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Capítulo 5 De tratos y nombres |
La visión desapareció y cada uno se dedicó a una cosa. Apolo a reir, Hermes a hundir los hombros y sentarse con los pies torcidos y aire de mártir en un banquito de mármol blanco cerca de la fuente y yo... Yo a pensar y repensar que aquello tenía, por fuerza, que ser un sueño y que de un momento a otro tenía que despertar. Pero el único momento que llegó fue aquel en el que Apolo dejó de reir al fin. - Ni se te ocurra decirlo -le amenazó Hermes, adivinando sus intenciones. Como era de esperar, Apolo lo hizo. - Te lo advertí -dijo el dios de la luz, visiblemente satisfecho al pronunciar aquellas palabras. De hecho, pronunció cada sílaba de aquel "te lo advertí" lenta y pausadamente, marcando las tildes y la pronunciación... como cuando uno saborea su plato favorito-. Y además en rima, no dirás que no tengo clase. - Tu rima era muy mala, no me vengas ahora con esas -dijo Hermes-. Y, además, te dije que no me lo dijeses. - Lo se. Y lo siento, Hermes -dijo, aunque era evidente que no lo sentía en absoluto-. Pero comprende que es tan inusual atraparte en una situación como esta que tengo que aprovecharlo. - Eso, ríete de tu pobre y desdichado hermano menor -se quejó el más joven con un puchero-. Condenado a ser el padrino de... - Un error... -dije inmediatamente, viendo que no me despertaba y que aquello continuaba. - Exacto. El padrino de un error. - ¡Eh! -protesté. Pero era eso, sin duda. No que yo fuese un error; sino que toda aquella situación lo era. Porque, vamos a ver, ¿qué crimen había cometido yo para tener semejante castigo? Hasta donde yo sabía, respetaba las leyes, las normas de circulación, no me habían puesto una multa en toda mi vida (bueno, con año y pico con el carnet, hubiera sido vergonzoso), ni pillado copiando en los exámenes, no hacía trampas al parchís, solía llegar puntual a las citas (si el tren no llegaba tarde... pero eso no era culpa mía), ayudaba en casa todo lo posible, no falseaba las facturas de la luz, no era cruel con los animales, no mentía en la declaración de la renta (básicamente porque aún no la hacía)... ¿Algo de eso estaba mal? Lo único que había hecho había sido coger las sandalias de un dios despistado... ¡¿por qué se había montado todo aquel asunto?! - Es un error -repetí. Igual si lo decía una y otra vez, acababa convenciendo a alguien. - Los dioses no nos equivocamos -dijo Apolo. Y esta vez fui yo la que estuvo a punto de soltar la carcajada-. No hay ningún error; solo un juramento que debe ser cumplido. - Pero, ¿qué es un juramento para un dios? -pregunté esperanzada, al fin y al cabo, era raro que los dioses cumpliesen sus promesas. En ese sentido, eran como los políticos. - Normalmente, nada que no pueda saltarse -dijo Apolo, y yo sonreí rápidamente, esperanzada. La sonrisa me duró poco-. Pero... - ¿Pero? -pregunté. ¿He comentado alguna vez que no me gustan los peros? - Pero esta vez Hermes juró por la laguna Estigia. - ¿Y qué? ¿Se ha secado o algo así? -pregunté. Apolo miró a su hermano y luego sacudió la cabeza mientras elevaba las manos al cielo. - ¿Pero es que no sabes nada? - La Geografía nunca fue mi fuerte -me defendí. - ¡No tiene nada que ver con la Geografía! Por supuesto que la laguna no se ha secado, no tiene nada que ver con algo físico -dijo Apolo-. Se trata del juramento en si. -Seguramente puse cara de incomprensión total, porque el dios se volvió hacia su hermano-. ¿Sigues pensando que aquel que te robe será una persona fuera de lo común? - Eh, que estaba borracho, dame un respiro, ¿quieres? -se excusó Hermes, que se encogió de hombros sentado aún en su banquito-. ¿Qué esperabas? Tu eres el mejor adivino de la familia, ¿no? - Bueno, eso es verdad -dijo Apolo, su voz carente de toda modestia-. ¿Sabes algo de mitología? ¿Sabes lo que es la laguna Estigia? -me preguntó después. ¿Según la mitología? ¡Haberlo dicho antes! Eso si lo sabía, de aquel trabajo que tuve que hacer para la clase de latín. Si cambiabas Plutón por Hades... - Era una laguna que estaba en el Infierno. - Si, exacto -acabó diciendo el dios. Luego se volvió de nuevo a Hermes-. Puede que no sea tan tonta después de todo. - Vaya, gracias -comenté yo. - De nada -dijo Apolo, que evidentemente no había notado el sarcasmo en mi voz-. Pero era algo de cultura general, no te emociones tanto. ¿Sabes algo más sobre ella? -Yo negué con la cabeza-. Me lo imaginaba -dijo con un suspiro-. Hace mucho tiempo, el todopoderoso Zeus, mi padre, decretó que todo aquel juramento que se hiciera por las aguas de la Estigia sería inquebrantable. - ¿Y qué? En mi país hay un montón de decretos por ley y la mayoría no se cumplen... - Eso es porque seguramente en tu país no castigan a los que los incumplen inmediatamente -dijo Apolo-. En este caso, el inmortal que rompa su juramento, será castigado severamente. Durante un año no probará el néctar ni la ambrosía, y durante los siguientes nueve años no participará en los consejos ni en los festines de los dioses. Vale. De acuerdo. Aquel trabajo sobre los dioses romanos no me había supuesto el conocimiento necesario como para llegar hasta ahí, así que eso no lo sabía. Pero si podía entender hasta que punto era grave aquel castigo. Sin el néctar y la ambrosía, un dios ya no sería inmortal, y envejecería y sería como cualquier otro humano corriente. Y los nueve años sin participar en la vida social divina... Bueno, no conocía como era el Olimpo ni nada de eso, pero que te dejen aislado nueve años no debe ser agradable. Por eso no me extrañó que a Hermes se le escapase un gemido ante las palabras de su hermano y que se encogiese en el banco. Casi me dio pena. Digo casi porque, no lo olvidemos, yo también era parte implicada en aquel asunto. - Pero es del todo imposible. Quiero decir, yo no robé a nadie. Solo tomé prestado... - Buen intento -dijo Hermes-. Pero no funcionará... se conoce demasiado esa excusa. - Exacto -corroboró Apolo. - ¡Pero es verdad! ¡Yo solo quería las sandalias para escapar de este sitio! -grité. Y solo entonces recordé que a Apolo se le había olvidado ese pequeño detalle. Que había estado tan ocupado disfrutando de la desgracia de su hermano (que también era la mia, por otra parte), que había pasado por alto el hecho de que yo había tratado de escapar... y que casi lo había conseguido. - Quiero decir... -comencé rápidamente. Pero nunca se es lo suficientemente rápida para un dios... o casi nunca. - Así que para escapar de este sitio... -repitió Apolo-. Usaste las sandalias para desobedecer la voluntad de un dios deliberadamente... El tono de voz, cada vez más cavernoso, y los rayos que cruzaban los iris dorados de Apolo me hicieron sospechar que la cosa se estaba poniendo fea para mi persona, y deseé fervientemente seguir teniendo las sandalias de Hermes para escapar, y esta vez de verdad, de allí. - Fue un malentendido, querido hermano -dijo Hermes. Sus palabras tuvieron la facultad de desviar la atención de Apolo de una servidora a su hermano pequeño, si bien no hicieron que la tormenta en los ojos del dios de la luz disminuyese un ápice-. ¿Ya estás otra vez con los rayitos de los ojos? -preguntó después. - Impresionan, ¿eh? -dijo su hermano, dedicándole una sonrisa. Yo estuve a punto de contestar afirmativamente, pero Hermes se me adelantó. - No. Ya te he dicho mil veces que esos rayos en los ojos solo le quedan bien a padre -añadió con todo el descaro del mundo. - No veo por qué. Se que el efecto impresiona, y los voy a seguir usando -dijo el otro, y luego volvió al tema que le interesaba-. ¿Como que malentendido? Explícate. - La muchacha pensaba que quería escaparse, pero en realidad ya no quiere, ¿verdad? -dijo Hermes, mirándome. Yo asentí rápidamente, sintiendo que a lo mejor era conveniente tener un padrino divino, después de todo. Aunque fuese Hermes-. Al fin y al cabo, es mortal, y con los mortales ya se sabe. Un día quieren esto y al otro lo de más allá... -Hermes se encogió de hombros y Apolo asintió, con la expresión de un padre que conoce las debilidades de sus hijos-. Fue cuestión de que su consciente y su subconsciente se pusieran de acuerdo. Además, la chica no destaca precisamente por su rapidez de reflejos, como ya habrás notado. - Si -corroboró Apolo. - ¡¡Eh!! -protesté, replanteándome eso de la conveniencia de un padrino. Para entonces supe que sería la abonada número uno de esa simple protesta. En lo que llevaba en aquel lugar, con aquellos dos dioses, la había usado un montón de veces... y sospechaba que lo haría en muchas más ocasiones. - Pero, en resumidas cuentas, la chica quiere quedarse -dijo el dios más joven. - ¿Y ser una Sibila? -preguntó Apolo, mirándome con suspicacia. - Por descontado -dijo Hermes, hablando por mi. - ¿Y qué le has prometido para que quiera quedarse? -quiso saber su hermano entrecerrando los ojos dorados con aire perspicaz. - ¿Yo? ¿Crees que yo...? Yo no le he prometido nada... -dijo Hermes, intentando parecer inocente. No lo consiguió. - Oh, no. Claro que no. Y el Jabalí de Erimanto se cazó a si mismo -dijo Apolo con una sonrisa sarcástica. El sarcasmo le sentaba muy bien, definitivamente. - Vamos, hermano -continuó-. Te conozco lo suficiente: son ya muchos ciclos de reencarnaciones juntos. Esta mortal -dijo, señalándome- estaba convencida de que no quería quedarse y hasta se escapó... Nadie había llegado tan lejos. ¿Y ahora pretendes decirme que cambió de parecer así como así? Los mortales son raros, pero no hasta ese punto. Siempre hay algo que les motiva y tu eres el experto en encontrarlo y sacar provecho de ello. -Hermes inclinó la cabeza con una sonrisa-. ¿De qué se trata en esta ocasión? ¿Belleza? ¿Inmortalidad? ¿Longevidad? ¿Riquezas incontables? - Apolo, a veces me sorprende tu perspicacia -dijo Hermes. Apolo sonrió muy satisfecho de si mismo, pero no supe si Hermes había hecho el cumplido en serio o si por el contrario estaba llevando la conversación justo hasta el punto que le interesaba-. La chica no quiere cosas tan complicadas, hermano. En este caso, la motivación de la mortal es otro mortal. - Ah... Así que es eso. Pude sentir la mirada de ambos dioses clavada en mi, tan claramente como sabía que toda las gama de rojos se estaba dando un bonito y descarado paseo por mi rostro. Para intentar disimular, concentré toda mi atención en la fuentecita donde había visto la escena de la borrachera, como si el fondo de mármol, negro, mate y monótono, fuera la cosa más interesante del mundo. Fue inútil, claro... A Apolo, cerca de mi, le bastó un vistazo a las aguas de la fuente. Las muy traidoras devolvían mi reflejo, con la cara roja como un tomate. - Si, definitivamente debe ser eso -sentenció el dios de la luz. Hubiera jurado que era imposible, pero mi cara consiguió ponerse aún más colorada-. ¿Quién es el mortal y qué va a suponerme? -preguntó con hastío. - Uno de los Caballeros de Athy -contestó su hermano con aire distraido. Apolo abrió desmesuradamente los ojos. - ¡¿De esa panda de salvajes?! -preguntó escandalizado. - ¡No son salvajes! -protesté yo inmediatamente, aún sin saber de qué iba el tema. De todas formas, aquel chico con apariencia de ángel no podía ser un salvaje. Me había tratado (los tres o cuatro minutos que estuvimos solos) con delicadeza, había sido amable... -. Al menos él no... ¡Diablos! ¡Yo había visto un ángel! Sin embargo, Apolo no lo veía igual. - ¿Como que no? ¿Cómo llamarías tú a alguien que se dedica a poner patas arriba los templos sagrados de los dioses? ¿Que acaba con sus Órdenes? ¡¿Que levantan la mano a las propias deidades?! -me preguntó, con los rayos bailando otra vez en sus ojos. Rayos dorados, claro, a juego con el color de sus iris, como no podía ser de otra manera. Su voz estaba cercana al trueno... daba miedo. Si a alguien le cupo alguna duda de si Apolo era o no el hijo de Zeus, yo podría haberle respondido con gusto que no cabía otra posibilidad. Casi con tanto gusto como el que hubiera tenido en esconderme en aquel preciso momento detrás de la fuentecita, pero no me iba a dar tiempo. - Oh, vamos, Apolo... -le interrumpió Hermes, tan tranquilo, acudiendo de nuevo al rescate-. Solo hacen su trabajo. Son guerreros, así que pelean. Fin de la historia. Es como cuando tus Sibilas pedían el sacrificio de la hija menor de algún rey para aplacar la furia de algún dios enfadado, ¿te acuerdas? -añadió, aunque por su tono era evidente que sabía que su hermano se acordaba. La expresión de Apolo también confirmó esa sospecha-. No es que disfrutaran con ello, pero era su trabajo y todo ese rollo... - ¡Pues claro que no disfrutaban con ello! Eso fue hace mucho tiempo. Nuestra política ha cambiado -dijo Apolo rápida e inmediatamente después, mirándome alarmado. No se muy bien si lo hizo porque sentía que su posible Décima Sibila se estaba echando atrás otra vez o porque no se sentía muy orgulloso de esa época de su vida. Luego, sus ojos se desviaron hacia su hermano, a quien fulminó con la mirada sin ninguna contemplación-. Un caballero de Atenea. ¿Y cómo se supone que me afecta a mi eso? ¿Qué desea? Si es un filtro de amor me temo que se ha equivocado de dios... - ¿Un filtro de amor? ¡Seguro que ni se le pasó por la cabeza! Estaba tan embobada mirando al chico que creo que no pensaba con claridad. Verás, me los encontré... -dijo Hermes, pasando a narrar con pelos y señales lo que había sucedido en aquel lugar nevado. Apolo siguió la conversación con todo el interés, y yo terminé por darme cuenta de que los dioses son los mayores cotillas del mundo. Será que no tienen otra cosa que hacer que hablar de lo que les ocurre a los demás. - Si entreno contigo, me meterás en el Santuario de Atenea -le dije a Apolo de repente, adelantándome con toda la intención de cortar aquella conversación. Era cosa mía y de nadie más, ¿pero qué se habían creído? Apolo me miró de arriba a abajo, sopesando la situación. - Si te conviertes en mi Décima Sibila, te meteré en el Santuario de Atenea -dijo él después de un momento. - ¿No es lo que acabo de decir? -pregunté, extrañada. Fue una pena que en ese momento no viese a Hermes, a quien el dios de la luz ocultaba de mi vista muy oportunamente, negar con la cabeza con aire vehemente, y que sólo me diese cuenta de que Apolo asentía con dignidad y tranquilidad. - ¿Te comprometes? -me preguntó Apolo. Hermes seguía haciéndome señas, pero yo no lo vi. - ¿Y tu? -pregunté yo a mi vez. - Prometo que así será... y como testigo está mi hermano. - Fabuloso -murmuré. Un ladrón como testigo. Pero menos era nada-. Pues yo también me comprometo. - ¡Listo! -dijo Apolo-. ¡Tengo Décima Sibila! - ¡Tu eres tonta! -estalló Hermes, a espaldas de su hermano. Con dos zancadas se colocó a mi lado-. ¿Pero no te has dado cuenta de lo que has hecho? ¿No me has visto haciéndote señas o qué? -me preguntó después, en un tono mucho más confidencial-. ¿O es que necesitas señales de humo? - ¿Qué? -pregunté. Estaba demasiado asombrada por la reacción de Hermes como para ofenderme por el insulto-. ¿Y ahora qué pasa? - Que acabas de prometer que no irás al Santuario de Atenea hasta que no seas una Sibila. Lo que en tu caso puede llevar... -dejo la frase en el aire, con un suspiro. - ¿De qué hablas? Yo he dicho solo que... Y, de repente, ninguna palabra salió de mi garganta. Miré a Apolo, que sonreía muy satisfecho de si mismo, y luego a Hermes, que había cerrado los ojos y, cruzado de brazos, negaba con la cabeza con aire reprobador. Había metido la pata. Hasta el fondo. Efectivamente, eso era a lo que me había comprometido. A convertirme en una Sibila antes de ir al Santuario de Atenea y, teniendo en cuenta que no tenía ni el más mínimo don, como no dejaban de recordarme cada dos por tres, eso podría llevarme años. Lustros. Décadas. Siglos. Jamás saldría de allí. No volvería a ver a mi familia. Y nunca jamás podría volver a ver al chico del pelo rubio, a Hyoga. Nunca. - ¿Te parece bonito, Ap? -dijo Hermes, señalándome-. Vas a hacerla llorar -añadió. Apolo sólo se encogió de hombros. - El trato está hecho y es válido, tu lo sabes mejor que nadie. - Vaya si lo se -dijo Hermes, sin mirar a su hermano. Tenía la vista fija en mi-. Lección primera, ahijada: Revisa siempre los términos del contrato. De delante a atrás y viceversa, y al trasluz si es necesario -me dijo dándome unos torpes golpecitos en la espalda a modo de consuelo. - La lección llega un poco tarde, ¿no te parece, "padrino"? -le grité, evitando su contacto. Utilicé la furia para reprimir las ganas de llorar. - Eh, no me culpes a mi si eres lenta de reflejos -dijo el otro. - Ojalá tuviera una sandía a mano... -dije en un murmullo colérico. Si Hermes me oyó, fingió que no lo había hecho, aunque se sacudió la túnica quizás en un acto reflejo. - Bien, bien, bien... Mañana mismo empezaremos el adiestramiento -murmuraba mientras tanto Apolo, frotándose las manos. Sin duda, aquella había sido una noche provechosa; no solo recuperaba a la última de sus Sibilas, también se había podido reír un poco de su hermano-. No se hable más. Y, hablando de entrenamientos, es bastante tarde y mañana tenemos muchas cosas que hacer. Sobre todo tu -dijo, mirándome-. Tienes muchas cosas que aprender y que desarrollar. Muchas cosas. Muchas, pero muchas, pero muuuuchas... - Ya he captado la idea -dije malhumorada. - Ejem... Bien. Pues mañana comenzaremos, aunque antes... -dijo, y dejó el resto de la frase en el aire mientras se frotaba la barbilla con aire pensativo. La verdad es que el aire pensativo también le sentaba bien. Pasaron varios segundos en los que nadie dijo nada. - ¿Qué pasa ahora? -pregunté yo sin ninguna delicadeza. - Se me había olvidado algo muy importante -dijo el dios de la Luz. Pero realmente no hablaba conmigo, sino con... bueno, era como si hablase con el público-. Es imprescindible que tengas un nombre -dijo Apolo. - Ya tengo un nombre -repliqué yo-. Sandra. - ¿Qué clase de nombre es ese? -se escandalizó Apolo. - Diminutivo italiano de Alejandra -apuntó Hermes de carrerilla, casi aburrido-. Estuvo de moda hace algunos años, ahora se lleva más el nombre original. Alejandra significa... - "La que ataca al enemigo", "defensora de los hombres" según otras versiones -dijo Apolo-. Lo se. Yo levanté la cabeza con orgullo. Realmente me costaba responder cuando me llamaban Alejandra, porque no estaba acostumbrada. Pero tenía un buen significado - No me sirve -dijo Apolo. - ¿Que no sirve? Pues es el único que tengo... -dije, molesta. - ¿Y eso quien lo dice? -preguntó Apolo. - ¿Mi partida de nacimiento? -dije yo. - Que no tiene validez para mi -replicó el dios. Yo iba a protestar otra vez con mi famoso "¡eh!", pero Apolo continuó hablando-. He de ponerte un nombre... - He dicho que ya tengo un nombre... -intenté protestar, pero Apolo no me prestaba atención. Me giré hacia Hermes, que estaba apoyado en la fuente de mármol negro, y este se encogió de hombros por toda respuesta mientras jugaba con el Caduceo. - Es parte del ritual -comentó-. Todas las Sibilas tienen un nombre que significa "luz" o "brillantez", o "brillo", o "claridad" o algo relacionado. Apolo es monotemático. - ... Svetlana... No, no me gusta -murmuraba este último mientras tanto-. Jyoti... exótico -El dios me miró de arriba a abajo un momento-. No cuadra. Photine... horrible. Like... ya está ocupado. - Pues a mi me gusta mi nombre tal y como está -dije, a nadie en particular. - Bien por ti -respondió Hermes, a pesar de todo. Y no añadió nada más. Estaba claro que no pensaba hacer nada al respecto-. Bueno, gente -dijo-. Yo me voy. Que tengo cosas que hacer y se está haciendo tarde... -dijo, mientras reprimía un bostezo de puro aburrimiento. Yo le miré con odio; el me había metido en todo aquello y ahora se marchaba-. No me mires con esa cara, soy un dios ocupado -me dijo con una sonrisa amistosa. No le respondí. Simplemente me di media vuelta y le di la espalda, como los niños chicos. Hermes suspiró, se despidió de su hermano y salió del templo a todo correr. Le perdí de vista enseguida, y me alegré mucho de hacerlo. - Hasta luego, Hermes -dijo Apolo con aire ausente, mientras seguí con su tarea de encontrarme un nombre-. Hikaru... sólo si fuese oriental -continuaba, comenzando a pasear de arriba a abajo-. Lucía... Al escuchar ese último nombre, me sobresalté. Lucía... claro. Lucía, la chica que me había entregado el medallón de Apolo. Lucía, del latín "luz". ¡La condenada hasta tenía nombre de Sibila! Aquello no era justo. No era justo en absoluto... ¿Por qué no la buscaban a ella? Yo no pintaba nada aquí. Nada de nada. - Lucía... quizás... -dijo Apolo, mirándome otra vez de arriba a abajo. Ah, no. De eso nada. - ¡¡¡Me niego a llamarme Lucía!!! -grité con todas mis fuerzas. Y debí de soltar un buen grito, porque Apolo retrocedió un paso. - De todas formas, no te iba nada -se apresuró a decir el dios de la luz, recuperando la compostura-. Veamos... Bertha... no. Aileen... no. Phaedra... tampoco. - ¿No se puede quedar como está? -dije yo, cansada. - No es posible -dijo Apolo-. Debes tener un nombre relacionado con la luz si vas a ser una Sibila, cosa a lo que te has comprometido, te recuerdo. Lo sabía muy bien, no hacía falta que me lo recordase. Volví la vista hacia la puerta del templo, que habíamos dejado abierta. Seguía siendo de noche, por fortuna. Igual y con un poco de suerte, Apolo me encontraba un nombre y luego me dejaban ir a dormir un poco antes de comenzar con mis clases. Fabuloso. Recién terminada la carrera, cuando ya pensaba que no tendría que volver a estudiar en mucho tiempo, y ahora me metía en toda aquella historia. Lo que no me pasase a mi... Mientras tanto, Apolo seguía repasando nombres en distintos idiomas. Kiyoshi. Aine. Clara. Phoebe. Niamh. Quon. Uri... Ninguno le parecía bien. Ninguno acababa de pegar conmigo. - Lógico, mi nombre es Sandra... -comenté con disgusto. Comenzaba a estar demasiado cansada. - Silencio, estoy pensando -dijo Apolo. - Pues piensa más deprisa -repliqué yo. Cuando estoy cansada apenas puedo contener la lengua. A Apolo le debía pasar lo mismo. - Como no te calles, acabaré llamándote Sken -dijo, su cólera contenida. ¿Sken? ¿Qué clase de nombre era ese? Sonaba a vikingo, a hombre con barbas y una espada enorme a la espalda... No, definitivamente, no era de mi agrado. Y ninguno de los nombres que había mencionado lo eran, tampoco. ¿Cómo podría quedarme con mi propio nombre? ¿Cómo haría que Apolo se olvidase del tema? Y, sin querer, una pregunta asaltó mi mente. Si yo fuese Hermes, ¿como lo haría? - "Sken". Tantas vueltas para acabar con un nombre como "Sken" -dije, adoptando una posición de autosuficiencia-. Que poca imaginación. - ¿Cómo dices? -preguntó Apolo. - Pense... No se. Que un dios de la poesía tendría más inventiva -continué pinchándole. - ¿Pero qué estás diciendo? Esto no es tan fácil, ¿sabes? He de encontrar el nombre perfecto, una Sibila no puede ir por ahí llamándose... no se, Petra -dijo Apolo, ofendido-. "Piedra" no es adecuado. - "Defensora" suena bien. - Debería considerar la posibilidad de llamarte "cabezota" -dijo Apolo-. Ya te he dicho que tu nombre no sirve. - ¡Pues ninguno de los anteriores me gusta! - No tienen que gustarte a ti, tiene que gustarme a mi -dijo el dios. - Pues soy yo quien debe llevarlo. Como tenga que llevar un nombre que no me gusta, no voy a responder. - No me lo digas... Además de feminista y ecologista, eres Tauro, ¿verdad? -preguntó Apolo. Yo no respondí, pero levanté la cabeza con orgullo-. Fabuloso. La tentación de matar a Hermes es más grande cada minuto que pasa -murmuró, y luego suspiró-. Pues bien. Si no puedes llamarte como te llamas, y no aprecias ninguno de los nombres que te he buscado, ¿cómo, en el nombre del todopoderoso Zeus, te gustaría llamarte? - ¿Tengo la oportunidad de elegir mi propio nombre? - Te diga el nombre que te diga, no te va a gustar, así que... -dijo Apolo, con aire aburrido. - ¿Tiene que significar algo? - Creo que ya me da hasta igual -dijo Apolo, frotándose el puente de la nariz. - Muy bien -dije yo. Y me puse a pensar en el nombre que iba a ponerme. La verdad, siempre me quejé de tener el nombre que tengo. No es que sea feo, tengo que reconocer que me gusta; creo que lo hacía porque si. Solo por quejarme. Pues bien, en ese momento descubrí que elegir un nombre no es nada fácil; y menos si es para ti. Y mucho menos si tienes a un dios que te mira con impaciencia, como diciendo "¿ves? ¿te dije o no te dije que era complicado?". Tenía que pensar en un nombre. Y tenía que hacerlo rápido. - ¿Lo encuentras? -preguntó Apolo. Yo sabía que podía hacerlo. - ¿Por qué no piensas más rápido? -dijo Apolo. Estaba segura de que podía hacerlo. - Que poca imaginación... -dijo el dios, dejando bien claro por qué algunos autores lo nombraban como uno de los dioses de la venganza. ¡Tenía que conseguirlo! - ¿Aún no das con ello? -inquirió Apolo. - ¡Natharell! -grité. - Salud -dijo Apolo. - ¿Qué? - Estornudaste, ¿no? - No. Dije un nombre. - ¿Un nombre? Me sonó a estornudo. - ¡Pues era un nombre! - ¿Podrías repetirlo? - Natharell. - Eso no es un nombre, es un estornudo. - ¡Es un nombre! -insistí. - Muy bien, pues. Si es un nombre, ¿qué significa? Ahí estaba el problema. No significaba nada. Y, en realidad, no era un nombre. Era un apellido. Pero, por supuesto, yo no iba a dar mi brazo a torcer. Era el apellido de uno de mis personajes de rol; una sacerdotisa que, ahora que lo recordaba, podía ver el futuro (hasta mis personajes eran mejores que yo). Bueno, un amigo le dio el significado de "hija de la lluvia", pero no era real, era inventado. Un significado inventado para un nombre inventado... - No significa nada -acabé confesando, con aire apesadumbrado. - ¿Nada? - Absolutamente nada. Apolo se me quedó mirando un momento. - Bueno, mejor eso que un nombre que signifique piedra -dijo al final-. Siempre puedo decir que significa "luz" en el idioma de los elfos de ese mortal, Tolkien. - Que yo sepa, ni siquiera significa luz en quenya -dije yo. - Oh, cállate. De todos modos, nathair es "serpiente" en gaélico. Se parece a ese estornudo tuyo... y la serpiente siempre ha tenido mucho que ver en mi familia. Es el símbolo de uno de mis hijos -comentaba Apolo-. Y además, tengo la Pitia, aunque tu no vayas a serlo. Podría funcionar. ¿Apolo me estaba dando la razón en algo? - ¿Qué? -pregunté, demasiado asombrada como para creerlo. - Tienes un nombre. Eres Natharell, Decima Sibila de Apolo. Natharell, Sibila de Cumas. - ¿De Cumas? -pregunté. - Era la única que me quedaba, el resto de los destinos están otorgados. Y viendo lo cabezota que eres, creo que concuerda contigo. - ¿Cómo que cabezota? -pregunté. - Digamos que tuvimos nuestros problemas hace mucho tiempo. Yo quería una cosa, ella no quería... Terminó un poco mal -acabó Apolo, dando el asunto por zanjado-. El caso es que ya tienes nombre. Y ya podemos irnos a dormir; mañana tendremos que estar despejados. -Apolo comenzó a mover las manos en el aire, mientras su brillo aumentaba de intensidad. - Antes quisiera saber... Y, antes de que me diese cuenta, estaba de nuevo en la habitación de la que me había escapado, que esta vez carecía de cortinas y todo lo demás, ya que las había usado para hacer una escala. - ... si todos los dioses hacen lo que les da la gana sin preguntar antes -dije en voz alta, molesta por como Apolo se había deshecho de mi. - Pues la mayoría de las veces es lo que solemos hacer -dijo una voz. Yo pegué el salto del siglo y me llevé la mano al corazón, que latía a cien por hora. - ¡Hermes! -dije, viéndole aparecer por el balcón, con una tremenda sensación de deja vu-. ¡Me has asustado! - Creeme, lo se -dijo él, con una sonrisa traviesa-. ¿Se te ha pasado el enfado? ¿Ya tienes nombre? - No y si -dije, respondiendo por orden. - Bueno, estar enfadada parece ser tu estado natural, así que no me preocuparé por eso -dijo el dios-. Y, respecto al nombre, ¿cuál es? - Natharell. - Salud. - ¡Ese es el nombre! - Ah. Parece un estornudo -dijo el dios, con aire divertido-. ¿Natharell? -preguntó. Yo asentí-. De acuerdo, te llamaré Nath. Poco me había durado el nombre. - En fin, a lo que venía. Como soy un encanto totalmente adorable, he pasado por tu casa y te traído algunas cosas -me contó, lanzando una mochila repleta encima de la cama. - ¿Qué has hecho qué? - Bueno, te vas a quedar mucho tiempo aquí. Y, como creo que ya te voy conociendo, se que no vas a querer ponerte las túnicas de Apolo. -Pues si que me iba conociendo, si-. Así que te he traído ropa, entre otras cosas. - Vaya, yo... -dije, sin palabras. No me esperaba una cosa así. No sabía qué decir, así que opté por los más común-. Gracias. - De nada, se supone que los padrinos están para cosas así, ¿o no? -dijo Hermes, sonriendo con cara de niño bueno-. Y, además, como ya he dicho, soy un personaje realmente encantador y todo eso. Por eso todo el mundo me quiere... -Yo puse los ojos en blanco, me senté en la cama y abrí la mochila, para inspeccionar qué me había traído, mientras él se enrollaba sobre lo tremendamente adorable que era-. Bueno, tengo que irme, y ahora de verdad -dijo, dirigiéndose de nuevo hacia el balcón-. Es realmente muy tarde y mañana tengo que trabajar. Y tú que estudiar y todo eso... - Hermes... - ¿Qué? - ¿De verdad sería tan grave si rompieses el juramento? -le pregunté, con toda seriedad. Él se me quedó mirando un momento, sopesando, quizás, la conveniencia o no de contestar aquella pregunta. Al final suspiró. - Depende -dijo solamente. - ¿De qué? - De cómo lo mires. En realidad lo del néctar y la ambrosía no me preocupa -comenzó a explicarme-. Aunque lo siento mucho por Iris porque le tocaría hacer todo mi trabajo... no andamos sobrados de mensajeros en el Olimpo, a decir verdad. Los dioses son caprichosos y siempre están pidiendo y... -Le miré con expresión aburrida. Como era habitual, se iba por las ramas-. En fin, a lo que iba. La pobre Iris a trabajar mientras que yo estaría todo un año sin responsabilidades para con los dioses y además mezclado con toda esa humanidad. Hay especímenes de la humanidad con los que merecería la pena mezclarse... -añadió con una sonrisa, aunque me pareció que era un poco más triste que de costumbre. - ¿Y entonces? -quise saber-. ¿Que te impide romper el juramento y que todo vuelva a ser como era antes? - La segunda parte. - ¿La del aislamiento? -Hermes se estremeció. - N... no... no me gusta esa palabra. Pero si -admitió finalmente-. No lo soportaría. No podría estar nueve años lejos del Olimpo. ¡Nueve años de mortal! Nueve años sin ver a mi hermano Apolo. Nueve sin acudir a los banquetes, sin ver a Hefesto borracho porque Dio ha vuelto a arrastrarle a una fiesta. Son muy amigos, ¿lo sabías? -dijo, con aire melancólico-. O sin pelearme a miguitas de pan con Artemisa, a veces le damos a Hera y es genial ver como se pone roja de furia poco a poco. O apostar cuanto tardará Dio en acabar con la reserva de vino, o tratar de averiguar contra qué panteón peleará Athy esta vez, o sin enterarme de quien es el amante de Afrodita, sin... - Capto la idea. - ... cuanto aguantarán las copas de vino ante un arranque de Ares, sin saber si Apolo ha compuesto una "oda a las margaritas cuando el sol despunta por la mañana", sin... - ¡¡He dicho que capto la idea!! - Eres una gritona -me acusó Hermes, poniendo cara de ofendido-. Siempre estás protestando, o gritando, o... - No puedo evitarlo. La situación no es nada común, ¿sabes? - Piensa en ello como en una aventura -propuso. - ¿En una aventura? -le dije-. ¿Como voy a ser una Sibila si ni siquiera creo que sea posible predecir el futuro? - ¡Pues claro que es posible! Y además, puede enseñarse... Y Apolo es el mejor enseñando esas cosas -dijo el dios, con el orgullo rebosando en su voz-. Además... - ¿Si? -pregunté, no muy convencida. - No puedes ser tan tonta -añadió el dios-. ¡Buenas noches! - ¡Te odio! -grité. Y agarré lo primero que pillé a mano para tirárselo a la cabeza, que en este caso fue un libro que tenía en la mochila que Hermes me había traido. Antes de que el libro abandonase mi mano, el dios había desaparecido por el balcón, por supuesto. Pero, aunque se hubiese quedado, no hubiera recibido ningún golpe. Porque el libro que tenía en la mano era "Los Tres Mosqueteros". Hermes me había traído mi libro favorito. - Gracias, padrino -murmuré. Quizás no era tan mal tipo, después de todo. |