dorada ceja en un gesto encantador. Casi al mismo tiempo, sentí que mi voluntad flaqueaba. Total, no podía ser tan malo quedarse allí, con aquel dios perfecto, en aquella habitación de aspecto irreal, con aquellas vaporosas telas colgando del techo... Además, aquello era el País de los Hiperbóreos, los mitos lo describían como una tierra hermosa... Encima, Liké iba a ser mi compañera; parecía una buena persona, seguro que era un encanto, y... Y, definitivamente, a mi se me estaba escapando la inteligencia por las orejas. La parte racional y lógica de mi cerebro tuvo a bien recordarme que no me había matado tres años entre prácticas por la mañana y estudios por la tarde para nada, que aún no sabía si había conseguido mi título y que realmente mi profesión me gustaba. Y que, definitivamente, no iba a cambiarla para acabar montando un gabinete astrológico. La parte racional y lógica de mi cerebro es bastante contundente a veces, y hasta un poco sarcástica en ocasiones, pero le funciona. - No -dije finalmente. Y mi tono sonó casi convincente, y todo-. No quiero ser una Sibila. - Puedo entenderlo... -dijo Apolo, tras un momento de silencio. Mi corazón se iluminó... no solo era hermoso, ¡además era comprensivo! - Pero no te queda más remedio que serlo -añadió él. No, si yo en el fondo sabía que tanta perfección no podía ser real. - Porque de lo que estoy seguro es que Hermes no querrá buscarme una sustituta para ti, y yo no voy a ir a buscarla, estoy demasiado cómodo aquí, como comprenderás -dijo como si todo aquello fuese obvio y natural, y no una solemne tontería-. Ahora comienzan las temporadas de lluvia por el hemisferio Norte y el calor por el Sur, definitivamente no es mi época favorita para viajar. Por lo tanto, tendrás que quedarte, no se hable más. Miré a Liké y luego a Apolo, y después repetí la operación varias veces. Aún a riesgo de quedar como una idiota (riesgo que no me preocupaba, pues ya estaba segura de que había quedado como tal con anterioridad), estuve mirándolos a ambos durante un buen rato, incapaz de creer lo que acababa de oir, y mucho menos el dios estuviera tan convencido y de que la Sibila no dijese nada ante tamaña injusticia. - ¿Que qué? -pregunté-. ¡Pero es que ese no es mi problema! -dije. Al parecer, el hechizo de Apolo se había roto en algún momento, entre la palabra "porque" y el "no se hable más"-. Yo no pertenezco a este sitio, jamás debería haber venido aquí... ¡esto es un inmenso error! Solo faltaba un policía diciendo "tiene derecho a permanecer en silencio..." y alguien diciendo "eso es lo que dicen todos" para que aquello sonase totalmente a película de cárceles. - Querida, estás muy alterada... -dijo Liké, abriendo la boca por primera vez en toda la conversación. La mirada que le dirigí debió ser de las frías, congeladas y rozando el cero absoluto, porque retrocedió un par de pasos y se acercó a Apolo instintivamente, algo más pálida de lo habitual (y ya era pálida de por si). - ¡Esto es un secuestro! -grité. - No digas tonterías -dijo Apolo, sin perder la calma y usando un tono condescendiente-. Esto es lo que ha de ser. Mira, has tenido un día muy duro y necesitas descansar. Los mortales soleis decir que consultais las cosas con la almohada, aunque no se bien que signifique esto, pues no he visto hasta la fecha que las almohadas hablen... En todo caso, mañana por la mañana lo verás todo desde otra perspectiva, y comenzarás con tu adestramiento -sentenció, en el tono del que no admite réplicas-. Buenas noches. - Y salió por la puerta caminando como si el mundo le perteneciese. - ¿Acaso cree que el mundo gira alrededor suyo? -pregunté inmediatamente. Era una pregunta retórica, pero encontré respuesta. - El mundo gira alrededor del sol y mi señor Apolo ha sido confundido muchas veces con el dios del astro rey... -respondió Liké. - ¿Por eso es tan creido? - Mi señor Apolo es hijo de Zeus -dijo con una sonrisa, dado por finalizada la discusión-. Mañana vendré a despertarte y te acompañaré al lugar donde comenzarás tu adiestramiento -dijo-. También te daré algunas instrucciones, pero eso será en la mañana. Ahora descansa. Encontrarás una túnica limpia encima de la cama. Te dejé la cena en esa mesa -añadió, señalando una mesa cerca del balcón, llena de frutas y con una jarra y un vaso de cristal-. Buenas noches. - Pero... -comencé a protestar. Pero, nada. Ella también salió, con andar fluido acompañado del roce de su blanca túnica. Cerró la puerta a su espalda y oí, no sin sorpresa, que daba un par de vueltas a una llave. Era la viva imagen de la amabilidad, pero eso no le había impedido encerrarme. Si no hubiese estado segura de que todo aquello no había sido un sueño (seguro que tendría morados en los brazos de tanto pellizcarme), me hubiera echado a reír, porque tal cúmulo de despropósitos no era normal. - El hijo de Zeus -murmuré-, como si eso fuera tan raro. -Bueno, Zeus tuvo MUCHOS hijos-. Como si lo explicara todo... Aunque en cierta manera, lo hacía... Había tenido el dudoso placer de conocer a Hermes, otro de los hijos de Zeus, y había descubierto que la modestia tampoco era uno de sus fuertes. - Pero al menos Hermes era simpático... - Eso por descontado. Inmediatamente me volvi. La voz había sonado a mi espalda, en el balcón, detrás de las cortinas blancas que daban a la sala aquel aspecto irreal. ¡Tenía un intruso! Me acerqué lentamente, pero antes de que alcanzara el balcón, Hermes apartó la tela blanca y se plantó en mi habitación con todo el descaro del mundo y su sonrisa resplandeciendo en la cara. - Gracias, me lo dice todo el mundo -dijo con aquel gesto encantador-. ¿Como estás? Encerrada por lo que veo -comentó de manera casual-. Espero que no te importe que haya pasado un momento por aquí. Es que, verás, hice una pequeña visita a los establos de mi hermano, no pude resistirme, es que es tan fácil... Así que ahora me preguntaba si podría esconderm... - ¡¡Largo de aquí!! -grité, señalando el balcón. Él era el culpable de todo. Si estaba enfadada con Apolo y con Liké, si me habían dejado encerrada y a todo el mundo parecía darle igual lo que yo pensase... Si todo eso me estaba ocurriendo, era culpa suya. ¡Y, dios o no, iba a pagarlo! - ¿Te encuentras bien? -preguntó atónito-. Tienes un extraño color entre rojo y aún más rojo que no me gusta nada... - ¡Que te vayas! -dije, y Hermes retrocedió un paso-. ¡Que te largues! -dije otra vez, y el dios retrocedió otro paso hacia el balcón. La expresión de mi cara debía ser tremenda-. ¡Fueraaaaaaaaaaaaaaaaaa! De manera inconsciente, cogí algo de la mesa donde me habían dejado la comida y se lo lancé, pero hasta que no escuché el "chof" y le miré, no supe que había sido una sandía. Lo increible fue que no me echase a reir inmediatamente, supongo que mi monumental enfado me lo impidió. El Heraldo de los dioses aparecía ante mi con la mitad de una sandía en equilibrio sobre la cabeza, cual si se tratara de su nuevo yelmo, con aquel rebelde pelo oscuro pegajoso y lleno de trozos de fruta, la armadura y la inmaculada túnica manchadas con pepitas, zumo rojo y jugosos pedazos de sandía. - Sandía... -dijo Hermes limpiandose los trozos de fruta de las manos y quitándose la sandía de la cabeza. Arrugó la nariz con gesto asqueado, lo que le daba un aspecto bastante cómico-. ODIO la sandía. Y entonces fue cuando comencé a reirme a carcajada limpia. También era casualidad que, de todas las frutas que había sobre la mesa (y había muchas), hubiera ido a coger la más pesada y la más odiada por el que había sido mi objetivo... Lo que a mi no me pasara, seguro que no le pasaba a nadie. - Pues no le veo la gracia -dijo Hermes, ofendido, mientras se acercaba a un espejo de cuerpo entero que había en la salita. Se miró un momento y luego sonrió-. Vale, ahora si se la veo. ¡Por Zeus! ¡Parezco Dio después de una bacanal! - ¿Dio? -pregunté, entre carcajada y carcajada. - Dionisio, otro de mis hermanos -respondió él con aire ausente, tratando de limpiarse lo mejor que podía-. ¿Pero has visto como me has puesto? ¿Como me presento ahora en el Olimpo? -preguntó, sacudiendo la cabeza y esparciendo gotitas de zumo de sandía-. No podías haber cogido una naranja, ¿verdad? Tenía que ser una sandía. Odio las sandías. - Eso ya lo has dicho -le recordé-. La sandía está buena. - La sandía está llena de pepitas y no se puede comer rápido... -fue su argumento-. Vaya pinta tengo, he de lavarme... Un dios de mi categoría no puede ir así por el mundo. Se apartó del espejo y se dirigió de nuevo hacia el balcón, con la clara intención de irse. Apartó la tela blanca y, al otro lado, pude ver una balconada de marmol blanco y el cielo estrellado... ¿El cielo estrellado? En ese preciso momento fui plenamente consciente de que era de noche. Me habían dicho que tenía la cena preparada, me habían dado las buenas noches... pero hasta que no lo vi no me había percatado de que realmente la noche había caído... Debía ser un efecto secundario del brillo aureo que había acompañado a Apolo. Si Hermes me había "secuestrado" al mediodía, ¿cuanto tiempo llevaba en el País de los Hiperbóreos? - ¡No puedes irte! -le dije. - ¿Quieres que me quede? -preguntó, sorprendido. Luego esbozó una sonrisa que pretendía ser seductora, pero con todo aquel zumo y las pepitas que tenía en la cara se quedó más bien en un intento-. Si ya sabía yo que nadie se resist... - ¡Tienes que sacarme de aquí! -me apresuré a contestar, antes de que siguiera haciendose ideas equivocadas. - ¿Que yo qué? -preguntó, incrédulo-. Ah, no. Definitivamente, no. ¿Sacar a una Sibila del Pais de los Hiperbóreos? ¡¿Pero tu estás loca?! Una cosa es quitarle los bueyes a Apolo, y otra muy distinta sus Sibilas -dijo resoplando. - ¡Pero yo no soy una Sibila! - Si mi hermano ha decidido que lo seas, lo serás. - ¡Tu le convenciste! - Yo le di un consejo, fue una sugerencia inocente, la decisión la tomó él -me corrigió rápidamente-. Además, si te saco de aquí, me hará buscar a otra. Y no estoy por la labor de seguir buscando. Ocho años son muchos años, incluso para un dios. - Le tienes miedo -dije. Dicen que esa táctica no falla nunca con un tío. Los hombres no tienen miedo, o eso dicen ellos, y mucho menos de otro hombre. - Puede que si. O puede que no -dijo él, ambiguo como siempre, con lo cual rompió todas mis esperanzas-. Lo único que se es que es mi hermano mayor. Hasta el momento las bromas que le he gastado han sido pequeñas, pero si me llevo a una de sus Sibilas se vengará... Y es muy duro vengándose. ¿Por qué crees que le llaman "el que hiere de lejos"? ¡Tiene buena puntería! - ¡Cobarde! - Eso técnicamente también es incorrecto. No soy ningún cobarde, solo precavido. Necesito mi piel, no daría buena imagen lleno de agujeros. Siendo como soy el Heraldo de los dioses, muchas veces he de hablar por ellos. Si dejo que Apolo me cubra a flechazos, el siguiente en coserme a rayazos será Zeus, y no tengo ganas. Tengo una imagen que mantener -dijo, tan tranquilo-. Y, hablando de imagen, aún tengo que bañarme, tomar prestada una de las túnicas de Apolo y volver al Olimpo... Así que si me disculpas... Y desapareció por el balcón antes de que yo pudiese decir "esta boca es mía". - ¡Cobardeeeeeeeeee! -le grite, mientras seguía su estela con la mirada. Se dirigía hacia el Sur... ¿o quizás Norte?... Bueno, nunca he tenido muy buen sentido de la orientación (con decir que cierta vez me perdí en una plaza...), y menos cuando no hay carteles indicadores. Lo único seguro es que ahora si estaba sola y encerrada. Aunque, si lo miraba bien... El balcón tampoco estaba tan alto, ¿verdad? Unos diez metros del suelo, pero, ¿qué eran diez metros? (lo que puedes hacer cuando estás desesperada). Además, dentro de mi habitación había muchas telas colgadas, y a pesar de su aspecto vaporoso, daban la sensación de ser bastante resistentes. ¡Seguro que podía hacer una escala! Descolgué todas las telas, deshice la cama rápidamente y cogí hasta el mantel de la mesa como materia prima. Me puse a atar los retales, haciendo también nudos en los tramos intermedios, a la manera de una escala. Lo había visto en las películas, no podía fallar. En quince minutos (que digo en quince... ¡en diez!); en diez minutos tenía mi escala, de más de diez metros, recogida dentro de la habitación. Até uno de los extremos a la balconada de marmol y tiré el resto al vacío. Ahora venía la parte más difícil, porque puedo ser rápida haciendo nudos, pero por lo demás he de reconocer que soy torpe como pocas personas en el mundo, y descender por una escala improvisada requiere una buena dosis de destreza... o al menos una dosis moderada. Dosis de la que yo he carecido toda mi vida. Todo fuese por no quedarme allí atrapada. Hice de tripas corazón, recogí mi eterna y vieja mochila, la que siempre me acompaña (incluso en los secuestros), me agarré a la escala y comencé a descender. Después del primer metro de descenso y de comprobar aliviada que la escala aguantaba, descubrí que aquello no era tan difícil. Solo tenía que tener cuidado sobre el lugar donde ponía los pies, y procurar no mirar mucho hacia el suelo, por si acaso tenía un ataque de vértigo (nunca he padecido ese mal, pero tal y como me estaba saliendo el día, prefería no tentar a la suerte). Hablando de tentar a la suerte: permitidme un consejo. Nunca pongais una tela de gasa como extremo superior de una escala, porque tiende a romperse con el peso del que baja... como comprobé al final de mi descenso. Por fortuna no estaba más que a metro y medio del suelo, así que el golpe no fue muy fuerte, si bien el grito que salió de mi garganta hubiera bastado para despertar a todo aquel que viviera por los alrededores. O al menos así me lo pareció a mi, en mi afan por hacer el menor ruido posible, ya que se trataba de una huida... y las huidas suelen hacerse en silencio. Después de comprobar que no me había hecho ningún daño grave, gracias a que mi vieja mochila absorbió casi todo el impacto, me levanté del suelo (con un ligero dolor en salva sea la parte), me sacudí la ropa y miré hacia la balconada. Con un último vistazo a la que había sido mi prisión durante medio día, me di media vuelta y comencé a andar. Como no tenía ni idea de por donde se salía del País de los Hiperbóreos (ni siquiera sabía situarlo en un mapamundi, ese es el mayor inconveniente de las Tierras Míticas), tomé la dirección que le había visto seguir a Hermes. Al fin y al cabo, cuando no sabes qué camino seguir, cualquier dirección puede ser tan buena como otra... a no ser que una de ellas te lleve directo a un pozo de lava, por ejemplo. Por suerte, no fue este el caso. Mis pasos me llevaron directamente a un manantial de aguas cristalinas, lo cual era muy lógico teniendo en cuenta que Hermes había dicho algo sobre bañarse... Y, por lo que escuché más tarde, el dios no tenía ninguna intención de bañarse solo. - ¿... es motivo de que no me dejes bañarme en tu fuente? -oí entonces la voz de Hermes. ¡Cuerpo a tierra! Actué casi inconscientemente y me metí bajo un matorral (si bien sería más correcto decir que me tiré de cabeza). No quería que me descubrieran, pero eso no me iba a impedir quedarme sin saber qué era lo que estaba sucediendo, así que repté bajo los matorrales hasta que vi al dios a la orilla de una piscina natural, con las manos en las caderas. Una mujer de inmensa belleza se deslizaba lánguidamente entre las aguas, sonriendo con picardía. - Ya me has oído, Hermes -dijo ella-. Cuando yo termine, entrarás tu, pero no antes. - No sería la primera vez que comparta fuente con una ninfa -dijo Hermes tranquilamente y, aunque le tenía de espaldas, de alguna forma supe que estaba sonriendo. Así que aquella mujer era una ninfa... Ciertamente, eran tan hermosas como las describían los mitos. Su risa cristalina resonó en el paraje. - No lo pongo en duda -respondió después-, pero no esta fuente, y no con esta ninfa -añadió, aunque su tono era más coqueto que otra cosa. - Vamos, Aganipe, si tu ya sabes que yo... -comenzó Hermes, con tono seductor. Pero el resto de sus palabras no alcanzaron mis oídos, porque mi atención se enfocó en una única cosa. Unos metros más a mi derecha, tiradas indolentemente sobre el suelo, se encontraban las sandalias aladas del dios mensajero, las que le permitían correr como el viento, las que hacían posible desplazarse de un lugar a otro sin apenas esforzarse... ¡Las que me podrían permitir A MI llegar a mi casa sana y salva! Si Hermes y su ninfa seguían con su jueguecito (y no cabía duda de que seguirían, porque ambos estaban muy interesados en ello), yo no tendría problemas en hacerme con ellas. Solo tendría que reptar unos metros a la derecha, estirar la mano y agarrar las sandalias. Una vez con ellas en mi poder, ¡el resto sería cosa fácil! Dicho y hecho. Cual actor en película de guerra (vamos, solo me faltaban las pinturas de camuflaje), repté, me agaché y me arañé la cara varias veces con las ramitas de los arbustos, pero la perspectiva de volver a casa sin convertirme en un remedo de Aramis Fuster(1) hizo que todo aquello quedase relegado al olvido. Finalmente, estiré una mano y, cuando mis dedos rozaron las correas de cuero, cerré mi presa, la atraje hasta mi y, apretándola contra el pecho, salí reptando de los matorrales. Y luego corri lo más rápido y lo más lejos que pude de la fuente. Tenía las sandalias de Hermes. Había robado al dios de los ladrones. |
| (1) Aramis Fuster es una "adivina" (en serio?) española de lo más extraño... por no decir que es esperpéntica a más no poder ^^UUU |