Capítulo 3

De viajes y retornos



          Allí estaban, entre mis manos. 

          Las sandalias aladas me sacarían de aquel lugar. Quitárselas a Hermes había sido muy fácil, y en cuanto pude mirarlas con detenimiento, comprendí que la dificultad llegaba luego. ¿Como diablos se ataban esas cosas? ¿Cuatro cordones en vez de dos? ¿Para qué servían aquellas cuentas doradas? Era imposible saber como iban abrochadas; lo único que sabía era que las plantillas de cuero iban en la planta del pie, por lo demás, realmente no supe si iba a ser capaz de atarmelas.

          Para colmo, las pequeñas alitas de los tobillos no parecían querer estarse quietas ni un momento. No es que le conociese desde hacía mucho pero, que yo me hubiera fijado, con Hermes no se movían tanto. Podría haber jurado que aquel par de alas, pequeñas y suaves como la seda, habían averiguado mi objetivo y estaban excitadas ante la perspectiva de movimiento, puesto que aleteaban sin cesar con nerviosismo. Si no las hubiera estado sujetando firmemente, seguramente habrían echado a volar sin pasajero.

          Y yo no podía dejar que eso sucediese, puesto que yo quería largarme con ellas. No es que el Pais de los Hiperbóreos fuese feo, decidí, puesto que el paisaje (o lo poco que podía verse bajo la resplandeciente luz de la luna) era el de un lugar paradisíaco, justo como las fotos que salen a veces en el National Geographic sobre lugares en los que el hombre aún no ha puesto sus manazas. No, no era eso. 

          Era una cárcel, de oro, pero una cárcel. Era un lugar al que yo no había decidido ir y donde ya habían planeado que yo sería una cosa que no quería ser sin darme opción u alternativas. Así que tenía que salir de allí y, para eso, nada mejor que las sandalias del dios de los ladrones.

          Otra cuestión asaltó mi mente... ¿serían de mi talla? ¿Me harían ampollas? ¿Combinarían con mi ropa? Si me hubiese puesto la túnica que me dejó Liké las sandalias quedarían muy bien, pero llevando la ropa de calle, dudaba que el efecto fuese...

          Bueno. Vale, está bien. 

          Lo ultimo era bastante irrelevante, lo reconozco, pero lo primero si tenía importancia. Una importancia capital, diría yo. Lo cierto es que Hermes, pese a ser alto, no era un dios que hubiese podido entrar en el equipo olímpico (nunca mejor dicho) de baloncesto, así que igual había tenido suerte y usaba el mismo pie que yo. Pero, ¿y si no era así? ¿Y si resultaba que me estaban pequeñas? No se por qué la idea de que pudieran estarme grandes no pasó por mi cabeza (quizás por el hecho de que nadie puede moverse tan rápido con unos pies como los de Krusty el payaso, por muy dios que este nadie sea).

          Las alas comenzaron a moverse nerviosas, al parecer se estaban impacientando. 

  - Ya voy, ya voy -dije rápidamente. Y, para mi sorpresa, dejaron de moverse y se mantuvieron en una tensa espera-. Eso está mejor.

          Y entonces caí en la cuenta de que estaba hablando con unas sandalias. Aún diría más, estaba hablando con las ALAS de unas sandalias. Cualquiera que me hubiese visto... Lo mejor era salir de allí rápidamente, antes de perder la poca cordura que sentía que me quedaba.

          Me senté en el suelo y, después de asegurarme que las sandalias no podrían despegar ellas solas, me quité los deportivos y los calcetines (podía estar loca, pero no iba a ponerme sandalias con medias). Con cierta incertidumbre, me coloqué la plantilla dura de cuero en la planta del pie derecho y, ante mis atónitos ojos, esta se ajustó perfectamente, como si me la hubieran hecho a medida. Pero las sorpresas no acabaron ahí; cuando quise comenzar a atar las sandalias, descubrí que las suaves tiras de cuero comenzaban a atarse inmediatamente por debajo de mi pantalón ancho. Formando un complicado diseño, las tiras habían quedado dos dedos por debajo de mi rodilla haciendo que el par de alitas se quedase a la altura exacta de mi tobillo derecho. 

  - Que práctico -comenté totalmente anonadada, observando como las sandalias se ajustaban a mi pierna-. Práctico y rápido... -dije, girando ligeramente le pie para un lado y para otro para ver como me quedaban.

          Aquellos zapatos eran realmente cómodos, así que me apresuré a ponerme la otra sandalia. Esta vez me fije en cada detalle y cada movimiento de las tiras de cuero, como subían por mi pierna, se enroscaban como serpientes y acababan atándose con grácil facilidad. Aquello era simplemente alucinante... y hacía cosquillas.

          Lo cierto es que con mi pelo lacio, mi camiseta descolorida, mis pantalones anchos y aquellas sandalias debía parecer una hippie... Solo me faltaba una cinta en el pelo, unos cuantos colgantes al cuello (bueno, aún tenía la piedra de Apolo), e ir soltando por ahí "paz, tíiiio". Pero como las sandalias eran tan cómodas, tampoco me importó mucho mi aspecto (total, se supone que es imposible verte cuando te mueves a la velocidad de la luz, ¿no?).

          He ahí un nuevo problema... ¿cómo funcionaban aquellas cosas? Sabía que se abrochaban solas pero, ¿cómo las ponía en marcha? 

          Aún sentada en el suelo, mirando como las alitas se movían sin cesar, cada vez más nerviosas, no me sentía más rápida. En realidad, me sentia... bueno, me sentía igual que siempre, para que íbamos a engañarnos. Salvo por el hecho de que yo nunca llevo sandalias. El aire fresco en los dedos era la única novedad. Por lo demás, nada había cambiado.

          ¿Cómo iba a usarlas si no sabía como? Estas sandalias databan de una época muy antigua, fueron hechas por un dios y a saber qué dispositivo las ponía en marcha. Sobre todo teniendo en cuenta que los dioses solían tener muy mala idea cuando inventaban cachibaches, y si no que se lo pregunten a Hera y su trono de oro que, dicho sea de paso, tenía el mismo creador que las sandalias que ahora adornaban mis pies. 

         Total, que no estaba segura en absoluto. Pero si había descendido (y caído) por una escala de diez metros y había robado las sandalias de un dios, no iba a ser para quedarme parada contemplando el paisaje. Tenía que averiguar como funcionaban. 

         Descartada la posibilidad de una llave de contacto o un botón accionador, comencé a repasar rápidamente algunos objetos mágicos sobre los que había leído en los libros de fantasía. El Orbe de Aldur. Bueno, era una piedra que básicamente se comunicaba con el portador, aunque con música y luz. Puse la mente en blanco y traté de escuchar si las alitas me decían algo pero, o mi idea era una tontería o aquellas alas eran muy tímidas, porque no oí nada. Con el Martillo de Kharas pasaba más o menos lo mismo, la Dragonlance era una lanza y se manejaba como tal, no tenía mucho misterio y no servía para el caso que me ocupaba, y respecto a la Vara de Magius... mejor no pensar en ella, porque Raistlin aprendió sus secretos tras años de estudios y evidentemente yo no tenía tanto tiempo habiendo robado recientemente las sandalias del dios de los ladrones. ¿Qué más objetos me quedaban? Descarté la Guenhwyvar de Drizzt Do'Urden, porque aquella pantera era más un ser que un objeto. 

          ¿Que me restaba? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¡Tenía que haber algo!

          Zapatos nuevos... Volver a casa... El caso es que a mi aquello me sonaba de algo...

          La relación entre ambos conceptos acudió a mi mente como un estallido de luz (y entonces comprendí el por qué de la bombillita cuando en los comics quieren indicar que a alguien se le ha ocurrido una idea). Podía no ser una ocurrencia demasiado brillante, pero como no tenía ninguna otra no perdía nada por probar.

          De inmediato me puse de pie, me ajusté la mochila a la espalda y respiré hondo antes de juntar por tres veces los tacones de las sandalias (bueno, en realidad fueron mis talones, pero esperaba que el efecto fuese el mismo) mientras convocaba la imagen de la fachada de mi casa en la mente, y entonces dije la frase mágica: "No hay nada como el hogar."

          Jamás pude terminar aquella fabulosa frase del Mago de Oz. Es más, para ser justa tendré que decir que jamás pude comenzarla, porque sonó mas bien así:

  - ¡No hannnnnnnooooooooOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!! 

          Mis palabras acabaron en un patético grito cuando noté un fortísimo tirón en las piernas, como si alguien me hubiese atado una cuerda y se dedicara a divertirse tirando para hacerme perder el equilibrio, solo que estos tirones iban dirigidos a hacerme correr. Y lo consiguieron.

          Acababa de descubrir como funcionaban las sandalias de Hermes.

          Corrí y corrí como no había corrido en mi vida, y grité y grité como no había gritado tampoco antes, mientras mis piernas se movían de manera automática, totalmente descoordinadas con mis brazos. Estos se movían frenética e independientemente en todas direcciones demostrando que yo quería parar, pero que no sabía como. El mundo no solo se estaba moviendo demasiado deprisa para mi gusto, también se estaba haciendo borroso y había adquirido la irritante manía de mostrarse ante mi de maneras que no podía reconocer.

          Más tarde comprendería que las sandalias habían tomado su propio rumbo, y que el que yo no pudiera reconocer el terreno que sobrevolaba era porque jamás había estado allí, y no porque el mundo se hubiese puesto en mi contra. Pero cuando una utiliza por primera vez las sandalias aladas del dios de los ladrones, suelen suceder estas cosas.

          El caso es que yo no tenia ningún control de hacia dónde corría. Aquello era una auténtica montaña rusa; tan pronto corría rozando el suelo como me elevaba hacia el cielo, pasaba una nube con un escalofrío (el interior de las nubes está frío) para zambullirme en picado otra vez hacia la planicie que se extendía ante mi. En pocas palabras: aquellos dos pares de alas se lo estaban pasando en grande a mi costa.

          Y no solo eso. Estaban preparando el golpe de gracia. Cuando fui capaz de coordinarme lo suficente como para lograr mirar hacia delante, me di cuenta horrorizada de que me dirigía directamente contra un pico puntiagudo blanco como la nieve. De hecho, era blanco POR la nieve. En definitiva, aquellas dos condenadas alas me estaban lanzando contra una montaña... ¡¡y yo estaba lejos de ser de hierro para soportar el golpe!!

  - ¡No! ¡Apartate! ¡Apártateeeeee! -le grité a la montaña mientras le hacía gestos con los brazos. 

         La parte racional y lógica de mi cerebro volvió a actuar y a gritarme que aquella montaña no era uno de aquellos gigantes de piedra de "La Historia Interminable", no era un ser vivo, no comía piedras, no tenía oídos y por tanto no podía escucharme. Pero la parte racional y lógica de mi cerebro no tenía en ese momento la suficiente fuerza como para imponerse sobre la parte asustada y desesperada de mi mente, así que seguí gritando.

  - ¡¡Quitate de en medio!! -fue lo último que dije antes de taparme la cara con las manos con gesto protector. Como si por taparme la cara fuese a evitar romperme la cabeza.

          Aún así, me abandoné a mi suerte. Esperé el golpe, el dolor... incluso me hizo gracia imaginarme a mi misma en formato dos dimensiones, pegada a la pared de roca, como en los dibujos animados. 

          Pero el dolor nunca llegó, ni el golpe, ni nada. El viento seguía soplando contra mi rostro y, al percatarme de ello, abrí un ojo para ver que seguía corriendo en línea recta. Volví la cabeza hacia atrás y vi el imponente pico desapareciendo detrás mio. Sin duda aquellas alas al final habían decidido esquivar la pared con una arriesgada maniobra (maniobra que me había perdido, por fortuna, al cerrar los ojos). Por su forma de aletear en mis tobillos, se diría que estaban muy orgullosas de si mismas, que se lo estaban pasando en grande y que pensaban pasárselo mejor todavía.

          Y eso, por supuesto, no iba a tolerarlo. Más que nada por mi bien. Intentaría ponerme seria, o al menos todo lo seria que una puede ponerse al hablar con un par de alas con instintos homicidas.

  - ¡¡¡¡DETENEOS INMEDIATAMENTE!!!! -grité con toda la fuerza de mis pulmones. 

          Y se detuvieron. 

          Claro, que yo no había contado con que se detendrían en seco y a una altura aproximada de unos quince metros sobre el suelo. La ley de la gravedad (que debe ser una ramificación de la Ley de Murphy, porque nunca te puedes librar de ella) hizo el resto y caí a plomo, para variar moviendo los brazos en todas direcciones. Quizás en mi subconsciente intentaba echar a volar. 

          En la Escuela de Enfermería te enseñan que hay varias clases de dolor. Que está el dolor punzante, el dolor agudo, el dolor sordo, el dolor cólico... En realidad, a mi todos los dolores me parecen iguales. Así, cuando el dolor alcanzó mi tobillo derecho, no supe si era un dolor de fractura, de esguince, de torcedura o de luxación. El dolor es el dolor, y cuando algo duele, duele. Y a mi me dolía el pie.

         Evidentemente, a mi nada me salía bien. Allí estaba, con un tobillo probablemente roto, en medio de ningún sitio, con un frío de narices, ¡y todo por culpa de un par de alas hiperactivas! Por lo menos con tanta nieve alrededor el tobillo no se me hincharía...

         Un momento... ¿Había dicho... es decir... pensado nieve?

         Vaya que si. Y tanto que si. Nieve por todas partes. Donde quiera que mirase, había nieve. Incluso si miraba hacia el cielo, porque estaba nevando. Estaba rodeada de nieve. Todo era blanco, blanco inmaculado, blanco puro, tan blanco que hacía daño a los ojos... o lo haría si ese daño no fuese eclipsado por el terrible frio que sentí en aquel momento. Porque parece que ese fue el instante en que mi mente y mi cuerpo se pusieron de acuerdo y se acordaron de que, donde hay nieve, suele hacer frio. Y como allí había mucha nieve, hacía mucho frío.

         O sea que, recapitulando: estaba en medio de ninguna parte, con un tobillo posiblemente roto que no se hincharía a causa de la nieve, cosa que no me importaba porque al fin y al cabo iba a morir por congelación. Y las alitas seguían moviéndose alegremente mientras la nieve caía sin piedad a mi alrededor, me empapaba el pelo, me congelaba la ropa... Maldita la hora en que Hermes intentó ligar con su ninfa y se quitó las sandalias. 

  - ¡Os odio! -les grité a las alas, intentando que el castañetear de mis dientes no impidiese que mis palabras se oyesen.

          Sabía que las alas no me podrían responder, pero también sabía que podían oírme y comprenderme. Y se confirmó, porque de repente se movieron más lentamente, incluso parecian sostenerse menos erguidas, como si estuvieran... ¿avergonzadas? Pero eso a mi me importaba poco en aquel momento.

  - ¡Sois odiosas! ¡Y yo soy idiota por pensar que esto era una buena idea! ¡Estúpidas alas! ¡OS ODIOOOOOOOOOO! 

         Seguí gritando un poco, pero luego esa rabia se fue convirtiendo en congoja. ¿Por qué me tenía que pasar todo a mi? ¿Qué había hecho yo para merecer aquello? Si yo solo quería irme a casa... 

         En "El Mago de Oz" Dorothy había encontrado los mejores amigos del mundo, y yo solo había encontrado dos dioses egocéntricos, una Sibila que era una mandada y un par de alas que no me hacían caso. No era justo... No era nada justo. 

          ¿Por qué no había tenido un poco más de suerte? ¿Por qué no había podido encontrar a alguien como el espantapájaros, el hombre de hojalata o el ángel? 

          El ángel.

          Bendita la hora en que Hermes decidió ligar con su ninfa y se quitó las sandalias.

          Un ángel. Eso fue lo que vi, al menos al principio. Por tradición, a los ángeles se le suele pintar de sexo masculino (aunque sean asexuados), rubios y muy hermosos (¿que pasa? ¿que las morenas no podemos ser ángeles?). Detalles discriminatorios aparte, esa fue la imagen que irrumpió entre la cortina de nieve. De hecho, aquella criatura se presentó ante mi rodeada de un aura de luz blanca, vistiendo una hermosa armadura plateada y, además, tenía alas. Alas blancas. 

          Al menos, yo hubiera jurado haber visto alas a su espalda (¿o quizás un pájaro blanco?), pero cuando parpadeé de nuevo, el aura, la armadura y las alas habían desaparecido, para dejar paso a un joven guapísimo, alto, de cabello rubio y con los ojos más azules que había visto en mi vida (definitivamente, después de todo lo que me estaba pasando, mi opinión sobre los rubios ya no volvería a ser la misma). Vestía de una manera mucho más terrenal, con un envidiable abrigo forrado de pieles que a pesar de todo llevaba sin abrochar, como el que lleva una camisa hawaiiana encima de una camiseta de hombros en pleno verano.

          Después de mirar a todos lados, posiblemente buscando la causa de tanto grito histérico, el chico dio conmigo, sentada en el suelo y agarrándome un tobillo (y mirándole embobada, dicho sea de paso). Se quedó parado un momento, y me miró de arriba a abajo como si tal cosa, como si el encontrar una persona tirada en la nieve y en aquellas condiciones no fuese nada extraño para él, como si le hubiese pasado en más de una ocasión. Después se acercó y me habló en un idioma que yo no hablaba. De todas formas, de poco me hubiera servido, porque estaba tan perdida en sus ojos que no iba a ser capaz de responderle nada aunque me fuese la vida en ello.

  - ¡Auch! 

          O quizás si. 

          En el tiempo en que yo andaba perdida en mares azul cielo, él se había quitado el abrigo, me lo había puesto sobre los hombros, se había acuclillado a mi lado y me había agarrado el tobillo que posiblemente tenía roto... Todo eso sin que yo me diese cuenta, subida en mi nube, hasta que me tocó el tobillo. Entonces, grité y aparté el pie, pero el lo cogió de nuevo, me miró muy serio y me preguntó si me dolía.

  - Da!! -dije, sin darme apenas cuenta.

  - Ty govorish po russki??! -preguntó él abriendo los ojos como platos. 

          ¡Que tontería! ¿De donde había sacado la idea de que yo hablaba ruso? Justo cuando iba a decirle que no entendía ni una palabra de lo que me estaba diciendo, una forma oscura se perfiló a su espalda.

  - ¡Cuidado! -grité, señalando. 

          Intenté advertirle, pero cuando intentaba darse media vuelta, algo pesado cayó sobre su cabeza, golpeó y le dejó inconsciente de manera inmediata. El chico cayó sobre la nieve, k.o. instantateo. Ganador, la sombra misteriosa... que yo esperaba sinceramente que no fuese un oso demasiado grande, o cualquier otro bicho que pudiera comernos vivos... 

          Aunque no se si lo que resultó ser fue aún peor. Aquella masa se concretó en un dios griego sin sandalias, de cabello negro revuelto, ojos de color indefinible y túnica manchada de trozos de sandía. 

  - De verdad que lo siento, chico -dijo Hermes, enganchándose el Caduceo a la cintura. Ese había sido el instrumento que había dejado a mi ángel fuera de combate-. ¿Has visto lo que me has hecho hacer? -me preguntó, mirándome con rencor-. Yo, un dios pacífico y encantador, obligado a ir por ahí golpeando a la gente -añadió con aire afectado. 

  - ¡¿Como has podido pegarle?! -le pregunté, muy ofendida. ¡Ah! ¡Si solo hubiera podido ponerme en pie en ese momento!-. ¡Y más con el Caduceo! ¡Es un símbolo de paz!

  - Es un cetro, por lo tanto es un bastón y eso significa que es sólido y puede usarse para pegar -dijo él-. Si hubiera descubierto a un dios cerca de su casa, hubiera sido mucho peor, creeme. Estos chicos de Athy tienen cierta tendencia a pelearse contra nosotros, mis tios Poseidon y Hades lo saben bien. Golpes, huesos rotos, dientes volando, mucha sangre... ya sabes. Todo muy desagradable -dijo mientras movía una mano intentando quitarle importancia.

  - ¡Atacaste a traición!

  - ¿Y me lo dice la que me ha robado las sandalias? -me preguntó. Mi siguiente réplica murió en mis labios... Ya había salido el tema-. No sabes en el lío en que acabas de meternos, chica -y esto lo dijo con tanta seriedad que me dio miedo. Sus ojos adquirieron un tono castaño muy apagado, casi negro-. De verdad que no lo sabes. Oficialmente estoy enfadado contigo, jovencita. Pero, extraoficialmente, ¿estás bien? ¿Te has hecho daño?

  - Creo que tengo un pie roto -dije-. ¿Como me has encontrado?

  - Siempre se donde están mis sandalias -me explicó él-. Es algo que tienes que aprender cuando son capaces de volar solas, seguro que ahora me entiendes. Es solo que me las quitaste en un momento donde no estaba prestando mucha atención... Por cierto que fue un momento realmente MUY inoportuno, si me permites la puntualización. Me has estropeado la noche. Oficialmente, sigo enfadado contigo. Extraoficialmente, ¿como que te has roto un pie?

  - Tus estúpidas sandalias eligieron el momento más inoportuno para obedecerme.

          En mis tobillos, las alas comenzaron a moverse muy deprisa, ofendidas. Y a mi me resultó bastante satisfactorio saber que, por mucho que se moviesen, no podrían echar a volar. Mientras yo estuviera sentada, estaban atadas al suelo.

  - Dejame adivinar, ¿se pararon en pleno vuelo? -aventuró Hermes. Yo asentí con cara de pena y el dios puso los ojos en blanco-. Suelen hacer ese tipo de cosas, es solo cuestión de enseñarles quien manda la próxima vez, aunque NO habrá próxima vez. Dejame ver ese tobillo.

          Hermes se arrodilló gentilmente a mi lado y colocó una de sus manos encima de mi pie. Clavó los ojos sobre la extremidad y, mientras sus iris adquirían la consistencia y el color del agua, su mano se rodeó de un fino aura dorado, el mismo que parecía acompañar a Apolo allá donde iba. Mientras todo esto sucedia y un agradable calor subía por mi pierna, Hermes no dejaba de hablar, como era habitual en él, por otra parte.

  - Menos mal que pude tomar prestada la flecha de Abaris del cuarto de mi hermano -dijo y con la mano que tenía libre me enseñó una pequeña flecha dorada que también había llevado enganchada del cinturón-. O lo hubiera hecho de haber estado este despierto, claro. En todo caso, la ocasión lo merecía. Te podías haber matado, ¿sabes? 

          ¿Por qué de repente toda aquella preocupación por mi? Y... ¿por qué se dirigía a mi como me hablaba mi madre cuando tenía once años y llegaba con la ropa rota después de una caída?

  - Bueno, ya está. Ponte en pie... y vosotras, ¡ni se os ocurra hacer una tontería! -les ordenó a las alitas, que se encogieron temerosas y no se movieron de donde estaban. 

          Yo seguí sus órdenes y me puse en pie... para descubrir anonadada que ya no me dolía nada y que mi tobillo estaba perfectamente.

  - Es una de mis muchas habilidades -dijo con orgullo, adelantándose a mi pregunta-. ¿Ya te encuentras mejor? -Yo asentí-. Muy bien, pues ahora lo que vamos a hacer es volver al Pais de los Hiperbóreos antes de que cojas una pulmonía -añadió, y sacó la flechita del cinturón.

  - ¿Piensas irte y dejar a este tio bue... a este muchacho ahí tirado? -pregunté, señalando al chico del idioma raro y los ojos increibles, que aún no había recuperado el sentido-. ¡Puedes curarle!

  - No le pasará nada, está acostumbrado a los golpes y al frio -dijo Hermes como si tal cosa.

  - Hablas como si le conocieses -dije yo. Hermes asintió tranquilamente, como si aquello fuese obvio-. ¿De verdad le conoces? ¿Quién es? ¿Como se llama? ¿Dónde vive? ¿Dónde trabaja? ¿Cuando cumple años? ¿Tiene novia? ¿Le gustan los perros? -comencé a preguntar ilusionada. 

  - Se llama Hyoga, es Caballero de At... Mmmmm... el chico te gusta, ¿no? -debí ponerme muy, muy colorada, porque Hermes sonrió con picardía-. Muy bien, ¿qué tal si hacemos un trato?

  - ¿Qué clase de trato? -pregunté yo cuando una alarma se encendió en m cabeza.

  - Tu entrenas con Apolo y yo consigo que mi hermano te coloque donde trabaja este chico, ¿que me dices? -preguntó.

  - ¿Y que sacas tu de todo esto? -quise saber yo rápidamente. Hermes agachó la cabeza inmediatamente.

  - Lo triste de todo es que no saco nada -dijo tras media docena de suspiros-. Lo hago todo de manera desinteresada, porque es mi deber. Mi reputación se va a ir al garete a velocidad de vértigo -comentó para si, haciendo un puchero que le dio un aspecto adorable.

  - ¿Debes hacerlo así?

  - Es una larga, laaaarga historia. Te la contaré cuando estemos en casa de mi hermano -dijo-. ¿Que dices? ¿Hay trato? 

          Vamos a ver. El trato me obligaba a aceptar la orden de Apolo y encima entrenar con él, soportar su orgullo y su brillito constantemente. Pero... por otro lado... aquel chico con aquellos ojos azules, aquel pelo rubio, aquel cuerpo de... Trabajar con aquel chico...

  - Hay trato -dije.

  - Bien -dijo Hermes, con una sonrisa-. Tenemos un acuerdo. 

          Acto seguido fingió que arrojaba la flecha y lo siguiente que supe fue que estábamos en el Pais de los Hiperbóreos, en el mismo lugar en que había dejado mis zapatillas.

  - ¿Cómo... -comencé a preguntar.

  - La flecha de Abaris puede llevarte donde quieras -dijo Hermes-. Mi hermano se la regaló a su Sumo Sacerdote hace mucho tiempo, pero como este lamentablemente no se encuentra entre nosotros...

  - ¿Ha muerto? -pregunté con cierta tristeza.

  - ¡Oh, no! Está con Abel, creo -dijo Hermes quitándole importancia-. Es una suerte porque ahora la guarda Apolo y le conozco tan bien que me resulta sencillo...

  - ¿Qué es lo que te resulta tan sencillo, hermano? -preguntó una voz, que inmediatamente fue seguida de un resplandor luminoso. Apolo entró en el claro... pero, lejos de enfadarse, se quedó muy sorprendido cuando me miró a los pies-. ¿Por qué lleva ella tus sandalias?

  - Oh, no -fue lo único que dijo Hermes.

  - ¿No me digas que...? ¡¿Te las robó?! -preguntó-. ¿Hermes el infalible perdió la apuesta?

          A pesar de que Hermes asintió con la cara del ser más triste y desgraciado del mundo, el dios de la luz no se conmovió. Apolo rompió a reír a carcajada limpia, en el divino equivalente al ataque de risa.

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