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Capítulo 4 De promesas y lagunas |
La risa franca de Apolo inundó el claro. A no tardar, sus divinas y perfectas mejillas estaban bañadas en lágrimas, sus ojos dorados llorosos y aquel aura que siempre le acompañaba brillaba con alegría. Hermes, sin embargo, era la viva imagen del aburrimiento mientras jugueteaba con el Caduceo esperando a que su hermano terminase de dar el espectáculo. O tenía un gran autocontrol o es que simplemente estaba acostumbrado a aquellos estallidos; o alguna otra cosa que se me escapaba. - ¿Me podrías devolver las sandalias? -me preguntó, recordando de repente que iba descalzo. Apolo debió oírle, porque sus carcajadas aumentaron de intensidad. - Oh, claro -dije yo, que no sabía muy bien a cuenta de que tanta risa-. Pero no se como se desatan. - Ya lo hago yo -dijo Hermes. Se acuclilló, tiró de una de las cuentas doradas que sobresalían por debajo de mi pantalón y al instante las correas se aflojaron y cayeron al suelo. Repitió la operación con el otro pie y en seguida me vi descalza. Mientras Hermes se calzaba, no pude evitar envidiarle: las condenadas alitas eran completamente dóciles en sus manos, no se movían ni un ápice y parecían inertes, mientras que conmigo eran la encarnación viva de la mala idea. - ¿Por qué no se portan mal contigo? -no pude evitar preguntar con cierto resentimiento. - Saben quien manda -respondió él simplemente-. Si se dan cuenta de que eres nuevo, te gastarán bromas. Llevan demasiado tiempo conmigo y todo se pega, ya sabes. Pero no te avergüences por lo que pasó. El primer vuelo de Perseo no fue tan glorioso como narran las crónicas... -comenzó a relatar. Y yo supe inmediatamente que tenía que cortarle o se enrollaría como una persiana. - Son unas sandalias muy prácticas, de todas formas -dije, mientras observaba como las tiras se enroscaban por sus piernas y se ajustaban perfectamente, tal y como hicieran conmigo un poco antes. Hermes asintió-. ¿Que dijo de una apuesta? -quise saber, señalando a Apolo. - Es la larga, laaaarga historia a la que me referí antes de volver -dijo él-. Pero deja que te la cuente Apolo, estará deseando disfrutarlo. - ¿Por qué estás tan tranquilo? Se está riendo de ti... - ¿Qué opción me queda? ¿Me enfado, le insulto, grito y hago también el ridículo? - ¿Estoy haciendo el ridículo? -preguntó Apolo, superado inmediatamente su ataque de hilaridad con solo oír aquella insinuación. Hermes esbozó una rápida sonrisa que desapareció tan pronto como me di cuenta de que existía. - Solo un poquito, querido hermano -dijo Hermes como si tal cosa. - ¿Por que no me avisaste antes? -le reprochó Apolo, y crei distinguir un leve tono sonrosado en sus mejillas. - Porque parecías estar pasándotelo muy bien. Y también porque vas a tener que perdonarme por haber tomado prestada la flecha de Abaris. Se que cuando estás de buen humor no te enfadas conmigo -añadió mientras le tendía la flecha a su hermano, con una sonrisa encantadora que le hacía parecer la viva imagen de la inocencia. Apolo frunció el ceño levemente, pero también sonrió al final. - Esta noche no podría enfadarme con nadie -dijo el dios de la luz, y sus hombros comenzaron a temblar otra vez con la risa contenida. Hermes puso los ojos en blanco y suspiró. Yo también, pero de alivio. La última frase de Apolo me daba esperanzas para pensar que no se acordaría de mi pequeña escapada, o al menos que no se enfadaría por ello, aunque con gusto le hubiera pedido que escribiese aquella frase en un papel y la firmase, solo para hacer oficiales sus intenciones. Hermes ya me había dicho que Apolo era vengativo y tenía muy buena puntería; y desde luego yo no era una diosa para sobrevivir a sus flechazos. Y no era una Sibila para saber de donde vendrían. - Si vas a comenzar a reír de nuevo, nos avisas para tomar asiento y esperar un poco más cómodos a que acabes, Apolo -dijo Hermes, cruzándose de brazos. - Cualquiera diría que estás molesto, Hermes. - ¿Por qué iba a estarlo? -dijo el más joven con tono indiferente-. Me encanta que te lo pases bien, aunque sea a mi costa. - En verdad estás molesto -dijo Apolo, con una sonrisa torcida en el rostro. - No lo estoy. - Oh, si lo estás. - Que no, que no lo estoy. - Vaya si lo estás. - ¡Que te he dicho que no! - ¿Qué es esa historia de la apuesta? -pregunté. No solo lo hice porque me comía la curiosidad. También fue para que se callasen, porque estaban empezando a sonarme como una discusión entre mis hermanos y yo. Y con eso me entraría la nostalgia. No creía que tal cosa fuese posible, pero en fase nostálgica podría olvidarme de mi rubio misterioso, al que Hermes había llamado Hyoga, y querer irme de nuevo a casa. Y ahora no quería irme. Es curioso lo mucho que pueden cambiar las cosas después de robarle las sandalias a un dios, ¿verdad? Ahora la cárcel de oro ya no me parecía tan mala. - ¿No lo sabes? -me preguntó Apolo. Y me miro de arriba a abajo-. En verdad que no tienes ni el más mínimo don profético... -comentó mientras negaba con la cabeza con aire disgustado-. Bueno. En realidad, será un placer contártelo -añadió un momento después mientras esbozaba una radiante sonrisa. La verdad es que cuando querían, ambos podían ser encantadores-. O mejor, mostrártelo -se corrigió inmediatamente y, como si se le acabase de ocurrir algo, echó a andar. - ¡¿Piensas convocar la imagen en el templo?! -preguntó Hermes al instante, siguiendo a su hermano. Apolo asintió-. Estás disfrutando con esto, ¿verdad? -Apolo volvió a asentir-. ¿Sabes, Ap? -dijo tras un profundo suspiro-. Te odiaría si no fueses mi hermano favorito. - ¡Esperad! -grité, mientras recogía rápidamente mis zapatillas y mis calcetines. Los dos dioses siguieron andando como si nada, charlando entre ellos. Es cierto que cuando querían podían ser encantadores, pero otras veces podían hacerte sentir como si no existieses. De acuerdo que eran dioses, pero tampoco era como para pasar de mi tan descaradamente, ¿no? - ¡Que me espereis! -grité, esta vez más fuerte. ¿Por qué siempre tenía que acabar gritando? Esta vez si se detuvieron. - ¿Qué ocurre? -preguntó Apolo, mirándome por encima del hombro. - Que tengo que calzarme -le respondí, levantando los deportivos para que pudiera ver que los tenía en las manos y no en los pies. - Oh, no hay problema -dijo Apolo-. La visita al templo no es oficial, no pasa nada porque lleves esa pinta. Mira a Hermes -dijo, y señaló la túnica manchada de su hermano. - No es culpa mia -se defendió este, casi de forma automática. - Nunca lo es -dijo Apolo, y Hermes solo se encogió de hombros-. Puedes venir descalza, en definitiva. - Si, claro. Y que me pique un bicho o vaya usted a saber que... -dije. Siempre me han dado asco los bichos. - Aquí no hay bichos -dijo Apolo, y me pareció notar una leve nota de ofensa en su voz-. Bueno, salvo cuando Hermes me visita. El aludido, lejos de ofenderse, soltó una carcajada. Y realmente yo no sabía si estaba molesto, apenado o alegre. Pasaba de una emoción a otra con la facilidad con que una veleta cambia de dirección al viento. Así que decidí no preocuparme más. - Vas mejorando, Apolo -dijo simplemente. - Gracias -respondió el otro. - ¿No hay bichos aquí? ¿Ni gusanos? ¿Ni babosas? -pregunté. Apolo negó con la cabeza como contestación a todas mis preguntas-. ¿Y entonces que comen los pájaros? - Mis pájaros no comen bichos porque así lo he decidido -dijo Apolo simplemente. - ¡Pero eso va en contra de la naturaleza! -protesté inmediatamente. - Oh, gran Zeus. -Apolo torció la boca con aire fastidiado-. Como si no fuera suficiente con una gemela como Artemisa, vas tu y me traes una ecologista como aspirante a Sibila -le dijo a Hermes, que se encogió de hombros con expresión divertida. - Te lo tienes merecido por disfrutar con mi desgracia -dijo este simplemente. - Como encima sea feminista... - Pues en todo caso no veo que puede haber de malo en preocuparse por la naturaleza y la igualdad entre sexos -me defendí al instante. Apolo puso los ojos en blanco y Hermes no aguantó más y estalló en carcajadas. - Te mataré, Hermes. - Corrección: lo intentarás -replicó este-. Soy muy rápido y además soy inmortal, cosa que, debo añadir, es un gran alivio en estos momentos. Apolo gruñó y echó a andar con paso firme, Hermes le siguió y a mi no me quedó más remedio que tratar de alcanzarles descalza y todo. Quizás si hubiera sido una buena idea el haberme puesto las sandalias con calcetines, no hubiera pasado tanto frio en la nieve y ahora no iría descalza. Pero eso ya no tenía remedio. Seguí a los dos dioses a través de los jardines, por llamarlo de alguna manera. En realidad no sabía si eran jardines o no, pero los árboles parecían crecer justo allí donde se adaptaban estéticamente con el entorno, los matorrales tenían la altura justa y la hierba estaba pulcramente cortada. Me hizo gracia imaginarme a Liké, con su vaporosa túnica y su suave cabello, cortando el césped a pleno sol con una podadora. Llegué... llegamos al templo de Apolo en el País de los Hiperbóreos. Estaba hecho de mármol blanco, era de planta redonda, tenía muchas columnas y era muy alto. Un templo griego en todo su esplendor, vaya. Encima de las dobles puertas aparecían una cuantas palabras en griego y debajo en latín, supogo que la traducción. "Nosce te ipsum". Debía ser para los que no supieran hablar griego y si latín, pero a mi de poco me sirvió. Hacía mucho tiempo que había dado latín en la escuela y, dado que soy de ciencias, no recordaba mas que "rosa-rosae, de la primera declinación". ¿O era conjugación? En todo caso, lo demás era como hablar en chino. - La fachada es una réplica del templo de Delfos -dijo Apolo. Yo asentí aún cuando no había estado en Delfos en toda mi vida. El dios señaló las puertas, que parecían ser de oro y donde aparecía un sol grabado-. En realidad, el grabado no es correcto. Soy el dios de la luz, pero en la antigüedad se usaba mucho el sol para representar la luz, de ahí que este esté en mi puerta... - Exacto. Si el templo fuese moderno, hubieran grabado una bombilla -dijo Hermes. Apolo frunció el entrecejo, con aire ofendido-. Halógena, por supuesto. Siempre lo mejor para mi hermano favorito -añadió aún el más joven, palmeando el hombro del mayor. El enfado de Apolo se acentuó al mismo ritmo que se ensanchaba la sonrisa de Hermes. - Ya veremos si te ries dentro de un momento -amenazó el dios de la luz, que abrió las puertas dobles de un empujón y penetró en el templo con paso firme. Hermes le siguió y yo fui detrás. Las antorchas se encendieron al paso de Apolo, como por arte de magia, o como si hubieran robado un poco de luz del aura que acompañaba al dios. El interior era también de planta redonda, sobrio y completamente blanco, con un montón de telas blancas colgando de todos lados que volvían a dar a la habitación el mismo aspecto irreal que tenía el cuarto en que me había despertado. Lo más relevante era la especie de fuente de marmol oscuro que se alzaba en medio de la habitación. En realidad era como una copa de champagne gigante, llena de agua que se veía negra a causa del material con que estaba hecho el recipiente. Contrastaba escandalosamente con el resto del templo, de color blanco. - Ahí tienes el equivalente olímpico del teléfono, la videoconferencia, la televisión, el vídeo y el DVD -me dijo Hermes, señalando la fuente-. Lo mejor de lo mejor para los dioses -añadió mientras se acercaba-. Ahora Apolo convocará la imagen, yo me avergonzaré y tu desearás desaparecer. Y todos contentos. ¿Era mi imaginación o Hermes se volvía más sarcástico a medida que nos acercábamos a aquella fuente? Además, aquellas palabras me sonaron realmente mal. Si Apolo solo me iba a enseñar de qué iba la apuesta, ¿por que iba yo a desear desaparecer? ¿Que tenía que ver conmigo? En todo caso, no me dio tiempo a pensarlo mucho, ya que Apolo metió la mano en la fuente y comenzó a moverla en círculos, agitando las aguas mientra el aura a su alrededor aumentaba de intensidad. Parecía que para activar la fuente había que seguir un procedimiento similar al que había usado Hermes para curar mi tobillo, es decir: lucir. Con lo cual estaba fuera de mis posibilidades, dado que yo no brillaba. - Fíjate en el agua -me dijo Hermes, a mi lado. Y yo le hice caso, descubriendo sorprendida que una imagen comenzaba a aparecer entre el líquido. Era extraña, se movía y fluctuaba con las corrientes del agua, pero cuando la superficie se calmó comencé a percibirla con mayor nitidez. La imagen era borrosa porque estaba viendo algo que sucedía entre las nubes, comprendí de repente. Un hombre joven con túnica corta de color rojo y sandalias aladas estaba sentado en lo que parecía ser un banco de nubes, jugueteando con un bastón igual al Caduceo. El pelo era de color cobrizo, pero por lo demás era idéntico al Hermes que tenía al lado. - Me dio por ser pelirrojo... No he vuelto a serlo desde entonces. El sol hacía que me saliesen pecas -comentó con disgusto. En la imagen apareció un carro dorado tirado por cuatro hermosos corceles. En el carro iban montados tres hombres. El que conducía era un hombrecillo rechoncho, de nariz roja como un tomate y cara simpática, con una corona de lo que parecían hojas de vid en la cabeza. Al su lado se erguía un joven hermoso, de larguísimo cabello color rubio y ojos dorados, y supuse que era el Apolo de aquella época porque brillaba como el de la actual. - Que horror -dijo Apolo, tocándose su (ahora) dorado y liso cabello-. ¿Como podía atreverme a llevar ese peinado? - Éramos jóvenes y no sabíamos lo que hacíamos -dijo Hermes-. La idea de convocar la imagen ha sido tuya, así que ahora no protestes. El Apolo antiguo sujetaba a un hombre corpulento y peludo, con barba y cabello negros y rostro de aspecto feroz. - El de las uvas en la cabeza es Dionisos -me informó Hermes-. Y el armario de tres puertas con patas y pelo es Ares. Los tres se bajaron del carro y se dirigieron hacia Hermes, que seguía sentado en el mismo lugar. Los caballos se quedaron... bueno, haciendo lo que quiera que hiciesen los caballos cuando se alimentan de las nubes. Mientras tanto los pasajeros siguieron andando o al menos lo intentaron. Más bien siguieron tambaleándose hacia donde estaba el dios de los ladrones, que les esperaba con expresión bobalicona en el rostro. Me di cuenta en seguida de que los cuatro estaban borrachos perdidos. Casi se podía oler el alcohol desde donde estaba. "Creía que ya no veníais" dijo la voz del Hermes de la imagen. Era exactamente igual a la voz del actual, salvo que sonaba más apagada, gangosa y mucho mas rápida con las palabras. "Ya iba a salir a buscaros." "Cosa que hubiera sido peligrosa dado el estado en el que estás" comentó Dionisos mientras se acercaba a Hermes, dejando a Apolo con Ares. Dionisos era el que parecía estar menos borracho, cosa rara dado que era el dios del vino. "Punto para Dio Acra... Acrota... fores. Acratófores. " dijo Hermes al fin. "No me llames gordo" protestó su hermano. Hermes le sacó la lengua. "Te he llamado robusto. No lo inventé yo, lo inventaron tus seguidores, deberías estar orgulloso. Yo tengo pocos apodos porque tengo pocos seguidores... " dijo Hermes, todo muy rápido. Al parecer, el alcohol le soltaba aún más la lengua. "Pocos que sean honrados y honorables, querrás decir." Hermes hizo ademán de replicar algo, pero Apolo se le adelantó. "Dejad la pelea, hermanos, pues si no me echáis una mano Ares se despertará sin duda y perderá la compostura." Pero ninguno de los otros dos se movió de donde estaba, y dejaron a Apolo con Ares, cuando era bastante evidente que el dios de la guerra pesaba demasiado para su resplandeciente hermano menor. "Apolo debe estar realmente mal cuando se permite usar esas rimas tan malas" dijo Hermes, aún sin levantarse del suelo y con una sonrisa tonta en los labios. "Borracho perdido, eso es lo que está. Con decirte que me dejó conducir su carro..." dijo Dionisos. Hermes soltó un silbido... o al menos lo intentó. "Claro que tu no te quedas atrás. Volabas haciendo 'gammas' minúsculas." "Yo estoy bien. Yo aguanto más de lo que parece y soy más duro de lo que aparento" dijo Hermes, que no pudo evitar unir unas palabras con las siguientes. Se levantó como para reafirmarse, pero no logró dar dos pasos sin tambalearse. "Ooooops." "¡Cuidado, hermanito!" exclamó Dionisos, sujetándole por las axilas. "Condenadas sandalias... Se desvían hacia la izquierda... ¿o es hacia la derecha? En todo caso, hay que ajustarlas otra vez" protestó el entonces dios pelirrojo mientras recuperaba el equilibrio. "Hefesto me matará otra vez por estropearlas tan seguido... Pero no fue culpa mía la ultima vez, fue Perseo que se dejó morder por ese monstruo espantoso... ¿comosellamaba?... nomeacuerdo..." "Todopoderoso Zeus" exclamó Dionisos, poniendo los ojos en blanco. "Que sea el más joven y el único que sabe beber..." "Juegas con ventaja, Dio. Eres el dios del vino y estás acostumbrado" dijo Hermes. Aún bajo los efectos del alcohol no podía reprimir aquella manía suya de decir la última palabra. "Sería ridículo de otra manera, Y nos reiríamos si así fuera." "Supongo que tenéis razón" dijo Dionisos, agarrando una de las uvas de su tocado y llevándosela a la boca. "Deberíamos entrar ya de una vez, antes de que nos descubran." "¡Patética imagen daríamos cuatro dioses abrazados! El hazmerreír seríamos si nos ven en este estado." "Que rara suena la respen... respon..." comenzó Hermes. "Res-pon-sa-bi-li-dad en tu voz, Dio. Suena rara realmente... Casi tan raro como ver a Artemis bordando..." "Lo se. Que triste que tenga que ser yo quien se ocupe de sus hermanos." "Fuiste tu quien nos invitó a la bacanal" le recordó Hermes. "Y vosotros no os negásteis." "Rehusar una invitación es una descortesía que no tiene parangón." "¡¡¡¿Y mi armadura?!!!" gritó Ares de repente. Se apartó del asombrado Apolo con un empujón (que casi tiró al dios de la luz sobre las nubes) y, acto seguido perdió el equilibrio. "¡Devolvédmela, malandrines! O por Zeus que sabréis de la ira de Ares..." "Dijo el noble guerrero, mientras estaba en el suelo." "¡¡Mi armadura!! ¿Dónde está?" preguntaba el dios de la guerra. "¡La llevaba puesta cuando me fui!" gritó. Si a Hermes el alcohol le soltaba la lengua y a Apolo le hacía hablar en rimas que no rimaban, a Ares le hacía gritar y enfadarse... aún más. "¡No hables a voces! ¡Despertarás a los dioses!" "Las rimas son cada vez peores, Apolo" se quejó Hermes. "Ares, la llevas puesta, mírate otra vez" le dijo Dionisos con toda la paciencia del mundo. Ares le hizo caso, se miró y descubrió que, efectivamente, la armadura seguía en su lugar. Se puso aún mas rojo, intentó levantarse y otra vez volvió a caer. Esta vez sus tres hermanos consiguieron levantarle. "Recordadme, por favor, que no os lleve más de fiesta" les pidió Dionisos, con cansancio en la voz. "¡¡¿Y el carro?!!" preguntó Ares de repente. Esta vez si, los otros tres dioses se miraron asustados. "Mi carro ha desaparecido... ¡yo salí de casa con mi carro de guerra!" Exclamó. "¿Dónde está? ¿Dónde lo habéis dejado?" "¿Quien será tan valiente de explicar al dios guerrero que su carro de combate se ha quedado allá en el suelo?" Pero no hizo falta más explicaciones. El rostro de Ares se congestionó al oír la rima de Apolo. Sus ojos centellearon y sus puños se cerraron con tal fuerza que se marcaron las venas de sus brazos musculosos y los nudillos se tornaron blancos. "¡¡¿Que habéis hecho qué?!! ¿Habéis abandonado mi carro allí abajo, con los mortales?" "Eh... Básicamente, si. No estabas en condiciones de conducir y Apolo y yo te metimos en su carro..." comenzó a explicar Dionisos, mientras se situaba estratégicamente detrás de Hermes. Fue una mala elección, porque el dios de los ladrones era un parapeto demasiado delgado como para ocultarle. Por eso Ares le vio a través de la neblina del alcohol, le agarró por la túnica y le levantó en volandas a base de fuerza bruta. "Vas a ir ahí abajo, vas a recuperar mi carro y vas a traérmelo aquí. O si no..." le amenazó. Hasta yo pude ver el brillo rojizo, pura furia, que desprendieron sus ojos. "¿O si no?" se atrevió a preguntar Dionisos. "O si no haré que pierdas peso de golpe" le aseguró. Y por el tono y la palidez de Dionisos, no debía ser la primera vez que Ares amenazaba con eso. "Te descuartizaré. Te cortaré los miembros uno a uno y los haré pedacitos tan minúsculos que luego..." "Pero Ares, para eso necesitarás tu espada" dijo Hermes. El dios de la guerra desvió la mirada enfurecida hacia Hermes, que sostenía distraidamente la susodicha en las manos, con cinturón y funda incluidos, mientras se situaba a una distancia prudencial de su hermano. "Y ahora la tengo yo..." "¡Ladrón!" le acusó Ares. Hermes frunció el ceño inmediatamente. "Devuélveme eso ahora mismo." "¡No hasta que sueltes a Dio!" dijo Hermes. "Oh, Hermes..." dijo Dionisos, visiblemente emocionado por la preocupación de su hermano por su divina persona. "¿Pero no te das cuenta que como le hagas pedazos no volverá a invitarnos a una fiesta, zoquete?" le preguntó Hermes a Ares, para chasco de Dionisos. Ares se replanteó la situación de inmediato y aflojó un poco la presa. "Además, nadie te robará el carro. Nadie en su sano juicio se acercaría a las malas bestias que usas de tiro." "Si... Mis niños son temibles" admitió Ares con una sonrisa orgullosa. Finalmente, soltó a Dionisos, que respiró tranquilo. "Guardarán bien el carro. Ahora dame la espada, Hermes." Este último obedeció y Ares recuperó su arma y la acunó con adoración. "Pobre espada mía" dijo, con la misma voz que usaría para hablar con un niño. "Pobre. Sujeta en manos de ese enclenque..." "Tampoco es para insultar..." dijo Hermes. "Se gana la vida con ella, es normal. Es como si yo te robase el Caduceo... o las sandalias" dijo Dionisos. "¿Tu de que parte estás? Acabo de salvarte de ser descuartizado..." le recordó Hermes. "Solo porque te interesaba que te invitase a más fiestas" le recordó Dionisos a su vez. Hermes enrojeció. "En todo caso," dijo, cambiando de tema rápidamente, "no podrías robarme. Nadie puede robarme." "Habló Hermes, el dios infalible" dijo Dionisos, que parecía estar bien acostumbrado a las fanfarronadas de su hermano. "¿Nadie puede robarte, Hermes? ¿Ni siquiera estando tan borracho como estás ahora, cuando apenas puedes andar?" "Borracho y todo, tomé prestada la espada de Ares sin que ninguno de los tres dioses aquí presentes se diese cuenta, ¿no?" Dionisos asintió, pues era la verdad. Hermes hinchó el pecho con orgullo. "Es evidente que nadie puede robarme, Dio. Es más, si se diese la remota cas... casi... ca-sua-li-dad de que alguien me robase, habrías encontrado a la persona más extrafi... extraordinaria... eso, extraordinaria de todos los tiempos." "¿Extraordinaria porque sería capaz de robarte?" "Si. Una persona única, una especie en peligro." "Y tu te ocuparías de protegerla, ya que sería un estupendo ladrón" aventuró Dionisos soltando una carcajada. "Pues mira, si" dijo Hermes. Dionisos soltó otra carcajada, incrédulo. "No digas mas tonterías si no lo puedes cumplir. De nosotros no te rías si es que nos vas a mentir." "¡Eh! ¡No miento! Si es capaz de robarme, debe ser porque es una persona fuera de lo común. Una persona así debería ser protegida. Y yo en persona me ocuparía de ser su protector." "Entonces no tendrás reparo en jurarlo" dijo Ares de repente, acariciando la hoja de su espada. Sus ojos rojizos brillaron por un momento. "¡Bah! ¡Ningún reparo en absoluto! Total, jurar un imposible es sencillo. Lo juro. Es más, estoy taaaaaaan seguro que juro por las aguas negras de la Estigia que me convertiré... yoquese... en padrino de aquel que me robe, por ejemplo. O sea, de nadie porque no me van a robar." "Hermes, ¿pero tu estas loco? ¡Juraste por aguas sagradas antes de pensar un poco!" "Que te calles ya, Apolo, que las rimas van a peor" casi gritó Hermes. "¿Y que si he jurado? Nadie puede robarme. Na-die. N-A-D-I-E. Nadie, ¿vale? Absolutamente nadie..." Y, tras estas palabras, la imagen desapareció... La risa de Apolo volvía a llenar el templo, pero yo apenas le escuchaba a él. Tenía el juramento de Hermes metido en la cabeza. Ahora entendía aquello de que iba a desear desaparecer. Me había convertido en la ahijada del dios de los ladrones. |